Foto: Ricardo Stuckert
Valerio Arcary*
Esquerda Online, 6-10-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 08-10-2026
1 La victoria electoral de Flávio Bolsonaro fue una calamidad política de proporciones catastróficas. El mercado financiero la recibió con un júbilo no disimulado. Al día siguiente de la primera vuelta, la Bolsa de Valores batió su récord histórico. Por su parte, el pueblo de izquierda está triste y amargado. Pero nada es más decisivo ahora que el sentido de máxima urgencia. No es momento de hacer balances. No tenemos tiempo. Aprender de los errores —y no han sido pocos— será indispensable. Pero ahora es el momento de actuar. Lo fundamental es luchar hasta el final para revertir el resultado de la primera vuelta. Son muchos miles los que ya han comprendido la amenaza de una catástrofe inminente y están organizándose de forma espontánea a través de grupos de WhatsApp. El impulso de la amplia vanguardia de izquierda va por buen camino. En todo el país, se convocan asambleas presenciales y virtuales. El desafío es llevar a cabo una campaña de movimiento, tanto en las redes sociales como en las calles, lo más unificada posible.
2 ¿Cuál fue el significado del resultado de las elecciones generales? Lo que está en juego no es solo quién será presidente. Lo que está en disputa es mucho más grave que un simple cambio de gobierno. Flávio Bolsonaro aspira a ir mucho más allá de lo que hizo su padre. El bolsonarismo es el fascismo del siglo XXI. Pretende la subversión del régimen: el poder absoluto. La extrema derecha quiere utilizar las posiciones de poder que conquistó para desfigurar el régimen democrático. Su estrategia consiste en una ofensiva gradual y permanente, tal y como hizo Bukele en El Salvador, y como se está llevando a cabo en Perú y en Colombia, para afianzar un régimen cada vez más autoritario y cerrado. A la extrema derecha solo le falta la presidencia para tener el control de todas las instituciones. Ya cuentan con mayoría absoluta en la Cámara de Diputados (287 de 513) y en el Senado (50 de 81), y ya declararon que tomarán el control del Tribunal Supremo Federal (mediante la destitución de los opositores y el nombramiento de cuatro jueces hasta 2030). Nadie debería ignorar el peso de los fascistas en las Fuerzas Armadas. Igualmente importante es que el bolsonarismo es un movimiento político-social de choque que da voz a la «masa» de la burguesía, respaldado por un arraigo real en la pequeña burguesía y sus círculos de socialización, y que ha potenciado su capacidad de organización, incluso tras la detención de los golpistas. Está en constante movilización en las redes sociales, pero también en las comunidades evangélicas y en los círculos policiales, entre otros ámbitos. Hay que tomarlos en serio.
3 Las elecciones sonn una forma de lucha de clases. Aunque con distorsiones —debido a que las condiciones son desiguales—, son un barómetro de la correlación política de fuerzas. Sin embargo, existen diferentes tipos de derrotas y de victorias. Algunas victorias electorales significaron una derrota política (como ocurrió en 2014 con el giro de la línea de Dilma —«ni aunque la vaca tosa»— al nombrar a Levy para el Ministerio de Hacienda) y, a la inversa, también ha habido derrotas electorales que, paradójicamente, fueron victorias políticas (como en 1989 contra Collor, cuando, a pesar de la derrota de Lula, el PT se consolidó como principal partido de la oposición). El análisis de los resultados electorales exige un matiz. Ayer sufrimos una severa derrota electoral y política. Aunque no sea correcto hablar de «dos elecciones», ya que se trata de dos momentos de la misma contienda, es cierto que solo tras la segunda vuelta será posible extraer conclusiones más definitivas. Pero conviene saber que nos encontramos ante el peligro inminente de un «invierno siberiano».
