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La Revolución Cubana también revolucionó el arte y la cultura

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Imagen: Un pintor trabaja en un fresco en una pared de La Habana, el 17 de febrero de 2010. (François Goudier / Gamma-Rapho via Getty Images)

UNA ENTREVISTA CON

La Revolución Cubana no fue solamente una transformación del orden político-económico del país. Fue también una revolución en la cultura, que llevó la alfabetización a las masas e inspiró un diverso fermento artístico e intelectual.

Entrevista de Simón Vázquez[1]

Como parte de Rumbo a Cuba, una misión de solidaridad con la isla —en la que, por primera vez, una embarcación de la sociedad civil cruzó el océano Atlántico transportando equipos de energía solar para un hospital pediátrico de La Habana—, el colaborador de Jacobin Simón Vázquez visitó a Abel Prieto en la Casa de las Américas. Escritor y ensayista, exministro de Cultura de Cuba y hoy presidente de esta institución fundada por la revolucionaria cubana Haydée Santamaría, Prieto ha sido una de las figuras centrales de la política cultural de la Revolución Cubana durante más de tres décadas. Presidió la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), encabezó en dos ocasiones el Ministerio de Cultura y se desempeñó como asesor tanto de Fidel como de Raúl Castro.

En esta conversación con Jacobin, Prieto hace un balance del legado cultural de la Revolución Cubana, de sus errores —desde el caso Padilla hasta la represión antihomosexual de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP)— y de los desafíos del presente cubano: los apagones, la emigración, las redes sociales y la batalla por el sentido.

SV

Empecemos por el principio. ¿Cómo caracterizarías la Cuba en la que te formaste, la Cuba prerrevolucionaria?

AP

Recuerda que fuimos una colonia de los yanquis durante sesenta años. En 1898 intervinieron en Cuba para robarnos la victoria sobre España, y después se apoderaron de la isla y la convirtieron en una neocolonia.

Cuba fue donde el modelo neocolonial hizo su debut: por primera vez construyeron una falsa república en el país —con el dinero, con el control político y el control económico—. Aquí la figura más importante era el embajador de Estados Unidos: era la voz del amo. Nuestra burguesía no era propiamente nacional, como en otros países de América Latina; era una burguesía que miraba obsesivamente hacia el norte. Mandaba a sus hijos a estudiar al norte, y trataba de consumir toda la basura cultural que venía del norte y de repetirla como un loro.

Era una burguesía que despreciaba las raíces africanas de nuestra identidad. Imagínate tratar de entender a Cuba despreciando el componente africano: es imposible. Todo el legado espiritual de las raíces africanas de nuestro país, que es enormemente rico —lo consideraban obra del diablo—. Lo que consumían era su cultura made in USA. Fue en ese contexto, el contexto de una nueva Cuba, que yo me formé.

SV

Frente a esa burguesía criolla que despreciaba todo lo africano, ¿qué hizo la revolución con ese legado?

AP

Desde muy temprano, la revolución le dio un gran estatus al legado cultural y espiritual africano, que es esencial para entender a este país. El Teatro Nacional ayudó a colocar al Conjunto Folclórico Nacional, en términos de prestigio artístico, al nivel del Ballet Nacional de Cuba: el ballet afrancesado, blanco, burgués, de pronto en pie de igualdad con el baile, el movimiento y la música de los cubanos negros. Antes de la revolución, el ballet era como un adorno de la familia burguesa (la niña que toca el piano y aprende sus pasos de baile). De pronto se convirtió en expresión de una nueva cultura nacional mestiza. Hubo grandes bailarines mestizos, que son estrellas, como nuestro Carlos Acosta.

SV

Trabajaste muy de cerca con Fidel Castro. En el centenario de su nacimiento, su relación con la cultura y la intelectualidad no ha sido el costado más discutido de su figura. ¿Qué tipo de relación construyó con los intelectuales cubanos?

