El Porteño
por Gustavo Burgos
A lo largo de los últimos años se ha vuelto casi un lugar común, en amplios sectores de la izquierda, presentar el ascenso de China —y en menor medida de la Rusia postsoviética— como la emergencia de un polo “antiimperialista” alternativo al dominio estadounidense y europeo. Bajo la etiqueta tranquilizadora de “multipolaridad”, se pretende ver en estas potencias capitalistas no occidentales un contrapeso progresivo, cuando no un aliado objetivo de los pueblos y de la clase trabajadora mundial. Esta extravagante posición no solo es políticamente errónea: es teóricamente insostenible y estratégicamente conduce a la derrota.
No es un asunto “discutible” el carácter burgués del Estado chino. La restauración capitalista en China no fue un accidente ni una desviación episódica, sino un proceso histórico largo y consciente, iniciado en la década de los 70 y consolidado a lo largo de las décadas siguientes. El Partido Comunista Chino dejó de ser, hace ya mucho tiempo, un instrumento de dictadura del proletariado para convertirse en el aparato político de una burguesía nacional poderosa, orgánica y plenamente integrada al mercado mundial. China es hoy un Estado burgués en sentido pleno, y como tal garantiza, con todos los medios a su alcance, los intereses materiales de su burguesía de carne y hueso.
El espectacular crecimiento económico chino —que alcanzó tasas extraordinarias durante décadas y que aún se mantiene, aunque a la baja— no fue el resultado de ningún “modelo socialista con características nacionales”, sino de una fenomenal extracción de plusvalía a su propia clase obrera. Esa clase obrera, la más numerosa del planeta, se encuentra sometida a un régimen de disciplina férrea, control político estricto y represión sistemática y estructural. La ausencia de libertades sindicales reales, la criminalización de toda organización independiente de los trabajadores y la vigilancia permanente no son “excesos” coyunturales, sino componentes constitutivos del régimen de acumulación chino. El milagro chino descansa sobre jornadas interminables, salarios relativamente bajos en relación con la productividad, migraciones internas forzadas y una maquinaria estatal que actúa como garante último de la explotación.
Justamente por la lógica propia del capitalismo global, China no podía permanecer indefinidamente como un mero taller del mundo. Su inserción en el mercado mundial, la acumulación masiva de capital y la necesidad de asegurar materias primas, rutas comerciales, zonas de inversión y esferas de influencia la han llevado, inevitablemente, a devenir en imperialismo. No se trata solo de su peso en el comercio internacional o de sus inversiones en África, Asia y América Latina, sino también de su desarrollo militar: las fuerzas armadas chinas son hoy las terceras del mundo. Como todo imperialismo en la época de la globalización del capital, China alterna la defensa agresiva de los intereses de su propia burguesía con negociaciones, pactos y compromisos con otros imperialismos, incluidos aquellos a los que retóricamente dice oponerse. No hay aquí ninguna novedad histórica: es la lógica clásica de la competencia interimperialista en un mundo profundamente integrado por el capital.
La ilusión del “antiimperialismo multipolar” no es nueva. Tiene un precedente histórico particularmente trágico en el Pacto Molotov-Ribbentrop de 1939. En nombre de una supuesta defensa de la URSS y de un cálculo geopolítico inmediato, Stalin calificó a un sector del imperialismo —el alemán de Hitler— como objetivamente beneficioso para la clase trabajadora, en tanto se encontraba en conflicto con Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. El resultado fue una de las mayores traiciones de la historia del movimiento obrero.
El pacto firmado el 23 de agosto de 1939 no fue un mero acuerdo de no agresión, sino una alianza económica, militar y política entre la burocracia estalinista y el nazismo. Incluyó protocolos secretos para la invasión y el reparto de Polonia y Lituania, la colaboración represiva contra toda “agitación” polaca y la entrega, por parte de Stalin, de judíos y militantes comunistas alemanes a la Gestapo para su ejecución. La URSS se convirtió, de hecho, en un proveedor clave del esfuerzo bélico nazi: suministró materias primas, municiones y logística, reparó buques de guerra, permitió el tránsito de tropas y prohibió cualquier preparación defensiva frente a una invasión que era evidente. Todo ello mientras los partidos comunistas del mundo eran obligados a presentar al fascismo como una fuerza “progresiva” en su conflicto con otros imperialismos.
