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“Los profesores pueden convertirse en vendedores”: las palabras de Lincolao y el trabajador que debe adaptarse a todo

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por Jano Ramírez

“Los profesores también tienen mucha oportunidad de convertirse en vendedores o servicio al cliente”. Las palabras de la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, provocaron indignación entre profesores y trabajadores de la educación. Y mientras más intenta explicar sus dichos, más complicado resulta el asunto. Porque detrás de esa frase aparece una concepción del trabajo que deberíamos discutir seriamente: la idea de que, frente a los cambios tecnológicos, es el trabajador quien debe adaptarse, reconvertirse y ponerse a disposición de aquello que el mercado necesite.

Porque el problema no es si un profesor tiene capacidades para vender, capacitar o trabajar en una empresa tecnológica. Claro que las tiene. El problema es mucho más profundo y mucho más indignante: ¿por qué la tecnología debe significar que el trabajador cambie de oficio, en lugar de permitirle trabajar menos, enseñar mejor y recuperar parte del tiempo de vida que hoy entrega al trabajo? ¿Por qué, cada vez que aparece una nueva tecnología, la primera preocupación parece ser qué nueva función podrá cumplir el trabajador, y no cómo esa tecnología puede mejorar su vida?

Pensemos por un momento en una profesora o un profesor. Termina su jornada en la escuela, pero su trabajo no necesariamente termina allí. Llega a su casa y todavía tiene que preparar la clase del día siguiente, corregir pruebas, revisar trabajos, preparar materiales, responder mensajes, planificar actividades y pensar cómo explicar nuevamente aquello que un estudiante no logró comprender. Mientras su familia conversa, quizá sigue frente al computador. Mientras sus hijos quieren compartir un momento con ella o con él, todavía hay trabajo pendiente. Y cuando finalmente llega la noche y debería descansar, todavía queda una planificación por terminar.

Ese trabajo muchas veces no se ve. No aparece cuando se habla de productividad. No aparece cuando se calcula cuánto cuesta contratar a un profesor. No aparece cuando se habla de “flexibilidad”. Pero existe. Son horas de vida entregadas al trabajo. Son momentos familiares que se pierden. Es cansancio acumulado. Es la sensación de llegar a casa después de una jornada agotadora y descubrir que todavía queda otra jornada por delante.

Por eso la frase de Lincolao genera algo más que molestia. Para muchos docentes toca una fibra muy profunda: la sensación de que su profesión puede ser reducida a un conjunto de habilidades que el mercado puede utilizar donde quiera. Si sabes comunicarte, puedes vender. Si sabes enseñar, puedes capacitar clientes. Si sabes escribir, puedes trabajar con inteligencia artificial. Si mañana cambia la necesidad de las empresas, tendrás que aprender otra cosa.

Y aquí aparece una palabra que escuchamos cada vez con mayor frecuencia: flexibilidad.

La flexibilidad se presenta como una gran oportunidad para los trabajadores. Pero hay que preguntarse: ¿flexibilidad para quién? ¿Quién tiene realmente la capacidad de decidir cuándo, dónde y cómo se trabaja? Porque para una empresa la flexibilidad puede significar adaptar rápidamente su fuerza laboral a las necesidades de producción. Para un trabajador puede significar, en cambio, horarios variables, contratos por hora, cambios permanentes, polifuncionalidad y la obligación de estar preparado para hacer distintas tareas.

No es una discusión inventada. La propia propuesta laboral de José Kast ha presentado como uno de sus ejes una “flexibilización laboral real”, incluyendo modalidades como el trabajo remoto y los contratos por hora. Y actualmente el Gobierno impulsa también una discusión sobre contratos por hora y modificaciones a la distribución de la jornada laboral.

Entonces las palabras de Lincolao adquieren otro significado. Ya no parecen simplemente una frase desafortunada dicha en medio de una conversación sobre inteligencia artificial. Pueden ser entendidas como parte de una concepción mucho más amplia: el trabajador debe ser flexible, adaptable, reconvertible y capaz de trasladar sus conocimientos allí donde el mercado los necesite.

Hoy profesor. Mañana vendedor de tecnología. Después capacitador. Más adelante quién sabe qué. Y si una persona no consigue adaptarse, entonces pareciera que el problema está en ella: no se capacitó suficiente, no fue suficientemente flexible, no se reconvirtió a tiempo.

Pero detengámonos un segundo.

