por Franco Machiavelo
La calumnia no es un exceso retórico: es una técnica de poder. En América Latina, la ultraderecha y el imperialismo han perfeccionado un dispositivo de guerra cultural que combina rumor, repetición mediática y moralización selectiva para desactivar la posibilidad misma de cambio. No se trata de debatir ideas, sino de fabricar descrédito; no de refutar proyectos, sino de aniquilar sujetos políticos.
Así, a Salvador Allende no se lo combate por su programa de soberanía popular, sino que se lo reduce a caricaturas: borracho, mujeriego, peligro comunista. A Fidel Castro no se le discute la alfabetización masiva ni la ruptura del tutelaje externo, sino que se lo presenta como millonario hipócrita mientras “el pueblo pasaba hambre”. A Hugo Chávez se le niega la politización de los excluidos y se le endilga corrupción personal; a Nicolás Maduro se le borra el cerco económico y se lo convierte en causa única de todos los males; a Lula se lo persigue judicialmente para borrar del mapa la memoria material de la redistribución. El patrón se repite porque la función es la misma.
Estas narrativas no emergen del azar ni de la indignación espontánea. Son producidas. Se ensamblan en red: grandes medios, think tanks, aparatos judiciales, plataformas digitales y un lenguaje moral que sustituye el análisis estructural por el escándalo personal. El mensaje es simple y eficaz: si quienes prometen justicia social son corruptos, no hay alternativa. La conclusión buscada es la resignación.
En esta operación, la ideología dominante actúa como sentido común. El mercado aparece como naturaleza; la desigualdad, como mérito; la pobreza, como fracaso individual. Cualquier liderazgo que rompa ese guion debe ser deshumanizado. Por eso la calumnia se centra en la vida privada, en el rumor, en la sospecha permanente. El objetivo no es informar, sino desmoralizar: cortar el lazo entre pueblo y organización, entre experiencia de injusticia y horizonte de transformación.
La guerra cultural cumple aquí una tarea estratégica: paralizar la crisis social. Ante el conflicto, no se propone resolverlo, sino neutralizarlo simbólicamente. Se instala la idea de que todo intento de cambio termina en desastre; que la política emancipadora es sinónimo de engaño; que la única racionalidad posible es la del capital desregulado. Así, la dominación se vuelve invisible y la explotación, normal.
Denostar a los líderes sociales latinoamericanos no busca corregir errores —que los hay, como en toda experiencia humana—, sino cancelar la esperanza organizada. Al repetir la injuria, se pretende que el pueblo dude de sí mismo, que desconfíe de su propia capacidad de gobernarse, que acepte la tutela permanente de los poderes fácticos.
Frente a esta maquinaria, la tarea crítica es desenmascarar el dispositivo: mostrar cómo la calumnia sustituye al argumento; cómo el escándalo tapa la estructura; cómo la moral selectiva protege privilegios. Porque cuando el poder dice que no hay alternativas, lo que confiesa es su miedo a que sí las haya.










