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Simone Weil: lucidez y delirio

Simone Weil: lucidez y delirio

por Antonio García Vila //

EL PORTEÑO

Como a menudo se ha afirmado Simone Weil es una mística del siglo XX. Algo aparentemente contradictorio, pues el pasado siglo ya no parecía una época propicia para tales devaneos con el más allá –o el más acá, según se mire–, pero lo cierto es que Simone Weil tampoco es un personaje “normal”.

Es desconcertante, como destacaba ya desde su título la revista Archipiélago en el número monográfico que le dedicó. Y no sólo es desconcertante. Es inclasificable, un “ser singular, profesora de filosofía, obrera, judía y cristiana creyente, crítica con la Iglesia católica, medio heterodoxa y santa potencial”, como la definía Ingeborg Bachmann. Más aún, en ocasiones es también irritante, un privilegio que comparte –por similares razones: una moralidad extrema, una religiosidad excéntrica y profunda, su hiperestesia, una inteligencia arrebatada– con otro extraño caso del pensamiento del siglo XX: Ludwig Wittgenstein, un filósofo insoportable –véase la estupenda biografía de Ray Monk– que hacía huir a Keynes y que aumenta considerablemente nuestra simpatía hacia Russell por haber tenido la bíblica paciencia de aguantarle tanto.

Weil también entra en ese limbo curioso de los casos, un caso que deambula entre la psiquiatría y la lucidez, la sabiduría y la alucinación, y en que vida y obra se imbrican en una unidad insólita e indisoluble. De ella podía escribir Marc-Edouard Nabe: “era una ‘fille manquée’, una burguesa frustrada, una proletaria frustrada, una judía frustrada, una cristiana frustrada, de ahí su inmenso ‘éxito’ en todo… ‘La destrucción fue mi Beatriz’, decía Mallarme cuando se tomaba por Dante. ‘La autodestrucción fue mi Virgilio’, hubiera podido decir Simone Weil, guiada en la visita al Infierno y al Purgatorio de esta vida de aquí abajo, y luego abandonada por el suicidio en el momento de entrar en la muerte… ¡Las pintas de Simone! Su casquete a lo Berdiaeff; y, a lo Péguy, su ‘pelerine’ de lo absoluto. Como Nietzsche, sabe que el cristianismo es la religión de los esclavos, ella quiere ser una esclava. Al superhombre ella opone la submujer. Ya se sabe el resultado de ese combate… La ascesis es su placer. Ella no se priva de nada. Las privaciones la llenan…”

Pero esa visión crítica y un tanto sarcástica probablemente resulte excesiva. Weil era algo más. Y ese algo, en realidad, quizá lo era todo.

Nacida el 3 de febrero de 1909 en París, en una familia judía bien acomodada, y hermana menor de André Weil, el gran matemático de su generación, recibió una educación esmerada y agnóstica. A los cinco años, impresionada por los soldados que acudían a los frentes de batalla de la Primera Guerra Mundial, decidió, solidariamente, no comer chocolate ni golosinas. Es la primera muestra de un juego mortal con las privaciones y el alimento que, en buena medida, la llevará a la tumba. Los fuertes dolores de cabeza la atormentaban y le producían parálisis desde la adolescencia, pero aun así, fue una buena estudiante, destacando sobre todo su facilidad para los idiomas, como comprueban sus lectores en las abundantes citas en griego, latín, inglés, italiano o alemán que encuentran en sus escritos. Admitida en 1928 en la Ecóle Normale Superieur, fue alumna de Alain y se afilió a la Liga de los Derechos del Hombre. Un año más tarde publica su primer artículo en Libres Propos, la revista de los Alexandre que continuaba el pensamiento del maestro Alain. En 1931gana la cátedra de filosofía de Instituto y es destinada a Le Puy. Se afilia la Confederación General del Trabajo Unificado, adopta las tesis del Partido Comunista y publica en Revólution Prolétarienne o L’Effort, además de implicarse en las huelgas y conflictos del momento. Incluso llega a proponer a sus compañeros catedráticos la creación de un sindicato que luche, precisamente, contra sus privilegios. El comentario, casi acertado, de alguno de ellos es claro: “Pero qué tonta es esta mujer”. Pues puede parecer ridícula, pero Simone Weil siempre va más lejos. A los 14 años, impresionada por su prodigioso hermano –durante su infancia se le comparaba con Pascal, y no debe ser fácil ser hermano de Pascal– Simone Weil se desesperaba por no poder acceder a ese reino sublime de los grandes hombres, el reino de la verdad, y asume que prefiere morir a vivir al margen. Cuando en efecto muera, su pensamiento seguirá siendo el mismo: “Literalmente –escribe en 1943, en las notas de Londres– la pureza total o la muerte”.