4 Ninguna de estas consideraciones en el análisis invalida el hecho de reconocer que hemos sufrido una terrible derrota en la primera vuelta y observar que: (a) un tsunami invisible y silencioso, en los últimos dos días, garantizó la victoria de Bolsonaro, tal y como había ocurrido en Colombia, pero con un impacto subjetivo de sorpresa muy fuerte; (b) hubo, comparativamente, una inversión con respecto a la primera vuelta de 2022, cuando Lula quedó por delante con un +5,2 %, pasando a la segunda vuelta con ventaja, y ahora, en 2026, Flávio lleva la delantera con un +1,9 %, lo que desmiente la tesis liberal de la ventaja del candidato titular y confirma que el techo de aprobación de Lula era insuficiente para ganar; (c) las encuestas volvieron a equivocarse, aunque hayan señalado una tendencia, ya que indicaron un crecimiento fuera del margen de error entre la población masculina, evangélica y en el sudeste, a pesar de que la «avalancha» bolsonarista haya sido devastadora, sobre todo en el interior, especialmente en las regiones donde el peso de la agroindustria es mayor; (d) la ventaja en el Nordeste (11,1 millones) no compensó la desventaja en el Sur (5 millones) y el Sudeste (5,7 millones), ya que perdimos en el Centro-Oeste (56,51 % frente a 32,52 %) y en el Norte (49,15 % frente a 44,65 %); (e) la dirección de la campaña de Lula apostó, hasta hace dos semanas y media, por exaltar el legado y ensalzar la biografía, subestimando el arraigo social y la fuerza ideológica del bolsonarismo, basándose en el cálculo de que sería posible ganar en la primera vuelta, lo cual resultó ser un error dramático y, aunque el giro en la línea de campaña fue acertado —la prohibición de las «Bets», el aumento del «Bolsa-Familia», los bolígrafos adelgazantes y el «Desenrola 3»—, se produjo demasiado tarde. (Sobre estos temas, véase Última semana bajo máxima tensión)
5 No se puede evaluar el resultado de las elecciones presidenciales sin subrayar que se trató de unas elecciones generales. La avalancha de gobernadores de extrema derecha electos en la primera vuelta fue devastadora: los partidarios de Bolsonaro, Tarcísio de Freitas y Douglas Ruas, se impusieron en São Paulo y en Río de Janeiro, y el «extravagante» Cleitinho, también de extrema derecha, en Minas Gerais, completando así el dominio del triángulo estratégico. La extrema derecha también ganó en primera vuelta en los tres estados del sur, con Sergio Moro en Paraná, Jorginho Mello en Santa Catarina y Luciano Zucco en Rio Grande. En los 27 estados, fueron elegidos 20 gobernadores en la primera vuelta, y solo tres de ellos son del PT: en Bahía, Piauí y Ceará. El PT disputa aún la segunda vuelta en Rio Grande del Norte. El bloque liderado por el PL bolsonarista arrastra a los Republicanos, Unión Brasil, Podemos, los Progresistas, el MDB de Caiado en Goiás y el PSDB en Alagoas, y mantiene el liderazgo en todas las regiones, a excepción del Nordeste. Quedó confirmado que la hegemonía político-social actual en Brasil pertenece, irremediablemente, al bloque liderado por los neofascistas.
6 Se esperaba que el resultado de las elecciones al Congreso fuera desfavorable, pero en el caso del Senado fue dramáticamente,malo. El PL bolsonarista obtuvo 19 de los 54 escaños en disputa que, sumados a los 9 escaños que el partido ya poseía (con mandatos hasta 2031), suman un total de 28 senadores. No es exagerado calificar de aterradora la presencia de al menos 50 senadores alineados con la agenda de indultos para Jair Bolsonaro y otros golpistas, así como con la destitución de ministros del Tribunal Supremo Federal (STF). Se necesitarán 54 votos, pero parece muy probable que, si Flávio gana la segunda vuelta, consiga sumar otros cinco votos. El ministro Nunes Marques, del STF, anunció, al día siguiente de las elecciones, con total descaro, su intención de dictar un auto monocrático de liberación de Jair Bolsonaro, incluso antes del prometido indulto prometido por el hijo a su padre. El PT eligió a seis senadores y mantuvo su grupo parlamentario de nueve. Una mayoría de extrema derecha muy cercana a los dos tercios necesarios para la revisión de la Constitución presagia, asimismo, la aprobación de enmiendas constitucionales (PEC) destinadas a la supresión de derechos sociales, como la reducción de la mayoría de edad penal de 18 a 16 años, y mucho más.
7 Las elecciones a la Cámara de Diputados fueron otro circo de los horrores. Nikolas Ferreira, de Minas, y Lucas Pavanato, de São Paulo, dos jóvenes fascistas que se destacaron en las redes sociales defendiendo las expresiones de odio más infames, fueron los candidatos más votados a escala nacional, superando los tres millones de votos. Se estima que el bloque liderado por la extrema derecha —el PL eligió a 122 diputados— podría superar con creces la mayoría absoluta, con una cifra de entre 276 y 287 diputados, a los que se sumarían los 87 de la Unión Progresista, los 41 de los Republicanos (el partido de la Iglesia Universal), los 27 de Podemos, una mayoría de los 43 del PSD, los 10 de Novo, 1 de Misión e incluso una parte de los 36 del MDB. La suma de todos los partidos de izquierda asciende a 124 escaños.
