por José A. Amesty Rivera
Compañeras y compañeros, cuando hablamos de Venezuela hoy, no estamos hablando solo de un país,
estamos hablando de un momento histórico para América Latina.
Porque lo que ocurre en Venezuela hoy es el resultado de tres procesos que se cruzan al mismo tiempo: una
crisis económica profunda, una disputa geopolítica internacional y un debate dentro de la propia izquierda
latinoamericana.
Por eso, reducir lo que ocurre a una simple “crisis del socialismo” o a un “problema de gobierno” es una
simplificación, lo que estamos viendo es algo mucho más complejo.
Estamos viendo la crisis y transformación de uno de los proyectos políticos más importantes de América
Latina en el siglo XXI. Y la pregunta que hoy está abierta es clara: ¿qué está pasando realmente con el
proceso bolivariano? ¿Está resistiendo? ¿Está transformándose? ¿O está entrando en una etapa
completamente distinta? Para responder esto, primero tenemos que mirar de dónde viene este proceso.
Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, planteó un proyecto político ambicioso. La llamada
Revolución Bolivariana y tenía tres objetivos centrales:
Primero: recuperar el control del Estado sobre los recursos estratégicos, especialmente el petróleo.
Segundo: reducir la desigualdad social a través de grandes programas sociales.
Y tercero: construir una integración latinoamericana alternativa al neoliberalismo.
En ese momento surgieron iniciativas regionales como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra
América y la Unión de Naciones Suramericanas, entre otros mecanismos de integración.
Durante los primeros años del siglo XXI, Venezuela se convirtió en un símbolo del llamado “giro a la
izquierda” en América Latina. Muchos pensaban que se estaba abriendo un nuevo ciclo político en la región,
pero este proyecto tenía una debilidad estructural muy fuerte.
Una debilidad que venía desde mucho antes, la economía venezolana dependía casi totalmente del petróleo y
esa dependencia iba a marcar el futuro del país.
Venezuela tiene una de las mayores reservas de petróleo del mundo, pero esa riqueza también generó una
economía muy particular, una economía llamada rentista. ¿Eso qué significa? Que el Estado obtiene la mayor
parte de sus ingresos vendiendo petróleo y, con ese dinero, financia el gasto público. Durante años, eso
permitió financiar educación, salud, subsidios, programas sociales, entre muchos otros.
Pero también generó varios problemas: poca diversificación económica, baja producción industrial y
dependencia de los precios internacionales del petróleo. El corazón de este modelo es la empresa estatal
Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA). Cuando los precios del petróleo bajaron y comenzaron las sanciones
internacionales, principalmente de EEUU, este modelo empezó a entrar en crisis.
Y aquí aparece otro elemento clave: la dimensión geopolítica.
Durante años, Venezuela ha enfrentado sanciones económicas impulsadas principalmente por Estados
Unidos. Estas sanciones afectaron, sobre todo, el sistema financiero, el comercio internacional y la industria
petrolera. Incluso algunos analistas críticos del gobierno reconocen algo importante, las sanciones agravaron
la crisis económica.
Pero, además, Venezuela se convirtió en una pieza dentro de una disputa internacional más amplia; en ese
tablero también están actores como China, Rusia, entre otros. Es decir, la crisis venezolana no es solo interna;
también forma parte de una competencia global por recursos, energía e influencia política.
La situación se volvió aún más incierta tras la captura y secuestro del presidente Nicolás Maduro el 3 de
enero de 2026. Después de ese hecho, el poder quedó temporalmente en manos de la vicepresidenta Delcy
Rodríguez, y esto abrió una etapa completamente nueva.
Hoy vemos, al mismo tiempo, negociaciones internacionales, cambios en la política petrolera, protestas
sociales y tensiones dentro del propio chavismo.
El gobierno intenta atraer inversión extranjera para recuperar la economía, pero esto ha generado un debate
muy fuerte dentro de la izquierda, tanto nacional como internacional.
En el caso actual de China y Rusia, la crisis venezolana también forma parte de una competencia global por
energía, influencia política y recursos estratégicos. Y, en este sentido, con aire de vencedor, Trump había
anunciado que el petróleo venezolano bajo control estadounidense se lo vendería a Rusia y a China. Pero
resulta que Rusia y China se niegan a comprárselo, y no es un detalle menor, es el centro de toda la jugada.
China ha dado instrucciones a sus operadores para que no adquieran crudo venezolano bajo control
estadounidense. Los envíos que antes cubrían la deuda de 15.000 millones de dólares que Venezuela
mantiene con Pekín simplemente se han detenido.
Lo más revelador es que hay unos 40 millones de barriles de crudo sancionado (de Rusia, Irán y Venezuela)
flotando en tanqueros frente a las costas de China, esperando; ese petróleo está ahí, inmóvil, como un ejército
de barcos fantasmas que nadie descarga.
