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EL DECLIVE DE ESTADOS UNIDOS II por Claudio Katz

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Claudio Katz 1

Las enormes adversidades que afronta Estados Unidos son vistas en los
principales círculos del poder como contratiempos pasajeros. No reconocen el declive,
ni tampoco el rechazo externo al belicismo norteamericano o la pérdida de incidencia
geopolítica del país. Esa negación es conceptualizada con argumentos disímiles por los
autores liberales y neoconservadores, que cierran los ojos frente a los contundentes
indicios de esa regresión.

El declive es en cambio avizorado por los teóricos del realismo, que registran la
evidencia de la caída y por analistas del liberalismo crítico, que observan un retroceso
relativo causado por desaciertos de la política exterior o por deformaciones en la gestión
interna. Esta amplia gama de opiniones influye de manera muy variable, sobre las
corrientes políticas que disputan primacía en la elite gobernante.

EL NEGACIONISMO LIBERAL

Lo teóricos liberales suelen reflotar los mitos de la identidad estadounidense,
para justificar su postura antideclinista. Algunos estiman que el país sigue siendo el
principal referente internacional de un orden global de convivencia y progreso. Estiman
que el tradicional rol norteamericano de “ciudadano prominente” de ese sistema, tiende
a perdurar por el excepcional legado que concentra la primera potencia (Ikenberry,
2018).

Con más recato que en el pasado, este diagnóstico recrea la vieja idealización de
Estados Unidos, como una potencia singular que despierta admiración, respeto o envidia
del resto del mundo. Esa visión omite todos los indicios de pérdida de esa centralidad y
continúa enalteciendo al país, como un caso excepcional que lo exime de los infortunios
afrontados por otros imperios.

Esa mirada olvida que todas las potencias proclamaron su invariable supremacía,
alegando inimitables singularidades. Los ingleses exaltaban su origen aristocrático, los
franceses su liderazgo cultural y los alemanes su capacidad organizativa. Todos aludían
a virtudes de su identidad nacional, que los glorificadores de Estados Unidos suponen
exclusiva.

El “destino manifiesto” en que se asienta esa ponderación se nutrió de alegatos
de primacía anglosajona, frente a los aborígenes exterminados, los negros esclavizados
y los latinos explotados. La apropiación de la denominación “América” tan solo para
Estados Unidos, supuso de entrada una descalificación del resto del continente. Esa
desvalorización se acentuó con la identificación de la prosperidad, el bienestar o el
padrinazgo con el Norte y el subdesarrollo, la corrupción o la incapacidad para
autogobernarse con América Latina.

Pero esa contraposición ha quedado erosionada por el declive del imperio.
“América” persiste como sinónimo corriente de Estados Unidos, pero sin la carga de
elogio, admiración o reverencia del pasado.

Muchos liberales desechan ese distanciamiento, señalando que Estados Unidos
conserva grandes capacidades para recrear su preeminencia internacional. Afirman que
el declive es una falsa percepción, alimentada por cuestionamientos internos, heridas
autoinfligidas o malestares en el humor de su población. Atribuyen las tesis
decadentistas a esa mutable psicología de los propios ciudadanos del país (Nye, 2024a).

Pero esos registros no son volubles impresiones, ni cambiantes sensaciones, sino
capturas reales de las transformaciones que afronta Estados Unidos. El ocaso del sueño
americano se verifica en el acentuado deterioro del nivel de vida de la población, que
ilustran los indicadores de ingresos, salud, educación, esperanza de vida o movilidad
social. El número de personas encarceladas, los decesos por armas de fuego y las
quiebras familiares por endeudamiento confirman ese diagnóstico. El alicaído estado de
ánimo refleja los dramas de una sociedad fracturada, violenta y desigual.

La mirada convencional ignora o menosprecia estas evidencias, porque identifica a Estados Unidos con la auto confianza y la consiguiente capacidad para sobreponerse a cualquier malestar (Nye, 2024b). Pero no se entiende por qué razón esa cualidad sería tan exclusiva de esa nación. La historia del siglo XX indica que un gran número de países han logrado superar situaciones más traumáticas, que las padecidas por Estados Unidos. Ese país siempre libró guerras fuera de sus fronteras y nunca tuvo que lidiar con la tragedia de las invasiones, que por ejemplo sufrieron Rusia o China.

El antideclinismo liberal postula que Estados Unidos encarna los valores
universales del liberalismo y tiende a exportar esos ideales al resto del mundo. Sería el
portador de la democracia a todos los rincones del planeta y esa promoción de la
civilización lo diferenciaría de otros imperios (Ikenberry, 2024).

