por Franco Machiavelo
Hay ironías en la historia que son simplemente maravillosas. Una de las más grandes es ver a los defensores del orden, del dinero, de la jerarquía social y de la obediencia al poder… arrodillados todos los domingos rezándole a un tipo que vivía sin propiedad privada, que andaba con pescadores y prostitutas, que atacaba a los ricos, que expulsó a los mercaderes del templo a golpes y que decía que los últimos serían los primeros.
Si Jesús apareciera hoy, no estaría en los barrios ricos, ni en los directorios de bancos, ni bendiciendo fusiles ni grandes fortunas. Estaría en la población, en la olla común, con los endeudados, con los presos, con los perseguidos, con los que no tienen tierra, con los que no tienen salud, con los que no tienen educación. Es decir, estaría exactamente con la gente que el modelo económico deja abajo.
Jesús no fue un defensor del sistema, fue un crítico del poder religioso, del poder político y del poder económico. Fue un agitador social, un incómodo, un tipo peligroso para el orden establecido. Por algo lo mataron. A los que mantienen el orden nunca les molestan los santos que hablan de amor en abstracto; les molestan los que hablan de justicia, de igualdad y de dignidad aquí en la tierra.
Y aquí viene la tragedia más grande de la derecha: tienen que rezarle a alguien que estaría en su contra. Tienen que arrodillarse ante un hombre que dijo que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja a que un rico entrara al reino de los cielos. Debe ser complicado rezar sabiendo que el propio jefe espiritual probablemente te estaría organizando sindicatos, defendiendo a los pobres y denunciando las injusticias.
La historia es cruel en sus ironías. Convirtieron a un rebelde en estatua, a un subversivo en estampita, a un revolucionario en adorno de oro, a un hombre que no tenía nada en símbolo de iglesias llenas de riqueza. Lo domestican, lo suavizan, lo vuelven inofensivo, porque un Jesús rebelde es peligroso, pero un Jesús silencioso no molesta a nadie.
Pero el mensaje original sigue siendo incómodo: compartir, no acumular; ayudar, no explotar; perdonar, no perseguir; amar al prójimo, no aplastarlo; construir justicia, no privilegios.
Por eso la frase sigue siendo tan actual y tan irónica:
“Perdónalos, no saben lo que hacen”.
Y quizás hoy habría que agregar:
Perdónalos también porque rezan todos los días…
pero si Jesús volviera, probablemente lo volverían a perseguir.
Si Jesús apareciera hoy, no estaría en los barrios ricos, ni en los directorios de bancos, ni bendiciendo fusiles ni grandes fortunas. Estaría en la población, en la olla común, con los endeudados, con los presos, con los perseguidos, con los que no tienen tierra, con los que no tienen salud, con los que no tienen educación. Es decir, estaría exactamente con la gente que el modelo económico deja abajo.
Jesús no fue un defensor del sistema, fue un crítico del poder religioso, del poder político y del poder económico. Fue un agitador social, un incómodo, un tipo peligroso para el orden establecido. Por algo lo mataron. A los que mantienen el orden nunca les molestan los santos que hablan de amor en abstracto; les molestan los que hablan de justicia, de igualdad y de dignidad aquí en la tierra.
Y aquí viene la tragedia más grande de la derecha: tienen que rezarle a alguien que estaría en su contra. Tienen que arrodillarse ante un hombre que dijo que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja a que un rico entrara al reino de los cielos. Debe ser complicado rezar sabiendo que el propio jefe espiritual probablemente te estaría organizando sindicatos, defendiendo a los pobres y denunciando las injusticias.
La historia es cruel en sus ironías. Convirtieron a un rebelde en estatua, a un subversivo en estampita, a un revolucionario en adorno de oro, a un hombre que no tenía nada en símbolo de iglesias llenas de riqueza. Lo domestican, lo suavizan, lo vuelven inofensivo, porque un Jesús rebelde es peligroso, pero un Jesús silencioso no molesta a nadie.
Pero el mensaje original sigue siendo incómodo: compartir, no acumular; ayudar, no explotar; perdonar, no perseguir; amar al prójimo, no aplastarlo; construir justicia, no privilegios.
Por eso la frase sigue siendo tan actual y tan irónica:
“Perdónalos, no saben lo que hacen”.
Y quizás hoy habría que agregar:
Perdónalos también porque rezan todos los días…
pero si Jesús volviera, probablemente lo volverían a perseguir.