Es decir, hay un elemento nuevo que antes no teníamos: China y Rusia han contraatacado con una resistencia
silenciosa pero efectiva. Al negarse a comprar el petróleo venezolano bajo control estadounidense, están
estrangulando al imperio con su propio botín, los barcos flotan, el petróleo se acumula y el tiempo corre en
contra de Washington.
A su vez, hoy no existe una sola interpretación sobre Venezuela. Dentro de la izquierda latinoamericana hay,
por lo menos, tres grandes posiciones.
Primera posición: la izquierda chavista. Esta corriente defiende el proceso bolivariano y sostiene que la crisis
se explica principalmente por las sanciones internacionales, la presión geopolítica y lo que llaman una
“guerra económica”. Para ellos, Venezuela sigue siendo un símbolo de resistencia frente al poder de Estados
Unidos.
Segunda posición: la izquierda progresista crítica. Esta corriente reconoce que el chavismo tuvo logros
importantes, como la reducción de la pobreza, la expansión de políticas sociales y la inclusión política de
sectores populares, pero sostiene que, con el tiempo, el sistema se deterioró. Sus críticas principales son las
instituciones debilitadas, la polarización política y la dependencia del petróleo; por ello, proponen una
transición democrática que preserve las conquistas sociales.
Tercera posición: la izquierda socialista crítica. Aquí aparecen sectores como el Partido Comunista de
Venezuela. Estos sectores sostienen que el gobierno terminó reproduciendo estructuras capitalistas. Sus
críticas incluyen la apertura económica al capital privado, el debilitamiento de los sindicatos y la
concentración del poder en el Estado; para ellos, el proyecto bolivariano se alejó del socialismo original.
Este debate se resume hoy en una discusión muy importante dentro de la izquierda: la diferencia entre
antiimperialismo ideológico y antiimperialismo pragmático.
El antiimperialismo ideológico dice: no se negocia con el imperialismo bajo ninguna circunstancia.
El antiimperialismo pragmático dice: un país puede negociar incluso con adversarios si eso permite
sobrevivir económicamente.
Muchos analistas consideran que el gobierno actual de Venezuela está adoptando esta segunda estrategia, es
decir, negociar para sobrevivir. Pero esta estrategia genera tensiones dentro del propio campo revolucionario.
Y plasmemos aquí algunas de las teorías más radicales:
La teoría del “golpe pactado”, que indica que EEUU. no tumbó al chavismo, sino que ayudó a reconfigurarlo
con una figura más manejable.
La teoría del “chantaje judicial”, indicando que Washington tendría expedientes listos contra figuras del
poder para presionar decisiones políticas.
La teoría del “cambio controlado”, señalando que no podían imponer a la oposición, así que prefirieron
negociar con una élite chavista.
La teoría del “nuevo modelo tipo Bukele”, donde hay una autoridad fuerte, pero alineada con intereses
económicos globales.
A la fecha de la publicación de este artículo, han surgido más teorías radicales, que rayan en hipótesis,
especulaciones y probabilidades, muchas de ellas sin pruebas factibles.
La teoría del “pacto con EEUU.” plantea que sectores del poder negociaron la salida de Nicolás Maduro con
Estados Unidos, e indica unos contactos previos entre actores venezolanos, donde es evidente que existen
intereses energéticos claros de Estados Unidos en Venezuela. Ahora, no está demostrado un acuerdo directo
documentado para “entregar” el poder.
Y algunos se preguntarán: ¿y el pueblo dónde queda en todo esto?
Señalamientos: el pueblo está en pausa; se apagó la calle, ya que hay menos movilización, menos discurso
ideológico y más sobrevivencia. Líderes como Diosdado Cabello han apagado su verbo incendiario
antiimperialista, por ahora, según se cree.
Otros indican que el pueblo sigue organizándose en consejos comunales, comunas y otros tipos de
organizaciones, cumpliendo con el mandato del presidente Hugo Chávez, para resistir y sobrevivir.
Otros señalan que hay menor intensidad de movilización política y mayor foco en la supervivencia
económica. Hay interpretaciones posibles como el cansancio social, el control político más centralizado y la
pérdida de narrativa movilizadora.
Aquí aparece un ejemplo interesante en la región: el caso de Miguel Díaz-Canel en Cuba. El gobierno cubano
ha confirmado conversaciones con Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, ha dejado claras varias
condiciones: el respeto a la soberanía, la igualdad entre los Estados y la no intervención en asuntos internos.
La lección política aquí es importante.
Negociar no significa rendirse. La pregunta clave siempre es desde qué posición se negocia y qué se está
dispuesto a ceder.
