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El tablero político venezolano ha dado un giro que pocos esperaban y muchos se niegan a ver

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NO VALE UN TOCHE

*SI LEES BIEN SEPALO POR DONDE VAN LOS TIROS*

El tablero político venezolano ha dado un giro que pocos esperaban y muchos se niegan a ver. El acuerdo sellado este viernes 28 de agosto, con la presidenta Delcy Rodríguez como interlocutora y el propio Donald Trump como contraparte, no es un simple arreglo comercial: es la constatación de que las reglas del juego cambiaron y que la administración estadounidense ya eligió su pieza favorita en el ajedrez caraqueño.

No se trata de un gesto de buena voluntad ni mucho menos de un “guion” revolucionario. El pacto que permite controlar unos 65 mil millones de barriles de petróleo tiene un precio político claro, y Washington lo ha cobrado por adelantado: el reconocimiento tácito de que el chavismo, pero no cualquier chavismo, sino el que encarna Delcy Rodríguez, es el socio legítimo para los próximos años. Quien aún busca enemigos en la Casa Blanca, que mire con atención: la consentida de Trump no es ningún halcón de la ultraderecha, sino la revolucionaria que hoy se sienta a negociar con la superpotencia.

*Termómetros equivocados y rotos  y  el humo de elecciones*

Mientras tanto, el radicalismo de extrema derecha sigue empeñado en vender espejismos de comicios adelantados y en medir la temperatura interna con un termómetro que solo detecta alacranes dentro de sus propias filas. La obsesión por la fractura interna les impide ver lo evidente: no hay unidad posible cuando el principal socio externo —EE. UU.— ya no les ronca los motores. El discurso de la “salida” se ha vuelto un eco vacío, una estafa de campaña que no convence ni a sus propios militantes.

Porque la realidad es tozuda: el gobierno estadounidense, al amarrar el reconocimiento de la AN de 2015 y la AN de 2025, está otorgando un viso de legalidad a sus negocios petroleros que difícilmente podrá revertirse en las próximas décadas. Esa jugada no es improvisada; es la certificación de que el verdadero contrapoder político está en manos de una oposición más moderada, aquella que ha entendido que el diálogo con el chavismo rinde más dividendos que el grito en las calles.

*El escenario que viene: Delcy vs. una oposición desdibujada*

Si se leen bien los vientos, el calendario electoral no se moverá ni un día de lo que marcan las leyes actuales. Y cuando ese momento llegue, la candidata del chavismo no será un nombre improvisado: Delcy Rodríguez ya está siendo perfilada como la heredera natural. Para entonces, el Gobierno promete haber mejorado los servicios eléctricos, los salarios y la salud pública —nadie sabe si a costa del petróleo acordado—, pero la competencia no será desleal, según la lógica de quien controla tanto el poder real como el respaldo de Washington.

La oposición demócrata (la que aún cree en las urnas) presentará su propia candidatura, pero lo hará en medio de una fragmentación absoluta. Sin acuerdos internos, sin discurso unificado y sin el paraguas internacional que antes los cobijaba, su derrota será tan estruendosa que hasta los más optimistas la reconocerán. Y entonces, el chavismo podrá decir, con la sonrisa irónica de quien ganó la partida: «GANAMOS Y NADIE LO PUEDE NEGAR».

Mientras en la oposición más radical quizás resuene un eco :
“Somos muchos, pero perdimos”.

No es un pronóstico, es una lectura de los movimientos ya hechos. El acuerdo con Trump no es el final, sino el aviso de que los tiros, desde hace rato, van en otra dirección. Quien no quiera verlo, que siga mirando el termómetro equivocado. 

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