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Por Carlos Pichuante
Donald Trump lo hizo otra vez. Porque si hay algo que este magnate de la peluquería oxidada y el ego inflado sabe hacer, es convertir la política internacional en un episodio de South Park, pero sin la autoconciencia. Esta vez, con una carta firmada con crayones, anunció que le pondrá un arancel del 50% a Brasil por el imperdonable crimen de enjuiciar a su bromance tropical: Jair Bolsonaro, el Capitán Cloroquina, ahora imputado por intento de golpe de Estado.
¡Qué bonito! Mientras el mundo se pregunta cómo frenar a las ultraderechas que juegan a disfrazarse de libertadores, Trump decide castigar económicamente a Brasil porque no le gusta que la justicia haga su trabajo. Qué democrático todo. ¿Y la excusa? Que esto es para defender “la libertad y la soberanía”. Traducción: si tú no blindas a mi amiguito golpista, yo te rompo el bolsillo. Bienvenidos a la diplomacia versión Don Corleone 2.0.
Pero no nos creamos el cuento de que el show es solo con Brasil. Esto es un aviso de lo que vendría para todos los que no se alineen con el club de los autoritarios internacionales. Los Putin lovers, los Orbán fans, los Bukele boys y ahora, los Trump-Bolsonaro Bros. Y nosotros en Chile, tan “neutrales”, tan “prudentes”, tan “proinversión extranjera”, miramos desde la galería cómo se incendia la tribuna.
Mientras tanto, el cobre chileno, ese bendito mineral que tanto adoramos y tan mal vendemos, también podría entrar en el menú de castigos si a Trump se le ocurre que somos demasiado democráticos para su gusto. Bastaría que Boric dijera que le cargan los reality shows gringos para que nos suban el arancel al cobre al 80% y nos dejen vendiéndole a Saturno.

El verdadero chiste de todo esto es que ahora los aranceles son el nuevo misil diplomático. Ya no se necesita invadir, basta con apretar el botón de “sanción económica” y listo: a manipular gobiernos con más estilo que la CIA en los años 70. Lo irónico es que Estados Unidos siempre habló de free market, pero ahora se parece más a un supermercado con guardia matón que te cobra extra si no saludas a su dictador favorito.
Y ojo con Chile. Porque si creemos que estamos a salvo porque nuestro cobre sigue siendo necesario, nos equivocamos. Trump no tiene problema en meter a todos en el mismo saco si eso le da puntos con su base MAGA o con su nuevo club de dictadores internacionales. Ya no es “América First”, es “Golpistas First”, y si no te sumas, pagas arancel. Así de simple. Así de peligroso.
Porque en este mundo al revés, castigan a los países que hacen justicia y premian a los que intentan destruirla. Un reality más turbio que los de Netflix. Con Trump de productor, Bolsonaro de estrella caída y Lula de blanco móvil. Y nosotros, los latinoamericanos, una vez más, pagando la entrada para ver cómo otros deciden qué se puede y qué no se puede hacer en nuestras propias casas.
El futuro llegó, pero disfrazado de pasado. Y viene con factura. De arancel. Y con IVA emocional.