En la Renault permanecerá poco tiempo: ya no volverá a tener salud ni para dar clases.

Enseña igualmente, a comienzos de los años 30, en Roanne o Auxerre, donde funda un círculo de estudios al que cedía su sueldo, reservándose tan sólo 5 francos diarios, es decir, el subsidio asignado por la ciudad a los obreros sin trabajo, y compagina su militancia en la CGT y la CGTU, además de escribir para La Critique Sociale. También entró en contacto con los mineros de Saint-Etienne y, atraída por el anarquismo y por Trotski, con el que luego tendrá un desencuentro total, participa en sus luchas creándose numerosos problemas con los funcionarios de enseñanza. De hecho se la llegó a amenazar con la expulsión, pero digna y extravagante, Simone Weil le respondió al inspector: “Señor, siempre he considerado mi expulsión como la coronación normal de mi carrera”. A Trotski lo recibió en su casa en 1933 y tras una discusión el revolucionario huyó de allí dando un portazo y acusándola de pequeñoburguesa. Era lógico. No podían entenderse. De hecho su encuentro con el marxismo es también un desencuentro. Lee y entiende a Marx, y lo sigue, pero pronto Weil cambia su rumbo y deriva por derroteros por completo heterodoxos, ajenos al marxismo. Como no podía ser de otra forma se identifica con el Marx hegeliano de la alienación: “La total ignorancia sobre lo que uno tiene que trabajar es extraordinariamente desmoralizante. Uno no se da cuenta de que un producto es el resultado del esfuerzo que ha puesto en él. De ningún modo se siente parte del proceso de fabricación y tampoco, en ningún caso, se da cuenta de que existe una relación entre trabajo e ingresos. Las tareas parecen impuestas arbitrariamente y su recompensa también. Uno tiene un poco la impresión de ser uno de esos niños cuya madre, para que se estuviese quieto, le daba perlas por ensartar en lugar de caramelos”, escribe Weil en La condición obrera. De hecho, considera la autora, el patrón puede gozar de todos los placeres que quiera y comprobar cómo sus trabajadores malviven en la miseria, sintiendo una sincera lástima por ellos, pero aún así sin establecer ninguna relación entre ambos hechos, pues “una relación nace sólo si el pensamiento la construye”. Y es que, en la sociedad moderna, piensa Weil, la esclavitud no reside en las “circunstancias”, sino en el trabajo mismo. El trabajo en la fábrica esclaviza al hombre, le aparta de sí y le aliena. En el trabajo está en la fábrica, pero no consigo mismo. Es otro. Mas, también piensa Weil, la infelicidad humana no depende de las condiciones de trabajo. Esa misteriosa infelicidad no mejoraría aunque las condiciones de los obreros lo hicieran. Es algo distinto. Por ello no es que la pensadora francesa no abogue por mejoras salariales, por la reducción de la jornada laboral, etc. Es que piensa que se engaña al obrero al prometerle un cambio real de su miseria. Se le distrae. Y continúa Weil: “Estas mentiras darán lugar a un abuso de las fuerzas de los trabajadores. Les prometen un paraíso que es imposible. Dijo Marx que la religión es el opio del pueblo. Las esperanzas revolucionarias son estimulantes. Los sistemas finalistas son absolutamente falsos”. Y ahí es donde Weil da el salto al vacío y para huir del nuevo opio que ha descubierto en las ansias revolucionarias, se embriaga con la vieja droga denunciada por Marx: vuelve a la religión, a lo sagrado. Aunque lo hará de una forma muy peculiar. “Es la hermosura –escribe–. Todo lo que es hermoso es objeto de deseo pero uno no desea que sea de otro modo, no desea cambiarlo, lo desea como es… Lo que uno desea es exactamente… lo que uno posee. Puesto que el pueblo está obligado a dirigir su deseo sobre algo, que ya posee, la hermosura está allí para el pueblo y el pueblo para la hermosura… El pueblo tiene necesidad de poesía como tiene necesidad del pan. No de una poesía que se encierra en las palabras. Tiene necesidad de que la sustancia cotidiana de su vida sea la misma poesía. Una poesía de este tipo sólo puede tener una fuente. La fuente es Dios. Esta poesía no puede ser otra cosa que la religión”. No era tonta, como algún compañero pensara; no era debilidad, sino más bien, como señalara Eliot, “un exceso de temperamento”. Pero ese extraño exceso no es raro que encolerizara a Trotski. La propia Weil parece que no encontró mucha hermosura en la fábrica. El 4 de diciembre de 1934, obsesionada por la “cuestión obrera”, entra a trabajar en la Renault, en la que permanecerá poco tiempo: ya no volverá a tener salud ni para dar clases. Mas en ese mismo año escribe Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. En ellas pretende ajustar cuentas con Marx, y lo hace, como siempre, a su manera. En la misma introducción escribe ya: “El primer deber que nos impone el presente es el de tener suficiente valor intelectual como para preguntarnos si el término revolución es algo más que una palabra, si tiene un contenido preciso, si no es, sencillamente, una de las numerosas mentiras suscitadas por el desarrollo del régimen capitalista y que la crisis actual nos hace el favor de disipar. La cuestión parece impía, debido a los seres nobles y puros que han sacrificado todo, incluida su vida, a esta palabra. Pero sólo los sacerdotes pueden pretender que el valor de una idea se mida por la cantidad de sangre que ha hecho derramar”.

