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Stalin, el Dios que no se levantó

Stalin, el Dios que no se levantó

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Durante estos días se cumple el 128 del nacimiento de nacido Iósif Vissariónovich Dzhugashvili alias Stalin  (Gori, 6 de diciembre/ 18 de diciembre de 1878 -Moscú, 5 de marzo de 1953), un pretexto como cualquier otro para echar una ojeada sobre la historia en general y la comunista en particular.

Después de la batalla de Stalingrado (titulada “la Ciudad heroica”) su prestigio se hizo tan espectacular que hasta Hollywood le dedicó un homenaje (Mission to Moscow, Michael Curtiz, USA, 1943) No hay que decir que este sentimiento fue compartido entre buena parte de la resistencia antifranquista. Tanto fue así que hubo cenetistas y poumistas que llegaron a la conclusión que el estalinismo se había mostrado un procedimiento adecuado para vencer al nazismo, algo que aquí no se había logrado hacer. Su muerte fue llorada en muchas familias republicanas. Sin embargo, esta admiración se fue tornando  cada vez más en rechazo al paso inexorable del tiempo hasta el punto que hace ya bastante tiempo que no existe ningún grupo con cara y ojos que haga abogado de su legado. A lo máximo existe algunas personas relacionas con el área comunista que mantienen su nostalgia por aquellos tiempos. La época en la que también existía una cierta rama de la juventud que compartía estos sentimientos, ha desaparecido.

Es cierto que algunos historiadores como Dominico Losurdo (Stalin: Historia y critica de una leyenda negra) que han tratado de relativizar su legado tenebroso un poco a la manera de esos abogados del cine norteamericano capaces de darle la vuelta o de relativizar los datos para defender a sus cliente, pero también cierto que el apasionado y historiador italiano (especializado en desmontar el neoliberalismo) no niega el horror, aunque sí trata de analizarlo como fenómeno histórico en comparación con otros perpetrados por el capitalismo. Su caso representa una excepción que apenas si cuenta con semejantes en el PCF, el mismo que ya en los años ochenta planteó renunciar también del leninismo y es que una cosa es contextualizar y otra muy distinta, justificar. Lo de exaltar son cenizas que apenas da para unos pocos militantes nostálgicos que se niegan a reconocer las evidencias y que suelen callar sus opiniones.

Cito un solo ejemplo: en un acto en Barcelona con Julio Anguita, un representante del PCE y Livio Maitán, un histórico de la última internacional, este cito a Fausto Bertinotti quien proclamó que estalinismo y comunismo eran conceptos antitéticos. Nadie dijo esta boca es mía, y eso que sala estaba a rebosar de antiguos del PSUC. Stalin representó ante todo la conversión del marxismo en una escolástica en la que él asumió el rol de Mahoma, y estableció desde su poder absoluto en la URSS y en el Komintern un tipo de estructura vertical, jerárquica, hecha a la medida del líder único; muy pocos se salvaron de morir violentamente.

Esto viene a reafirmar un hecho objetivo elemental: Stalin y el estalinismo tuvieron una importancia central en la historia del siglo XX, y los que añoran los viejos tiempos en los que parecía que el meridiano histórico pasaba por Jósef Stalin, y todo estaba clara, de una lado la URSS, y luego los “países socialistas”, y el movimiento comunista internacional monolítico, con una base militante que luchaba contra el franquismo que a su vez estaba apoyado por el “mundo libre”, el mismo que traicionó la República…No hay la menos duda pues que “la imagen de Stalin está estrechamente ligada con la primera experiencia (duradera en el tiempo) de un Estado socialista. Stalin fue el máximo dirigente del Partido Comunista (Bolchevique) y, por tanto, tuvo un papel decisivo en la historia de la Unión Soviética a lo largo del periodo 1924-53”, pero lo dicho: a partir de ahí, cualquier tiempo pasado fue mejor, desde entonces todos serán pasos hacia atrás.

