Por Pablo Pozzi. Historiador -especializado en Historia de la Clase Obrera Norteamericana
Borrador Definitivo. E
Ante la ofensiva estadounidense sobre Venezuela y América Latina, publicamos este interesante artículo del historiador -especializado en Historia de la Clase Obrera Norteamericana- Pablo Pozzi. La nota, nos parece, echa luz sobre algunos aspectos de la política norteamericana en el contexto de su actual crisis y de la situación internacional.
Por Pablo Pozzi
Diversos comentaristas insisten que el secuestro de Maduro y la invasión a Venezuela fueron por el petróleo. Otros que es una modernización de la doctrina Monroe y la política de la cañonera. Los peorcitos creen que se trató de eliminar a un “narcoestado terrorista” para regresar Venezuela a la democracia secuestrada por el “narcodictador”. Y siempre están los que piensan que es todo producto de los febriles delirios del pederasta Trump, enceguecido porque le dieron el Premio Nobel a Corina Machado. Lo que nadie parece explicar es por qué ahora y no antes; ni hablar de porqué sólo secuestraron a Maduro; y qué se trae entre manos la política exterior norteamericana.
En todo esto un aspecto por demás notable, y que ninguna escuela de periodismo y comunicación remarca, es el increíble consenso de los medios. Todos utilizan el mismo lenguaje. Todos insisten en la misma “narrativa”. Leer los diarios es, como dijo Mark Wahlberg en la película “Tirador” (Shooter): ver qué mentiras nos quieren vender hoy. No importan los datos ni las contradicciones, sólo importa imponer un relato que les permita hacer lo que quieren.
Comencemos con una breve nota de color sobre el “narcoestado terrorista”. Maduro inicialmente estaba acusado por Estados Unidos de apadrinar al Cartel de los Soles para contrabandear miles de toneladas de cocaína. Sin mediar explicación, la acusación desapareció del caso penal. La razón fue revelada por el periodista Max Blumental (https://thegrayzone.com/2026/01/05/indictment-maduro-cia-network-witness/). El Cartel fue creado por la CIA en 1993 con generales de la Guardia Nacional venezolana (cuyas “antorchas” como símbolo de su rango serían los soles) para llevar toneladas de cocaína a Estados Unidos. Esto fue mucho antes del comienzo del chavismo. Blumenthal cita artículos de la época en el New York Times y una emisión del programa 60 Minutes de la época. Hacia el año 2000 el Cartel había desaparecido para volver a ser reflotado por el general Hugo Carvajal condenado por tráfico de drogas en Estados Unidos. Eso a pesar de que la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI) norteamericana presentó un informe oficial, el 7 de abril de 2025, por el cual señaló que “no hay conexión entre el gobierno de Maduro” y el otro cartel citado, el Tren de Aragua, “que fue desmantelado en 2023 por la policía militar en un raid en la cárcel de Tocorón desde donde operaba”.
Esto no debería ser novedad. En 1999 los periodistas Alexander Cockburn y Jeffrey St. Clair publicaron Whiteout (Verso Books) donde volcaban su extensa investigación en torno a la CIA y el comercio internacional de drogas. Una de entre las muchas perlitas que allí figuran es una documentada investigación sobre cómo el gobierno norteamericano reconstruyó a la mafia para luchar contra los comunistas italianos: para eso les facilitó no sólo la importación de droga a los puertos de Estados Unidos sino la misma droga, primero morfina luego heroína. The French Connection resultó ser una conexión en Washington. O como señalaron diversos comentaristas: “el principal estado narcoterrorista es Estados Unidos”.
Ahora, si no se trata de “narcoterrorismo”, por ahí se trata de “democracia”. Excepto que ya dejaron en claro que no piensan llamar a elecciones por un buen rato. Amén de que han aceptado que la elite chavista siga (por ahora) en el poder. Es más, los sucesores de Maduro ya han acordado ceder ante todas las demandas norteamericanas, desde el petróleo hasta los presos políticos. Esto sugiere que el único interés norteamericano es el petróleo, y como el saqueo de Venezuela puede generar bastante conflictividad interna, mejor que la represión la realice un gobierno “experimentado” en ello que, además, pague los costos (políticos y económicos). Total, si no funciona siempre los podemos reemplazar con Corina Machado.