El asunto es importante, sin duda, pero Weil, desgraciadamente, al final volverá a huir en una escapada mística que aniquila su proyecto para salvarse a sí misma. Preferirá inscribirse, como escribe en alguna ocasión Jiménez Lozano, en la “tradición humillada”. Su ruptura con el comunismo ya es efectiva. A principios de agosto de ese mismo año, en el congreso nacional de Reims (Federación Unitaria de la Enseñanza), interviene criticando a Rusia y su supuesta connivencia con Hitler, y en septiembre, en el congreso nacional de la CGTU de París, se le impide tomar la palabra. Es el momento en que decide escribir sus Reflexiones, su “testamento político” como ella lo llamaba. En él denuncia la situación contemporánea, critica al marxismo por no haber sabido afrontar el problema con acierto y haber dejado intactas las causas profundas de la opresión social, y esboza su modelo de sociedad ideal. Weil rechaza que la opresión se deba a las relaciones de producción vigentes, ni que tenga que ver, por tanto, con la propiedad de los medios de producción. La causa cierta es, para ella, el propio modo de producción, la especialización. El cambio en la propiedad sólo conduciría a mutar una opresión por otra de la misma naturaleza. La clave reside, como la Escuela de Frankfurt también indicará –una Escuela de Frankfurt que poco tiene ya que ver con el marxismo, como señalara Manuel Sacristán–, en el predominio de la razón instrumental. La libertad, considera la autora, se define por la relación entre pensamiento y acción, y por ello la sociedad menos mala es aquella en que “con más frecuencia, el común de los hombres se encuentra en la obligación de pensar al actuar, tiene las mayores posibilidades de control del conjunto de la vida colectiva y posee una mayor independencia”. Lo que no dice es cómo se consigue eso siendo un proletario, un asalariado. Weil critica la burocratización y la especialización contemporáneas, y la única salida que halla, como indica Xavier Ballester, es la de la resignación, la de poder resignarnos, legítimamente, a la opresión. Y concluye: “Sólo los fanáticos pueden conceder valor a su propia existencia sólo en la medida en que sirve a una causa colectiva; reaccionar contra la subordinación del individuo a la colectividad implica comenzar por rechazar la subordinación del propio destino al curso de la historia. Para decidirse a semejante análisis crítico basta con comprender que permitiría a quien lo emprendiese escapar al contagio de la locura y el vértigo colectivo, renovando por su cuenta, por encima del ídolo social, el pacto original del espíritu con el universo”.

