Inicio Análisis y Perspectivas ¡¡DERRUMBANDO MITOS SOBRE LA INDEPENDENCIA DE CHILE!!

¡¡DERRUMBANDO MITOS SOBRE LA INDEPENDENCIA DE CHILE!!

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por Franco Machiavelo

Cada septiembre, Chile levanta banderas, dispara fuegos artificiales y repite solemnemente la palabra “independencia”, como si la historia hubiese terminado aquella madrugada en que se proclamó la ruptura con la Corona española.
 
Pero la historia —esa vieja insolente que se niega a obedecer los discursos oficiales— tiene la mala costumbre de hacer preguntas.
 
¿Independencia para quién? ¿Independencia de quién? ¿E independencia para hacer qué?
 
Porque una cosa es conquistar la independencia política de España y otra, muy distinta, conquistar la soberanía económica, social y popular.
 
Chile dejó de ser colonia española, sí. Pero eso no significó que el pueblo hubiese dejado de vivir bajo relaciones de dominación. Cambió la bandera que flameaba sobre el poder, pero durante largos períodos permanecieron —y luego se transformaron— las estructuras económicas que concentraban la riqueza y subordinaban a las mayorías.
 
La colonia cambió de amo; la desigualdad encontró nuevas administraciones.
 
Y aquí aparece la primera gran ironía de nuestra historia: mientras se enseñaba al pueblo que Chile era una nación soberana, enormes intereses económicos extranjeros comenzaron a adquirir una influencia decisiva sobre nuestras riquezas, particularmente sobre sectores estratégicos como la minería y el comercio.
 
La independencia política abrió una puerta.
 
Pero por aquella puerta no entró solamente la libertad: también entró el capital extranjero.
 
Y cuando el capital entra por la puerta con una sonrisa, rara vez trae las manos vacías.
 
LA PATRIA DEL DISCURSO Y LA PATRIA DE LOS TRABAJADORES
 
La historia oficial suele presentar a la patria como una familia armoniosa donde ricos y pobres marchan juntos bajo la misma bandera.
 
Qué curioso.
 
Cuando el trabajador reclamaba mejores salarios, aparecía el patrón hablando de “orden”.
 
Cuando los obreros exigían derechos, aparecía el Estado hablando de “seguridad”.
 
Cuando los campesinos reclamaban tierra, aparecía la propiedad privada convertida súbitamente en una especie de mandamiento divino.
 
Y cuando los trabajadores organizaron huelgas y movimientos sociales, la respuesta muchas veces no fue una negociación entre ciudadanos iguales, sino la fuerza del Estado contra quienes tenían menos poder económico.
 
La historia de Chile contiene episodios de represión y matanzas obreras que no caben cómodamente dentro de la postal patriótica: Valparaíso en 1903, la Escuela Santa María de Iquique en 1907, San Gregorio en 1921, La Coruña en 1925, entre otros episodios de violencia contra trabajadores.
 
La bandera estaba arriba.
 
Los fusiles también.
 
Y mientras las ceremonias hablaban de patria, numerosos trabajadores descubrían una verdad mucho menos festiva: que para algunos la patria era una propiedad; para otros, apenas una promesa.
 
¿Y EL PUEBLO MAPUCHE?
 
Hay otra contradicción todavía más profunda.
 
¿Cómo hablar de una nación plenamente libre mientras uno de sus pueblos originarios sufría el despojo de sus territorios?
 
La llamada “Pacificación de la Araucanía” no fue simplemente una romántica expansión de la nación hacia el sur. Fue un proceso militar, político y económico mediante el cual el Estado chileno incorporó territorios mapuche, acompañado de violencia, desplazamiento y pérdida territorial.
 
El eufemismo histórico también puede convertirse en una herramienta política.
 
“Pacificación”.
 
Una palabra suave para una historia que conoció pólvora, ocupación y despojo.
 
Porque a veces el poder no necesita borrar la violencia de la historia.
 
Le basta con cambiarle el nombre.
 
LA INDEPENDENCIA QUE NO LLEGÓ A LA ECONOMÍA
 
La verdadera pregunta, entonces, no es solamente si Chile se independizó de España.
 
La pregunta revolucionaria es:
¿Cuánto poder económico conquistó realmente el pueblo sobre su propio destino?
 
Una nación puede tener bandera, himno, ejército, Congreso y fronteras propias y, sin embargo, mantener relaciones económicas profundamente dependientes.
 
La dependencia no siempre necesita un ejército extranjero estacionado en la plaza.
 
A veces llega elegantemente vestida de contrato, inversión, deuda, concesión, monopolio o tratado comercial.
 
