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Chile – «Una perspectiva diferente»

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Marxismo e historia : Documento Sobre la Historia Chilena Reciente
 

«Una perspectiva diferente»
Raúl Santander Vásquez
Rebelión

Documento escrito en Enero de 1979 por Raúl Santander Vásquez (1) -Chile

Es difícil fijar una perspectiva razonable al curso de la lucha de clases en el país, sino se realiza un balance crítico global de los acontecimientos ocurridos desde 1969 a la fecha. Para el éxito de ese propósito es útil evitar generalizaciones simplificadoras, confundir las etapas o emparentar los hechos que, acaecidos contemporáneamente, no se corresponden necesariamente. Una globalización servirá a nuestro propósito, sólo en la medida en que comprendamos sus momentos disímiles y contradictorios, separando aquellos propios del pasado y los que alumbran el porvenir.

La contra-revolución chilena aplastó una revolución en desarrollo. A pesar del extraordinario movimiento de masas desatado desde 1970, que en su ascenso se transformaría revolucionariamente a mediados de 1973, la contra-revolución triunfó fácil y rápidamente, prácticamente sin combate. Logró imponerse sobre un proletariado resuelto que, en el momento decisivo, careció de dirección política, provocando una derrota mayor que, aniquilando primero la superestructura política, se extendió al conjunto de las clases revolucionarias. Las Fuerzas Armadas asumieron el poder que, sin graves trizaduras, conservan hasta el presente.

Constituye un grosero y grave error reducir el triunfo de la contra-revolución a la decisiva acción de las Fuerzas Armadas. Es el conjunto de la burguesía nacional la que gesta la contra- revolución del 11 de septiembre de 1973. Repuesta de sus vacilaciones de los años 70-71, la clase dirigente se reorientó unificándose férreamente. No interesa ahora verificar que lo hiciese o no bajo un comando político central. Comenzada su unificación en octubre de 1972, se perfeccionó entrando francamente a una ofensiva política, comprometiendo extensamente sus efectivos sociales. A su vez agudizado el conflicto, las fuerzas revolucionarias contra-atacaron centrando su ofensiva en la expropiación de las industrias. Carente de dirección política, esta contraofensiva exacerbó la unificación burguesa al amparo del Comando Militar.

El endurecimiento de la ofensiva burguesa y la increíble defección de los partidos obreros, desplazaron a la derecha importantes sectores de la pequeño-burguesía, modificando la relación de fuerzas. La amplitud y profundidad que adquirió el movimiento de masas presionó la unificación burguesa como un todo, sin darle tiempo a un consecuente reacomodo con las estructuras partidistas tradicionales. Si bien, todos los partidos burgueses y sus direcciones responsables fomentaron y participaron en la contra-revolución; al calor y rapidez de los acontecimientos, perdieron la posibilidad de dirigirla. Su reacomodo resultó tardío, ocultando la extensión de la reconciliación clasista. La Dictadura Militar no es, como pareciera a primera vista, una usurpación política que acalle antagonismos relevantes entre los sectores de la burguesía nacional; por el contrario, es la expresión más cabal de la Dictadura de toda clase. Las angustias democratizantes que exudan hoy las direcciones partidistas desplazadas, no son la expresión de contradicciones fundamentales entre sectores burgueses y que, por su naturaleza, presagien una apertura democrática, en la cual esos partidos puedan jugar un papel significativo. Si no podemos desconocer los vínculos que aún los unen a su clase, debemos entender y proyectar esas relaciones en un nuevo contexto histórico que no facilita su reconciliación.

Un largo ciclo ha terminado. La posibilidad histórica de restauración de un orden democrático – burgués se ha cerrado irreversiblemente. Tenemos presente que entre una «imposibilidad histórica» y una eventual y transitoria apertura democrática no existe una oposición política absoluta. Lo que cuenta es que los desarrollos transcurridos agotaron las instancias de una colaboración estable, de larga duración entre las clases antagónicas, como aquellas precedentes. La carencia de este contenido común conspira concretamente en contra de un renacimiento de los partidos de prosapia democratizante, tales como el Partido Radical y la Democracia Cristiana.

