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¡La justicia es para los ricos, el castigo para el pueblo! Basta de privilegios para la élite

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Jano Ramírez

¡La justicia es para los ricos, el castigo para el pueblo! Basta de privilegios para la élite

Cathy Barriga solicita su libertad apelando al estado de su hijo como fundamento, pero esta demanda pone de manifiesto una realidad que los sectores populares enfrentan diariamente: la brutal desigualdad del sistema judicial y penitenciario. ¿Qué ocurre con las miles de mujeres pobres, trabajadoras, madres solteras y mujeres mapuche que están privadas de libertad? Muchas de ellas también tienen hijos con necesidades especiales o que quedan desprotegidos ante su ausencia. Sin embargo, sus peticiones rara vez son escuchadas, y el peso del sistema cae con toda su fuerza sobre ellas, mientras que los privilegios de clase parecen actuar como una red de protección para la élite.

El caso de Barriga ilustra cómo el sistema judicial en sociedades capitalistas no es imparcial, sino que opera como un engranaje más del poder de clase. La justicia, lejos de ser ciega, tiene los ojos bien abiertos para distinguir entre quien tiene los recursos, las conexiones y el apellido, y quien viene de las comunidades marginadas, que solo puede aspirar al olvido y la represión. La libertad que Barriga solicita se basa en privilegios que jamás serían concedidos a las mujeres encarceladas que han crecido en poblaciones vulnerables, enfrentando la miseria, el abandono estatal y la criminalización de la pobreza.

¿Quién representa a esas madres obreras? ¿Dónde está el Estado para proteger a los niños que quedan atrás cuando sus madres son llevadas presas por delitos menores o, muchas veces, simplemente por sobrevivir? En lugar de aplicar medidas de resocialización o considerar las circunstancias sociales que llevaron a estas mujeres a prisión, el sistema las castiga doblemente: a ellas por ser pobres y a sus hijos por ser hijos de la clase trabajadora.

La situación es aún más grave en el caso de las mujeres mapuche, quienes no solo enfrentan la represión de clase, sino también la discriminación histórica que el Estado chileno ha ejercido contra los pueblos originarios. Muchas de ellas son criminalizadas por defender sus territorios y su cultura, siendo tratadas como delincuentes mientras sus hijos quedan desprotegidos. El racismo estructural que permea el sistema judicial amplifica la injusticia y reafirma que este opera al servicio de las élites y en contra de los pueblos originarios y las clases explotadas.

Esto no es casualidad. En el sistema capitalista, las cárceles son una herramienta más de control social, destinadas a mantener a raya a los sectores más empobrecidos y oprimidos. Las cárceles no están diseñadas para rehabilitar ni para otorgar justicia, sino para perpetuar la desigualdad de clases. La libertad y la protección de los derechos humanos no son para todos: son privilegios reservados para quienes ocupan un lugar cómodo en la estructura de poder.

Cuando figuras de la élite como Cathy Barriga exigen justicia o consideraciones especiales, no solo exponen su desconexión con la realidad del pueblo, sino que refuerzan una idea profundamente injusta: que las leyes y los derechos son flexibles solo para aquellos que pueden pagar por ellos. Mientras tanto, el pueblo trabajador sigue cargando con un sistema que los asfixia, les niega oportunidades y, en última instancia, los condena a la exclusión y el silencio.

Este caso no es solo una anécdota más; es un recordatorio de la urgencia de transformar radicalmente el sistema judicial, penitenciario y social. Es un llamado a construir una justicia que no se incline ante el dinero, sino que esté al servicio de las grandes mayorías explotadas y oprimidas. Una justicia que escuche a las comunidades empobrecidas y reconozca que la verdadera criminalidad no está en sus acciones desesperadas, sino en el sistema que las perpetúa.

1 COMENTARIO

  1. La imagen me despertó el guionista frustrado que llevo dentro. Saliendo después de un almuerzo con amigos y amigas se cruza con el guardia de la entrada- ¿Que le pareció la atención señora? – Muy bien, todo exquisito – Bonito traje, la felicito señora.- Gracias, fue un regalo de mi esposo. – Vuelva cuando quiera. – Lo tendré presente, adiós. -|Que tenga buen viaje señora. Saliendo y antes de subirse a su porsh llama a su empleada. – María prepárame el yacusi, llego en diez. Volviendo a la realidad, ya el amigo Jano lo dijo todo. Me reservo los improperios.

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