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Chile – «Boric y los límites de un sector de la izquierda que gobernó administrando el modelo» Por Esteban Silva Cuadra

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Gabriel Boric apareció hace algunos días en Montevideo reivindicando un discurso de izquierda y cuestionando la moderación como horizonte político. Pero, tras su experiencia de gobierno, surge una pregunta inevitable: ¿qué tan distante fue su administración del modelo que durante años la izquierda había cuestionado? Para Esteban Silva Cuadra, el balance muestra las profundas limitaciones de un progresismo que terminó privilegiando la administración del modelo, los acuerdos institucionales y la distancia respecto de los movimientos sociales.

Gabriel Boric apareció hace algunos días en Montevideo reivindicando un discurso de izquierda, cuestionando la moderación como horizonte político y afirmando que la izquierda debe defender sus convicciones.[1] El problema es evidente: ese discurso de izquierda y de cambio que hoy plantea no fue el que orientó su gobierno en Chile.

No basta con reivindicarse de izquierda después de gobernar. Una izquierda se demuestra en las transformaciones que impulsa, en los intereses económicos que enfrenta, en la soberanía que defiende y, sobre todo, en su capacidad de vincularse de verdad con las trabajadoras y los trabajadores, las organizaciones sociales y los movimientos populares.

Y allí el gobierno de Boric demostró una profunda incapacidad. Llegó al poder levantando muchas de las demandas nacidas de las movilizaciones sociales, pero, una vez en La Moneda, se fue alejando de esos movimientos y terminó privilegiando los acuerdos institucionales y las negociaciones desde arriba. Terminó siendo un gobierno completamente continuista del centro socialdemócrata liberal, continuador de la ex Concertación, pero sin contar siquiera con la experiencia de gestión política que esta había acumulado.

El TPP-11 constituye uno de los ejemplos más claros. Boric lo había rechazado y criticado antes de llegar al gobierno, pero, una vez en La Moneda, terminó permitiendo su ratificación y entrada en vigor, y haciendo suyo un tratado que fortalece a las grandes corporaciones transnacionales, limita la soberanía económica de Chile y profundiza la subordinación del país a las reglas del libre comercio. Lo mismo ocurrió con el Tratado Chile–Unión Europea, que su gobierno no solo respaldó, sino que promovió activamente. Se trata de un tratado neocolonial que consolida una relación económica asimétrica, fortalece los intereses de las grandes empresas europeas y transnacionales y restringe los márgenes soberanos de Chile para definir su propio desarrollo.

En ninguno de estos procesos Boric quiso escuchar verdaderamente a las organizaciones de trabajadores y a los movimientos sociales que durante años han cuestionado los TLC. Su gobierno optó nuevamente por acuerdos negociados desde arriba, ignorando las críticas y propuestas provenientes del movimiento sindical y social.

Algo semejante ocurrió con la reforma previsional. En lugar de superar el sistema de AFP, como durante años exigió el movimiento social, la reforma terminó fortaleciéndolo y legitimándolo dentro de una nueva arquitectura previsional. Tampoco aquí existió una voluntad real de construir con el movimiento No+AFP, las organizaciones sindicales y las trabajadoras y los trabajadores. Luis Mesina fue categórico: sostuvo que «se traicionó la propuesta que el Gobierno había hecho al movimiento social» y que la reforma «no solo no cambia el modelo, sino que lo fortalece».[2] La propia Coordinadora No+AFP denunció que el acuerdo consolidaba el sistema de cuentas individuales administradas por las AFP.[3]

La misma incapacidad política se expresó en la reforma tributaria. El gobierno redujo sustantivamente su propuesta incluso antes de presentarla al Congreso y finalmente no consiguió los apoyos necesarios para hacerla avanzar. Pero el fracaso no fue solo parlamentario: tampoco buscó construir una alianza con las fuerzas sociales organizadas en torno a la necesidad de una reforma tributaria profunda, vinculándose con trabajadores, movimientos sociales y sociedad civil para presionar a un Parlamento desprestigiado y en crisis de representación.