No necesita gobernador colonial.
 
Puede bastarle un gerente.
 
Y esa es una de las grandes trampas del lenguaje político: confundir soberanía jurídica con soberanía efectiva.
 
Porque si las decisiones fundamentales sobre los recursos estratégicos, la producción y la distribución de la riqueza quedan subordinadas a intereses externos o a una pequeña élite económica interna, la independencia política puede coexistir con una profunda dependencia económica.
 
EL IMPERIALISMO NO SIEMPRE LLEVA CASACA MILITAR
 
Durante el siglo XX, la historia chilena volvió a mostrar que las grandes potencias no contemplaban América Latina como un territorio políticamente neutro.
 
La intervención estadounidense en Chile, especialmente durante la Guerra Fría y en torno al proceso político que culminó en el golpe de Estado de 1973, está ampliamente documentada. La desclasificación de documentos estadounidenses ha permitido conocer operaciones de intervención, presión económica y apoyo a acciones destinadas a impedir o debilitar al gobierno de Salvador Allende.
 
Así, la palabra “independencia” vuelve a tropezar con la realidad.
 
Porque una nación formalmente soberana puede convertirse en escenario de operaciones de una potencia extranjera cuando sus transformaciones políticas amenazan intereses económicos y geopolíticos.
 
La colonia del siglo XXI no necesariamente necesita soldados en cada esquina; a veces necesita influencia sobre las decisiones que determinan quién puede gobernar, quién puede producir y quién puede apropiarse de la riqueza.
 
LA PATRIA NO ES EL PROBLEMA; EL MITO SÍ
 
Criticar el mito de la independencia no significa despreciar a Chile.
 
Todo lo contrario.
 
Significa preguntarse qué Chile queremos llamar verdaderamente nuestro.
 
Porque una patria no debería ser solamente el territorio que aparece dibujado en un mapa.
 
Patria debería significar también dignidad, soberanía, justicia y capacidad colectiva para decidir sobre las riquezas producidas por su propio pueblo.
 
La independencia política fue una conquista histórica fundamental.
 
Pero convertir aquella conquista en el punto final de la historia es transformar una página en un libro entero.
 
Y ahí comienza la fábula patriótica: se celebra que Chile dejó de obedecer a Madrid mientras se olvida preguntar a quiénes comenzó a obedecer después.
 
Es como cambiar el uniforme del carcelero y anunciar solemnemente:
“¡Hemos conquistado la libertad!”
 
La historia social chilena obliga a una mirada más incómoda.
 
Porque mientras las élites construían instituciones republicanas, trabajadores, campesinos y pueblos originarios continuaban enfrentando relaciones de explotación, exclusión y violencia.
 
Por eso, el verdadero concepto de independencia no debería terminar en 1818.
 
Debería comenzar allí.
 
Independencia política sin soberanía económica es una libertad incompleta.
 
Soberanía económica sin justicia social es una soberanía administrada por pocos.
 
Y una democracia que reconoce derechos en el papel pero permite que la riqueza y el poder se concentren extraordinariamente en pocas manos corre el riesgo de convertir la ciudadanía en una hermosa palabra con el bolsillo vacío.
 
LA ÚLTIMA PREGUNTA
Entonces, cuando llegue septiembre y volvamos a escuchar:
“¡Viva Chile!”
 
Quizás la pregunta más profunda no sea solamente cuánto amamos esta tierra.
 
Quizás debamos preguntarnos:
¿Quiénes deciden sobre ella?
 
¿Quiénes poseen sus riquezas?
 
¿Quiénes trabajan para producirlas?
 
¿Quiénes reciben sus beneficios?
 
¿Quiénes han sido sacrificados en nombre del orden?
 
¿Y cuánto falta todavía para que la independencia política se transforme en verdadera soberanía popular?
 
Porque la historia no es una estatua de bronce.
 
Es un campo de batalla por la memoria.
 
Y mientras algunos prefieran una historia decorativa, llena de héroes inmóviles y banderas impecables, otros seguirán buscando debajo del monumento aquello que el mármol intenta ocultar:
la sangre del trabajador, la tierra arrebatada al pueblo mapuche, la riqueza transferida hacia arriba y la larga sombra de los poderes extranjeros sobre una república que, aunque políticamente independiente, nunca dejó de luchar por conquistar plenamente su soberanía.
 
La verdadera independencia no consiste solamente en expulsar al amo extranjero.
 
Consiste en que un pueblo pueda decidir sobre su trabajo, sus recursos, su territorio y su destino.
 
Y esa historia, señoras y señores, todavía no termina.
 

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