Si bien, en la hora en que vivimos, los factores de atraso del país persisten, ocurre que el sentido de ese atraso no puede detectarse por la existencia de fases incumplidas del programa demo-burgués, sino curiosamente por su anormal realización. La única perspectiva posible, realista, es aquélla que surge de la inevitabilidad de un orden socialista, madurado en los ciclos precedentes, incluida la contra revolución vigente aún. Las reivindicaciones democráticas que puedan políticamente reactualizarse -que deben conquistarse- servirán al precalentamiento de la reanimación obrero-campesina. El papel que esas reivindicaciones puedan jugar, en el curso del proceso, se inscriben en el plano de las consideraciones tácticas de la perspectiva de la Revolución Socialista.

Uno de los elementos que, muy peculiarmente caracteriza la situación del país es la pérdida de la identidad política de las clases sociales. Realidad explicable en el proletariado, acaecida la derrota. No así con la clase dominante. La crisis de identidad política de la burguesía nacional, sus causas mas determinantes y su posible evolución constituye una clave importantísima en la perspectiva de la lucha de clases. Es efectivo que la fase por la cual atravesamos es la prolongación de las decisiones de septiembre de 1973; decisiones que no pueden sólo explicarse coyunturalmente o circunscribirse a los límites, por trascendentes que sean, de la crisis de 1970-73. Culmina un largo ciclo de l lucha de clases, roturando a su vez una perspectiva estructural de generoso contenido, objetivamente en la ruta de la Revolución Socialista y posibilitando la construcción de un genuino Partido Revolucionario.

En 1964, la Democracia Cristiana, que en lo esencial expresaba los intereses de las capas industriales, conquistó el poder. Con su ascenso, conjugaría el ensamble de todas las capas burguesas, estructuradas a lo largo del crecimiento histórico de Chile. Heredera del progreso alcanzado, agotaría rápidamente sus reservas internas. Este progreso se originaba en la ampliación capitalista de la sociedad, en el crecimiento de sectores sociales que modificaban la relación de fuerzas que antecedió al ciclo industrialista. La aparición de la capa industrial es tardía y, al integrarse al resto de las capas gobernantes, no supera con esta incorporación el raquitismo estructural de la clase burguesa en su conjunto. La plenitud se logra al precio de una mayor adherencia al aparato del Estado, que en el futuro regulará sus mutuas relaciones, incluido el esquivo sector en manos del imperialismo.

El triunfo de la DC realimentó nuevas crisis debido a razones específicas: el sector industrial se integró en contradicción relativa, dado que para conseguir sus ventajas comprometió fuerzas antagónicas: proletarios y campesinos y la baja pequeño-burguesía que se escindirían muy rápidamente. Logra el poder en una fase de desarrollo anormal, circunstancias en que las fuerzas anticapitalistas, que la acompañan, han alcanzado un notable desarrollo, sobrepasando subjetivamente las expectativas demo-burguesas, independientemente del hecho que las estructuras básicas de la sociedad: el latifundio y la propiedad imperialista, no hubiesen sido esencialmente modificadas. Al fracturar las fuerzas motrices de la revolución, obtiene una prórroga histórica que resultará de muy corta duración, pues las divide en el plano de la dirección política, sin lograr torcer su orientación hacia la modificación del «status». La alianza que dirige queda prisionera, tanto de las necesidades estructurales de la sociedad, como de aquéllas más contingentes de las grandes masas. Si importantes populares siguieron a la DC, lo fue porque su conciencia política se encontraba conturbada por los errores de los partidos obreros. Los acontecimientos ocurridos después de 1967 demostraron que ese oscurecimiento conciensal era producto de factores secundarios, que no alteraban su orientación al norte de clase ni a la modificación revolucionaria, conservando vivos los fermentos que determinarían las crisis internas de la DC, provocando desplazamientos básicos que vendrán a beneficiar, a corto plazo, los desarrollos de la Unidad Popular.