El analista cubano José Carlos Vinasco señala que “en Venezuela, las concesiones llegaron primero. El
petróleo fluyó, las leyes cambiaron, los presos fueron liberados. Luego vinieron las conversaciones. En
Cuba, primero están las conversaciones. Las concesiones, si llegan, serán después y con condiciones”.
Ampliemos más sobre Cuba. ¿Es un espejo o una advertencia? Es ambas cosas. Cuba es como ese espejo que
nadie quiere mirar demasiado tiempo, porque devuelve una pregunta incómoda: ¿hasta dónde aguanta un
proyecto cuando vive bajo presión permanente?
Porque Cuba no es solo resistencia heroica; también es desgaste acumulado. Décadas de bloqueo, crisis
internas, ajustes económicos y, aun así, el sistema no se cayó.
Pero tampoco está igual que antes. Cuba cambió, y eso hay que decirlo sin romanticismo. Hoy hay apertura
económica, hay un sector privado en crecimiento y hay desigualdad que antes no se veía tanto, y eso genera
tensiones internas fuertes.
Entonces aparece la misma discusión que en Venezuela: ¿esto es adaptación o es el inicio de otra cosa? ¿Y
cuál es la diferencia clave entre ambos procesos?: El ritmo y el control. Cuba cambia lento, midiendo cada
paso, tratando de no perder el timón. Venezuela, en cambio, está en una dinámica más brusca, más
atravesada por crisis y presión externa directa.
Pero atención con esto, ambos están enfrentando las mismas preguntas de fondo: ¿cómo sobrevivir sin dejar
de ser lo que son? ¿Y lo estarán logrando?
Porque resistir no es solo aguantar; también es saber hacia dónde se va. Y ahí es donde muchos empiezan a
preguntarse si el rumbo sigue claro o si se está improvisando sobre la marcha.
Entonces, ¿Cuba es futuro o advertencia para Venezuela? Podríamos decir que es una advertencia con
experiencia, muestra que se puede resistir décadas, pero también que cada concesión deja marca, y que los
cambios, aunque sean necesarios, nunca son gratis.
Veamos otras experiencias históricas.
La idea que un proyecto político puede mantenerse intacto frente a condiciones extremas es, históricamente,
difícil de sostener. En contextos de guerra, aislamiento o crisis profunda, los liderazgos revolucionarios han
tenido que tomar decisiones que, en otro momento, habrían sido impensables.
Los casos de Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung y Fidel Castro no solo ilustran esto, sino que permiten entender
cómo funciona la política bajo presión extrema.
Lenin: negociar para no desaparecer (Tratado de Brest-Litovsk, 1918)
Tras la Revolución de octubre de 1917, el nuevo gobierno bolchevique heredó un país devastado por la
guerra, el hambre y el colapso del Estado zarista. Rusia seguía involucrada en la Primera Guerra Mundial,
pero el ejército estaba desintegrándose.
Lenin enfrentaba una disyuntiva brutal, continuar la guerra, arriesgando el colapso total del nuevo gobierno,
o firmar la paz con Alemania, aun en condiciones humillantes.
La decisión fue el Tratado de Brest-Litovsk. Las condiciones fueron extremadamente duras, Rusia perdió
vastos territorios (Ucrania, Polonia, los países bálticos), cedió recursos estratégicos y población, y fue visto
por muchos revolucionarios como una traición.
Dentro del propio partido bolchevique hubo una fuerte oposición; algunos proponían una “guerra
revolucionaria” en lugar de negociar. Pero Lenin insistió en una idea clave, “sin Estado no hay revolución
que defender”.
Su apuesta fue estratégica, sacrificar territorio para ganar tiempo, consolidar el poder interno y reorganizar el
Estado y el Ejército Rojo.
A corto plazo, fue una concesión enorme. A mediano plazo, permitió que el gobierno sobreviviera a la guerra
civil.
Aquí hay una lección histórica, la negociación no fue una renuncia ideológica, sino una decisión para evitar
la derrota inmediata.
Mao Tse-Tung: alianzas con el enemigo (Frente Unido con el Kuomintang)
La trayectoria de Mao Tse-Tung muestra uno de los ejemplos más claros de flexibilidad estratégica. Durante
la primera mitad del siglo XX, el Partido Comunista Chino enfrentaba dos amenazas simultáneas: la
represión del Kuomintang (nacionalistas) y la invasión japonesa.
En ese contexto, Mao impulsó una decisión altamente controversial, formar una alianza con el mismo
Kuomintang que había perseguido y masacrado a los comunistas. Este acuerdo dio lugar al llamado Segundo
Frente Unido (1937–1945) en el marco de la guerra contra Japón.
¿Por qué fue una decisión tan contradictoria? Porque implicaba colaborar con un enemigo interno, suspender
parcialmente el conflicto de clases y priorizar la lucha nacional sobre la revolución inmediata. Muchos dentro
del movimiento comunista veían esto como una desviación.
