Le Monde Diplomatique, edición chilena
Hace 100 años nació Fidel Castro Ruz. Desde entonces, se han escrito libros sobre cada episodio de su vida. Fue un líder que atravesó la historia y estuvo en los grandes escenarios de la Guerra Fría, frente a presidentes y primeros ministros, en grandes asambleas y junto a la gente de a pie, en las calles, las fábricas, las universidades y los sindicatos. Su nombre es pronunciado con vehemencia y pasión por poderosos y humildes, por admiradores y adversarios. Y si alguien alguna vez puso en duda la trascendencia de la vida de un ser humano, un siglo después de su nacimiento, el nombre de Fidel sigue atravesando fronteras, generaciones e historias… y siempre trayendo recuerdos al presente.
Cuando Fidel Castro visitó Chile en 1971, Blanquita tenía 35 años y 90 en la actualidad. Su suegro, comunista, no dejaba de hablarle de los episodios y hazañas de Fidel y los barbudos. Como la historia es veleidosa, va, da vueltas y se amarra… A días del golpe de Estado, esa joven miraba asustada frente al Estadio Nacional, buscando por si podía ver o ubicar a sus compañeros de la Junta de Abastecimiento y Control de Precios, JAP, detenidos/as en ese campo de concentración; estadio deportivo que, dos años antes, había albergado la arenga de Fidel, con su discurso de despedida, y que ella, en su rol de encargada de masas del Partido Socialista, dueña de casa y militante de base de lucha silenciosa, escuchaba desde una de las butacas de aquel lugar que pisaba por primera vez.
“No vi mucho, había mucha gente y él se veía chiquitito a lo lejos”, pero estuve ahí —agregó con orgullo—, como si se tratara de haberse montado en el carro de la historia.
«Estábamos todos y todas tan involucrados con ese proceso, que asistía a las marchas con mi hija de apenas un año para apoyar al gobierno popular, sin pensar en las consecuencias ni en los riesgos de llevar en mis brazos a mi guagua de tan solo un año. En una ocasión tuvimos que arrancar de la derecha, congregada fundamentalmente en grupos de acción de Patria y Libertad, muy violentos, y, con mi hija en brazos, un par de compañeros me sacaron y protegieron. ’No puede estar aquí, compañera, con esa guagua’, me dijeron, medio en reto (…) el día que Fidel estuvo en el Estadio fui sola, no recuerdo bien en compañía de quién, pero fui sin guagua —entré en razón—, sentenció de manera pícara sacando la lengua, aún con el regaño en la memoria—».
Mientras la visita de Fidel a Chile generaba sentimientos de amor, admiración, odio y pulsiones fascistas, ocurrían múltiples acontecimientos que transformaron profundamente la economía mundial. Uno de los más relevantes fue la decisión unilateral de Estados Unidos de suspender la convertibilidad del dólar en oro, poniendo fin al sistema de Bretton Woods, vigente desde 1944. A partir de entonces, se consolidó un sistema monetario basado en monedas fiduciarias; sin embargo, el dólar mantuvo su posición como la principal moneda de reserva internacional, desempeñando un papel central en el comercio mundial, las finanzas internacionales y las reservas de los bancos centrales.
La posición hegemónica de esta moneda ha otorgado a Estados Unidos, entre otras cosas, una capacidad excepcionalmente miserable para imponer sanciones y bloqueos financieros a gobiernos soberanos, utilizando este poder contra la revolución de Fidel y el pueblo cubano, sometiéndolo a un embargo económico desde 1962 a la fecha; y contra el Chile de la Unidad Popular, donde existe abundante evidencia documental de que Estados Unidos utilizó su posición dominante en el sistema financiero internacional para restringir el acceso de Chile al crédito externo y aumentar la presión económica sobre el gobierno de Salvador Allende.
