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Alemania – «El capital no duerme»

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Daniel Polzin

A l’encontre, 3-8-2021

http://alencontre.org/

Traducción de Correspondencia de Prensa

A menudo enfermo, constantemente sobrecargado de trabajo, muerte precoz: cuando el SPD pidió la prohibición del trabajo nocturno en su “Programa de Erfurt” hace 130 años [1891], se basaba en observaciones puramente sociales. Recién en las últimas décadas han sido demostrados científicamente los efectos nocivos del trabajo nocturno para la salud. Pero, entretanto, la idea de prohibirlo ha desaparecido. En las turbulentas aguas de la competencia mundial, esta reivindicación original del movimiento obrero, que figuraba ya en el primer decreto de la Comuna de París de 1871 [1], fue arrojada discretamente por la borda. ¿Ha perdido importancia el trabajo nocturno? ¿O es menos peligroso? ¿O es más necesario?

En 2017, tres investigadores estadounidenses fueron galardonados con el Premio Nobel de Medicina por sus descubrimientos sobre el funcionamiento del “reloj interno”, el famoso ritmo circadiano (ritmo biológico que dura unas 24 horas). Diez años antes, la OMS había clasificado el trabajo nocturno como “probablemente cancerígeno”, y lo volvió a confirmar en 2019, lo que no demuestra de forma concluyente la existencia de un vínculo médico, sino que, simplemente, alerta sobre el riesgo. Pero, un estudio realizado en 2015 con más de 70.000 enfermeras concluyó que el trabajo nocturno habitual aumenta el riesgo de mortalidad general en un 11%, incluso después de tener en cuenta otros factores de riesgo como el consumo de alcohol, la edad avanzada, el tabaquismo, la falta de ejercicio o la obesidad. Un estudio realizado en 2018 en Estados Unidos con 270.000 participantes reveló que el trabajo nocturno aumenta el riesgo de desarrollar diabetes de tipo 2 en un 44%. Según el Health and Safety Executive (HSE, Inspección de trabajo en materia de salud y seguridad) del Reino Unido, el riesgo de padecer enfermedades cardíacas se incrementa en un 40%, según diversos estudios.

Sabemos que el trabajo nocturno tiene efectos negativos en casi todas las funciones del cuerpo humano, desde el sueño hasta la digestión y el sistema cardiovascular. El hecho de que algunas personas se adapten subjetivamente a horarios de trabajo anormales u objetivamente soporten mejor el estrés en cierta medida no cambia nada. Ningún reloj interno puede adaptarse a dicho ritmo. El trabajo nocturno regular es una tortura para el cuerpo humano.

Pero en lugar de bajar, cada vez son más los trabajadores que tienen que soportar ese suplicio: actualmente más de 3 millones de personas tienen que trabajar de noche en Alemania. Entre 1995 y 2015, la proporción de empleados que trabajan de noche aumentó del 7,6% al 9,1%. Sin embargo, sus intereses no tienen ninguna representación política. En ninguno de los programas de los partidos con representantes en el Bundestag para las elecciones federales de septiembre de 2021 aparece la palabra “trabajo nocturno”. ¿Por qué no? ¿El trabajo nocturno es tan obvio, tan inevitable para nuestra sociedad?

Producción, comercio, logística

Debido a la escasez de datos, es difícil determinar en qué ramas aumentó el trabajo nocturno. No cabe duda de que es necesario en algunos sectores, como la salud, la policía o los bomberos, y en parte también en la industria. Sin embargo, ya en 1992, Klaus Zwickel, entonces segundo presidente del IG Metall, observó que el trabajo nocturno aumentaba precisamente allí donde no era necesario, es decir, no sólo allí donde hay máquinas que no pueden apagarse por la noche. El microcenso del mercado de trabajo de 2019 muestra que el trabajo nocturno es realizado principalmente por personas cuyos diplomas son de “nivel inferior” y no por aquellas que tienen un título universitario. El trabajo nocturno es frecuente en la industria, el comercio y la logística, así como en los sectores de servicios públicos y privados. Sin embargo, el grado de necesidad es muy diferente: en contraste con el sector de la salud y los cuidados a las personas, el trabajo nocturno es por lo menos discutible en la producción de bienes o en el transporte de mercancías, actualmente en rápido crecimiento, o en el sector del reparto y expedición, como en Amazon u otras empresas de logística.

Por otra parte, el trabajo nocturno no siempre es el mismo. Cuando es inevitable por razones técnicas, culturales o sociales, el grado de nocividad se puede limitar: un máximo de cinco horas por noche, un máximo de dos días a la semana seguidos de tres días de descanso, un máximo de dos años de trabajo regular seguidos de una pausa de tres años… habría muchos instrumentos que podrían por lo menos reducir los riesgos. Pero nada de esto es planteado actualmente de manera combativa ni tampoco discutido ampliamente.

Más allá de la cuestión de la necesidad social del trabajo nocturno, hay otra razón: el capital no duerme. En el primer volumen de El Capital, Karl Marx escribió que “la prolongación de la jornada laboral más allá de los límites del día natural hasta la noche […] no hace más que satisfacer la sed del vampiro por la sangre del trabajo vivo” [Libro I, Cap VIII]. Aunque el tono mítico pueda parecer extraño, las palabras contienen una verdad importante: el capital, por su propia naturaleza, busca multiplicarse y, al hacerlo, le importa muy poco el “ritmo circadiano” del trabajo creador de valor. Desde el punto de vista de la economía de mercado, hacer funcionar las máquinas toda la noche y poder ofrecer servicios sin interrupción tiene ventajas considerables, tanto en la época de Marx como ahora.