AP

La relación que Fidel creó con los intelectuales cubanos es única. En 1961, con el discurso «Palabras a los intelectuales», había fundado una política cultural que no tenía precedentes en ningún proceso revolucionario. A partir del Cuarto Congreso, «se instaló en la Unión [la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba]», como dice la gente: no faltó a una sola reunión del Consejo nacional, no faltó a un solo congreso, se pasaba todo el tiempo escuchando a la gente, participando en el debate.

A Fidel le encantaba el debate intelectual. Esa caricatura de Fidel como un dictador que no escuchaba a nadie, que imponía sus propios criterios, es falsa e indefendible. Fidel era un gran intelectual —aunque quizás no le hubiera gustado que lo llamaran así— que disfrutaba del debate.

SV

¿Y en un terreno tan espinoso como el de la raza?

AP

Ahí en la UNEAC, varios actores y actrices negros le plantearon a Fidel que todavía teníamos prejuicio racial en Cuba. De esa discusión salió, a mi juicio, el discurso más importante de Fidel sobre la cuestión racial.

Fidel explicó cómo, al comienzo de la revolución, él y la dirección revolucionaria habían creído que liquidando las barreras institucionales del racismo —terminando con las playas solo para blancos, con el costado institucional, formal— el problema quedaría resuelto y el racismo se disolvería. Y dijo que ahora estaba llegando a entender que es un problema cultural, un problema complejo, aun cuando resolver ese tipo de problema fuera más lento.

A partir de esas discusiones, empezó a preguntar por el color de piel de los estudiantes de arte, de los trabajadores sociales; promovió deliberadamente una mayor participación de la gente de piel oscura. Ya lo había dicho el Che Guevara: la universidad hay que pintarla de los colores del obrero, del campesino, del negro, del mulato.

SV

Ese impulso por democratizar la cultura, ¿cómo esquivó al mismo tiempo tanto el realismo socialista soviético como la cultura de masas norteamericana?

AP

Fidel era enemigo de la cultura elitista. Pero al mismo tiempo, desde 1961, rechazó el modelo soviético de realismo didáctico, simplificador —el que convertía el arte en propaganda, hasta que al final no funcionaba ni como propaganda ni como arte—, y también rechazó el modelo yanqui de cultura de masas, la idea de los estereotipos, los buenos y los malos, la visión mediocre, maniquea, simplificada del mundo. Fidel se alió con la vanguardia intelectual.

SV

¿Podés dar un ejemplo concreto de eso?

AP

Inventó un programa de televisión que llamó Universidad Para Todos. El primer curso fue un taller de técnica narrativa impartido por un gran escritor cubano, ya fallecido —un taller para jóvenes escritores que venía dando a un grupito muy pequeño—, y Fidel lo convirtió en algo masivo: lo puso en la televisión. Cada curso venía con un folleto, un tabloide impreso en papel prensa, que se vendía por unos centavos en los kioscos, con tiradas de medio millón de ejemplares.

Lo interesante, cuando uno se pregunta cuánta gente realmente aprendió a escribir narrativa a partir de ese curso, es que no fue mucha. Pero lo que sí promovió, de una manera increíble, fue la lectura, porque la gente iba a la biblioteca, a la librería, a buscar los libros que se mencionaban en el curso.

SV

Era una prescripción cultural.

AP

Eso también. Ahí está la clave para escapar de la simplificación, tanto de cuño soviético como yanqui: poner a la vanguardia en primer plano, aliarse con la vanguardia.

Fidel estaba convencido de que se podía preparar a la gente para comprender y disfrutar cualquier tipo de expresión artística o literaria: la clave está en la educación y la cultura. Para él —lo dijo mil veces— sin cultura no hay libertad posible. Es la idea de cultura y emancipación, una idea martiana: José Martí decía que ser culto era el único modo de ser libre. Fidel decía que sin cultura no hay libertad posible, porque sin ella uno puede ser manipulado.

