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Cuando el fanatismo convierte a las personas en piedras

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Click News, opinión personal

 Carlos Pichuante

Hay algo curioso en las piedras: son duras, resistentes y, sobre todo, no cambian de opinión. Uno puede explicarles, gritarles, argumentarles o mostrarles evidencia científica, pero una piedra seguirá siendo una piedra. No porque haya reflexionado profundamente sobre el asunto, sino porque, bueno… carece de la capacidad de hacerlo.

Quizás por eso la metáfora resulta tan útil para hablar del fanatismo político.
Hay personas que alguna vez fueron curiosas. Preguntaban, dudaban, escuchaban. Podían incluso cambiar de opinión cuando aparecía un argumento mejor. Hasta que un día fueron inoculadas con el virus del fanatismo político. Y entonces ocurrió la transformación: dejaron de buscar respuestas y comenzaron a buscar confirmaciones.

El fenómeno no pertenece exclusivamente a una ideología. Pero cuando el discurso político se convierte en una religión y el líder en una especie de mesías, la razón empieza a ser considerada una amenaza.
Milei, Trump, Bolsonaro, Maduro, Bukele o Kast, cada uno desde posiciones políticas muy diferentes, pueden convertirse, para ciertos seguidores, en algo más que dirigentes: en proveedores de certezas absolutas. Y cuando alguien entrega todas sus dudas a un líder, comienza a perder una de las cosas más valiosas de la democracia: la capacidad de cuestionar a quien uno mismo eligió.

Ahí aparece la piedra.

Primero viene la simpatía: “Me gusta lo que dice”.
 Después, la identificación: “Dice lo que yo pienso”.
 Luego, la defensa: “Aunque se equivoque, lo voy a defender”.
 Y finalmente, la transformación geológica: “Si mi líder lo dijo, debe ser verdad”.

Para entonces ya no importa si el dato es falso, si la promesa no se cumplió o si la realidad contradice el discurso. La piedra tiene una ventaja extraordinaria: nunca se siente obligada a revisar sus convicciones.
Y aquí aparece una paradoja bastante divertida. Los movimientos que prometen liberar al individuo pueden terminar fabricando seguidores extraordinariamente obedientes. Personas que hablan de libertad mientras repiten exactamente las mismas frases, los mismos enemigos y los mismos argumentos que les entrega su líder.

Es una libertad bastante peculiar: libres para pensar, siempre que piensen lo mismo.
La política comienza entonces a funcionar como una fábrica de rocas. De un lado, alguien grita “¡socialismo!”, ante cualquier propuesta pública; del otro, alguien grita “¡fascismo!”, ante cualquier desacuerdo. Y en medio queda la conversación democrática, aplastada bajo toneladas de certezas.

Lo más interesante es que la piedra no siempre nace de la ignorancia. A veces nace precisamente del exceso de información. El problema es que consume solamente aquella información que confirma lo que ya cree. Algoritmos, redes sociales y tribus políticas hacen el resto: cada día pulen la piedra, la endurecen y la convencen de que el resto del mundo está equivocado.

Hasta que llega el momento en que ya no se conversa con una persona.
Se conversa con una roca.

Y las rocas políticas tienen una característica particularmente peligrosa: no sienten vergüenza cuando se equivocan. Simplemente, esperan el siguiente argumento que les permita seguir teniendo razón.
Quizás la verdadera defensa contra el fanatismo no sea cambiar una ideología por otra. Sea recuperar algo mucho más sencillo y mucho más incómodo: la capacidad de decir “no sé”, “puede que esté equivocado” o “mi propio líder se equivocó”.

Porque una democracia saludable necesita ciudadanos con convicciones, sí, pero también con grietas.
Las grietas permiten entrar nuevas ideas.
Las piedras, en cambio, solo sirven para lanzarlas.
 Y cuando la política consigue que millones de personas se conviertan en rocas de sal, lo preocupante ya no es quién ganó la elección.

Lo preocupante es cuánta humanidad quedó convertida en piedra después de celebrarla.

 

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