Pero esa autoasignación de virtudes educativas oculta la hipocresía de una
potencia, que utiliza estandartes altruistas para justificar incursiones brutales. Esos
operativos invocan los derechos humanos, la justicia, la contención de enemigos
impiadosos o el auxilio de poblaciones afectadas, cuando en los hechos simplemente
apuntalan los negocios de los capitalistas. Con alabanzas a la concordia y la
cooperación, consuman matanzas para favorecer a la elite de enriquecidos que comanda
al país. Además, Washington siempre emitió mensajes salvadores para edulcorar
intervenciones, que invariablemente empeoran los escenarios a enmendar.

El imperialismo norteamericano ha ejercido desde la mitad del siglo XX un
control militar del planeta, a través de un sistema de bases militares que sustituyó al
dispositivo colonial europeo. Asentó su predominio en un coercitivo mecanismo,
ubicado en las antípodas de cualquier cooperación.

La duplicidad liberal oculta ese basamento, recreando los engaños de respeto a la
soberanía ajena. Esa tolerancia siempre tuvo un alcance limitado para los socios o
vasallos y fue directamente nula para los adversarios o desafiantes. El liberalismo
persiste como el principal transmisor de las falacias estadounidenses y por eso
desconoce el descreimiento que actualmente suscitan esas falacias.

EL MITO DEL PODER BLANDO

Cada tanto, los teóricos liberales reconocen el declive de Estados Unidos, pero
asignándole una escala acotada. Destacan que su país conserva ventajas de geografía
(rodeado por océanos), moneda (primacía del dólar), demografía (renovación de la
fuerza laboral) y tecnología (especialmente digital) (Nye, 2024a).

Pero desconocen las nuevas adversidades en esos campos e ignoran la limitada
relevancia de esas áreas, en comparación al desmoronamiento industrial y la baja
productividad de la economía estadounidense.

Las miradas condescendientes suelen considerar que Estados Unidos vencerá a China por atributos de larga data. Con anteojeras eurocentristas, no registran que el desafiante asiático está conquistando, uno tras otro, todos los podios en disputa. La férrea defensa que exhibe Beijing del libre comercio, contra el renacido proteccionismo de Washington, trasparenta quién detenta la mayor competitividad.

Pasando por alto estos cruciales basamentos económicos, el antideclinismo
liberal proclama que Estados Unidos vencerá, por el poder blando de atracción que
mantiene frente a un rival carente de esa cualidad (Nye, 2024a). Destacan la enorme
capacidad de persuasión que conserva la potencia dominante, para que otros hagan lo
que ella anhela. Estiman que Estados Unidos puede recrear y actualizar esa modalidad
de poder para perpetuar su primacía.

Pero esa enorme influencia ideológica, cultural y política no deriva de los
valores universales, que el liberalismo remarca e idealiza, sino de la pujanza que
exhibió el capitalismo yanqui en el pasado. En ese vigor económico y productivo se
asentó el americanismo, como ideología exaltadora del capitalismo en estado puro.
Los mensajes de contractualismo espontáneo, conveniencias de la desigualdad
social y méritos de la privatización ilimitada -que tradicionalmente difundió Estados
Unidos- atrajeron la admiración de las clases dominantes de todo el mundo. Todas
quedaron fascinadas por la adulación de la empresa, como un campo de cristalización
del talento, que despliega el espíritu aventurero de los inversores y la creatividad de los
gerentes.

Ese elogio de la firma fue complementado con la veneración del individualismo,
como virtud suprema de la personalidad y la exaltación de la acumulación, como una
larga travesía de capitalistas heroicos. El poder blando de Estados Unidos se afianzó por
la internacionalización de esa ideología, que reverencia al capitalismo en forma
irrestricta.

La posguerra fue edad de oro de ese americanismo, que logró una sobrevida
adicional bajo el neoliberalismo. Pero esa ideología actualmente pierde atractivo, en
estricta correspondencia con el declive su inspirador. Estados Unidos ya no es visto
como un exportador de bienestar, sino como artífice de tremendos procesos destructivos
y su poder blando no resucitará por simple nostalgia de un contexto ideológico que ha
desaparecido.

El ensalzamiento general del capitalismo persiste, fue revitalizado por el
neoliberalismo y alcanzó un nuevo cenit con la ultraderecha, pero ha perdido su
asociación con la superioridad o primacía de Estados Unidos. La celebración del
mercado y las expectativas de rápido ascenso social, ya no son sinónimo del sueño
americano.

