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Populistas y jitanjáforas

Populistas y jitanjáforas

El mal uso de la lengua, patrimonio de todos, provoca las iras de Luis Casado. La perversión del idioma, con el propósito evidente de disfrazar la realidad, es un tema recurrente en el autor de las “paridas”. Esta vez Casado las emprende con el último “invento”: el populismo.

Populistas y jitanjáforas


Escribe Luis Casado


La lengua con la que nos manipulan, nos engañan y nos tocan los pirindolos, sigue siendo fértil. Sobre todo en el ámbito político, ese del cual han logrado excluir al 60% de la ciudadanía que tiró la esponja y ya no vota. El fenómeno es planetario, y cubre todos los idiomas, algunos dialectos y no pocas jergas, argots, lunfardos, coas, guirigayes y jerigonzas.

Así, los políticos franceses suelen invocar para sí mismos el “parler vrai”, o sea, literalmente, ‘decir la verdad’, como si en la materia –la política– la cosa no fuese de sí.

El “parler vrai” sirve para explicarnos que ya basta de gozadas y carnavales, que de ahora en adelante no podremos seguir viviendo como pachás, que habrá que trabajar duro y suprimir nuestros privilegios de pudientes, que las duras leyes del mercado nos obligan a mejorar nuestra competitividad, que la modernidad consiste en regresar a las prácticas del siglo XIX cuando se trabajaban hasta 84 horas semanales y más, en esa época trabajar media jornada quería decir laburar 12 horas diarias, como en el Chile de hoy, verdadero museo de la iniquidad disfrazada de progresismo.

‘Decir la verdad’ es propio de políticos que tienen el coraje de anunciarnos un futuro de sangre, sudor y lágrimas, sin buscar popularidad acariciándonos los lomos. Son los profetas del Armagedón, la lucha final entre el Bien del libre mercado y el Mal de la cuestión social. Ellos, sin embargo, son observadores de lujo, con plaza reservada en las tribunas oficiales, con distribución de champaña y petits-fours, y escorts-girls al alcance de la mano.

Quienes osan defender las garantías adquiridas por el personal al cabo de siglos de luchas sociales “no dicen la verdad”, no practican el “parler vrai”, y se repantingan en el lodazal del populismo. Ya está, solté la palabra, justamente de eso va esta parida. Del populismo.

Entre quienes reivindican el “parler vrai” se cuentan los neoliberales socialistas, cuya principal diferencia con la derecha política reside en su tolerancia hacia los LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales), lo que quiere decir que aman el capital como los conservadores y limitan su progresismo al uso y las prácticas que tocan al culo y sus cercanías.

Como se dijo, quienes ponen en duda el discurso único, la palabra sagrada del FMI, del Banco Mundial, de la FED y del BCE, de los “expertos”, de los mercados, de los economistas, y de los corajudos políticos adeptos del “parler vrai”… son populistas.

Populista: el uso y el abuso de la palabreja, lanzada con el desprecio que muestran los que saben hacia la masa ignorante, les evita caer en el insulto procaz de una parte, y en la necesidad de precisar su pensamiento por la otra.

Los estudiosos de la Revolución Rusa saben que el “populismo” (narodnitchestvo en la lengua de los popofs) fue un movimiento político ruso que se desarrolló a partir de los años 1870, que aspiraba a la formación de un estado socialista de tipo campesino, contrario a la industrialización occidental.

Los populistas afeccionaban los métodos expeditivos: en marzo de 1887, seis militantes del movimiento narodovoltzi salieron a las calles de San Petersburgo armados con bombas. Su objetivo era matar al cruel zar Alejandro III. Pero había un policía infiltrado entre ellos, de modo que fueron arrestados y ejecutados pocos días más tarde. Su cabecilla no era otro que el joven estudiante Alexander Oulianov, hermano de otro Oulianov –Vladimir– que se haría célebre bajo el apodo de Lenin.

Vladimir Oulianov les consagró su primer libro, titulado “¿Quiénes son los ‘amigos del pueblo’
y cómo luchan contra los socialdemócratas?” (1894). El texto –pobremente mimeografiado– se perdió y fue sólo gracias a los archivos de la policía política –la Okhrana– que pudo ser recuperado más tarde.

Debo precisar que en esa época “socialdemócrata” era el apelativo al que obedecían los revolucionarios marxistas. Los populistas –que se llamaban a sí mismos ‘amigos del pueblo’– no eran sino una banda de pequeño-burgueses que no había comprendido nada de la lucha de clases. Lenin hace en su libro una apasionada defensa de las ideas de Marx y de la lucha de masas, más eficaz a su juicio que los atentados cometidos por los narodniki, un puñado de iluminados mesiánicos.

