por José A. Amesty Rivera
Hay quienes que, cuando los pueblos sufren, llegan con agua, alimentos, medicinas, maquinaria y
solidaridad, otros llegan con cámaras, trolls y mentiras.
La historia de Nuestra América está llena de terremotos, huracanes, inundaciones y otras tragedias naturales,
pero también ha estado marcada por otro tipo de desastres, uno creado desde los centros del poder político y
mediático, como el uso del dolor humano para desestabilizar gobiernos populares y sembrar desesperanza.
Lo ocurrido en Venezuela tras los devastadores terremotos no puede analizarse solo como un fenómeno
geológico; mientras miles de rescatistas, médicos, bomberos, trabajadores públicos y voluntarios luchan
contra el tiempo para salvar vidas, en las redes sociales se libra otra batalla, una ofensiva comunicacional que
busca convertir una tragedia nacional en un instrumento de confrontación política.
Esto no es algo nuevo. La Revolución Bolivariana ha enfrentado durante más de dos décadas una guerra en
muchos frentes, donde la manipulación de la información ha sido una de las armas más poderosas. Cada
dificultad económica, cada apagón, cada inundación, cada crisis sanitaria, y ahora cada desastre natural se
convierte de inmediato en material para una maquinaria propagandística, que intenta presentar al Estado
venezolano como un proyecto fracasado.
No hablamos simplemente de la crítica política, que siempre es válida en una sociedad democrática, la crítica
forma parte del debate. El problema comienza cuando el sufrimiento de miles de familias, se convierte en un
espectáculo para generar odio, desmoralización y enfrentamiento.
Mientras hombres y mujeres remueven toneladas de escombros para rescatar sobrevivientes, en Internet
circulan fotografías de otros terremotos presentadas como si fueran de Venezuela, videos manipulados,
imágenes creadas con inteligencia artificial y rumores sobre supuestos saqueos, abandono total de las
víctimas, robo de donaciones, e incluso versiones según las cuales funcionarios cobraban dinero para
entregar los cuerpos de personas fallecidas.
Muchas de estas publicaciones fueron desmentidas posteriormente por verificadores independientes,
demostrando que el dolor también puede convertirse en un negocio político.
Es la política del desastre, donde el neoliberalismo convierte todo en mercancía, incluso las tragedias. Existe
una lógica profundamente deshumanizada que cree que mientras peor le vaya al país, mayores serán las
posibilidades de derrotar políticamente al gobierno.
Es una visión que no celebra la reconstrucción, sino el derrumbe; que no busca aliviar el sufrimiento, sino
aumentarlo; que no construye esperanza, sino frustración.
En esta lógica, una catástrofe natural deja de ser un drama humano para convertirse en una oportunidad
propagandística. Lo importante deja de ser salvar personas y pasa a ser construir un relato político.
Por esto aparecen las matrices de opinión incluso antes de que terminen las labores de rescate. Primero se instala la idea del abandono, luego la de un supuesto colapso institucional, más tarde llegan las acusaciones sin pruebas y, finalmente, aparece la conclusión política que ya estaba preparada, presentar al gobierno como incapaz y convertir el dolor colectivo en combustible para la confrontación.
No es un drama exclusivo de Venezuela. Lo hemos visto en Cuba después de huracanes, en Nicaragua tras
desastres naturales, en Bolivia durante los incendios, en México después de terremotos y en buena parte de
América Latina, cuando gobiernos progresistas enfrentan situaciones extraordinarias.
Las redes sociales permiten que una mentira recorra millones de pantallas antes de que la verdad logre abrirse
paso; este es precisamente el objetivo: no informar, sino impactar emocionalmente, sembrar miedo, provocar
indignación y romper la confianza entre el pueblo y las instituciones.
Mientras algunos se concentran sus esfuerzos en hacer virales rumores y noticias falsas, otra Venezuela
estaba actuando: Bomberos, Protección Civil, la Fuerza Armada, Personal Sanitario, Consejos Comunales,
Comunas, Militantes Sociales, Vecinos, Jóvenes Voluntarios, Trabajadores Públicos y Rescatistas
Internacionales. Miles de personas que no preguntan por la posición política de quien necesita ayuda,
simplemente ayudan.
Porque cuando un edificio se derrumba no hay opositores ni chavistas bajo los escombros, hay seres
humanos. Esta es la Venezuela que pocas veces ocupa los titulares de los grandes medios internacionales, la
Venezuela de la solidaridad organizada, la que comparte alimentos, aunque tenga poco, la que convierte
escuelas en refugios y donde las comunidades organizan cocinas colectivas mientras llegan los organismos
especializados.