8 El PSOL obtuvo una victoria electoral, pero corre el riesgo de perder su legitimidad debido a la aplicación de la cláusula de barrera (Mecanismo constitucional que condiciona el acceso de los partidos políticos a determinados derechos institucionales al cumplimiento de requisitos mínimos de representatividad electoral. ndt). De hecho, sufrió lo que podría definirse como un «accidente jurídico-electoral». En Espírito Santo faltaron tan solo 185 votos, es decir, un 0,01 %, para que el PSOL alcanzara el umbral mínimo del 1,5 % de los votos válidos en nueve estados diferentes. La injusticia del proceso es tan grotesca —debido a que los partidos de derecha cometieron ilegalidades absurdas y atroces— que la lucha por la anulación de una de las candidaturas podría salir victoriosa. Pero la respuesta tendrá que ser rápida. Lo más importante es que el PSOL obtuvo casi un 5 % (4,91 %), es decir, la impresionante cifra de 5 426 592 votos para la Cámara de Diputados, a escala nacional, y eligió a 14 diputados. El PT obtuvo algo menos del 15 % de los votos. Por lo tanto, los votos del PSol representaron un tercio de los del PT, lo que ofrece una idea de la proporción de fuerzas en la izquierda. Más significativo aún: en São Paulo, la coalición del PSOL con Rede obtuvo casi tres millones de votos, superando por primera vez incluso a los votos del PT. En Río de Janeiro, el PSOL sumó 636 148 votos y eligió a cuatro diputados federales. Quedó demostrado, sin lugar a dudas, que el PSOL podía superar la cláusula de barrera que establece la necesidad de superar el 2,5 % de los votos nacionales.
9 En la perspectiva de la segunda vuelta, lo más importante será denunciar sin reservas que el programa de gobierno de Bolsonaro constituye una contrarrevolución en todos los aspectos. Todos los importantes logros económicos, sociales y democráticos alcanzados desde el fin de la dictadura, aunque sean parciales, están en peligro. Todas las libertades están en peligro. El balance ya fue expresado claramente: la democracia es demasiado cara. El SUS (Sistema único de salud), la Seguridad Social, la asistencia social, el programa Bolsa-Familia y el BPC, la educación pública, las universidades, todos los logros sociales cuestan demasiado. La extrema derecha defiende, sin ningún pudor, que la ventaja relativa del capitalismo periférico brasileño no radica en las dimensiones de su mercado interior, sino en la sobreexplotación de los trabajadores. Y ya anunciaron un paquete de medidas drásticas de capitalismo salvaje «al estilo Milei», con el objetivo de alcanzar un superávit fiscal del 2 % al 3 % del PIB. Con el pretexto de reducir la inflación y tranquilizar a los acreedores de la deuda pública, defienden la necesidad de una recesión que sumerja a millones de personas en el desempleo para reducir los salarios. El plan consiste en acabar con la asignación obligatoria de los gastos del Estado a la educación y la sanidad pública: el 18 % y el 15 % de los ingresos federales, el 25 % de los estatales y, respectivamente, el 12 % y el 15 % de los municipales. Quieren que el salario mínimo —que durante los cuatro años de gobierno de Bolsonaro solo se ajustó a la inflación, sin aumento real— deje de ser el umbral mínimo para el cálculo de las prestaciones de la Seguridad Social. Quieren la congelación de los salarios de los funcionarios públicos por un plazo indefinido. Quieren la desnacionalización de la economía brasileña con el pretexto de atraer capital estadounidense. Quieren la privatización de Petrobras y de los bancos públicos. Pero la situación es aún más grave. Los fascistas quieren destruir las normas de protección medioambiental, son negacionistas del calentamiento global, enemigos de los movimientos de mujeres, aplauden un racismo repulsivo, incitan a la LGBTfobia más despreciable y, por si fuera poco, sus líderes son corruptos profesionales y están vinculados al crimen organizado. Será una lucha en defensa de la civilización contra la barbarie.
10 Si lo analizamos en perspectiva, las elecciones presidenciales se encaminaban hacia la derrota de Lula ya en la primera vuelta, con la maniobra de André Mendonça en el Supremo Tribunal Federal (STF) para tratar de garantizar la suspensión de Alexandre de Moraes. La operación fue el «silbato para perros», ése que solo algunos oídos pueden oír, que desencadenó la campaña «Fuera Xandão, fuera Lula», cuyo objetivo era envenenar las elecciones con el «mar de lodo» de la corrupción. Afortunadamente, fue interrumpida gracias a la lucidez de Flávio Dino. Luego, el giro hacia la izquierda de la campaña de Lula, con el paquete de medidas de emergencia, permitió ganar tiempo, y logró pasar a la segunda vuelta. La victoria en la segunda vuelta será mucho más difícil y depende de la captación de votos entre quienes se abstuvieron. Se pueden superar los dos millones de votos. Una parte de los votos de los demás candidatos de derecha ya fue a parar al voto útil en la primera vuelta. Pero será ineludible decir las cosas como son. La clave de la victoria es conquistar una mayoría político-social que comprenda el peligro apocalíptico que nos amenaza. La mano no puede temblar. Cerrar filas y luchar hasta el final.
*Valerio Arcary: Profesor titular jubilado del IFSP. Doctor en Historia por la USP. Militante trotskista desde la Revolución de los Claveles. Autor de varios libros, entre ellos Nadie dijo que fuera fácil, (2022), publicado por la editorial Boitempo.