Otro aspecto que debemos mencionar es que más allá de las fantasías de la progresía por las cuales el neochavismo de Maduro tenía una firmeza y cohesión que resistiría a las presiones de Trump, la realidad fue muy distinta. Las presiones norteamericanas apuntan no sólo a desgastar sino también a fracturar la clase dominante, y que ésta prefiera ceder antes que perder sus privilegios. El chavismo gestó una burguesía estatal que lucró con el sistema, y ante el peligro de perder todo prefirieron subordinarse y entregar (quizás a Maduro) pero sobre todo al pueblo chavista. Esto es una lección importante para el mundo. Estados Unidos no opera en el vacío, siempre apunta a tener socio internos a los cuales denomina “democráticos”. Su táctica, entonces, combina presiones externas, con la subversión interna centrada en la pequeña y mediana burguesía financiada por diversos organismos internacionales y ONG.
Esta muy en claro que no se trata de “democracia”, muy a pesar de los estertóreos gritos de periodistas argentinos como Feinman y Leuco (que tienen poco de periodistas y mucho de mercenarios). Entonces, ¿de qué se trata?
La realidad es que Estados Unidos está en una profunda crisis derivada de su decadencia frente a China, la India, y otras potencias. Su estancamiento en productividad, el debilitamiento del dólar frente a otras divisas, su deficitaria balanza comercial, han llevado a sus sectores dominantes a una cierta desesperación. Su deuda oscila entre un 125 y un 150% de su PBI, lo cual llevó a un primer intento (fallido) de saldarlo a través de aumentos de tarifas, precios, e impuestos. Esto ha significado el abandono de la política aislacionista de America First del primer gobierno de Trump, reconociendo su fracaso, y que esto había permitido avanzar a China en zonas antes controladas por Estados Unidos como América Latina. Se trata, entonces, de dos cosas. Una es extender su control sobre recursos naturales; lo cual significa también negárselo a sus competidores. La guerra de Ucrania, que suponía el quebrantamiento de Rusia y el acceso a sus recursos, ha resultado un fracaso hasta el punto de que Putin está derrotando a la OTAN, que ahora se lanza a su rearme. Las presiones sobre diversos países para cortar sus lazos con China han fracasado y hasta gente como Milei insisten que no están dispuestos a reducir sus lazos comerciales. La acción de Venezuela le permite a Estados Unidos establecer una economía de enclave sobre los pozos petroleros, mientras que también envía una señal al mundo de que están dispuestos a ejercer la opción militar más allá del derecho internacional. La tensión en torno a Groenlandia demuestra esto a las claras, y eso a pesar de que pone en peligro la existencia de la OTAN como señaló la primer ministro danesa. Las amenazas a México y Colombia desestabilizan la región. Pero a no engañarse, el problema no es ideológico de izquierda contra derecha. Hace ya muchos años, el primer ministro británico Lord Palmerston pronunció en 1848 la célebre frase “Inglaterra no tiene amigos ni enemigos permanentes, solo tiene intereses permanentes”. Gorbachov, Yeltsin y la nomenklatura rusa se engañaron a si mismos cuando pensaron que la Guerra Fría se trataba de un conflicto entre sistemas competitivos, el comunismo contra el capitalismo. Por ende, pensaron que si dejaban de ser comunistas se acabaría el conflicto con Estados Unidos. La realidad es que era un conflicto de poderío internacional y no ideológico. Tomó dos décadas para que Putin percibiera esta realidad y actuara de acuerdo con ella. En síntesis, no importa cuán rastrero seas, o cuánto aceptes lo que piden los norteamericanos, siempre van a pedir más hasta el momento en que la subordinación sea absoluta.