En Chile, ese año 1971, se nacionalizó el cobre, un recurso que, hasta la fecha, se ha convertido en el salario de Chile, pero que también genera la preocupación de que se trata de un bien de extracción que, según los analistas, podría durar unos 70 años más, sin que aún se visualice un modelo distinto al extractivismo. La nacionalización fue aprobada unánimemente por el Congreso el 11 de julio de 1971, exactamente dos meses antes del golpe de Estado, a partir de una reforma impulsada por el presidente Allende. Esta reforma, además, incorporaba el concepto de utilidades excesivas, cuestión que, en muchos casos, llevó a que las corporaciones estadounidenses no fueran indemnizadas, pues, según el mecanismo de cálculo estipulado en la misma reforma constitucional, estas empresas ya habían obtenido previamente ganancias suficientes, excesivas y extraordinarias. Todas estas medidas insolentes para el imperio se dieron en un contexto latinoamericano donde Cuba y su revolución, con su ejemplo, envalentonaron la desobediencia civil contra la desigualdad social, las dictaduras, las oligarquías, el colonialismo y el imperialismo. Un siglo en que, como dice Silvio Rodríguez, la era estaba pariendo un corazón y el fantasma de la Revolución cubana recorría los territorios de América Latina y el mundo, mostrando un camino diferente.
Como si insistieran en la polarización del momento, los acontecimientos se entrelazaron con esta visita histórica, que despertó el amor de un pueblo admirador del proceso revolucionario, el rechazo de una derecha dispuesta a todo en plena Guerra Fría y la curiosidad de quienes, sin estar de un lado o del otro, sabían que Chile recibía a un líder reconocido mundialmente. En ese clima de profunda confrontación, la seguridad de Fidel también estuvo amenazada.1Y fue así que, durante la visita a las minas de cobre de Chuquicamata —a cuatro meses de la nacionalización del cobre—, en el trayecto, la caravana que lo custodiaba se detuvo porque un auto entorpecía la vía. En el maletero del vehículo, aparentemente abandonado, una poderosa carga de dinamita esperaba para ser detonada por control remoto. Pero, en el instante de hacerla explotar, falló el dispositivo operado por los asesinos, que observaban desde un punto distante, y la acción criminal quedó abortada.
Fidel transitaba las páginas de la historia y sus pasos siempre estuvieron acompañados de hechos que rozaban o tocaban directamente su vida, convirtiéndolo desde donde estuviera en protagonista. Mientras el imperio apagaba con la guerra en Vietnam los ojos de 58.220 militares2 estadounidenses, en su mayoría jóvenes negros, latinos y pobres, y de alrededor de 3,8 millones de vietnamitas 3 —todos ellos, hombres y mujeres indómitos que ya venían luchando contra la colonia francesa—, Fidel decía, el 16 de diciembre de 1971, durante su visita a Chile, en el programa televisivo Diálogo de América: «Los que han caído en Vietnam y caen en Vietnam no sólo lo hacen por su Patria, lo hacen también por los insurrectos y los explotados del mundo.»
En fin, un atentado más contra su persona era el riesgo que estuvo dispuesto a asumir Fidel, quien es descrito como una persona sin igual, con un carisma y una templanza que lo situaban en el centro de la calma propia de aquellos tiempos, en que los líderes estaban dispuestos a morir por ideales o posiciones claras: “Patria o Muerte”, se gritaba en la Sierra Maestra cubana; mientras, en el Chile de 1971, la vía pacífica al socialismo enarbolaba las calles con manos desarmadas, pero tanto o igual de revolucionarias que las cubanas.
Era la gran discusión dentro de la izquierda chilena de la época: Reformismo o Revolución. A ello, Fidel, sin titubeos, consagró a Allende como un revolucionario y no como un reformista, como lo describía el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). La vía armada al socialismo nunca fue una opción para Salvador Allende, definición que Fidel respetó, como lo señalan los propios dirigentes de este Movimiento. Según lo consigna una nota de La Tercera, Castro señaló: “En Chile está ocurriendo un proceso revolucionario”. Dos años después de la visita de Fidel, tras el golpe de Estado civil-militar, el sitio web Memoria señala: “El MIR fue uno de los partidos políticos más castigados y perseguidos por el régimen desde el primer día, sufriendo la pérdida de su máximo líder, Miguel Enríquez, en octubre de 1974, y el exterminio sistemático de sus mandos sucesivos en operativos urbanos y enfrentamientos ficticios (como los casos de la Operación Colombo)”.
