Inicio Internacional De la tragedia a la farsa: La dolorosa deriva de Israel

De la tragedia a la farsa: La dolorosa deriva de Israel

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(250822) -- GAZA, 22 agosto, 2025 (Xinhua) -- Palestinos que huyen hacia el sur de la Franja de Gaza son vistos en una calle, en la Ciudad de Gaza, el 22 de agosto de 2025. Las fuerzas israelíes han estado sitiando la densamente poblada Ciudad de Gaza durante aproximadamente dos semanas desde varias direcciones. Funcionarios israelíes afirmaron que se emitirían avisos de evacuación a los palestinos que se encuentran allí antes de que el Ejército entre en acción, según fuentes de seguridad palestinas. (Xinhua/Rizek Abdeljawad) (oa) (ra) (ce)
Imagen:  – GAZA, 22 agosto, 2025 (Xinhua) — Palestinos que huyen hacia el sur de la Franja de Gaza son vistos en una calle, en la Ciudad de Gaza, el 22 de agosto de 2025. Las fuerzas israelíes han estado sitiando la densamente poblada Ciudad de Gaza durante aproximadamente dos semanas desde varias direcciones. Funcionarios israelíes afirmaron que se emitirían avisos de evacuación a los palestinos que se encuentran allí antes de que el Ejército entre en acción, según fuentes de seguridad palestinas. (Xinhua/Rizek Abdeljawad) (oa) (ra) (ce) (Imagen de Xinhua)

Por Luis Mesina

Setenta y ocho años han pasado desde que una línea sobre el mapa cambió para siempre el destino de Medio Oriente. En 1948, tras el fin del mandato británico, cobró vida la resolución de las Naciones Unidas que dividió el territorio palestino: un 56% de la tierra se le asignó al naciente Estado de Israel, dejando el 43% restante para una población árabe-palestina que, paradójicamente, representaba el 67% de los habitantes de ese territorio.

El rechazo del mundo árabe fue inmediato. Aquel plan de partición jamás llegó a aplicarse sobre el papel de forma pacífica; al día siguiente de la retirada británica, estalló una guerra que inauguró un ciclo de conflicto bélico permanente. De los 14 mil kilómetros cuadrados asignados originalmente a Israel, la geografía actual muestra una realidad drásticamente alterada en beneficio del Estado judío.

Al repasar la historia, resulta imposible no evocar la tragedia que el pueblo judío enfrentó durante la Segunda Guerra Mundial. El nazismo se encarnizó en su persecución. Relatos universales como El diario de Ana Frank o el testimonio de Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido desnudaron el horror de un régimen que anuló la condición humana en nombre de un dogma ideológico.

Allí radica la dolorosa paradoja contemporánea. Quienes heredaron la memoria de haber sufrido las barbaridades de un régimen criminal, hoy validan prácticas de ocupación y sometimiento contra otro pueblo. La doctrina oficial de Israel, cimentada sobre una concepción sionista radical, defiende la expansión de los asentamientos y vincula el derecho sobre la tierra a promesas bíblicas e históricas. Es la narrativa del «pueblo elegido» utilizada como un título de propiedad geopolítico.

Hoy, el mundo observa estupefacto cómo una nación pequeña, con apenas unos millones de habitantes, pone en jaque la estabilidad global. Bajo la dirección de su ala más radical, el Estado de Israel pretende anteponer su concepción de «pueblo elegido» por encima del derecho internacional y de la soberanía de otros Estados, subordinando la diplomacia moderna a mandatos y promesas bíblicas de tiempos remotos. Esta lógica sionista y expansionista resulta sumamente alarmante, pues instrumentaliza un dogma de fe —respetable en el ámbito de las creencias individuales— para justificar acciones que impactan a una inmensa mayoría global compuesta por cristianos, musulmanes, agnósticos y ateos que no profesan dicha religión.

Quienes día a día trabajan por el avance de la civilización miran con terror cómo esta política de ocupación avanza sin que las potencias globales logren articular una oposición efectiva. La historia ya ha castigado la pasividad internacional ante esta clase de ambiciones. En la década de 1930, la comunidad internacional contempló con una mezcla de apatía e indiferencia los primeros pasos expansionistas del régimen nacionalsocialista. Aquel silencio cómplice arrastró a la humanidad, casi sin darse cuenta, al episodio más vergonzoso del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial. Un horror de escala planetaria donde, precisamente, las víctimas más perseguidas e indefensas de la maquinaria criminal alemana fueron los propios judíos.

Por ello, cobra hoy más sentido que nunca la célebre sentencia de Karl Marx: la historia ocurre dos veces, una vez como tragedia y la otra como farsa. Si el régimen de Benjamín Netanyahu pretende emular los pasajes más oscuros del pasado intentando asfixiar la existencia del pueblo palestino, el juicio del tiempo será implacable. El veredicto del mañana no recordará a estos gobernantes como los protectores de su nación, sino como los artífices de su propio aislamiento moral, exponiéndolos ante el mundo y avivando peligrosamente los prejuicios y el odio que, en distintas latitudes, resurgen muchas veces de forma injusta contra el pueblo judío en general.

Ante esta deriva, la comunidad internacional no puede seguir refugiándose en la diplomacia tibia o en los discursos de pasillo. Lo que el escenario global exige hoy, ya sin matices ni dilaciones, es una intervención decidida y directa en la región que detenga la impunidad y contenga el crimen contra civiles indefensos. Es la única vía para garantizar a los miles de niños, mujeres y ancianos que sobreviven bajo el asedio en Gaza el derecho fundamental a una paz duradera. Solo una acción internacional firme y humanitaria será capaz de detener la maquinaria de destrucción, haciendo posible que, finalmente, la cordura y la vida se impongan por sobre la barbarie de la guerra.

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