El segundo aspecto es que se trata de ganar tiempo mientras se buscan soluciones a largo plazo. En esto más que reflotar una versión actual de la doctrina Monroe (la llamada “Donroe”), se trata de regresar al planteo de Bush padre, allá por 1992, donde se promueve el caos organizado. Este planteo estuvo detrás de la guerra de los Balcanes y permitió un debilitamiento de más de una década de la Unión Europea forzando migraciones, problemas políticos y de fronteras, y gastos sin fin. Dado que China ha penetrado profundamente en América Latina, desplazando en muchas áreas a los norteamericanos, se trata de generar una desestabilización que dificulte el comercio y reduzca la productividad. Se trata, en fin, de dificultar el acceso de China a recursos y al comercio, obligando a diversas potencias (por ejemplo, la UE) a redirigir su gasto de iniciativas productivas al presupuesto militar. Un mundo en caos es un mundo complicado para el comercio y para naciones que han enfocado la competencia a este nivel. Esta política debilitó al euro durante dos décadas, y logró la subordinación europea hasta el punto de que terminaron involucrándose en la guerra de Ucrania a pesar de los costos que esto implicaba. Luego, fue aplicada a Africa y el Cercano Oriente: Líbano, Libia, Siria, Egipto, luego Somalía, Yemen, y ahora Irán fueron afectados por un caos generado por protestas que tienen bases reales, pero que son amplificadas y utilizadas por Estados Unidos y sus aliados. Ahora esta ocurriendo lo mismo en América Latina. Trump combina la amenaza de invasión, con chantajes económicos, con presiones diplomáticas: valga como ejemplo la última elección Argentina: si no votan como queremos no les daremos 20 mil millones de dólares. Los votantes cedieron al chantaje, pero los dólares no aparecieron. No hay principios, hay intereses.
A su vez esto ha generado numerosas contradicciones internas. Son docenas de empresas norteamericanas que comercian con China, o se han instalado allí. Al mismo tiempo, el complejo militar industrial deriva suculentos beneficios de esta conflictividad. Esto ha generado fracturas entre los sectores dominantes, que se puede ver en las críticas de numerosos políticos, demócratas y republicanos, a la política exterior de Trump. También ha generado problemas en la base trumpista. Las encuestas dan que la aprobación de su gobierno ha caído al 38%, y diversos dirigentes del movimiento MAGA (como Marjorie Taylor Greene) se han manifestado como críticos del abandono de las promesas electorales de no involucrarse en conflictos externos. Esto se combina con un incremento en la represión interna con la excusa de combatir a los inmigrantes ilegales, ciudades ocupadas militarmente, ciudadanos muertos, miles de detenidos (incluyendo un familiar de Karoline Leavitt, la vocera de la Casa Blanca). Todo eso a pesar de la Constitución y las leyes de Estados Unidos. Si combinamos eso con la manifiesta ilegalidad de la invasión a Venezuela (ya que no fue autorizada por el Congreso de Estados Unidos), la conclusión debería ser obvia: estamos ante una versión modernizada del fascismo.
A fines de la Segunda Guerra Mundial, el vicepresidente, Henry Wallace, se refirió al tema en el artículo “El peligro del fascismo en Estados Unidos”.[1] Wallace, luego de explicar que en Estados Unidos el fascismo tendría características norteamericanas, señaló que “un peligro son aquellos que, hablan de la democracia y el bienestar común, cuando en realidad tienen una insaciable ambición de dinero y de poder […] los fascistas norteamericanos son fácilmente reconocibles por su deliberada perversión de la verdad y de los datos. […] Pretenden ser súper patriotas, pero destruirían las libertades garantizadas por la Constitución. Demandan la libre empresa, pero son agentes del monopolio. Su objetivo es capturar el poder político de manera que, utilizando el poder político y el económico, pueden mantener al hombre común en una esclavitud eterna.” Cualquier similitud con Trump y el movimiento MAGA es un mero accidente. En realidad, debemos retornar a la clásica definición de Dimitrov: “El fascismo en el poder, como lo caracterizó acertadamente la XIII Sesión Plenaria del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, ‘es la dictadura terrorista declarada de los elementos más reaccionarios, más nacionalistas, más imperialistas del capital financiero’.”[2] Estamos ante esa dictadura terrorista.
Más que locura, el accionar de Trump lo que revela es una cierta desesperación ante la imposibilidad de una crisis que se hace más profunda. En otras palabras, es una política concreta del gran capital financiero para enfrentar la decadencia de Estados Unidos como potencia mundial.
Notas:
[1] Henry A. Wallace. “The Danger of American Fascism”. An article in the New York Times, April 9, 1944. Tomado de Henry A. Wallace, Democracy Reborn. New York, 1944, edited by Russell Lord, p. 259.
[2] Giorgi Dimitrov. “La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional Comunista en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo”. Fascismo, democracia y frente popular. VII Congreso de la Internacional Comunista. Cuadernos de Pasado y Presente 76. México: 1984; pág. 154.