Su potencial se inserta en el abismo social  en el que quedó la revolución después de una guerra “civil” que desmanteló la industria, sacrificó a la élite proletaria, y dejó al país al borde del abismo. La sociedad dejó de existir como tal y solamente quedó el Estado y el Partido como su dueño sin oposición. El partido de la revolución fue sustituido por el partido de los funcionarios y ahí se encontraron los burócratas de ayer con los que fueron escalando en el aparato. En este territorio, Stalin se movió como pez en el agua, sobre todo desde que la muerte de Lenin le libró de su principal opositor. Su cultura básica fue la heredada como seminarista, el esquema religioso: la URSS pasó a ser “la patria del proletariado, el “partido” en su único representante, y en su cúspide, Stalin fue el líder que se apoderó de su parte más corrupta: la Checka, luego GPU, luego NKDV. El estalinismo se impuso como una “cultura”, de una escolástica que se vestía de “marxismo leninismo” como expresión de la razón de Estado de la URSS.

Precisamente fue su extensión la que favoreció el terreno de sus crisis. Stalin ya se encontró con la oposición de Tito, su muerte coincidió con las revolución y la represión en Alemania del Este, luego llegó el XX Congreso (que significó el final del aparato más afín a Stalin), con la Hungría de Octubre de 1956, y finalmente con la Checoslovaquia de la “primavera de Praga” en agosto de 1968. La misma crisis se fue instalando en los partidos comunistas cuya decadencia comenzó a hacerse evidente desde el mayo del 68. Después de Stalin, cayeron los grandes estalinistas: ninguno de ellos fue absuelto por la historia. Entre nosotros, este fue el caso de Santiago Carrillo en el “líder incuestionable” que pactó lo que creyó conveniente presidiendo una estructura que iba de arriba hacía abajo, con una militancia habituada a obedecer.

La URSS perdió la “guerra fría” que ganaron los EEUU mediante un paco con la socialdemocracia europea (Brandt) anteponiendo el “Welfare State” al “socialismo real”. Cada una de las crisis internas mencionadas del estalinismo, significó una victoria de la socialdemocracia. En los sesenta-setenta la victoria made in USA en la “guerra cultural” le permitió  quedado sin oposición organizada (los sindicatos yanquis apoyaban el anticomunismo), apareció una oposición inesperada, la de la “Nueva izquierda”, la de los nuevos movimientos que consiguieron una enorme masividad pero que no pudieron representar un relevo de la vieja izquierda.

En este cambio de prisma,  no poco que ver una extensa corriente historiadores que rechazaron tanto las interpretaciones interesadas de la política exterior norteamericana como la escuela de falsificación estalinista, que acabó en la más absoluta ruina. Historiadores  como Isaac Deutscher que escribió Stalin. Una biografía política después de la II Guerra Mundial, justo cuando el estalinismo alcanzaba su mayor apogeo. Publicada en Oxford en 1949, su primera versión en castellano llegó en 1965 (hubo otra en catalán, en Edició de Materials en 1966, detrás de la cual estaba el FOC) en ediciones ERA de México, y en traducción de José Luís González, la misma editorial y el mismo traductor que poco después estarán presentes en la edición de inmortal trilogía que Deutscher dedicó a Trotsky, y de que, por cierto, acaba de aparecer la reedición del primer volumen en Santiago de Chile con distribución por nuestras librerías. Este epílogo fue añadido a su edición popular en 1953, el año que fallecía Stalin en loor de multitudes. Tres años después, Kruschev informaba en el XX Congreso del PCUS de los “crímenes de Stalin”, y desde entonces, la documentación histórica ha venido a demostrar que Trotsky y sus amigos acertaron, y que sí se equivocaron en algo es que se quedaron cortos. Esta última perspectiva se puede inserta una potente tradición literaria que se inicia en la propia URSS  (y que cuesta la vida a sus componentes),  pero también a los disidentes como Panait Istrati, Victor Serge, Alfred Rosmer, Albert Camus, George Orwell, sin olvidar obras del calado de Relatos de Kolyma, el impresionante testimonio de un superviviente de la Oposición de izquierda llamada trotskista: Varlam Shalámov que ha editado la editorial Minúscula.

Actualmente, la resistencia socialista democrática contra el estalinismo se erige como una legado muy amplio. Como un aporte determinante para comenzar a levantar la piedra de Sísifo de nuevo.

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