¿Y si el problema no está en el trabajador? ¿Y si hemos aceptado como algo normal que sea siempre la persona la que tenga que adaptar su vida al trabajo y nunca el trabajo a las necesidades de la persona?

La inteligencia artificial vuelve esta pregunta todavía más importante. Porque la tecnología puede hacer cosas extraordinarias. Puede ayudar a preparar materiales, procesar información, corregir determinadas tareas, generar ejercicios, organizar contenidos y aliviar parte del trabajo administrativo que hoy agobia a los docentes.

Entonces, ¿por qué la primera pregunta debe ser qué otra cosa puede hacer un profesor para seguir siendo útil?

¿Por qué no preguntarnos cómo podemos utilizar esa tecnología para que el profesor tenga menos trabajo?

¿Por qué no para que pueda preparar sus clases dentro de su jornada laboral? ¿Por qué no para que tenga más tiempo para sus estudiantes?

¿Por qué no para que pueda llegar a su casa a una hora razonable, sentarse con su familia, conversar con sus hijos, leer un libro, descansar o simplemente no hacer nada?

Aquí está, quizás, la pregunta fundamental de toda esta discusión: si una máquina nos permite hacer en una hora lo que antes requería cuatro horas de trabajo humano, ¿qué hacemos con las tres horas que hemos recuperado?

Podemos utilizarlas para exigirle al trabajador que haga otra cosa, que venda otro producto, que atienda a otro cliente y que siga produciendo. O podemos utilizarlas para que las personas tengan más tiempo para vivir. La diferencia parece sencilla, pero es enorme.

Porque una sociedad que pone el progreso tecnológico al servicio de las personas debería aspirar a que los avances científicos reduzcan el esfuerzo agotador, mejoren las condiciones de trabajo y permitan disponer de más tiempo para la familia, la educación, la cultura, el descanso y la vida.

No debería decirle a una profesora: “La inteligencia artificial está cambiando el mundo, así que quizás puedas convertirte en vendedora”.

Debería decirle: “La inteligencia artificial está cambiando el mundo y vamos a utilizarla para que puedas enseñar mejor y vivir mejor”.

Eso también significa discutir qué entendemos por educación. Un profesor no es solamente alguien que transmite información. Una profesora no es simplemente un conjunto de competencias lingüísticas y comunicacionales que pueden ser trasladadas desde una escuela hasta una empresa tecnológica. Educar significa formar personas, enseñar a pensar, desarrollar pensamiento crítico, acompañar procesos, descubrir capacidades y ayudar a comprender el mundo.

Y precisamente en una época en que una máquina puede producir respuestas en segundos, esas capacidades humanas son más importantes que nunca.

Por eso no deberíamos aceptar que la discusión sobre el futuro del trabajo quede reducida a una carrera permanente de reconversión. No podemos acostumbrarnos a que cada nuevo avance tecnológico venga acompañado de la misma respuesta: “el trabajador debe adaptarse”.

La pregunta debería ser otra: ¿cómo hacemos para que el progreso se adapte a las necesidades humanas?. Ese es el verdadero debate que abren las palabras de la ministra Lincolao.

No se trata de decir que vender sea un trabajo indigno, ni de negar que un profesor pueda desempeñarse exitosamente en una empresa tecnológica. Se trata de algo mucho más sencillo y mucho más profundo: una profesora no es una mercancía que podamos mover de un lugar a otro según las necesidades del mercado. Un profesor no es una “competencia” disponible para ser utilizada donde resulte más rentable.

Es una persona que trabaja, que tiene una familia, que tiene sueños, cansancio, preocupaciones y derecho a una vida que no puede quedar subordinada permanentemente a las necesidades de las empresas.

La inteligencia artificial puede abrir enormes posibilidades. Pero esas posibilidades no están predeterminadas. Depende de qué hagamos con ellas y, sobre todo, de quién decide para qué se utilizan. Por eso la discusión no debería terminar con la aclaración de la ministra.

La pregunta queda abierta para todos nosotros: ¿queremos una sociedad donde cada avance tecnológico obligue al trabajador a adaptarse nuevamente para demostrar que todavía es útil, o una sociedad donde el progreso tecnológico permita trabajar menos, vivir mejor y disponer de más tiempo para aquello que realmente nos hace humanos?. Porque si una máquina puede devolvernos tres horas de vida, la pregunta no debería ser qué otra cosa podemos vender durante esas tres horas.

La pregunta debería ser qué hacemos con esas tres horas de vida que hemos recuperado.

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