La consecuencia fue una desorientación masiva del proletariado mundial, la desmoralización de millones de militantes y, finalmente, un debilitamiento catastrófico de la propia Unión Soviética, que pagó con millones de vidas la política criminal de la burocracia. La lección es clara: no existe imperialismo “bueno” ni alianza progresiva posible entre la clase trabajadora y una fracción del capital mundial, por el solo hecho de que esta se enfrente coyunturalmente a otra.
Hoy, el mundo se estructura en torno a una tensión permanente entre la pugna interimperialista —con tendencias objetivas a la guerra— y la globalización del capital, que opera como un anticuerpo burgués destinado a limitar los excesos belicistas cuando estos amenazan la reproducción del sistema en su conjunto. En ese marco, no hay espacio alguno para un desarrollo capitalista progresista, ni en clave unipolar ni multipolar. Toda potencia capitalista ascendente reproducirá, tarde o temprano, las mismas lógicas de explotación, dominación y violencia que caracterizan al imperialismo en general.
En efecto, el avance de las tendencias de guerra imperialista no puede entenderse como una suma de conflictos aislados ni como respuestas defensivas puntuales, sino como una ofensiva estratégica consciente del imperialismo estadounidense. La grosera intervención en Venezuela aparece así como un momento de una política más general orientada a recomponer la hegemonía global de Estados Unidos en un contexto de declive relativo. No se trata únicamente del control de recursos —aunque estos son decisivos— sino de una demostración de poder destinada a disciplinar aliados, subordinar regiones enteras y advertir a las potencias rivales que Washington está dispuesto a actuar por fuera de toda legalidad internacional. La rapidez con que distintos gobiernos del continente y de Europa ajustan sus posiciones muestra el efecto inmediato de esa señal: alineamiento, concesiones preventivas y retrocesos diplomáticos antes incluso de que se materialice una intervención directa.
Este comportamiento confirma que el imperialismo yankee —en medio de una brutal decadencia como lo revela su situación interna— actúa hoy en múltiples frentes de manera simultánea, combinando presión militar, chantaje económico y operaciones políticas indirectas. Las referencias a Groenlandia, México, Cuba, Nicaragua, Colombia o Irán no son exabruptos aislados de Trump, sino parte de una lógica coherente: asegurar el “patio trasero”, cerrar flancos y acumular fuerza antes de un choque mayor. La ausencia de una respuesta efectiva por parte de China o Rusia no expresa una supuesta armonía multipolar, sino el carácter aún desigual de la confrontación interimperialista y la prudencia táctica de potencias que también miden tiempos y escenarios. En este sentido, la ofensiva estadounidense no reduce el riesgo de guerra: lo acelera, al empujar a sus competidores a prepararse para un enfrentamiento de mayor escala.
La idea, difundida en ciertos medios burgueses y pequeño burgueses, de un reparto pacífico del mundo entre potencias choca frontalmente con la dinámica real del capitalismo en su fase imperialista. Estados Unidos no está dispuesto a administrar su declive mediante acuerdos estables de coexistencia, sino que apuesta a revertirlo por la vía de la fuerza, reforzando su superioridad militar y económica. El aumento proyectado del presupuesto bélico hasta niveles sin precedentes confirma que la preparación para la guerra no es retórica, sino una orientación material. La crisis abierta en 2008 y la emergencia de China como imperialismo rival vuelven inevitable el choque por la hegemonía del mercado mundial. La acumulación de tensiones regionales, la militarización y el desprecio creciente por las normas internacionales son síntomas claros de esa deriva.
En este marco, la guerra deja de ser una posibilidad abstracta para convertirse en una tendencia objetiva del sistema. La alternativa no reside en apoyar a uno u otro bloque imperialista ni en idealizar supuestos polos “antihegemónicos” —tales concepciones han demostrado su completa impotencia— sino en retomar una política de clase independiente. La tradición de marxista revolucionaria frente a la guerra parte del rechazo a todos los bandos imperialistas y de la necesidad de transformar la guerra entre Estados en lucha de clases revolucionaria. En un mundo sacudido por crisis recurrentes, hambre y agudo deterioro social, las condiciones materiales para nuevas oleadas de levantamientos seguirán reproduciéndose como un rasgo prototípico del período. La tarea estratégica es preparar políticamente a la vanguardia para comprender que solo los gobiernos de la clase trabajadora —asentados en sus órganos de poder— y la unificación socialista de los pueblos —en particular en América Latina y en alianza con la clase obrera estadounidense— pueden abrir una salida a la barbarie capitalista hacia la que empuja el imperialismo en su fase de decadencia.