Para una mayor comprensión del período transcurrido entre el Gobierno de la DC y el triunfo de la UP, insistamos en dos aspectos:

1.- Los partidos obreros y los sindicatos estaban históricamente comprometidos con el desarrollo democrático burgués, compromiso enraízado en la situación de atraso del país que, lo desearan o no los había transformado en parte integrante de la forma y contenido de ese crecimiento. La dirección obrera se mostró incapaz de comprender el agotamiento de la fase demo-burguesa, transformándose en una dirigencia históricamente residual, perdiendo el horizonte de las clases que representaba. Si, durante décadas, se comportó objetivamente como una vanguardia; cerrado el ciclo demo-burgués, se desidentificó con los intereses de los trabajadores;

2.- La DC arrebató a su base campesina la vieja oligarquía fundiaria, quebrando con la Reforma Agraria irreversiblemente el basamento social del latifundio. La DC, profundamente ligada a esa oligarquía, la respetó social y económicamente, pero no pudo evitar separarse políticamente. En el marco del perfeccionamiento demo-burgués, abstractamente unificaba para escindir dramáticamente, liberando nuevas fuerzas revolucionarias.

El desarrollo capitalista del país se efectuó en un continuo proceso de compromisos sectoriales; con separaciones y aproximaciones sucesivas que reflejaban el antagonismo de proletarios y burgueses. Esencialmente, la burguesía nacional no tuvo la fuerza suficiente para dar a su propia necesidad de progresar un carácter revolucionario. Para protegerse levantó una superestructura implícitamente contradictoria. Una arquitectura burguesa, anidando formas de democracia obrera de inquieta naturaleza. En la cima, un aparato estatal desmesurado, cumpliendo funciones económicas, sociales y políticas, sembrado de capas sociales intermedias oscilando constantemente al flujo político. Dueña del poder, no visibilizaba claramente las anormalidades de su propio Estado. Con el triunfo de la Unidad Popular y de Salvador Allende, se produjo un cambio trascendente. Estas potencialidades salieron del control de la burguesía, sin transformación del carácter del Estado, utilizadas por la cara izquierda del compromiso histórico. El reformismo obrero conquistó – no interesa su transitoriedad- una base de sustentación de una amplitud insospechada. En el pasado los partidos reformistas habían colaborado y participado de las migajas del poder, a la sombra de la burguesía. Ahora lo hacen plenamente, presionados por un flujo político creciente que, sobrepasando el territorio demo- burgués, los impulsa avizorando objetivos socialistas. Esta excepcional circunstancia conformaba de facto una situación de dualidad de poder que, en su anormalidad, arrastraba a un enfrentamiento decisivo.

La anomalía era evidente. Las Fuerzas Armadas circunscribían ese aparato estatal, desarrolladas a su propio ritmo. El ciclo de crecimiento del Estado, bajo el patronato civil de la sociedad burguesa, mantenía en la oscuridad al estrato militar, como una presencia inmutable, neutra, meramente profesional. Mientras la burguesía se sintió segura, cultivó esa imagen, forzando su marginalidad, Al agudizarse el conflicto entre las clases, afloró con toda su potencia esa fuerza enervada y latente. La desorientación en el campo burgués y la ofensiva de las masas desataron el nudo contradictorio del Estado.

Serán las Fuerzas Armadas las que desencadenen la contra-revolución y, al intervenir, no lo harán simplemente como el brazo armado, sino como caudillos, aglutinadores de una clase a la ofensiva pero carente de dirección política. Si desde un ángulo trascendente, esa intromisión se produce al término del ciclo demo-burgués, conduce al mismo tiempo a la incorporación de esas Fuerzas al proceso de unificación de todos los componentes burgueses y que en el pasado parecieron satisfacerse con las integraciones económico-políticas de filiación partidista. De su papel de brazo armado, controlado políticamente saltan a la dirección, se amalgaman, modificando la trama tradicional. Compelidas a salvar el régimen aplastando a los trabajadores, cumplen su tarea complementariamente con su incorporación social al sistema de dominación, en el cual desempeñaban una función subordinada, decorativamente profesional. La contra- revolución completa la transformación del Ejército, la que no pudo realizarse en el tradicional cuadro demo-burgués. Esa mutación impide un regreso al viejo sistema de partidos y, por ende, a las formas tradicionales de la democracia burguesa, constituyéndose, de ahora en adelante, en un segmento indisoluble del sistema de dominación de clases. El futuro, en la eventualidad de un regreso cualquiera a formas democráticas, no reintegrará a los militares a sus cuarteles, marginados de la vida política. No se trata de que se hubiesen convertido en un partido político militar, sino de fusión orgánica y activa con la clase dirigente, en cuyo seno desempeñarán un papel determinante.

