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¿Dónde está la jodida sorpresa?

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POLITIKA

escribe Luis Casado


 

En el año 1976 la editora parisina Robert Laffont publicó un libro de un joven antropólogo e historiador llamado Emmanuel Todd –La caída final– en el que el autor anunciaba el fin de la Unión Soviética. Todd tenía apenas 25 años.

Cuando la elite intelectual, periodistas domesticados, analistas de renombre, la casta política y los académicos a pedal terminaron de cagarse de la risa, olvidaron para siempre al intruso. Bueh… para siempre no: la URSS desapareció en el año 1991.

Más tarde, en el 2022, Todd publicó Después del Imperio: Ensayo sobre la descomposición del sistema norteamericano, libro en el que describe con lujo de detalles las razones que le llevan a afirmar que EEUU está de capa caída, y a prever los desastres que acompañarán la pérdida de influencia del imperio.

En el año 2024 Todd publicó su obra La derrota de occidente, que analiza el ocaso del così detto ‘occidente’, esa región colonizadora y colonialista que ha dominado el mundo durante siglos y que incluye lo que hoy conocemos como la Unión Europea y EEUU.

No te voy a aburrir con otras obras de Todd, todas de gran interés, como por ejemplo La ilusión económica, en la que destruye sistemáticamente el modelo neoliberal a cuyo entierro asistimos hoy en día, y prevé sus tristes consecuencias.

Lo mío es ofrecer un par de ideas recogidas en el último libro de Emmanuel Todd, La dislocación, escrito en el 2025 y puesto en venta el 24 de septiembre recién pasado.

“Europa tiene mucho que ganar con la paz, pero sus dirigentes buscan seguir en la guerra (Ucrania). La TV nos proyecta incansablemente la imagen absurda de una Rusia que se prepara para invadirnos. Su obsesión del mundo exterior nace del miedo a observar lo que ocurre aquí. Y lo que ocurre aquí, es una crisis grave que se aproxima. Emmanuel Macron evoca una amenaza existencial rusa. Sí, la amenaza existe, pero ella está aquí, en nosotros, y tenemos pocos años para enfrentarla.”

Repito, esto fue escrito el año pasado… Luego, el estallido social iniciado por los liceanos en septiembre, seguido por los universitarios, los empleados públicos, los sindicatos, los agricultores, los bomberos, etc., etc., etc. tiene como única respuesta la represión policial mal organizada, incompetente y peligrosa, que pone a Francia al borde de lo irreparable.

Laurent Nuñez, el inefable ministro del Interior, quién declaró que él conocía –gracias a los servicios de inteligencia– a los 4 mil ultras que podían pasarse de rosca y no hizo nada para reducir los riesgos, declaró a posteriori que desgraciadamente hubo “asimetrías” entre los violentos y las fuerzas de policía…

Para Nuñez, “asimetrías” es sinónimo de “p’tas que soi weón”. Consciente de su boludez, le presentó su dimisión a Macron, otro boludo psicópata, que la rechazó antes de hablar 10 minutos en la tele para –como de costumbre– no decir nada y luego salir raudamente hacia el Medio Oriente, lugar en el que no tiene nada que hacer. “Voy a buscar combustible”, dijo, pero nadie vio que llevase un jerrycan.

¿Dónde está la jodida sorpresa?

La Historia de Francia está jalonada de revoluciones, sangrientas represiones, cambios de régimen y personajillos que se distinguieron por su rapacidad en el momento de robar, y por su crueldad a la hora de enfrentar a los manants, o sea a los villanos, siervos, patanes, zafios, campesinos o pringaos según se prefiera.

Pero quienes detentan el poder no aprenden. Macron prometió rigor y castigo para los violentos, y se echó el catalán, dejándole a su Primer Ministro la tarea de saber cómo.

La prensa planetaria, que reúne a lo más granado de periodistas y comentaristas extremadamente profesionales, hace como si nada de esto hubiese ocurrido antes, y aprovecha la ocasión para recomendarle a los turistas alejarse del lugar de los hechos.

Respuestas para la masa de manifestantes no hay. En los diez años de ejercicio del poder Macron logró que la fortuna de los oligarcas pasase de 200 mil millones de euros, a más de un billón de euros. ¡Es decir que tales fortunas fueron multiplicadas por cinco! Mientras tanto, el nivel de vida y el poder adquisitivo del resto de la población –clase media, trabajadores asalariados, agricultores, funcionarios públicos, y pringaos en general– bajó de manera significativa.

A tal punto que hay 350 mil ciudadanos que viven en la calle y el número de pobres supera los 9 millones. La Salud y la Educación se debaten con recortes de presupuestos (¡hola Quiroz!). La Sanidad Pública tuvo que eliminar 15 mil lechos de hospital, mientras hay cada vez menos Salas Cuna, lo cual no fue óbice u obstáculo para que Macron llamase a la población a “rearmar Francia haciendo más hijos” (sic). Macron, un tipo que no tiene ninguno.

Escuelas y Liceos se degradan hasta el punto de no tener baños y mingitorios dignos de ese nombre, ver caer sobre las cabezas de los alumnos los cielos falsos. Faltan miles y miles de profesores. Las asociaciones de ayuda solidaria, como Los Restaurantes del Corazón, no dan abasto alimentando a quienes no llegan a fin de mes.

La economía está estancada, la inflación crece estimulada por el aumento de precio de los combustibles y la mediocre campaña agrícola afectada por el cambio climático. El sector de la pesca está en quiebra y muchos patrones de barco ya no salen al mar porque el precio de los combustibles hace que trabajen a pérdida. El fenómeno del turismo –esa plaga de la cual todo el mundo desea librarse– y los recortes presupuestarios de la vivienda encarecen los alquileres hasta hacerlos inabordables. El desempleo, gracias a la deslocalización de la producción hacia el Asia, bordea el 10%, incluyendo a trabajadores diplomados de la enseñanza superior que no encuentran curro.

¿Dónde está la jodida sorpresa?

Todo lo descrito más arriba no es sino el resultado del libre mercado, del neoliberalismo, de la globalización, de las privatizaciones que enriquecieron a los amiguetes del gran capital, de la especulación financiera, en suma del anarco-capitalismo impulsado desde EEUU por los llamados Chicago boys.

Lo siento, pero una vez más debo preguntar: ¿Dónde está la jodida sorpresa?

Plagiando a Emmanuel Todd concluyo esta parida afirmando que la amenaza de irnos al carajo existe. Y esa amenaza está dentro. En nosotros. Algo me dice que habría que cambiar de mo’elo. ¿Ah?

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