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Brasil – Lula y el límite histórico del reformismo

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por Enrique Chinaski

La primera vuelta de las elecciones brasileñas deja una pregunta que la izquierda no debería esquivar. Lula terminó segundo frente a Flávio Bolsonaro, con 45,16% contra 47,03%, y perdió alrededor de 3,4 millones de votos respecto de la primera vuelta de 2022. Más allá del resultado electoral, el dato políticamente significativo es el desgaste de un gobierno que llegó al poder prometiendo representar nuevamente a los trabajadores y a los sectores más pobres.

La explicación no puede reducirse al avance de la derecha. También hay que mirar las limitaciones del proyecto lulista.

Lula prometió reducción de la jornada laboral, el fin de la escala 6×1, mayores derechos para los trabajadores de plataformas, aumento del salario mínimo, vivienda y políticas sociales. Algunas medidas avanzaron; otras quedaron pendientes o inconclusas. Pero reducir el problema a una lista de promesas incumplidas sería insuficiente.

La cuestión central es por qué un gobierno de izquierda encuentra tantas dificultades para realizar incluso sus reformas más básicas.

El límite no está solamente en Lula

El problema fundamental del lulismo es su estrategia reformista: pretende mejorar la vida de los trabajadores manteniendo las estructuras económicas fundamentales del capitalismo.

Para gobernar, Lula necesita negociar con el Congreso, con empresarios, con los grandes intereses económicos y con las instituciones del Estado. Pero las demandas de los trabajadores tienen un límite evidente para quienes controlan el capital.

Un aumento significativo de salarios, una reducción de la jornada laboral o mayores derechos para los trabajadores pueden afectar las ganancias empresariales. Por eso, mientras la economía continúe organizada alrededor de la propiedad privada de los grandes medios de producción y de la búsqueda de rentabilidad, las reformas tendrán límites que ningún gobierno puede eliminar simplemente mediante buenas intenciones.

Esta es la contradicción que el reformismo no consigue resolver: quiere transformar las condiciones de vida de las mayorías sin transformar las relaciones de poder que producen esas condiciones.

De la reforma a la revolución

El problema no es que las reformas sean inútiles. Al contrario: cada conquista que mejore las condiciones de vida de los trabajadores tiene valor y debe ser defendida.

El problema aparece cuando esas conquistas son presentadas como el camino definitivo hacia una sociedad justa.

Un salario más alto no elimina la explotación. Una jornada más corta no elimina el poder del capital sobre la producción. Un programa social puede reducir la pobreza, pero no elimina las relaciones económicas que reproducen la desigualdad.

Por eso, la lucha por las reformas debe estar vinculada a una perspectiva de transformación revolucionaria.

La cuestión decisiva es quién controla la riqueza y quién toma las decisiones fundamentales de la economía.

Desde esta perspectiva, los trabajadores no deberían limitarse a presionar a gobiernos para que hagan reformas. Deben organizarse para conquistar el poder político y económico y poner los principales medios de producción bajo control democrático de la propia clase trabajadora.

Eso significa construir organizaciones sindicales y populares capaces de disputar el poder desde abajo y desarrollar una alternativa política independiente de los intereses empresariales.

La verdadera lección brasileña

Si Lula pierde la segunda vuelta, la izquierda no debería limitarse a decir que la sociedad brasileña giró hacia la derecha. También debería preguntarse por qué un gobierno que se presentó como defensor de los trabajadores no consiguió convertir sus expectativas en transformaciones suficientemente profundas.

La respuesta no está en buscar un reformismo más eficiente.

Está en reconocer que existe una contradicción entre administrar el capitalismo y acabar con las condiciones que producen la explotación y la pobreza.

El problema de Lula, entonces, no es simplemente Lula. Es el proyecto político que representa.

El PSOL podría haber levantado una alternativa pero renunció a hacerlo, ni siquiera presentó una candidatura presidencial propia en primera vuelta para aprovechar la oportunidad de ofrecer un camino a quienes estaban defraudados con las expectativas no cumplidas del gobierno de Lula. Defendiendo políticas públicas anti capitalistas en beneficio del pueblo, los pobres y los trabajadores se hubiera fortalecido la lucha contra Bolsonaro. Pero al hacerse más lulistas que Lula el PSOL renunció a construir un dique solido contra el avance del Bolsonarismo.

Mientras la izquierda limite sus objetivos a administrar mejor la sociedad capitalista, sus conquistas estarán condicionadas por el poder de quienes controlan la economía. La alternativa revolucionaria plantea otra dirección: que los trabajadores pasen de ser electores y beneficiarios de reformas a convertirse en los protagonistas del poder político y económico.

Porque una vida verdaderamente digna para las mayorías no puede depender eternamente de las promesas de un gobierno.

La tesis revolucionaria es sencilla: las reformas pueden conquistar mejoras; solamente una transformación del poder económico puede crear las condiciones para superar de manera definitiva la explotación y la pobreza. Y esa transformación solo puede ser obra de los propios trabajadores organizados.

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