Descarnadamente, la derrota del 73 develó la inexistencia de un partido revolucionario y dejó en claro la imposibilidad de los embriones vanguardistas de asumir esa tarea. En la nueva situación, las masas chilenas conocerán sin duda nuevos ascensos y progresos; reharán sus organizaciones clasistas sin cejar en su lucha emancipadora, pero es seguro que sin un Partido Revolucionario no lograrán la victoria. La comprensión de esa necesidad no es de nuestro exclusivo patrimonio y otras tendencias se formulan en el mismo sentido. Aclarar y precisar en contenido específico de un tal Partido reviste especial importancia.

El problema debe ser planteado concretamente, en un presente radicalmente diferente al que prevalecía antes de la derrota; valorizando las experiencias previas y las que nos entregan los desarrollos posteriores a 1973. Sin entrar a consideraciones históricas a cerca de la naturaleza de los partidos que representaron a la clase en el pasado, algunas apreciaciones son inevitables. Los partidos Comunista y Socialista gozaron del apoyo y confianza de extensas capas nacionales nerviosamente concentradas en el proletariado industrial y el minero. A pesar de que las masas y esas direcciones se movilizaban en sentido inverso, esa relación no fue significativamente alterada antes del desenlace contra- revolucionario. En el interior de los partidos no se produjeron luchas tendenciales que presagiaran rupturas orgánicas y, del seno de la clase en ebullición, no surgieron corrientes de opinión que políticamente intentaran dar una respuesta adecuada a su propia praxis. La conciencia de clase no pareció entrar en contradicción con la esencia de sus partidos. De ser así, podría concluirse que los trabajadores no efectuaron un balance crítico y que ahora, en el clima de la reanudación de la actividad obrera, la perspectiva más probable es su natural reencuentro con las viejas formaciones. El futuro nos ofrecería la misma dilemática: arrebatar a los socialistas y comunistas el liderato de las masas.

El análisis del pasado proceso no puede satisfacerse con la exterioridad visible, por lo general engañoso. En su trama más profunda, la praxis de las masas- verificable en los meses críticos de 1973- se desenvolvió con efectiva independencia de las direcciones y en antagonismo objetivo. Si orgánicamente no se produjo una ruptura, una tijera se visibilizaba claramente. En los alvéolos partidistas, la situación no era muy distinta; los sectores jóvenes, galvanizados por el flujo político, se escurrían inconscientemente de la disciplina partidaria para ligarse a los sectores más resueltos de la clase. Los Cordones Industriales se propusieron conjugar ese movimiento, en parte incoherente, sin anudarlo tácticamente. Factores diversos impidieron que la conciencia de las masas cristalizara en un nivel superior, a pesar de su manifiesta orientación, perdurando con su dramático desenlace su adherencia a los partidos que conformaban la UP. Toda gran crisis política confronta a las clases sociales antagónicas globalmente pero, como pudo apreciarse en los días cruciales de 1973, los diversos estratos del proletariado nacional no marcharon uniformemente, dificultando su accionar. La vanguardia social, intercalada entre la clase y sus partidos, si bien acerada por el desarrollo de los acontecimientos, no pudo alzarse como alternativa oportuna y orillar, exitosamente, los escollos que le oponían las propias tradiciones de la clase. El progreso pasado era el producto de un «desarrollo –compromiso» entre las clases, orquestado por los partidos históricos del proletariado. Si bien éstos, desde 1964 en adelante, practicaron una política de independencia de clase, sin alianzas orgánicas con partidos burgueses, «colaboraban» programáticamente, confundiendo a los cuadros, fomentando fracturas profundas en la conciencia de las fuerzas motrices de la revolución. El frente en la acción, que cotidianamente se esforzaba por sobrepasar el marco demo-burgués, no logró salvar estos obstáculos «naturales».