En un tema estratégico como el litio, la empresa SQM terminó condicionando al Estado y el gobierno de Boric cedió, aceptando un acuerdo multimillonario negociado sin la transparencia necesaria y en desmedro de la soberanía nacional sobre un recurso estratégico para Chile.[11]

Algo semejante ocurrió con el proceso constitucional. El gobierno de Boric careció de una conducción política clara frente a la propuesta elaborada por la Convención Constitucional y estuvo atravesado por contradicciones permanentes. El propio Boric contribuyó a generar confusión y desaliento cuando planteó que había que aprobar la propuesta para después reformarla, asumiendo las posiciones liberales y moderadas de la socialdemocracia y del centro, que eran minoritarias en la Convención.

En vez de ejercer un liderazgo decidido en defensa de un proceso constituyente nacido de las movilizaciones populares, debilitó a las fuerzas sociales y populares que defendían la propuesta. Su oposición a nuevos retiros de fondos previsionales y otras señales contradictorias transmitieron una percepción concreta de completa ausencia de liderazgo y de conducción desde el Ejecutivo. A mi juicio, esa falta de liderazgo y de conexión con las fuerzas sociales y populares incidió de manera significativa en la derrota del plebiscito constitucional de 2022.

En el tema del pueblo mapuche y su relación con el Estado, su gobierno fue un completo fracaso. Continuó con la fórmula del gobierno derechista de Piñera, renovando el estado de emergencia y militarizando la Araucanía. No avanzó hacia una solución política basada en el diálogo, el reconocimiento de los derechos del pueblo mapuche y la restitución de sus territorios.

Este es uno de los principales balances políticos de su gobierno: una profunda incapacidad para vincularse de verdad con los movimientos sociales y construir las transformaciones junto a ellos. Ahí existe una diferencia política profunda con una izquierda social y política verdaderamente transformadora. Una izquierda de futuro no puede convocar a los movimientos sociales y progresistas solo para ganar elecciones; debe gobernar con ellos, escucharlos y fortalecer su autonomía, organización y capacidad de construir poder popular.

Boric llegó anunciando una ruptura con la antigua Concertación, pero terminó políticamente mucho más cerca de Aylwin y Lagos que de Salvador Allende. En vez de proyectar una nueva izquierda transformadora para el siglo XXI, reprodujo buena parte de la lógica del progresismo administrativista de las décadas anteriores.

Política exterior: doble estándar y abandono de una perspectiva latinoamericanista

También en política exterior se expresó esa contradicción. Su gobierno estuvo lejos de una concepción latinoamericanista, soberanista, antiimperialista y no alineada. Boric convirtió su respaldo a Zelensky en uno de los rasgos más visibles de su política internacional, mientras mantuvo un discurso de confrontación contra gobiernos y procesos políticos latinoamericanos.

Ya había cuestionado públicamente su alineamiento con Zelensky, la Unión Europea y la orientación de la OTAN, así como el abandono de una política exterior latinoamericanista y autónoma.[4] Algo semejante ocurrió con el Sáhara Occidental: he sostenido que el gobierno de Boric terminó claudicando frente a principios de autodeterminación y derechos humanos que decía defender y fue incapaz de avanzar en el reconocimiento efectivo de la República Árabe Saharaui Democrática.[5]

Cuba fue un ejemplo particularmente grave. Boric llegó a calificar a Cuba como una dictadura y a Fidel Castro como un dictador precisamente cuando Donald Trump intensificaba la agresión política, económica y diplomática contra la Revolución Cubana y profundizaba el bloqueo. En vez de colocar el acento en denunciar el bloqueo, las sanciones y la extraterritorialidad de esas medidas, profundizó sus descalificaciones contra Cuba.