Por lo tanto, si la economía tiende al aumento del trabajo nocturno, es necesaria una intervención legal activa para limitarlo. En ese sentido, en 1984, los Verdes propusieron, entre otras cosas, su prohibición en un proyecto de nueva ley sobre el tiempo de trabajo. Cuatro años después, el SPD también dejó claro en un proyecto de ley presentado en el Bundestag, que el legislador no podía justificar una “nueva ampliación del trabajo nocturno antifisiológico […]”.

La prohibición del trabajo nocturno de las mujeres, declarada inconstitucional en 1992 por ser contraria a la igualdad (de género), fue suprimida dos años más tarde en la nueva Ley sobre el tiempo de trabajo, abriendo así la puerta al aumento del trabajo de noche, algo que el SPD, como partido en el gobierno a partir de 1998, podía justificar. En el programa rojiverde (SPD y Verdes) para volver a dotar de competitividad a la economía alemana mediante la liberalización del mercado laboral, había espacio para muchas cosas nuevas, pero no para la regulación del trabajo nocturno.

La reivindicación también dejó de ser una prioridad para los sindicatos. Si bien el IG Metall decidió lanzar una campaña contra el trabajo nocturno en 1992, los esfuerzos fueron posteriormente perdiendo vigor. La nocividad de esta forma de trabajo se destaca y hay un esfuerzo por mejorar las “condiciones marco”, pero el sindicato ya casi no reclama una limitación significativa o incluso una prohibición del trabajo nocturno.

La pregunta sigue siendo: ¿por qué los trabajadores aceptan esto? ¿Por qué, a medida que aumenta el conocimiento de la nocividad del trabajo nocturno, también aumenta la cantidad de trabajadores sometidos a él?

La prohibición resultaría muy costosa.

En la actualidad, hay más de 5.000 denuncias sobre el trabajo nocturno pendientes ante el máximo tribunal laboral de Alemania. Incluso, uno de los casos está siendo examinado por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). Alemania prevé una compensación salarial para el trabajo nocturno regular o por turnos que giraría en torno al 25% de promedio pero que, prioritariamente, puede ser fijada por las partes en los convenios colectivos. Por supuesto, el suplemento no sirve oficialmente como “tranquilizante” para que la gente acepte el riesgo, ni siquiera como incentivo, sino que pretende compensar el esfuerzo. Pero es problemático por dos razones: en primer lugar, la mayoría de los trabajadores ignoran por completo que la contrapartida de ingresos extra es su propia vida, que no se trata de un esfuerzo que una persona pueda soportar mejor que otra, sino de una forma de trabajo indiscutiblemente perjudicial para la salud. En segundo lugar, muchos de ellos pueden hacer uso de esos ingresos extra, o incluso depender de ellos.

El hecho de que esa presión ejercida sobre los trabajadores para que pongan en riesgo su salud sea legal debería dar qué pensar, pero también explica por qué, en el sentido contrario, no hay presión de aquellos que trabajan por la noche sobre los partidos y los sindicatos. La cantidad de casos, incluida la presentación ante el TJUE, no se refiere a la legalidad fundamental del trabajo nocturno, sino a las cláusulas de diferenciación de los convenios colectivos, según las cuales la prima por el trabajo nocturno permanente es inferior a la del trabajo nocturno ocasional. Desde una decisión histórica del Tribunal Federal del Trabajo (Bundesarbeitsgerichts) en 2018, los trabajadores afectados han argumentado con razón en los tribunales que esto constituye un trato desigual injustificado.

Los trabajadores de la noche tienen igualmente derecho a exigir que se ponga fin a la posibilidad de reducir la prima salarial, confirmada por el más alto tribunal el año pasado, pero que es muy problemática desde el punto de vista constitucional, si el trabajo nocturno es esencial para mantener la ocupación. Si no se toman medidas legislativas, seguirá habiendo litigios sobre el suplemento salarial “adecuado”, que llegan masiva y regularmente los tribunales desde hace años. Corremos el riesgo de perder de vista lo esencial: exponer al menor número de trabajadores al menor riesgo posible para la salud.

Es cierto que prohibir el trabajo nocturno cuando no es necesario y regularlo estrictamente cuando es necesario requeriría más personal y costaría “mucho dinero”. En tiempos de escasez de personal en el sector de la salud y de mayor presión de la competencia internacional, ese objetivo podría considerarse poco realista. Pero si lo que es necesario parece irrealista, ¿no debería ser una razón para replantearse la necesidad de la realidad?

Si analizamos el documento del SPD de 1988: ¿es políticamente justificable enviar a miles de jóvenes a ejercer profesiones en las que las actuales condiciones marco van a reducir su esperanza de vida en varios años? ¿Es políticamente justificable incitar a los trabajadores a poner en riesgo su salud simplemente por razones económicas? El SPD de 1891 conocía la respuesta. (Artículo publicado en der Freitag, 27-7-2021 https://www.freitag.de/)

Nota

[1] “En respuesta a una reivindicación de los obreros panaderos, la comisión (Comisión de Trabajo e Intercambio) también decide prohibir el trabajo nocturno en la profesión. La medida estuvo lejos de contar con el apoyo unánime del Consejo de la Comuna, pero Frankel la mantuvo. La Commune de Paris 1871. Les acteurs, l’événement, les lieux, Ed. de l’Atelier, Francia, 2020, p. 474. (Redacción A l´encontre))

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