Mas la búsqueda de este pacto no implica en Weil huida de la realidad. Al contrario. En agosto del 36 parte hacia Barcelona para integrarse en la columna Durruti. También esta experiencia será breve. Un accidente –se quemó con aceite hirviendo– la devuelve dos meses después a París. Regresa horrorizada, buscando una salvación más allá de la política, una salvación que vislumbra en Portugal, a donde ha acudido tras su desoladora experiencia española. Allí asiste a una procesión de mujeres que portan cirios y entonan cánticos viejos, profundos y tristes: “He tenido de repente la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, y que éstos no pueden sustraerse a ella, y yo entre ellos”. Weil siente esa nostalgia de Dios de la que hablara Michel de Certeau al analizar el fenómeno místico. Es cuando “el sujeto experimenta una vivencia de aniquilamiento del yo”, como señala Rudolf Otto en Lo santo. Y también es ese deslizamiento de yo que estudia Ernst Tugendhat en Egocentricidad y mística. Es una nostalgia profunda que pronto hallará eco. Así, poco más tarde, en la primavera del 37, en Asis, tiene una nueva revelación. En la Porciúncula, en la Capilla de Santa Maria degli Angeli, donde San Francisco se recogía a menudo a orar, Simone Weil, arrodillada, se encuentra, por primera vez, “obligada por algo más fuerte que yo”. Pero la experiencia definitiva se producirá el año siguiente, en la Semana Santa de 1938, en Solesmes, a donde ha viajado con su madre para intentar recuperar su maltrecha salud. El estudio del canto gregoriano le exige “un extremo esfuerzo de atención que me permite escapar de esta miserable carne”, y le facilita “comprender la posibilidad de amar el amor divino a través de la desgracia”. Allí, también, la lectura y relectura del poema Love de George Herbert desencadenará un trance místico: “Un día la recitación de este poema toma la forma de una plegaria, Cristo desciende y me toma… En ese momento de intenso dolor físico, mientras me esforzaba en amar, sentí una presencia más personal, más cierta, más real que la de cualquier ser humano, inaccesible a los sentidos y a la imaginación, análoga al amor que transluce la más tierna sonrisa del ser amado”. Y de nuevo se lo explica a su amigo el padre dominico Joseph-Marie Perrin: “En 1938 pasé diez días en Solesmes, del domingo de Ramos al martes de Pascua, siguiendo los oficios. Tenía intensos dolores de cabeza y cada sonido me dañaba como si fuera un golpe; un esfuerzo extremo de atención me permitía salir de esta carne miserable, dejarla sufrir sola, abandonada en su rincón, y encontrar una alegría pura y perfecta en la insólita belleza del canto y las palabras. Esta experiencia me permitió comprender mejor, por analogía, la posibilidad de amar el amor divino a través de la desgracia. Evidentemente, en el transcurso de estos oficios, el pensamiento de la Pasión de Cristo entró en mí de una vez y para siempre”.

