por Franco Machiavelo
La praxis no es un eslogan ni una consigna romántica. Es el punto exacto donde la historia deja de ser relato y se convierte en fuerza material. Es la unidad viva entre pensamiento crítico y acción transformadora. Sin praxis, la teoría se vuelve retórica; sin teoría, la acción se convierte en impulso ciego fácilmente capturable por las mismas estructuras que pretende combatir.
La revolución social no nace únicamente del hambre ni de la indignación, sino de la conciencia organizada. Y esa conciencia no surge espontáneamente: se construye en la batalla de las ideas. Porque el poder no domina solo mediante la coerción económica o la violencia institucional; domina, sobre todo, moldeando lo que las mayorías consideran “normal”, “posible” o “inevitable”.
La dominación más eficaz no es la que golpea, sino la que convence.
Por eso la batalla cultural es central. El orden vigente produce subjetividades funcionales a su reproducción. A través de sistemas educativos, aparatos mediáticos, discursos técnicos y narrativas de sentido común, se naturaliza la desigualdad y se presenta como racional lo que en realidad es histórico y contingente. La hegemonía opera cuando las ideas de los grupos dominantes se internalizan como si fueran universales.
En ese terreno, la praxis revolucionaria no puede limitarse a la toma del poder estatal. Debe disputar el sentido común, desmontar los dispositivos que fabrican consenso y revelar cómo el lenguaje mismo estructura lo pensable. El poder no solo prohíbe; produce verdad. Produce categorías, diagnósticos, identidades. Produce el marco dentro del cual se define qué es “extremo”, qué es “moderado”, qué es “realista”.
La revolución social exige entonces una doble tarea:
Transformar las condiciones materiales de existencia.
Transformar el horizonte cultural que legitima esas condiciones.
No basta con cambiar estructuras económicas si la cultura política sigue reproduciendo jerarquías, obediencia acrítica y fetichismo institucional. Tampoco basta con ganar debates intelectuales si no se construyen organizaciones capaces de intervenir en la realidad concreta.
La praxis es precisamente esa articulación: pensamiento crítico que se organiza, organización que produce conciencia, conciencia que vuelve a intervenir en la realidad para modificarla.
La batalla de las ideas no es un lujo académico; es un frente estratégico. Allí se define si las mayorías perciben la injusticia como problema estructural o como fracaso individual. Allí se decide si la desigualdad se entiende como fatalidad o como resultado histórico transformable.
Sin disputa cultural, la energía social se fragmenta. Sin organización política, la crítica se diluye. Sin praxis, la revolución se convierte en metáfora.
La revolución social, entendida de manera profunda, no es solo un evento; es un proceso prolongado de desnaturalización del orden dominante y de construcción paciente de una nueva hegemonía. Implica formar sujetos críticos, crear espacios colectivos, elaborar estrategias, y sostener coherencia entre discurso y acción.
En lo medular, la praxis revolucionaria es esto: convertir la crítica en fuerza organizada capaz de disputar poder material y simbólico al mismo tiempo. Porque quien controla el sentido común controla los límites de lo posible.
Y ampliar lo posible es, en definitiva, el acto más radical de todos.