La prioridad era la acción. Los trabajadores demolían la estructura clave del sistema: expropiaban la industria para hacerla trabajar bajo su control. El campesinado, con la misma decisión, llevaba a su término la revolución agraria. Se trataba aquí de la iniciativa de las bases, sin recomendaciones partidistas. La burguesía, reagrupándose, contraatacaba furiosamente e impelía a proceder indirectamente, responsabilizaba al Gobierno de esas «demasías». Expulsada de las fábricas y de las haciendas, combatía desde fuera sin poder hacer una guerra de trincheras. S u furia contra las masas sólo podía centrarla en ataques contra el Gobierno y, en ese plano, paradojalmente resultaba fuerte y eficiente. Esta estrategia indirecta confundió a los trabajadores, oscureciendo la política conciliadora de la Unidad Popular, retardando la comprensión del abismo existente entre su propio accionar y el de las direcciones y, en definitiva, evitando el estallido de una ruptura entre unos y otros, posible en su dinamismo y contrapuesta orientación. En el minuto decisivo, el flujo revolucionario carecería de dirección.

En un juego de báscula, la UP esgrimió el fantasma de un «poder popular», que no abandonó en ningún momento el cascarón de su simple enunciado. Cogida entre dos fuegos, la «vanguardia social» rompió la indecisión creando los «Cordones Industriales», que vendrían a expresar sus reticencias por las tradicionales estructuras en manos de la burocracia política. Los Cordones coordinarían la acción de los trabajadores de las diferentes industrias, que se enfrentaban a los problemas de control y administración de las fábricas expropiadas. Esta nueva estructura organizativa, nacida al margen de la voluntad oficial, revelaba, tanto la desconfianza por las direcciones sindicales y políticas, como su deseo de avanzar a la conquista del poder y la socialización del país. La dualidad de poder, ya insinuada en 1970, adquiriría una fisonomía concreta, independiente, democrática, forjada desde la base. Debe admitirse que expresaban un doble poder inconcluso, sostenido en el terreno industrial y sindical, sin plasmarse políticamente. Su orientación en ese sentido fue desvirtuada por factores diversos: la conducta del gobierno y las resistencias de la dirección UP. Los Cordones adolecieron de vicios intrínsecos: su carácter sectorial, que les cerraba el horizonte hacia el conjunto de la población. Pero, independientemente de sus debilidades, su enorme importancia radica – no tanto en su novedad organizativa- en haber sido los vehículos de la expropiación de la burguesía nacional y los encauzadores más resueltos de la respuesta de las masas a la contra-ofensiva burguesa que, infructuosamente, alzara la cabeza en junio de 1973. Coincidentemente, en el interior de los partidos –particularmente en el PS- las izquierdas yacentes giraron hacia los Cordones, dispuestas a afianzar y acerar la acción de la vanguardia en desarrollo. Su giro fue contradictorio. Con clara conciencia que las cumbres dirigentes detenían la acción, renunciaron, en el hecho, a dar una lucha política interna con el propósito de imponer una franca rectificación de la orientación política y, al integrarse silenciosamente al trabajo en los Cordones Industriales, capitularon ideológicamente, terminando por dejar irrestrictamente la conducción de sus partidos en manos de los sectores dirigentes. Esta duplicidad contribuyó a preservar la efigie global de los partidos y –negando su propio giro- desorientó a los trabajadores.