Virgen Roja, como a menudo la llamaban, o “virgen sucia”, como la calificara Bataille, la verdad es que Weil recuerda un tanto a esos santos locos bizantinos.

Virgen Roja, como a menudo la llamaban, o “virgen sucia”, como la calificara Bataille, la verdad es que Weil recuerda un tanto a esos santos locos bizantinos. Para Gombrowicz es “casi una loca, encerrada en una esfera hermética, sin saber dónde vive, en qué vive, sin un denominador común con los demás, apartada”. Sea como sea su encuentro definitivo con el cristianismo se ha consumado, un cristianismo heterodoxo y muy personal, que la acompañará el resto de su vida, a pesar de que se niegue al bautismo y a integrarse en la disciplina de la Iglesia, pues, como le confiesa a su gran amigo Gustave Thibon en una carta escrita al partir a Estados Unidos: “estoy dispuesta a morir por la Iglesia más que a entrar en ella, pues morir no comporta ninguna mentira”. Y es que el cristianismo doctrinario se le antoja despótico, totalitario y falso. “El cristianismo debe comprender en sí mismo todas las vocaciones, puesto que es católico. Por lo menos la Iglesia. Pero, a mi entender, el cristianismo es católico de iure, pero no de facto. Existen tantas cosas fuera de él, tantas cosas que amo y que no quiero abandonar; tantas cosas que Dios ama, porque, de lo contrario, no tendrían ninguna existencia. La enorme extensión de los siglos pasados a excepción de los últimos veinte años; todos los países habitados por razas de distinto color; toda la vida secular en los países de raza blanca; todas las tradiciones acusadas de herejía en la historia de estos países como las de los maniqueístas o los albigenses; todo lo que ha tomado su origen desde el Renacimiento, lo que ciertamente demasiado a menudo degrada, pero no carece completamente de valor. Puesto que el cristianismo es católico de iure pero no de facto, de este modo, por mi parte, me siento autorizada a pertenecer a la Iglesia como un miembro de iure pero no de facto”.

Para Weil su vocación exige una probidad intelectual absoluta y no está dispuesta a traicionarla, para ella constituiría un crimen. “Creo en Dios, en la trinidad, en la redención, en la eucaristía, en las enseñanzas del evangelio. Al decir creo quiero expresar, no que hago mío lo que la Iglesia dice sobre estos puntos para afirmarlo como se afirman hechos de la experiencia o teoremas de geometría, sino que me adhiero por amor a la verdad perfecta, inaprensible, encerrada en el interior de estos misterios y que trato de abrirle mi alma para dejar penetrar su luz en mí. No reconozca a la Iglesia ningún derecho a limitar las operaciones de la inteligencia o las iluminaciones del amor en el dominio del pensamiento. No le reconozco el derecho a imponer los comentarios con que rodea los misterios de la fe como si fueran la propia verdad; mucho menos aún el de utilizar, para imponerlos, el miedo y la amenaza con privar de los sacramentos. Para mí un desacuerdo aparente o real con la enseñanza de la Iglesia en el esfuerzo de reflexión es solamente motivo para suspender durante un tiempo el juicio con objeto de desarrollar al máximo posible el examen, la atención y las dificultades, antes de atreverse a afirmar nada. Pero eso es todo”. Lo que a Weil le subyuga es, como vemos en sus apuntes, la comparación, la mezcla, el sincretismo de las herencias religiosas y mitológicas, de los griegos a los cátaros, a Manes y Marcion, de las herejías y el Bhagavad-Gîta, del Tao, Dionisos, Osiris y las leyendas celtas o escandinavas. Y a su estudio se dedica, mas la invasión alemana la obliga a partir, ahora a Marsella, donde frecuentará los círculos cátaros y, bajo el pseudónimo de Emile Novis, escribirá en los Cahiers du Sud. En Marsella embarca, con sus padres, hacia Estados Unidos y, seis meses más tarde, en noviembre del 42, viaja a Inglaterra. Ha pedido a De Gaulle que la lancen en paracaídas sobre la Francia ocupada –“está loca”, dijo lacónicamente el general–; ha pretendido formar un cuerpo de enfermeras en primera línea que constituya el referente moral de las tropas, y, también, ha escrito L’Enracinement. Pero en abril de 1943 tiene que ser ingresada en el Hospital Middlessex de Londres y, finalmente, en el de Ashford, donde, negándose a comer y devorada por la tisis sucumbe el 24 de agosto.