Pero Mao interpretó la correlación de fuerzas de otra manera, sin derrotar a Japón, no habría condiciones para
ninguna revolución. La supervivencia del movimiento requería replegarse, reorganizarse y ganar legitimidad
nacional.
El resultado fue decisivo: el Partido Comunista se fortaleció durante la guerra, expandió su base social y
llegó en mejores condiciones a la guerra civil posterior, que terminaría ganando en 1949.
Otra lección histórica: la alianza no fue una claudicación, sino una forma de cambiar el orden de las
prioridades estratégicas.
Fidel Castro: resistir adaptando el modelo (Período Especial, años 90)
El caso de Fidel Castro es distinto, porque no se trata de una negociación puntual, sino de una adaptación
prolongada. Durante décadas, Cuba dependió económicamente de la Unión Soviética. Cuando esta colapsó
en 1991, la isla perdió su principal socio comercial, el suministro de petróleo subsidiado y el apoyo
financiero clave. Esto dio inicio al llamado “Período Especial”.
Las consecuencias fueron dramáticas: la caída del PIB, la escasez de alimentos, energía y transporte, y el
deterioro de las condiciones de vida.
En ese contexto, el gobierno cubano tomó medidas que antes habrían sido impensables dentro de su modelo,
como: la apertura limitada al turismo internacional, la legalización del dólar en la economía, la autorización
de pequeños emprendimientos privados y la búsqueda de inversión extranjera.
Estas decisiones generaron tensiones ideológicas importantes: ¿era esto una concesión al capitalismo? ¿Un
retroceso del proyecto socialista? Sin embargo, la dirección política defendió estas medidas como necesarias
para la supervivencia del sistema. La lógica fue clara, sin ajustes económicos, el colapso era probable; sin
Estado, no habría proyecto socialista que sostener. Cuba no abandonó su modelo político, pero sí lo modificó
en aspectos clave.
Lección histórica: adaptarse no significó rendirse, sino reconfigurar el proyecto para evitar su desaparición.
Estos tres casos muestran un patrón común, ninguno de estos líderes actuó en condiciones ideales; todos
enfrentaron escenarios donde las opciones eran limitadas. En todos los casos, se tomaron decisiones que
tensionaron la coherencia ideológica.
Pero también revelan algo más profundo: la “pureza política” es más fácil de sostener en el discurso que en
la historia real.
Cuando un proyecto enfrenta amenazas existenciales, las decisiones dejan de ser entre “correcto” e
“incorrecto” y pasan a ser entre sobrevivir o desaparecer, avanzar o replegarse, resistir o colapsar.
Lenin cedió territorio para salvar el Estado. Mao pactó con su enemigo para ganar tiempo. Fidel reformó su
modelo para evitar el derrumbe.
En los tres casos, lo que estaba en juego no era solo la coherencia ideológica, sino la continuidad misma del
proyecto político.
Y esa es, quizá, la enseñanza más incómoda de la historia, en momentos críticos, la política no premia la
pureza; premia la capacidad de seguir existiendo.
Lo único claro es que el país sigue siendo un laboratorio político en tiempo real, donde se ensayan (con altos
costos) distintas formas de resistir en un mundo en disputa. Y, mientras ese experimento continúe, el
desenlace seguirá abierto. Porque, en política, como en la historia, lo decisivo no es lo que parece inevitable,
sino lo que todavía puede cambiar.
Hoy Venezuela vive una coyuntura completamente abierta. Lo que vemos es una combinación de crisis
económica estructural, presión geopolítica internacional y conflictos dentro de la propia izquierda. Por eso, el
futuro del proceso bolivariano todavía no está definido, puede transformarse, puede adaptarse o puede entrar
en una etapa completamente distinta.
Es decir, la gran pregunta no es si Venezuela va a cambiar, porque eso ya está pasando; la pregunta real es
cómo cambia, quién gana con ese cambio y qué queda del proyecto original. Y esta es la discusión que hoy
divide a toda la izquierda. ¿Qué nos dicen, además, los anteriores casos? Que la política real no se mueve en
blanco y negro.
Pero algo es seguro, la historia de América Latina nos enseña que los procesos políticos no avanzan en línea
recta; avanzan con progresos, retrocesos y contradicciones. Y, en medio de esas contradicciones, sigue
abierta una disputa fundamental, la disputa por la soberanía, por la justicia social y por el futuro político de
nuestra región. Y esa discusión, compañeras y compañeros, no ocurre solo en Venezuela; también nos
interpela a todos nosotros en América Latina.
En fin, y reiteramos Venezuela esta en un momento coyuntural abierto.











