Imagen: En The Uprising, los oprimidos despiertan simpatía hasta el momento en que deciden defenderse. (Focus Features)
JACOBIN
The Uprising, de Paul Greengrass, aborda la Revuelta Campesina Inglesa de 1381 con su característico estilo «realista y crudo». El resultado es un recorrido sombrío y pesado por el siglo XIV con un Robin Hood apático y gris, cuando nuestra época exige mucho más.
¿Cómo se hace una película aburrida sobre una rebelión campesina? El guionista y director Paul Greengrass (La supremacía de Bourne, Capitán Phillips, United 93) encontró la fórmula. Su nueva película, The Uprising [La rebelión], trata sobre la Gran Rebelión Campesina inglesa de 1381, y es un filme tan lúgubre y pesado que debería haberlo olvidado apenas salí del cine. Sin embargo, por alguna razón, me sigue persiguiendo.
Quizá sea esa fotografía sombría, con esa iluminación azulada tan típica de nuestra época sin alma. A eso se le suma la manía de Greengrass de recurrir, en las escenas más intensas, a una cámara en mano tambaleante e incierta que resta todo impacto, al punto de hacer dar ganas de gritarle a la pantalla: «¡Elige un encuadre, hombre! ¡Para algo eres el director!».
Pero, sobre todo, es la forma en que la película mira con desaprobación las revueltas campesinas, algo que cualquiera pensaría que es sencillamente imposible. Si hay un levantamiento campesino, uno se pone del lado de los campesinos, obviamente; hasta las viejas películas del Hollywood clásico dirigidas por magnates ultraconservadores entendían esa premisa básica. Sin embargo, The Uprising insiste de manera solemnísima en adoptar una postura de «es más complejo» frente a los hechos de 1381. Ahí están, por ejemplo, todos esos episodios de violencia y saqueos «de mal gusto» a manos de campesinos hambrientos y enfurecidos. Y el protagonista, uno de los líderes de la rebelión masiva, no para de desaprobar, sacudir la cabeza y lamentarse, en una actitud que deja en claro el mensaje: «Estos campesinos son brutales en más de un sentido».
Esta mirada refleja la concepción fundamental de Greengrass sobre la historia de las revoluciones a nivel mundial. Exdocumentalista que trabajó en la Sudáfrica del apartheid y en Irlanda del Norte, Greengrass conserva una noción extremadamente estrecha —muy propia de un británico educado en Cambridge— sobre la escala de los procesos históricos, y suele repetir con suficiencia: «Las revoluciones siempre terminan devorándose a sí mismas». En otras palabras: ¿para qué molestarse? «Empiezan con los sueños y las esperanzas más intensas de la gente, pero en cuanto se derriba a la autoridad, el resultado es el caos».
Greengrass reproduce la misma lógica de Batman: El caballero de la noche asciende, de Christopher Nolan, y de tantos otros filmes despreciables sobre la supuesta insensatez de la insurrección popular: muestran que quienes integran el proletariado y sufren, llevados al límite por una clase dominante corrupta, solo merecen empatía hasta el preciso instante en que deciden rebelarse y devolver el golpe. A partir de ese momento, a menos que se arrepientan, se convierten en los villanos: turbas brutales, irracionales y sedientas de sangre. Solo vuelven a ser dignos de compasión tras una derrota aplastante (y a veces ni siquiera eso).
Labrador, el peor superhéroe de la historia
Ala película tampoco la ayuda tener como héroe a un descolorido Andrew Garfield. En el papel del agricultor ficticio llamado simplemente «Labrador» [Ploughman], el personaje pasa la película en un luto perpetuo por su familia, exterminada por la peste negra. Llevado al límite por los impuestos reales que están empobreciendo a su comunidad, Labrador ataca a los esbirros del rey Ricardo II encargados de la recaudación, dando así inicio a la revuelta.
El Labrador explica que su nombre se debe a que él y su oficio son vistos como una misma cosa, pero escuchar esa aclaración una y otra vez se vuelve exasperante. ¿A qué viene ese nombre, de todos modos? Labrador. ¿Es el peor superhéroe de la historia? ¿Su superpoder es cultivar papas?
Debo agregar que Garfield no resulta creíble en lo más mínimo como un campesino del siglo XIV. Tiene la apariencia frágil de cualquier persona trabajando con su computadora en una cafetería, pero se pretende que lo aceptemos como una figura formidable, magra y fibrosa tras una vida de trabajo pesado. Empuñando su arma favorita, la hoz (¡no se hagan ilusiones, camaradas!), es un combatiente tan letal que derriba sin despeinarse a los caballeros que custodian al rey, uno tras otro, en una secuencia de acción delirante hacia el final de la película. Dignifica el trabajo manual, Greengrass: reconoce que un campesino puede ser muy diestro con la hoz y, aun así, no ser capaz de derrotar por sí solo a varios caballeros profesionales cuyo único oficio en la vida ha sido el combate.
Como era de esperarse, este intento torpe de épica histórica y de acción se está hundiendo en la taquilla. Se trata del segundo fracaso consecutivo para Garfield después de The Magic Faraway Tree [El árbol mágico o El árbol muy muy lejano], título real de una película real que se estrenó hace unas semanas y que el público mandó de inmediato al olvido con total justicia.
Convertir a Labrador en el «hombre común» sobrehumano en el centro de The Uprising posterga a un papel secundario a las figuras históricas más interesantes que realmente lideraron la rebelión, interpretadas por actores mucho más potentes: Cosmo Jarvis como el soldado renegado Wat Tyler y Jamie Bell como el sacerdote sedicioso John Ball. Había cierta poesía y lógica materialista en que un soldado y un sacerdote, la espada y las Escrituras, unieran fuerzas para encabezar la mayor revuelta campesina de la historia inglesa. Pero aquí todo se descalabra al empujar al primer plano a un granjero melancólico.