De junio a agosto de 1973, la crisis política se agudizó y el enfrentamiento entre las clases, implícito desde septiembre de 1970, se hizo inevitable. En ambos campos existía la certeza de la intervención militar, que debía producirse de un momento a otro. Paradojalmente, las dos clases tomaban la iniciativa. Su sentido era distinto. En el clímax de una situación revolucionaria, los trabajadores de la ciudad y el campo se inclinaban a la conquista del poder, demoliendo el sistema en la base. La UP, los partidos, las direcciones, sus alas izquierdistas, todos, habían creado una atmósfera de «poder popular», de lucha y enfrentamiento. La dirección declamaba, adormecía a las masas y se embriagaba ella misma con el «tránsito al socialismo». En la realidad, renunciaba al combate y a la más elemental autodefensa. El observador menos perspicaz podía apreciar que, en cada acción precisa, las masas se separaban de sus direcciones, sin lograr coordinarse, generalizar su divorcio y, menos aún, elevarlo a una positiva ruptura. Abstractamente, una oportunidad clásica de trasladar el centro direccional, creando un nuevo eje, se posibilitaba. Unida a las masas, que luchaban efectivamente y que empíricamente rompían con el reformismo capitulante, se presentaba la oportunidad a la vanguardia revolucionaria de saltar a la cabeza del movimiento y, quebrando el cerrojo reformista conducir a los trabajadores al combate.

La promesa no podía cumplirse. Los acontecimientos se precipitaron, sin dejar lugar a reacomodos estratégicos. El desequilibrio no se tradujo en ruptura y, al no surgir en el interior de la clase corrientes poderosas, que sirvieran de correas transmisoras de la praxis revolucionaria al programa revolucionario, las direcciones tradicionales no fueron conmovidas. La vanguardia revolucionaria, si bien comprendía lo ineluctable del proceso, armada estratégica y tácticamente y con la voluntad de combatir, partía de niveles demasiado bajos, sin contactos vivénciales y sin influencia material en los sectores decisivos. En el clima general, crecían, pero a un ritmo desproporcionado, sin relación a la magnitud de la tarea, careciendo de acumulaciones primitivas. El desencadenamiento de la ofensiva burguesa, con todo su potencial y su brutalidad, paralizó a los trabajadores y cerró todas sus posibilidades a la vanguardia.

La contra-revolución pulverizó la superestructura política y sumió a la clase en el desaliento. ¿Qué huellas han quedado en el proletariado de su maduración inconclusa? En la ilegalidad de su conciencia, ¿mantiene su adhesión a los viejos partidos? Al día siguiente de la derrota no había dudas: el desprestigio de sus partidos era considerable. Los procesos que se abren no autorizan para modificar esa apreciación. Pero hay algo más importante; contradictoriamente la gran derrota ha abonado la base histórica para el fortalecimiento del Partido Revolucionario. El nuevo contexto de la lucha de clases en el país se desenvolverá, necesariamente, en el umbral de los objetivos socialistas, que cierran el camino a un renacimiento de las formaciones de corte reformista, como aquellas del pasado.

Una serie de acontecimientos, apuntando en direcciones no siempre coincidentes, indican que el cuadro socio-político del país se ha modificado. El hecho más significativo es la reanudación de la actividad de la clase obrera nacional, con el reacomodo de su quebrantada organicidad. En el primer semestre de 1976 pudo apreciarse que, larvaria y tímidamente, los trabajadores en mejor pie de organización reaccionaban en contra de las expresiones más brutales de la crisis económica: la disminución de los salarios reales y el flagelo de la cesantía. Bajo el peso de una derrota política trascendente, desquiciada la organización sindical, con fracturas internas y tolerando una dirección impuesta por la Dictadura, esa reacción no podía confundirse con una reanimación clasista, indicando, tan sólo, que el transitorio eclipse de la conciencia obrera llegaba a su término. Impedidos aún de acciones orgánicas, hacían presente que los capitalistas, abusando de su victoria política, iban demasiado lejos. Utilizando los resquicios de una mezquina «legalidad», los trabajadores ferroviarios, los maestros y los empleados particulares se reconocían en el descontento. En el curso de 1978, ese proceso de CONTENCION se ha profundizado, transformándose en auténtica reanimación obrero-sindical que, al reobrar sobre capas más extensas, ha determinado la apertura de la liberalización presente.

