A mi compañero, amigo y coterráneo Juan Pablo Cárdenas
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Conocí a Juan Pablo cuando era director de la radio de la Universidad de Chile. Allí llegamos, con mi pana Joaquín, cantautor de su estado, para animar una emisión cuyo título fue Lóbulo Varietal.
Juan Pablo y yo veníamos de horizontes diferentes. Él cristiano de buena cepa, yo socialista de los de entonces, debidamente ateo y comecuras. Sin embargo, en estos tiempos nos acercamos porque se puso de moda lo que odiábamos los dos: el servilismo, el oportunismo, los lacayos políticos, el extremo centro, el consenso alienado, los acuerdos transversales para mangar y seguir mangando.
Yo descubrí con Juan Pablo Cárdenas, y con Felipe Portales, que enfrentando a los renegados teníamos un vasto ámbito de coincidencias. Y luego tuve el privilegio de difundir los escritos de Juan Pablo, y mi admiración creció. Nos prometimos vernos en Colchagua, nuestra provincia de origen, y tendrá que ser más tarde, en otro sitio.
Al conocer la infausta nueva de su partida definitiva recordé que hace unos días le escribí la que fue mi última misiva:
Caro amigo: ¿cómo va tu salud? No pienses un instante que te olvido… Abrazo, LC
No me respondió y temí lo peor. Lo que.
Como me aterra escribir trivialidades, palabras desgastadas por el uso, fórmulas banales, frases hechas, locuciones coloquiales… decidí ofrecerte, Juan Pablo, los versos que Miguel Hernández, el poeta cabrero asesinado por los fascistas del franquismo, le ofreció a su amigo Ramón Sijé:
Elegía
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
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