Greengrass busca asegurarse de que las mujeres también tengan minutos en pantalla —lo cual está muy bien—, por lo que introduce a un personaje ficticio llamado Alyce (Thomasin McKenzie), una exmonja violada por un sacerdote a quien le arrebataron a su recién nacido, convertida ahora en una guerrera ruda de cabeza rapada. Por su parte, la preocupada madre del atribulado rey adolescente Ricardo II, Juana de Kent (Katherine Waterston), reza para que su hijo encuentre la fortaleza necesaria para gobernar sin la influencia de sus consejeros corruptos, entre los que se encuentran el arzobispo de Canterbury, Simon Sudbury (Stephen Dillane); sir Robert Hales, gran prior de los Caballeros Hospitalarios (Tom Hollander); y el influyente político y noble William Walworth (Jonny Lee Miller).
Woody Norman, en el papel del rey Ricardo II a los catorce años —atormentado por pesadillas, asesores intrigantes y presagios nefastos—, logra que el joven monarca resulte a la vez conmovedor e inquietante. Parece un junco demasiado débil como para depositar en él cualquier esperanza; sin embargo, los campesinos aún creen ciegamente en el derecho divino de los reyes y están convencidos de que el soberano expulsará a sus malvados consejeros en cuanto el pueblo le presente sus reclamos. Cuando el joven rey finalmente junta el valor para ejercer el poder… bueno, no hace falta que diga «¡alerta de spoiler!» para anticipar que la cosa no termina nada bien para los campesinos. Ni para sus líderes.
Robin Hood y sus hombres melancólicos
Para dar solo un ejemplo de cómo terminaron las cosas en la realidad —aunque la película no lo muestre así, ya que se acobarda en cada oportunidad—, el sacerdote John Ball fue ejecutado mediante el método de colgado, arrastrado y descuartizado (hanged, drawn and quartered). Si se busca el término, se verá que se trata de una de las formas de pena capital medievales más sádicas que existieron; si bien no dio origen a la palabra crueldad extrema, el concepto viene a la mente de inmediato.
Pero claro, eso resulta deprimente, ¿verdad? Así que Paul Greengrass decidió buscar la forma de añadirle un final más feliz a The Uprising. Y esto sí es un spoiler: Greengrass hace que Labrador escape y reaparezca en un desenlace absurdo, cuando el carruaje real fuertemente custodiado en el que viajan Ricardo II y la reina madre avanza a duras penas por el bosque y es rodeado por una banda de figuras enmascaradas vestidas de un verde apagado que bajan de los árboles.
«Es Robin Hood y sus hombres alegres», piensa uno con un profundo sentimiento de desesperanza. Y lo son, solo que este grupo no tiene nada de alegre. Son Robin Hood y sus hombres melancólicos, con Labrador en el rol del célebre forajido enmascarado del bosque de Sherwood, a quien no le levanta el ánimo ni siquiera haber encontrado esta forma liberadora de guerrilla y rebelión permanente. La exmonja Alyce integra ahora esta banda desanimada. Cualquier ilusión que Greengrass pudiera haber albergado de que The Uprising diera pie a una franquicia renovada de Robin Hood muere ahí mismo, de manera más que merecida.
¿Dónde está Errol Flynn cuando se le necesita? Cuando alguien en Las aventuras de Robin Hood (1938) le dice escandalizado al Robin Hood de Flynn: «¡Hablas de traición!», él responde con una audacia contagiosa: «Con total fluidez». Orgulloso de sí mismo y de sus camaradas rebeldes. Esos sí que eran otros tiempos. Aquí, en cambio, tenemos lo peor de dos mundos: un «realismo» gris y la convención hollywoodense más trillada.
En la escena del carruaje real avanzando por el bosque, Labrador/Robin Hood tiene la oportunidad de matar a Ricardo II, ese pequeño bastardo de la realeza que traicionó a Wat Tyler y a John Ball y mandó a masacrar a miles de campesinos confiados que habían creído en él. Pero no se puede esperar nada de estos rebeldes apáticos y tibios que jamás se comprometen del todo con su propia revolución. Labrador/Robin Hood simplemente saca al rey a rastras del carruaje, lo tira al barro y le dedica un par de palabras despectivas. Le promete, tras esa humillación digna de un patio escolar, que el joven monarca será acosado por pesadillas hasta el fin de sus días. Sí, claro, gran castigo: un rey adolescente que ya vivía atormentado por pesadillas, a salvo en su castillo, va a tener un par de pesadillas más. Eso sí le va a enseñar una lección.
Produce un profundo rechazo ver cómo la industria audiovisual ha abrazado una tibieza absoluta, incluso cuando aborda ficciones sobre rebeliones históricas. Películas como esta no son más que un recordatorio de cómo llevamos décadas macerándonos en la ambigüedad, la indecisión y la falta de carácter propia de quienes traicionan a su clase.
Y así se echa a perder otra premisa cinematográfica prometedora: con un fracaso de esta magnitud, nadie va a poder volver a filmar una película sobre la Rebelión Campesina inglesa de 1381 por un buen tiempo. A mí me gustaría ver una versión rigurosa e implacablemente realista de esos hechos, una que recupere algunos de los discursos incendiarios de John Ball, como aquel que incluía esa consigna burlona y demoledora: «Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era entonces el caballero?».
Y que después muestre la ejecución de Ball —colgado, arrastrado y descuartizado— luego de que Ricardo II rompiera cada una de las promesas hechas a sus súbditos para lograr que se desmovilizaran y saliera a cazar a los líderes rebeldes.
Miremos este levantamiento histórico de frente y sin rodeos. Tiene, hay que decirlo, una vigencia absoluta.











