por Franco Machiavelo
Estados Unidos se proclama policía mundial contra las drogas, persigue productores y amenaza países enteros. Pero existe una pequeña «casualidad»: su propio territorio alberga uno de los mayores mercados de drogas del planeta.
Millones de estadounidenses consumen drogas ilícitas y decenas de miles mueren por sobredosis. La droga no sería un negocio tan rentable sin consumidores dispuestos a pagar.
La contradicción es brutal: se persigue al vendedor afuera, mientras el comprador está adentro.
¡Qué curioso! Para Washington, cuando la droga sale del extranjero es una amenaza mundial; cuando genera ganancias dentro de Estados Unidos, parece convertirse simplemente en un «problema social».
El capitalismo convierte la adicción en mercancía, la necesidad en negocio y hasta la muerte en estadística.
Porque la pregunta incómoda es sencilla:
¿Cómo pretende Estados Unidos acabar con el narcotráfico mundial si no puede acabar con el gigantesco mercado que lo alimenta dentro de sus propias fronteras?