Y no se trata de idealizar la realidad. Ningún Estado del mundo responde de manera perfecta a una catástrofe
de semejante magnitud, siempre habrán carencias, errores, retrasos y limitaciones materiales.
Más aún cuando un país ha soportado durante años sanciones económicas, dificultades financieras y
restricciones para adquirir equipos especializados, pero reconocer esas limitaciones es muy diferente a
fabricar una realidad paralela basada en noticias falsas.
También se ha desatado una guerra psicológica. Hace tiempo que los manuales de guerra dejaron de limitarse
al terreno militar, hoy las operaciones psicológicas ocupan un lugar central, y las redes sociales funcionan
como verdaderos campos de batalla, donde cada fotografía, cada video y cada rumor puede influir en la
percepción colectiva.
La desinformación no busca solamente engañar, busca paralizar, desmoralizar y dividir, busca que la gente
deje de confiar en las instituciones del país, que toda información oficial sea vista automáticamente como
falsa y que termine imponiéndose el caos informativo.
En este escenario gana quien logra sembrar primero una emoción, aunque después sea desmentida; las
mentiras casi siempre corren más rápido que las rectificaciones y, cuando se trata de tragedias humanas, el
impacto emocional hace que se propaguen todavía más rápido.
Dicho esto, la izquierda también tiene responsabilidades. Defender al pueblo venezolano no significa negar
los problemas, no significa convertir la solidaridad en propaganda, ni afirmar que todo funciona
perfectamente.
Ser de izquierda exige un compromiso mucho más profundo, como el de defender la verdad, incluso cuando
resulte incómoda. Porque si denunciamos la manipulación del adversario, también debemos rechazar
cualquier intento de ocultar los errores propios. La ética revolucionaria no puede construirse sobre
exageraciones, sino sobre hechos.
Por eso es tan importante combatir las noticias falsas, no solo porque afectan la imagen del gobierno, sino
porque afectan directamente la vida de las víctimas. Un rumor puede impedir que una familia encuentre
información confiable, puede dificultar el trabajo de los rescatistas, sembrar pánico, generar violencia o
desviar recursos hacia problemas que no existen. Las fake news también matan.
Otro tema es que la Patria Grande no puede ser indiferente frente al dolor. La respuesta latinoamericana debe
estar a la altura de una región que conoce muy bien el valor de la solidaridad, por ejemplo, Cuba enviando
médicos, México enviando rescatistas, Colombia tendiendo puentes, Brasil aportando ayuda; los pueblos
organizando campañas de recolección, las universidades ofreciendo apoyo técnico y los movimientos
sociales movilizando alimentos y medicinas.
Esta es la América Latina que soñaron Bolívar, Martí, Sandino, el Che, Chávez y tantos otros, la América
Latina que entiende que ninguna frontera vale más que una vida humana; hoy Venezuela necesita esta
solidaridad.
Y no necesita laboratorios digitales sembrando odio, no necesita dirigentes políticos haciendo cálculos
electorales entre los escombros, no necesita influencers compitiendo por seguidores en medio de la tragedia;
Necesita humanidad, cooperación y respeto por quienes lo han perdido todo.
Para ir terminando, cada desastre natural deja lecciones, una de ellas es que la verdad también necesita ser
defendida, porque la mentira organizada puede convertirse en otra forma de violencia.
La batalla por la verdad no pertenece únicamente al gobierno ni a la oposición, pertenece al pueblo, pertenece
a quienes creen que ninguna diferencia política justifica usar el sufrimiento humano, como arma de
confrontación.
Cuando la tierra deje de temblar comienza otra reconstrucción, la de las viviendas, las escuelas y los
hospitales, pero también la reconstrucción de la confianza colectiva, y esta tarea exige derrotar el cinismo, el
oportunismo y la manipulación.
La izquierda latinoamericana debe levantar una bandera sencilla, pero profundamente revolucionaria,
ninguna victoria política, vale una sola mentira construida sobre el dolor del pueblo.
Porque los escombros se levantan con maquinaria, pero las heridas sanan con solidaridad, y la dignidad de un
pueblo solo puede sostenerse sobre la verdad, la justicia y la memoria.
En tiempos en que las redes sociales pueden convertir una falsedad en una verdad aparente, defender la
información verificada, también es una forma de defender la soberanía, y la soberanía, como nos enseñó
Hugo Chávez, no pertenece a un partido ni a un gobierno; pertenece al pueblo, que tiene derecho a enfrentar
las adversidades con la verdad por delante y con la esperanza intacta.











