Click News, artículo de opinión
- Por: Carlos Pichuante
Cuando una especie desaparece, desaparece para siempre. No existe tecnología capaz de devolver millones de años de evolución. Y cada extinción no solo empobrece la naturaleza: también nos recuerda lo frágil que es nuestra propia especie.
La ciencia es clara: la biodiversidad sostiene agua, suelos, alimentos, polinización y ecosistemas de los que dependemos. Las tasas actuales de extinción son cientos de veces superiores a las naturales.
Por eso resulta preocupante cuando se plantea como una disyuntiva proteger una rana o proteger a una persona. Con todo respeto al ministro de Vivienda, incluso quien trabaja con viviendas, suelos, vigas y estructuras debería entender que una ciudad no existe separada de la naturaleza.

Con un poco de humor negro, podríamos decir que no basta saber dónde poner los clavos; también hay que saber qué estamos destruyendo cuando ponemos los cimientos.
La ignorancia, venga de donde venga, también es una amenaza. No se trata de impedir el desarrollo ni de convertir cada árbol en un monumento. Se trata de construir mejor, planificar mejor y entender que proteger la biodiversidad también es proteger a las personas.
Porque una especie puede desaparecer sin que inmediatamente notemos sus consecuencias. Pero cuando desaparece, perdemos genes, relaciones ecológicas, conocimiento y una parte irrepetible de la historia de la vida.
Cada extinción debería despertar algo en la especie humana: humildad, conocimiento y responsabilidad.
Necesitamos viviendas, infraestructura y desarrollo. Pero el verdadero progreso será demostrar que podemos construir sin destruir aquello que, aunque todavía no comprendamos completamente, también sostiene nuestra existencia.
Cuando desaparece una especie, perdemos una pieza de la naturaleza. Cuando dejamos de preocuparnos por ello, perdemos algo de nosotros mismos.