Durante su estancia en Estados Unidos y Londres Weil escribió unos ya famosos cuadernos. Camus, quien publicara en la colección Espoir de Gallimard Oppressión et liberté, La condition ouvriére o Pensées sans ordre concernant làmour de Dieu, los dio a la luz en 1950 con el título de El conocimiento sobrenatural: Simone Weil en estado puro. En estos apuntes se aprecia la devoción de Weil por la verdad, una verdad que es, igualmente, bien, belleza y virtud. Si a los 14 años piensa que es preferible la muerte a la ausencia de verdad, 20 años más tarde seguirá convencida de ello. Lo único válido es el deseo y el esfuerzo perpetuos de atención en su espera, pues el deseo, la atención y la espera conforman esa adaptación humilde a la necesidad que nos permite rescatar esa mínima parte de nuestra alma que nos une a Dios, la parte sagrada, sobrenatural que nos hace acomodarnos en la espera incansable del bien absoluto. Deberes frente a derechos, reclama Simone Weil, esfuerzo continuo por imponer el rigor más extremo en la vida interior y ansia por insuflar la inspiración a las ciencias: “Tarea urgente, esencial: hacer una lógica del absurdo”, escribe en estas notas. Y continúa: “Definir en la medida de lo posible el criterio de lo verdadero y lo falso en el dominio trascendente en que la contradicción está en su lugar, el dominio del misterio. Se necesita más rigor en este dominio que en las matemáticas. Un rigor nuevo, del que actualmente no se tiene ninguna idea”. Indagar, en suma, en el misterio de la existencia.

Crítica del judaísmo y de San Agustín, fascinada por el quietismo, el maniqueísmo y los cátaros; masoquista –“Yo deseo sufrir violencia de parte de los seres humanos”-, brillante –“La belleza es la eternidad sensible”–, o estúpida –“La energía sexual humana no es estacional. Es el mejor signo de que no está destinada a un uso natural, sino al amor a Dios” –: así es Simone Weil. A Albert Camus le fascinaba: “Me parece imposible imaginar para Europa un renacimiento que no tenga las exigencias que Simone Weil ha definido”; a Sartre y Simone de Beauvoir les repelía, Trotski la consideró una pequeñaburguesa y George Bataille escribió de ella en El azul del cielo: “ejercita cierta fascinación, tanto por su lucidez como por su pensamiento alucinado”, pero terminaron repugnándose el uno al otro (Weil consideraba a Bataille un enfermo, un obseso). Para valorarla, como para valorar a un poeta, de poco vale la lógica del filósofo. De hecho, afirma Weil, “el método de la filosofía consiste en concebir claramente los problemas insolubles en su insolubilidad, después en contemplarlos sin más, fijamente, incansablemente, durante años, sin ninguna esperanza, a la espera”. Una espera que es música y dolor, descentramiento y gozo, lamento y hermosura. Y, también, incapacidad para instalarse en el mundo. Uno de sus antiguos compañeros de la Renault al enterarse de su muerte lo resumió con envidiable laconismo: “No podía vivir. Era demasiado instruida y nunca comía”. Tragicómica, sublime, quizá patética: Simone Weil en suma.

Artículo publicado originalmente en el nº 238 de El Viejo Topo, noviembre 2007

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