En una entrevista con la Agencia Prensa Latina, Pedro Felipe Ramírez, quien en ese momento (1971) era uno de los fundadores de Izquierda Cristiana y luego ministro de Minería y de Vivienda y Urbanismo de la UP, decía que “(…) Después de comer nos fuimos a un salón a conversar y, ¡para qué le digo!, la impresión nuestra fue enorme. Primero, el tamaño, era un hombre muy alto y corpulento, yo diría que medía cerca de dos metros. (…) Lo segundo que nos impactó mucho fue la conversación. Estuvimos hablando hasta las 3 de la mañana. Claro, gran parte la llevaba él. (…) Su calidez humana y amplio conocimiento impresionaron a las personas que estábamos allí. Era una biblioteca, conocía a los dirigentes políticos chilenos, hablaba de un senador o un diputado como si fuera su amigo, se reunió con militares porque él sabía que por allí podría venir el problema. (…) Después supe por otras personas que el impacto causado en ellos fue grande, los dejaba con la boca abierta porque sabía de la técnica y la estrategia militar (…)”.
El mismo año en que el robusto líder cubano recorría las regiones de Chile, incomodando a algunos personeros del Gobierno por la extensión de su visita, ocurría, lejos de allí, otro acontecimiento que marcaría la historia mundial. El 25 de octubre de 1971, una Resolución de las Naciones Unidas establecía que la República Popular China, dirigida por Mao Zedong, pasaba a ocupar el lugar que hasta entonces había correspondido al Gobierno de la República de China, establecido en Taiwán. China recuperaba así su representación en las Naciones Unidas y, posteriormente, ocuparía un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Han pasado más de cinco décadas y la historia parece volver sobre sus propios pasos. Hoy es esa misma China la que ha provisto de paneles solares y fotovoltaicos a Cuba, una isla que continúa viviendo uno de los peores asedios imperialistas, enfrentando cortes de electricidad, falta de petróleo, medicinas y alimentos, en un intento por estrangular su economía y golpear al pueblo cubano para terminar con la revolución comandada por Fidel.
La figura de Fidel Castro no solo estuvo presente en la vida de una militante de base que, con guagua en brazos, organizaba y asistía a marchas. También habitó la reflexión sobre el papel de América Latina y sobre la relevancia del proceso chileno de la Unidad Popular. Fue actor en un tiempo denominado Guerra Fría, pero que, en realidad, se trataba de la confrontación entre proyectos históricos y visiones antagónicas de la sociedad: entre lo colectivo y lo individual, entre una moral revolucionaria fundada en la transformación social y una racionalidad capitalista que no persigue sueños, sino ventajas, utilidades y lucro. Dos proyectos que buscaban imponerse como horizonte para la humanidad y que, por cierto, no estuvieron exentos de abusos, distorsiones ni atropellos contra esa misma vida que decían defender.
En una entrevista publicada en el diario La Tercera, se decía que, aunque en sus primeros momentos la presencia de Fidel había generado entusiasmo, el paso de los días comenzó a generar ruido. “Todos nos empezamos a sentir incómodos con la prolongación extrema de la visita de Fidel, que recorría el país arriba y abajo —recuerda Garretón—. No solo el presidente, todos los partidos de la Unidad Popular estaban incómodos con la visita, tal como se había hecho”. Y claro, la visita estaba definida para 10 días, pero, con el paso de los días, se fue extendiendo hasta 24. Esto ocurrió porque Fidel no dejaba de recibir solicitudes de visitas: los sindicatos, las organizaciones sociales, los partidos, todos querían hablar con este personaje histórico, que era el hito político del momento.