Con Nicaragua mantuvo una obsesión y una crítica furibunda. No reconoció la reelección de Daniel Ortega y Rosario Murillo y sostuvo una política permanente de confrontación con el gobierno nicaragüense.

El contraste con Emiratos Árabes Unidos es revelador. Durante su mandato, la primera y única visita oficial que realizó a un país árabe fue precisamente a Emiratos Árabes Unidos, una monarquía autoritaria donde la ciudadanía nunca ha elegido democráticamente al presidente ni al gobierno. Sin embargo, Boric nunca utilizó el lenguaje descalificatorio que reservó para Cuba, Nicaragua o Venezuela. No calificó públicamente al régimen emiratí de dictadura ni convirtió los derechos humanos en condición previa para relacionarse con sus autoridades. Por el contrario, su único viaje oficial como presidente a un país de la Liga Árabe fue a un país autoritario y aliado estrecho de Israel y de Estados Unidos: viajó a Abu Dabi y Dubái para estrechar relaciones políticas y económicas, atraer inversiones y profundizar el comercio.[6]

Ahí aparece con claridad el doble estándar: para Cuba, Nicaragua y Venezuela, democracia y derechos humanos fueron elementos de confrontación y descalificación; frente a Emiratos Árabes Unidos, esos mismos criterios dejaron de constituir un impedimento.

El contraste con Ucrania y Volodímir Zelensky refuerza esa contradicción. Boric tampoco cuestionó a Zelensky por mantenerse en el poder sin elecciones presidenciales mientras continuaba vigente la ley marcial. Durante el conflicto fueron postergadas las elecciones y el gobierno ucraniano prohibió más de una decena de partidos considerados prorrusos, entre ellos fuerzas de oposición de izquierdas y soberanistas, manteniendo además la proscripción del Partido Comunista. Tampoco convirtió en un tema de defensa democrática la presencia e influencia en el gobierno de Zelensky de sectores ultranacionalistas, neonazis y fascistas.

Al contrario, Boric convirtió el respaldo a Zelensky y a Ucrania en uno de los ejes más visibles de su política exterior, reuniéndose con él en distintas oportunidades y manteniendo encuentros directos por videoconferencia. Durante todo su mandato desplegó además un discurso marcadamente antirruso.[4]

Ese alineamiento produjo incluso diferencias con otros presidentes progresistas latinoamericanos. En la Cumbre CELAC–Unión Europea de 2023, Boric presionó para que América Latina asumiera una condena más explícita contra Rusia.[7] Lula marcó distancia y señaló que Boric tenía «un poco más de ansiedad que los demás», defendiendo una política capaz de dialogar tanto con Rusia como con Ucrania para contribuir a una salida negociada.[8]

El contraste con Gustavo Petro fue igualmente significativo. Petro decidió no asistir a la llamada Cumbre para la Paz sobre Ucrania, realizada en Suiza en 2024, y sostuvo que América Latina debía participar en conferencias orientadas realmente a encontrar caminos de paz, «no a construir bloques para la guerra».[9] Boric, en cambio, asistió a una conferencia organizada sin Rusia y reafirmó allí su condena a Moscú y su apoyo a Zelensky.

Los contrastes con Lula y Petro muestran una diferencia de fondo: mientras ambos procuraban preservar márgenes de autonomía latinoamericana y capacidad de interlocución entre las partes, Boric asumió una política marcadamente pro-Zelensky y antirrusa.

Venezuela, CELAC y MNOAL

Su política frente al socialismo bolivariano y al gobierno del presidente Nicolás Maduro estuvo marcada por una verdadera obsesión política y una crítica particularmente enconada. Boric descalificó reiteradamente a Maduro mucho antes de las elecciones presidenciales de 2024, desconoció posteriormente su reelección y mantuvo durante su gobierno una política permanente de cuestionamiento y descalificación contra el proceso bolivariano venezolano.

En la práctica, terminó alineando políticamente a Chile detrás de una ofensiva internacional contra Maduro que tuvo en Estados Unidos a su principal impulsor, mientras Washington intensificaba sanciones, presiones y agresiones contra Venezuela.