SV

¿Ves ese mecanismo funcionando hoy, con el ascenso de la Nueva Derecha?

AP

Lo estamos viendo hoy, con el ascenso del fascismo, con estas elecciones en América Latina. En un discurso en la Universidad de La Habana, en noviembre de 2005, Fidel analiza lo que llama el reflejo condicionado. Dice: el imperialismo dice «Cuba es mala, el socialismo es malo», y ahí van los desdichados de la tierra detrás de eso —los que no tienen trabajo, ni educación, ni salud pública— repitiendo «en Cuba, el socialismo…», y lo hacen sin pensar, sin analizar, por reflejo condicionado.

Eso es lo que está pasando hoy con las redes sociales. En ese discurso, a mi juicio, Fidel anticipa el debate sobre las redes sociales, la idea de que la gente deja de analizar, deja de pensar, y en cambio reacciona ante un estímulo con odio, con rabia, o con desprecio, por reflejo condicionado.

SV

Fidel habló de los «pobres de derecha».

AP

Le preocupaba la cuestión de la gente pobre entregando su voto a un demagogo porque han sido manipulados. Es un fenómeno que tenemos en abundancia: en España, en toda América Latina, en Europa, en Estados Unidos. Mucha gente votó a Jair Bolsonaro en Brasil —gente de la favela, gente humilde— y Bolsonaro nunca iba a velar por el destino de sus familias. Fidel decía que solo la educación y la cultura podían garantizar la capacidad de pensar por uno mismo, de manera independiente.

SV

Decías que también en la cultura se puede retroceder.

AP

Puede haber retroceso, claro, no se puede tratar como territorio conquistado. Cuando se creó la Prensa Nacional Cubana, Fidel dijo: no le decimos al pueblo «cree», le decimos «lee». No nos interesa producir fanáticos; nos interesa producir gente culta, libre.

Y este país se convirtió en un país de lectores. Aquí se publicó a Fiódor Dostoievski en tiradas de veinte mil o cincuenta mil ejemplares, toda la gran literatura rusa; pero también a Benito Pérez Galdós, Los miserables de Victor Hugo, y la gran literatura de Estados Unidos, de Mark Twain a Gore Vidal.

Hoy la gente lee cada vez menos, en todo el mundo. Hemos retrocedido.

SV

¿Un ejemplo de ese retroceso?

AP

El béisbol, que es parte de la herencia cultural de los cubanos, y hoy los jóvenes están metidos en el fútbol. Este Mundial es un frenesí entre los más jóvenes. Tiene sentido que compartan ese atractivo global, porque vivimos en la famosa aldea global. Pero estamos perdiendo algo muy importante. El béisbol es un deporte más lento, que exige que uno lo entienda, que lo analice; y hoy la gente no tiene capacidad de concentración.

 
SV

En medio de la crisis, ¿qué papel juegan las redes sociales y esa nostalgia por la Cuba de los años cincuenta?

AP

Por la gran ofensiva de idiotización masiva, tenemos una emigración muy grande de jóvenes, impulsada principalmente por motivos económicos pero también culturales: han comprado el cuento de hadas del reino dorado de la prosperidad en Estados Unidos. Una de las cosas que se hacen en las redes sociales es idealizar la Cuba del pasado, la Cuba anterior al siglo XXI. Hay montones de videos generados con inteligencia artificial de la Habana de los años cincuenta, la Habana del glamour: un pibe en medio de un apagón de golpe ve una Habana glamorosa, llena de luces, de autos, de neón, el Tropicana, las estrellas de Hollywood. Por un lado, está la falta de información —tenemos que enseñar historia— y por otro están los nuevos códigos.

SV

¿Y hay alguien respondiendo en esos mismos códigos?