Como puede verse, la izquierda revolucionaria fue enemiga del populismo desde su nacimiento. ¿Cómo es posible que la socialdemocracia de hoy –que fue revolucionaria antes de transformarse en sancocho para gatos– ose llamarla populista? ¿Ignorancia o manipulación? ¿Inopia conceptual o mala leche?

Otra definición –acuñada en el troquel de la modernidad– sostiene que el populismo es una doctrina política que se presenta como defensora de los intereses y aspiraciones del pueblo, contra los intereses de la elite dominante. Si retenemos esta acepción, aceptamos una peligrosa ambigüedad en la que el periodismo a las órdenes se desliza como en un tobogán.

Los plumíferos que pueblan las redacciones de la TV y la prensa al servicio de los poderosos disparan de chincol a jote, calificando de populista a tipos como Donald Trump, o bien a Nigel Farage, líder del UKIP –partido nacionalista británico–, y a Marine Le Pen, musa de los neofascistas franceses.

Sin profundizar en lo que les caracteriza, se satisfacen con el uso que unos y otros hacen de la provocación verbal contra los poderes financieros. Provocación por lo demás puramente demagógica: al cabo de 24 horas de la elección de Trump, Wall Street anunciaba su generosa contribución a las festividades organizadas para entronizar al nuevo presidente. Steven Mnuchin, un ex banquero de Goldman Sachs que –fortuna hecha– prefirió la piratería financiera por cuenta propia, será su Secretario del Tesoro (ministro de finanzas).

Si hay algo común en los personajes citados es su nacionalismo de fachada. Tras la divisa de Trump –Make America great again– se ocultan sus inversiones especulativas en los cinco continentes. Desde ese punto de vista es tan “nacionalista” como Sebastián Piñera en Chile, a quien difícilmente se pudiese acusar de patriotismo.

En otro meritorio esfuerzo de ignorancia, el periodismo obediente –y los políticos de cloaca– asimilan el nacionalismo al populismo sin siquiera sonrojarse.

De ese modo llaman populista a Vladimir Putin por la mañana, y a Pablo Iglesias, el joven líder de Podemos (España) por la tarde.

En esa tesitura, para combatir el populismo, Luis de Guindos, ministro de Economía de Mariano Rajoy, dispone de la panacea universal. Hace unos días declaró en el diario madrileño El País: “Para afrontar los populismos hay que alentar el crecimiento”.

Por populistas Luis de Guindos entiende Donald Trump, los partidarios del Brexit, el movimiento Cinque Stelle de Beppe Grillo en Italia, a Podemos en España, y a cualquiera que ose criticar a su Partido Popular, el más corrupto de España en un medio en el que es difícil calificar para las finales.

La relación que hay entre los “populistas” y la profunda crisis económica de la cual no terminamos de salir no es evidente. Pero De Guindos y sus semejantes saben que mentir con descaro siempre deja algo. Y mientras más grande la mentira… mejor. Así, uno de los más obsecuentes sirvientes de la austeridad impuesta por los burócratas de Bruselas, arriesga otra declaración para el bronce: “El riesgo político exige un giro de política económica en Europa”.

Nótese que la inflexión de la política económica no busca resolver los problemas del pueblo español, o ya puestos, de los pueblos de Europa, sino evitar el riesgo que De Guindos y otros neoliberales como él puedan perder el poder.

De este modo, la ‘elite’ política pervierte el vocabulario conocido, y lo enriquece con nuevos términos que pudiésemos clasificar en el abundoso género de las jitanjáforas que, como de seguro sabes, son palabras que no significan nada y cuya creación se basa exclusivamente en que suenan bien.

Por una vez, el tercer mundo lidera esta moda innovadora y original. Si algún día vas a Chile, te darás cuenta que los periodistas, los economistas y los políticos son maestros de la jitanjáfora.

Así, según el ex presidente Ricardo Lagos, el robo descarado de 100 millones de dólares a Codelco –la productora nacional de cobre– durante su mandato, puede ser bautizado “jarrones”. Su potencial contendiente en las próximas presidenciales, el también ex presidente Sebastián Piñera, afirma que el primer acto delincuencial en la Historia de la humanidad fue cometido por Abel, quién, usando una mandíbula de burro, asesinó a Adán (sic). De acuerdo: esta última puede ser considerada una jitanjáfora bíblica.

Como decía Michel Audiard “Los huevones osan todo, es incluso gracias a eso que se les reconoce”.

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