Por eso resulta profundamente contradictorio que ahora denuncie un «nuevo imperialismo» de Trump y, al mismo tiempo, vuelva a afirmar que el presidente Nicolás Maduro, actualmente secuestrado, «se había robado las elecciones». No existe coherencia antiimperialista posible cuando durante sus cuatro años de gobierno contribuyó a la ofensiva de ataques y descalificaciones contra el mismo gobierno que Estados Unidos buscaba aislar y derrocar.

A esta orientación se agrega otra ausencia fundamental: Boric no hizo de la CELAC ni de la integración soberana de América Latina y el Caribe un eje práctico ni estratégico de su política exterior. Para una izquierda latinoamericanista, la CELAC debe ser uno de los principales espacios desde donde nuestros países construyan posiciones comunes, defiendan su soberanía, sus recursos naturales y sus intereses frente a las grandes potencias.

La CELAC no puede ser otro foro diplomático. Debe ser una herramienta para avanzar hacia la unidad, la integración y la emancipación de América Latina y el Caribe, sin Estados Unidos ni Canadá. Sin embargo, el propio episodio con Lula mostró cómo Boric intentó empujar al bloque regional hacia una definición más subordinada a la posición de la Unión Europea sobre Ucrania y en contra de Rusia.

En coherencia con esos alineamientos internacionales, su gobierno tampoco otorgó prioridad ni relevancia al Movimiento de Países No Alineados (MNOAL). Su política abiertamente pro-Zelensky y antirrusa, así como sus constantes ataques a los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua, resultaban contradictorios con las posiciones y orientaciones en pos de la unidad en la diversidad latinoamericana y caribeña y del MNOAL.

Su incoherencia y sus alineamientos con gobiernos de la Unión Europea, como el del socialdemócrata otanista Pedro Sánchez y el PSOE, contribuyeron además a crear las condiciones y a envalentonar al gobierno ultraderechista de José Antonio Kast, que sucedió a Boric y terminó retirando a Chile del MNOAL. Ese retiro constituyó un salto cualitativo en el abandono de una mínima política exterior soberana, latinoamericanista y vinculada al Sur Global, profundizando el alineamiento de Chile con Estados Unidos, la OTAN y la renovada Doctrina Monroe de Donald Trump.[10]

Una izquierda de futuro

Por todo esto no considero que Gabriel Boric represente un liderazgo de futuro para amplios sectores de la izquierda y del progresismo chileno. Su experiencia gubernamental no abrió un nuevo ciclo transformador; mostró los límites de un progresismo que llegó prometiendo superar la Concertación y terminó aproximándose a ella.

Boric prometió representar una nueva izquierda, pero cuando tuvo la posibilidad concreta de gobernar terminó administrando buena parte del modelo económico existente, profundizando los tratados de libre comercio, fortaleciendo las AFP, fracasando en avanzar en una reforma tributaria transformadora, actuando contradictoriamente frente al proceso constitucional y alejándose de los movimientos sociales.

Terminó siendo políticamente mucho más discípulo de Aylwin y Lagos que continuador de Salvador Allende y de una izquierda de futuro.

Chile necesita construir una izquierda de futuro: socialista, popular, democrática, transformadora, internacionalista, antiimperialista, anticolonialista, latinoamericanista y soberana. Una izquierda profundamente vinculada con las trabajadoras y los trabajadores, los sindicatos, los movimientos sociales y populares, no solo en el discurso, sino en la construcción cotidiana de las transformaciones y del poder popular.

Una izquierda que no convoque a los movimientos sociales solamente para ganar elecciones, sino que construya junto a ellos; que fortalezca la organización popular y vuelva a colocar en el centro la soberanía económica, los derechos de las trabajadoras y los trabajadores, la propiedad social y pública en sectores estratégicos, nuestros recursos naturales y bienes comunes y la integración soberana de América Latina y el Caribe.

