Inicio Análisis y Perspectivas La trampa del mal menor

La trampa del mal menor

288
0

Revista El Topo, 88

“Un mal siempre es menor que otro mal posterior, posiblemente mayor. Todo mal se vuelve menor que otro que parece mayor, y así hasta el infinito. La fórmula del mal menor no es, por lo tanto, otra cosa que la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento históricamente regresivo, un movimiento cuyo desarrollo está guiado por una fuerza audazmente eficiente, mientras que las fuerzas antagónicas (o mejor dicho, sus líderes) están decididas a capitular progresivamente, en pequeñas etapas y no de golpe (lo que tendría un significado muy diferente, debido al efecto psicológico condensado, y podría dar lugar a una fuerza activa competidora de la que se adapta pasivamente a la “fatalidad”, o fortalecerla si ya existe)”

(Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel).
Cuaderno 16 (XXII)

El mal menor - Revista de Prensa


Básicamente, hay algunas cuestiones que aparecen cuando se discute este tema del mal menor. Siempre parece que se tratara de dos opciones que son contrapuestas entre sí. Uno solamente está en posición de elegir entre una y otra y nada más.

Hay un elemento que es la postergación. ¿Qué significa?
Significa dejar para otro momento (futuro) las críticas, la confrontación, simplemente la lucha de clases contra los
supuestos males menores bajo la excusa de que así se estaría evitando allanarle el camino a los males supuestamente mayores que pueden llegar. Y lo relevante de este llamado a la postergación es que coloca un factor crucial, que es el factor temporal. Que no ocurra cierta cosa ahora, sino más adelante.

Nos damos cuenta de que esto no se trata de un mal mayor contrapuesto a un mal menor distribuido en el tiempo. La
cuestión se transforma entonces en postergar, atenuar, frenar la confrontación, la lucha, toda crítica a los males presentes para justamente no allanarle el camino a esos males futuros (siempre las frases que se suelen escuchar cuando se discute esta cuestión: defendamos esto, que lo que viene es peor; que venga ese que no es tan malo como el otro; se dice que se le hace el juego al fascismo…).

La cuestión es la siguiente: una vez introducido este factor temporal, ya es imposible no ver la cuestión procesal de todo esto, que estos males diferentes, mayores o menores, no son cosas que están dadas, sino que son procesos, provienen de algún lado, se desarrollan en determinadas líneas y conducen hacia algún lugar. Entonces uno se tiene que preguntar que ese mal menor que vas a defender ha ocupado en un momento anterior el lugar del mal mayor, justificando a su vez esta misma lógica. Te tienes que preguntar cómo ese mal que ves como mayor ingresa en el horizonte de lo posible.

Es como configuramos nuestras acciones políticas. Algo produjo que la derecha chilena, el pinochetismo, que postula a José Antonio Kast como presidente, llegara a la situación en la que está hoy. Esto no cayó del cielo ni nació por generación espontánea. Porque si algo que puede ser visto como un mal mayor se hace posible, es que hay que pensar que los males mayores solo pueden provenir de dos lugares: O de las transformaciones y el desenvolvimiento de los males peores o de las propias condiciones que esos males menores brindan al desarrollo de nuevos o distintos males.

Nada puede ocurrir sin que haya condiciones para que eso ocurra. Y ahí está el problema. Si uno pretende resguardarse de males futuros postergando la confrontación, la crítica o, en último caso, la reflexión acerca de los males presentes, que son los que brindan las condiciones para el crecimiento de esos males futuros tan temidos, uno está básicamente jodido.

En realidad, este personaje que apoya al mal menor va a revelar su verdadera identidad porque no es una verdadera
postergación; siempre se dice: “No es el momento, ahora lo importante es esto”. ¿Se cree que una vez que apoyaste ese mal menor, ese mal mayor desaparece para siempre? ¿O significa que vas a estar apoyando eternamente males menores porque siempre va a haber un mal mayor acechando?. Esto significa simplemente optar por la frase de Francis Fukuyama: “el fin de la historia”, la eternidad del capitalismo.

¿Dónde está el corte?, ¿cómo se sale de esta lógica nefasta de degradación y decadencia? Siempre criticar o luchar contra el mal menor (durante décadas y décadas y décadas criticar o luchar era hacerle el juego a la derecha) y el problema es que eso que se está defendiendo (el mal menor) para que no crezca la derecha es, como mínimo, lo que brinda las condiciones para que crezca la derecha y la extrema derecha. Pero ese crecimiento de la derecha que tanto espanta es algo de largo plazo, no aparece por arte de magia en la elección en la que se cree que se juega todo. Es solo el momento en que los trasnochados (estúpidos) se sorprenden por lo que debería hacerse.

Bajo la lógica del mal menor, parece que desapareciera el capitalismo, que en esencia es defendido como el mal menor y el mal mayor. Desigualdad terrible, décadas y décadas de explotación, saqueo de nuestras riquezas naturales, humillación, opresión, represión, crímenes…

Los trabajadores no están condenados eternamente a sufrir los ataques de los patrones y del Estado burgués sin reaccionar: poseen una fuerza potencialmente formidable porque es su trabajo el que mantiene vivo el sistema capitalista. Pero para que esta fuerza se materialice en una lucha real, es esencial romper con todos los sirvientes del capitalismo que nos paralizan; que nos engañan abogando por “otro presupuesto”, “otra política”, “otra distribución de la riqueza”, “otro gobierno”, en otras palabras, dejando intacto el capitalismo, al que, según ellos, bastaría con aplicar algunas reformas.

El capitalismo no se puede reformar: ¡se combate o uno se somete! Los trabajadores no tienen nada que defender en la
economía capitalista, cuyos problemas no son suyos. No tienen que aceptar sacrificios hoy para reducir la deuda o mejorar la competitividad de las empresas. Deben defender exclusivamente sus intereses de clase contra la burguesía y el capitalismo, sin dejarse frenar por las ilusiones democráticas, pacifistas y reaccionarias sobre la existencia de un “interés superior”, supuestamente común a todas las clases. Es imposible confiar en las organizaciones sindicales y los partidos que difunden estas ilusiones, sabotean todas las luchas que rompen con la colaboración de clases y amenazan la “estabilidad” de la economía. Los trabajadores solo pueden confiar en su propia fuerza, su determinación, su combatividad, su capacidad de organizar y dirigir la lucha con métodos y medios clasistas.

La opción es si el pueblo puede llegar a ser el sujeto activo de las transformaciones sociales y políticas y no un mero instrumento pasivo como de costumbre. Y el pueblo puede desarrollar esta actividad si está asociada a un proceso revolucionario. La capacidad de los explotados y oprimidos para actuar de manera independiente y consciente para lograr sus propios objetivos de clase, en contraposición a ser manipulados por la burguesía.

Las elecciones en el sistema capitalista son una forma de control burgués. La participación electoral, desde esta perspectiva, puede legitimar el sistema y retrasar o impedir la verdadera revolución.

Ninguna retórica, ningún mal mayor o menor, ningún juego de palabras podrá disimular por mucho tiempo este fundamental conflicto de intereses entre la burguesía, la clase dominante, y los trabajadores, los pobres de la ciudad y el campo. La solución histórica no depende de la elección entre dos males, sino de la lucha de los pueblos por su definitiva liberación.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.