Fue así como Fidel visitó, en Santiago, la sede de la CEPAL, la Universidad Técnica del Estado, San Miguel, el Estadio Santa Laura y el Estadio Nacional. Luego recorrió Antofagasta, Tocopilla, las oficinas salitreras Pedro de Valdivia y María Elena, Chuquicamata e Iquique. Más tarde continuó hacia Concepción, Lota y Tomé; siguió hacia Puerto Montt y, posteriormente, llegó hasta Punta Arenas, Río Verde, en Magallanes, y Tierra del Fuego. De regreso hacia el norte, visitó Rancagua, El Teniente, Coya, Caletones y Sewell, para continuar hacia Santa Cruz y finalizar su recorrido en Valparaíso.
A 55 años de la visita de Fidel a Chile y en su centenario, los acontecimientos no son alentadores. Durante la dictadura militar chilena (1973-1990), las comisiones de verdad reconocieron oficialmente a más de 3.200 personas ejecutadas o desaparecidas y a 38.254 víctimas de prisión política y tortura.
La vía chilena al socialismo quedó como parte de un registro histórico romantizado, dando paso a uno de los más brutales experimentos neoliberales, que hoy tiene a los chilenos y chilenas endeudados en siete veces su sueldo, con salarios de miseria que no se reajustan de acuerdo con el valor de la vida, pensiones de miseria y una población que se destaca por sus índices de depresión y consumo de drogas, alcanzando el vergonzoso cuarto lugar en América Latina en consumo de cocaína y alcohol. A esto se suman jóvenes que no entienden lo que leen y el narcotráfico recorriendo las calles de Santiago y de las regiones, ocupando territorios donde alguna vez estuvieron las inmensas mayorías de pobladores, dueñas de casa y estudiantes que trabajaban colectivamente, levantando casas y campamentos y educando a través de los trabajos voluntarios.
En cuanto a Cuba, no ha dejado de resistir un inclemente asedio político, así como el embargo y bloqueo económico que, en palabras de su actual embajador en Chile, Oscar Cornelio Oliva, en un año ha significado una pérdida de 7.556 millones de dólares: “con los que hubiésemos continuado desarrollando proyectos para los más vulnerables (…) el 71 por ciento del presupuesto que nos deja el bloqueo lo usamos para la salud, la educación y la seguridad social, asegurando con ello el derecho humano a la vida y la dignidad de las personas, según el Derecho Internacional (…)”.
Las multitudes ya no llegan en masa como lo hacían por Fidel y Allende. La contienda es hoy profundamente desigual, con la tecnología en manos de Elon Musk, propietario de xAI, Tesla y SpaceX; Sergey Brin, propietario de Google/Alphabet; o Mark Zuckerberg, de Meta. Sin embargo, Fidel continúa en el horizonte como ejemplo de resistencia antiimperialista y, por otros caminos, pero movido por las mismas convicciones, Allende sigue sembrando semillas insospechadas que, contra todo pronóstico, aún germinan en el corazón de miles de Blanquita.
Blanquita es, en el fondo, muchas Blanquitas: mujeres y hombres que vivieron aquel 1971, que escucharon a Fidel, que lo vieron recorrer las calles, que compartieron la esperanza de una época y que hicieron de sus sueños, luchas y convicciones una forma de vida. Sus vidas se convirtieron en testimonio de aquellos hombres y mujeres que creyeron que otro mundo era posible. Y de ellos, de esa memoria que se niega a desaparecer, nace una cadena que llega hasta sus hijos, sus nietos y sus bisnietos; una cadena que, más allá de cada historia familiar, alcanza a los nietos y bisnietos de toda una generación que recibió a Fidel en Chile. Porque la historia no termina cuando las multitudes dejan de llegar en masa: a veces, permanece en silencio, se transmite de una generación a otra y vuelve a germinar allí donde menos se espera.
1 Memoria Chilena. Existe documentación sobre un supuesto plan para asesinar a Fidel durante su visita a Chile, atribuido a grupos anticastristas vincu lados a Alpha 66 y a la figura de Antonio de la Cruz (Tony) Veciana. Esta información aparece vinculada a investigaciones del House Select Committee on Assassinations (HSCA) y a declaraciones posteriores de Veciana.
2 Según la cifra oficial conservada por los National Archives.
3 Según el British Medical Journal.
Soledad Romero Donoso Periodista/Cientista Político