Vacilante en sus comienzos, esa CONTENCIÓN se magnificaría en la paralización de faenas llevada a cabo por los mineros de El Teniente, antesala de la más agresiva movilización de los cupreros de Chuquicamata que estremecieron el ámbito nacional. Es al calor de los movimientos de los trabajadores del cobre, que el conjunto del proletariado chileno ha reanudado su marcha orgánica. Bajo esta presión, el gobierno se ha visto obligado a transigir, cediendo en el terreno salarial, procediendo a las primeras aperturas de la organización sindical. Por castradas, incompletas y dirigidas que hayan sido las elecciones sindicales efectuadas en octubre de 1978, evidencia que una nueva fase de la lucha de clases ha comenzado en el país. Presenciamos los comienzos de una reanimación obrera que se afinca en los núcleos productivos, mineros e industriales y que se valoriza al conjugarse con la reconstitución de los sindicatos y las federaciones. ¿Qué curso seguirá esta reanimación? No es fácil anticipar una respuesta. Si el presente es promisorio, constituiría una temeridad presupuestar, de antemano, su desarrollo lineal en progreso constante.

Disponiendo de todas las herramientas del poder, la Dictadura no ha logrado solucionar los graves problemas económicos. Si la fase más crítica ha sido superada y el aparato productivo viene de regreso, mejorando los penosos índices de 1975 y la inflación se aproxima a sus límites anormalmente crónicos, nada en realidad ha sido resuelto. Es suficiente mencionar que, después de nueve años, los índices de la producción industrial y de ventas se nivelarían con aquellos de 1970. Si esto es un progreso, se ha logrado acentuando las tendencias monopólicas, sin progreso técnico y, lo que es más decisivo, sin disminuir los porcentajes de desocupación que, a niveles nacionales, se mantienen en un fatídico 13%. Los modestos aumentos saláriales no cubren las necesidades de la población en actividad y, menos aún, de la pasiva, que ha aumentado relativa y absolutamente. La burguesía ha terminado por comprender que las ventajas objetivas de su victoria contra-revolucionaria se han agotado y que, por sí mismo, el aplastamiento ha dejado de redituar. Se encuentra cogida ahora, entre el temor al espectro obrero y la magredad del mercado interno. En este cuadro, el reacomodo económico, la liberalización del régimen y la reanimación sindical, son factores que se interaccionan necesariamente.

La liberalización en curso está muy lejos de alterar o resquebrajar la estructura de poder. Razonablemente, puede afirmarse que la base de sustentación social de la Dictadura, -de su apoyo masivo- ha disminuido sensiblemente, sin que esa realidad se manifieste aún dinámicamente. Los esfuerzos realizados por el Gobierno por aglutinar más agresivamente a los sectores medios de la población, han fracasado rotundamente; continúa apoyándose en la burguesía nacional y en el aparato burocrático militar. Sin embargo, nada autoriza a suponer que su capacidad operativa y represiva se encuentre debilitada. Las fricciones internas, develadas en 1978, han sido superadas sin resquebrajaduras importantes y las diferencias entre los sectores industriales, agrarios y financieros no traspasan la línea normal de la competencia de intereses. No puede olvidarse que el estrato militar ha penetrado en el cuerpo económico provocando modificaciones, cuyo alcance no es posible medir cabalmente. La Dictadura ha debilitado seriamente el enclave económico estatal, interrumpiendo la tendencia concentradora característica de los períodos pasados, acentuada particularmente durante el Gobierno de Salvador Allende. Esta disgregación tiene un límite- por obvias razones- manteniéndose en poder del Estado las industrias claves y de mayor gravitación económica, de las cuales CODELCO no es la menos significativa. Si bien la CORFO ha vendido la mayoría de las industrias bajo su control, que pasan formalmente a manos de la empresa privada, todo induce a pensar que estos traspasos acrecientan la participación militar, anudando sus lazos económicos con los sectores industriales. El estrato militar es numeroso, si se aprecia su background: familias, relaciones, personal en retiro, que como un todo usufructúan del aparato económico.

La eliminación de los partidos políticos burgueses, la privatización de las libertades y del uso abierto de los medios tradicionales de expresión, dificultan el conocimiento de la evolución de la conciencia de la clase dirigente. Evaluando las opiniones que surgen de las organizaciones patronales y de sus dirigentes responsables, es legítimo concluir que la burguesía no se siente tentada o compulsada a separarse políticamente de la Dictadura. Hacia sus antiguos partidos- en receso- mantiene una ambivalente y expectante actitud. Comprende muy bien que la estructura del poder vigente la limita y la constriñe y, sin duda, preferiría, como en el pasado, manejar con soltura sus propios negocios. La experiencia reciente le indica que una apertura democrática involucra, por ahora, más riesgos que beneficios y, si accede a una contemporización sindical, es en el entendido de estabilizar un sindicalismo regimentado que controle la presión obrera y que, por otra parte, dé satisfacción a la necesidad de recomposición industrial y comercial.