AP

Hay iniciativas muy interesantes que usan reels, esos videítos de un minuto. Vi uno que me gustó mucho que usa una canción de Bad Bunny llamada «Lo que le pasó a Hawaii»: la tesis de un pibe muy joven, mestizo, es «no queremos que le pase a Cuba lo que le pasó a Hawaii». Ahí hay un camino muy prometedor para interesar a los jóvenes en un tema, entrándole a través de una música que les gusta. Pero el desafío es enorme, porque un adolescente cubano está bajo la influencia del teléfono las veinticuatro horas del día.

SV

Volvamos a «Palabras a los intelectuales». Pasaron sesenta y cinco años desde ese discurso fundacional de la política cultural, que sostenía que la Revolución Cubana no tendría una forma artística específica, como sí lo era el realismo socialista, y que clasificaba a los artistas en tres categorías: artistas revolucionarios, artistas contrarrevolucionarios y artistas no revolucionarios. ¿Cuál fue lo más importante de ese discurso?

AP

Es un tema que me apasiona. Ese discurso llega a decir que solo podemos renunciar a aquellos que se vuelven incorregiblemente reaccionarios, incorregiblemente contrarrevolucionarios. Esa palabra es tremenda: «incorregible». La idea de que un contrarrevolucionario pudiera enderezarse. Y siempre dice «si es honesto»: la idea de la honestidad, de la ética, de que un contrarrevolucionario pudiera rectificar sus posiciones y acercarse a la revolución.

Fidel dice que la revolución debe tener sitio para un artista no revolucionario y garantizarle a ese artista su espacio de libertad creativa. Ahí le estaba respondiendo a un escritor católico que preguntaba si tendría la libertad de expresar su fe, y Fidel le dijo que sí, que se trataba de abrir un espacio para trabajar para la revolución, con la revolución, en libertad. Fidel no le pone etiquetas al arte; le habla a los creadores.

«Palabras a los intelectuales» es un llamado a la unidad más generosa, más amplia, que reconoce la diversidad y el gran trabajo cultural que la revolución tiene por delante. Fidel incluso les dice algo a los escritores y artistas: queremos que creen para el pueblo, pero sin hacer concesiones en la calidad, porque tenemos que trabajar con el pueblo para que pueda entender, disfrutar y absorber la creación de ustedes, por compleja que les parezca. Por eso fue tan amarga la traición a «Palabras a los intelectuales» a partir de 1971.

 
SV

«Palabras a los intelectuales» se planteó como la política cultural de la revolución, y años después vino un giro en sentido contrario —el conocido «quinquenio gris» y su viraje censor, el conocido caso Padilla. [El caso Padilla fue el episodio que fracturó la relación entre la Revolución Cubana y buena parte de la intelectualidad de izquierda internacional. Heberto Padilla, un poeta que había apoyado la revolución pero que hacia fines de los años sesenta pasó a criticarla, vio su poemario Fuera del juego —premiado por la UNEAC en 1968— publicado con un prólogo que lo tildaba de contrarrevolucionario. En marzo de 1971 fue detenido y encarcelado por poco más de un mes y salió recién después de leer una humillante autocrítica ante la UNEAC en la que se acusaba a sí mismo y a otros escritores, un gesto que le recordó a muchos los juicios de Moscú de Iósif Stalin. La reacción fue inmediata: figuras como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Susan Sontag y Octavio Paz firmaron cartas de protesta, y el episodio abrió una escisión en la izquierda cultural y anticipó el endurecimiento del llamado Quinquenio Gris.]

AP

El llamado caso Padilla. Hicimos el ridículo y lo transmitimos al mundo entero: la autocrítica de Heberto Padilla fue una caricatura de las trampas de los juicios de Moscú. Fue un error grave, en el que participaron la UNEAC, el Ministerio del Interior y el Partido Comunista.

Después del caso Padilla, grandes intelectuales europeos —incluso Sartre y Simone de Beauvoir— rompieron con Cuba. Creo que fuimos engañados. Padilla era un excelente poeta, y creo que tenemos que seguir publicándolo y, al mismo tiempo, dar a conocer un relato de lo que realmente pasó.