Una izquierda que dialogue creadoramente con el legado de Salvador Allende, no para repetir el pasado, sino para construir una alternativa socialista para el siglo XXI, profundamente arraigada en nuestra realidad, en América Latina y el Caribe y en las luchas emancipadoras de los pueblos del Sur.

En un necesario debate intergeneracional en la izquierda social y política, no debemos confundir la prudencia con la cobardía, ni la falta de correlación de fuerzas para avanzar con el acomodo y el mero pragmatismo. Esas confusiones pueden servir por un tiempo, pero política y culturalmente envejecen mal y muy rápido.

El futuro de la izquierda chilena no puede consistir en administrar el modelo mientras se gobierna y recuperar después un discurso radical —en el sentido de ir a la raíz de los problemas— cuando ya no se está en La Moneda.

Gabriel Boric puede ahora volver a hablar de izquierda, pero, después de su experiencia concreta de gobierno, desde la izquierda y los movimientos sociales debemos contrastar sus dichos con lo que efectivamente fue su gobierno. Y ese contraste muestra la profunda distancia entre el discurso de izquierda que hoy reivindica y la política concreta que desarrolló cuando tuvo la responsabilidad de gobernar Chile.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Boric en Montevideo. Intervenciones de Gabriel Boric en Montevideo, agosto de 2026, donde reivindicó públicamente su pertenencia a la izquierda y cuestionó la moderación como horizonte político.
Diario y Radio Universidad de Chile — «Boric desde Montevideo: ‘La izquierda está viva’…»

[2] Luis Mesina y la reforma previsional. Mesina sostuvo que «se traicionó la propuesta que el Gobierno había hecho al movimiento social» y que la reforma «no solo no cambia el modelo, sino que lo fortalece».
El Ciudadano — Luis Mesina sobre la reforma de pensiones

[3] Coordinadora No+AFP y fortalecimiento del sistema privado.
El Ciudadano — «Se prometió el fin de las AFP… pero se terminó fortaleciéndolas»

[4] Esteban Silva Cuadra: Boric, Zelensky, UE y OTAN.
Werken Rojo — «El abandono del proyecto latinoamericano: la política exterior de Boric y su alineamiento con la UE y la OTAN»

[5] Esteban Silva Cuadra: Boric y el Sáhara Occidental.
El Ciudadano — «Boric y el Sáhara Occidental: del apoyo a la autodeterminación saharaui a la claudicación»

[6] Visita de Boric a Emiratos Árabes Unidos.
Presidencia de Chile — Discurso ante inversionistas y empresarios de Emiratos Árabes Unidos

[7] Boric en la Cumbre CELAC–UE y su posición sobre Rusia.
Presidencia de Chile — Discurso de Gabriel Boric en la Cumbre CELAC–UE, 18 de julio de 2023

[8] Lula marca distancia con Boric.
CNN Chile — «Lula y crítica de Boric a la Celac-UE por guerra en Ucrania: ‘Tenía un poco más de ansiedad que los demás’»

[9] Gustavo Petro y la Cumbre sobre Ucrania en Suiza.
Presidencia de Colombia — Petro suspende participación en conferencia sobre Ucrania

[10] Esteban Silva Cuadra: retiro de Chile del MNOAL.
El Ciudadano — «Kast retira a Chile del Movimiento de Países No Alineados y lo alinea con la renovada Doctrina Monroe de Donald Trump»
Werken Rojo — «Kast retira a Chile del MNOAL y lo alinea con la renovada Doctrina Monroe»

[11] Marco Enríquez-Ominami sobre el acuerdo Codelco–SQM. En noviembre de 2025, MEO cuestionó duramente el acuerdo por el litio, sostuvo que había sido «negociado con la pistola en la cabeza» y planteó que debía ser revisado.
El Ciudadano — MEO promete anular el acuerdo Codelco–SQM por el litio

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