No es inoficioso recalcar que el deterioro de las relaciones entre la clase y los partidos no es un fenómeno nuevo. Se ha modificado el marco de referencia. En su momento, el crecimiento de la DC relegó a segundo plano a los conservadores y a los liberales y, más lejos, al Partido Radical. Presionada por la ofensiva obrera de los años 70, la DC constató que, muy rápidamente, los sectores obreros la abandonaban, cobijándose bajo el alero de las organizaciones patronales. La contra revolución aceleró y profundizó el distanciamiento. Si bien la DC promovió y participó en la conjura, no recibió como partido político, los frutos de su colaboración. Unificada de facto, la burguesía se mantiene, en lo fundamental, solidaria con el comando militar. Si la DC ha pasado insensiblemente a la oposición, esa postura no nos prueba que una parte de la burguesía siga su camino. Ese partido no es ahora representativo de fuerzas sociales precisas; ellas han emigrado y, mientras esta situación persista, es sólo un árbol hueco que nada autoriza a considerar una realista alternativa de poder. La separación virtual de la clase burguesa con sus partidos tradicionales es uno de los factores estabilizadores del Gobierno y que aminora el deterioro masivo de su base social de sustentación.

La lucha de clases ha salido de su punto muerto, augurando nuevos desarrollos. En todas las esferas sociales pueden apreciarse manifestaciones críticas de intensidad variable, pero es evidente que la reanimación es esencialmente sindical, fincada en los sectores obreros en trabajo activo y cuya cohesión es sólida. Podemos conjeturar que este proceso seguirá los necesarios e inevitables reajustes de las clases, que en el caso del proletariado es en primera instancia orgánico y subordinadamente político. La perspectiva no puede investigarse, aislando la recomposición obrera de los diversos factores objetivos y subjetivos que la determinan. Debe recalcarse que la reanimación en sus comienzos se produce en una NUEVA PERSPECTIVA HISTORICA, que estructuralmente no tolera compromisos estables, de larga duración, entre las clases antagónicas del país. Esta nueva perspectiva, incubada en un largo desarrollo, no aparecerá armada de pies a cabeza en las primeras escaramuzas; se perfeccionará en las inevitables fases de una perspectiva política muy precisa, que tiene su raíz en las dificultades de la recomposición obrera después de una gran derrota. Entre una y otra no existe, al presente, ni contradicción ni identificación absoluta y su reencuentro seguirá las alternativas de la coyuntura política.

Es en la relación «estructura-coyuntura», en sus movimientos no siempre coincidentes, que nuestra atención deberá detenerse. El sindicalismo, centro nervioso de la reanimación, no surge tumultuoso y agresivo; se recompone dificultosamente, ya que si bien son sus bases más profundas las que presionan, se expresan, desafortunadamente, a través de direcciones sustitutivas, que les han sido impuestas y su lucha se desenvuelve en un período en que la Dictadura conserva su potencial. Una vanguardia social de nuevo cuño, detonante y producto de la reanimación, se educa en este clima contradictorio. Su estructura es desigual y su maduración es empírica. La liberalización, que puede conllevar una mejoría relativa de la situación económica, no conduce fatalmente a una aceleración de la ofensiva, sino probablemente a un período de asimilación que contenga el proceso el tiempo necesario para acumulaciones más agresivas. En este cuadro debemos situar nuestras tareas.

Chile – Enero 1979

(1) Raul Santander Vasquez (compañero Montes): militante y dirigente del Partido Socialista Revolucionario (seccion chilena de la Cuarta Internacional-SU) e importante intelectual marxista chileno. Falleció en San Sebastian(Chile) el 5 de octubre del 2001.

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