Inicio Análisis y Perspectivas ¡LA FÁBRICA DEL CONSENTIMIENTO EN CHILE: DEMOCRACIA PROGRAMADA, VOTO DOMESTICADO!

¡LA FÁBRICA DEL CONSENTIMIENTO EN CHILE: DEMOCRACIA PROGRAMADA, VOTO DOMESTICADO!

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por Franco Machiavelo

La tendencia global de fabricación del consentimiento —desarrollada por corrientes críticas de la comunicación y la política— cobra una vigencia feroz en la realidad chilena del presente, donde el aparato mediático, político y económico opera como una maquinaria aceitada para preservar el orden neoliberal. En Chile, esta «fábrica» no sólo ha sido perfeccionada, sino que se ha vuelto parte estructural del modelo postdictadura: un sistema que simula democracia mientras reproduce la desigualdad, naturaliza el saqueo y domestica la voluntad popular.
 
Esta perspectiva sostiene que los medios masivos —controlados por corporaciones y financiados por intereses privados— moldean la opinión pública para mantener el statu quo. En Chile, esto se materializa de forma obscena: los grandes conglomerados mediáticos (como El Mercurio, La Tercera o los canales de TV abierta) no sólo manipulan el discurso público, sino que invisibilizan toda voz que cuestione el modelo neoliberal, criminalizando las protestas sociales, estigmatizando los movimientos territoriales (como el mapuche) y promoviendo a candidatos funcionales al sistema, ya sean de izquierda edulcorada o derecha sin disfraz.
 
El voto en Chile, lejos de ser un ejercicio consciente de soberanía popular, ha sido reducido a un reflejo condicionado, manipulado por encuestas, slogans vacíos y campañas del miedo. El pueblo vota, pero no elige. Participa, pero no decide. Porque antes de cada elección, ya ha sido sembrado el terreno por las élites económicas, ya han sido filtrados los candidatos “aceptables” por los poderes fácticos y ya ha sido instalada en el imaginario colectivo la falsa dicotomía entre «orden y caos», «progreso o retroceso», como si las únicas opciones fueran las que el sistema ofrece.
 
La elite política chilena —desde los gobiernos de la Concertación hasta el progresismo tecnocrático del presente— ha actuado como gerente de este modelo de manipulación consensuada. Han administrado la herencia de Pinochet con rostro amable, mientras la desigualdad se mantiene estructural, el extractivismo destruye territorios, las AFP roban el futuro de millones, y la educación y salud siguen siendo mercancías. La revuelta del 2019 fue la más clara expresión del descontento contra esta fábrica de consensos, pero el poder respondió como siempre: con represión, cooptación de demandas, y una nueva narrativa para reconducir el estallido hacia caminos institucionales inofensivos.
 
Dentro de esta tendencia crítica, el consentimiento no se obtiene a través de la represión directa (aunque no se excluya), sino mediante un consenso manufacturado, una ilusión de participación, una democracia de cartón piedra. El neoliberalismo chileno ha logrado vaciar de contenido la soberanía popular, reduciendo la política a marketing y la ciudadanía a consumidor de promesas.
 
Hoy, más que nunca, urge desenmascarar esta maquinaria. Entender que el problema no es la apatía política del pueblo, sino el sabotaje sistemático de su conciencia. Que el voto programado por las élites no es un error, sino la condición misma del neoliberalismo: gobernar sin el pueblo, pero en su nombre. Fabricar consentimiento… para evitar la verdadera democracia.
 
 
 
 
 

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