 
SV

También hubo tramos muy duros, como las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), que agrupaban a creyentes religiosos, pacifistas y hombres homosexuales en campos de trabajo forzado en la agricultura.

AP

La postura que tomamos frente a la gente gay tuvo varios momentos de represión. Las tristemente célebres UMAP… Por instrucciones de Fidel y Raúl, se llevó a cabo una investigación, porque [existía la creencia] de que un homosexual que trabajara la tierra «se haría hombre», que se convertiría en un tipo duro si se le ponía en las manos una azada y un machete. Es absurdo. Todo eso coincidió con esas corrientes de homofobia universal, del tipo de las inyecciones hormonales (omo el caso de Alan Turing, por ejemplo).

SV

Te gusta bromear con que sos un «marxista-lennonista», por John Lennon, y reivindicás al artista británico como parte de la herencia de la revolución.

AP

Cada vez que subo imágenes a las redes sociales de Fidel en el monumento a Lennon en La Habana, la gente se me viene encima con odio, pero me odian todavía más intensamente cuando trato de reivindicar a Lennon como parte del legado de la Revolución Cubana. ¿Lennon, agente del imperio? ¡Un revolucionario, sin ninguna duda! Apoyó todas las causas, contra la guerra de Vietnam, y nos ayudó.

Es una locura que, por torpeza, no hayamos sido consecuentes en difundir lo mejor de la música de Lennon y del rock auténtico; en cambio hubo una tendencia a huir del inglés, «el idioma del enemigo». Esa fue mi batalla en la universidad: el pelo largo, los collares de semillas —los barbudos cubanos trajeron eso al siglo XX; los hippies imitaron ese símbolo de rebeldía nuestro, y no al revés—. ¿Cómo vamos a llamar afectación extranjera a un símbolo que nosotros mismos, los cubanos, trajimos al mundo moderno?

 
SV

En tu mirada hay una idea que hoy se vuelve urgente: que enfrentamos una confrontación entre humanismo y barbarie, tratando de «salvar lo que se pueda» de la humanidad.

AP

La vida, la gente, el derecho a vivir.

 
SV

Me gustaría que hablaras de ese sincretismo, esa construcción del socialismo en el Caribe, que junta elementos que en una fase dogmática podrían haberse visto como absolutamente divergentes.

AP

Al comienzo de la revolución había cursos de ateísmo científico; si uno había bautizado a su hijo no podía entrar al Partido Comunista, y tampoco podía si se había casado por la iglesia: una fase de búsqueda de una especie de pureza ideológica. Eso cambió. Un punto de inflexión fue la entrevista de Frei Betto a Fidel, Fidel y la religión, que nos cambió a los cubanos y, más ampliamente, cambió la manera en que el movimiento revolucionario en América Latina miraba la religión.

 
SV

¿Y hoy?

AP

No es posible abandonar la dimensión espiritual, la religiosidad del ser humano; no es posible dejar al hombre —como decía Sartre— solo frente a la muerte, frente al vacío, frente a la nada. Los procesos revolucionarios tienen que tener eso en cuenta e integrarlo.

La mentalidad de fortaleza sitiada, que muchas veces nos ha hecho daño, nunca nos llevó a rechazar la Santería cubana, la Regla de Palo Monte, a los Babalawos, a los Abakuá o a los espiritistas. El espiritismo cubano es revolucionario. Y el Código de las Familias es un modelo de vanguardia: la igualdad matrimonial, el derecho a adoptar hijos. Los evangélicos lograron reunir un bloque de votos en contra del código, pero se ganó una gran batalla.

 

Notas

 
1 Simón Vázquez es editor de Verso Libros y Manifest llibres. Fue cofundador de Tigre de Paper, Catarsi Magazín, y editor de Bellaterra edicions.

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