El liberalismo desconoce ese cambio cualitativo, imaginando que Estados
Unidos persiste como una sociedad innovadora y potente, capaz de proyectar su poder
sobre el resto del planeta por el dominio ideológico que forjó en el pasado.
Pero esa mirada sobrevalora la capacidad que mantienen las mercancías
culturales, los consumos mediáticos y los controles de las redes sociales, para sostener
esa influencia. No alcanza con la consolidación del inglés como lengua franca, o con la
cooptación educativa de las distintas elites del mundo por los centros académicos
norteamericanos. El poder blando opera sobre esas aristas, pero no puede recrearse y
pierde efectividad, por el gran retroceso que sufren los basamentos productivos de ese
mando.

El liberalismo comparte el diagnóstico globalista, que presenta la regresión estadounidense como un episodio coyuntural, derivado de la alocada gestión de Trump.

Supone que, una vez reconstruida la institucionalidad mundial quebrantada por el magnate, Estados Unidos recuperará su autoridad moral y su preponderancia ideológica (Nye, 2024a). Imagina que tan solo bastará con reconstruir las alianzas multilaterales del pasado, para recuperar el mando yanqui de Occidente, resucitando la influencia de Washington que Trump degradó hasta un piso nunca visto (Ikenberry, 2024).

Pero el deterioro de esos atributos precedió a Trump y se consumó bajo la
gestión de sus antecesores liberales y globalistas. Del fracaso de esas administraciones
emergió el magnate y sus fallidos han confirmado, que el declive del poder blando, no
obedece tan solo a la prepotencia despectiva del magnate. Fue el desplome de la
globalización neoliberal, lo que potenció la erosión de esa fuerza. La confianza liberal
en que Estados Unidos puede sobreponerse a sus desventuras -y recuperar hegemonía
por su gran capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias- es un simple mito.
El declive de largo plazo que afronta la primera potencia demuestra lo contrario.
El país exhibe una manifiesta dificultad para reconocer y amoldarse al escenario
multipolar. Por eso depende de acciones militares, que los propios promotores del poder
blando observan como un recurso insoslayable para sostener la primacía mundial.
Auspician especialmente en Ucrania, políticas ultra belicistas, que contradicen la
relevancia formalmente asignada al poder blando (Slaughter, 2026).

Ese contrasentido no es la única, ni la menor contradicción que rodea al
liberalismo. La negación del declive les impide comprender el problema básico que
afronta el país (Wolff, 2026a, 2026b).

LA CRUDEZA DEL PODER FUERTE

La variante neoconservadora de negación del declive, comparte con su par
liberal la exaltación de los valores universales, que Estados Unidos exportaría al resto
del mundo. Pero discrepa sobre el pilar de esa fuerza benévola. En lugar de situar ese
cimiento en el poder blando de Occidente, lo atribuye al poder fuerte que exhibe el
Pentágono.

Esa mirada enfatiza el rol de la primera potencia como custodio del planeta e
imperio benévolo (Kagan, 1998). Destaca que el abandono de ese papel, quebrantaría el
orden mundial y desembocaría en un escenario de inmanejable caos. Recuerda que
Washington hace valer su protección del mundo mostrando fuerza y que la renuncia a
esa ostentación, afectaría el liderazgo que necesita la civilización para subsistir (Kagan,
2026a).

Este enfoque resalta la deuda que todo el mundo mantiene con Estados Unidos
por el sostén que el Pentágono brinda a la democracia, la libertad y el progreso. Repite
esos lugares comunes del discurso liberal, con un agregado de explícita agresividad
belicista. Este añadido militarista aporta el ingrediente neoconservador específico al
discurso clásico del americanismo (Sanz, 2014).

Kagan es un renombrado auspiciante de estos mensajes, que concentra en su
propia trayectoria la furia militarista de su vertiente. Fue uno de los principales teóricos
del “nuevo siglo americano” en los años de Bush y justificó sin ningún reparo la
invasión a Irak y la devastación de Afganistán. Posteriormente, estuvo involucrado en el
golpe de Estado perpetrado en Ucrania, para promover el ingreso de ese país a la OTAN
y provocar una confrontación con Rusia.

En la actualidad es un estrecho aliado del genocida Netanyahu, rechaza cualquier reconocimiento del escenario multipolar, exige el rearme de Europa y Japón y auspicia alianzas internacionales reconstructoras de la supremacía norteamericana.

Últimamente asumió una postura de indignado halcón contra la humillación propinada por Irán. Despotrica contra la actitud vacilante del Pentágono, que a su juicio expresa la conducta de una “superpotencia rebelde, que no quiere luchar” (Kagan, 2026b). Propone embarcar al imperio en la escalada que Trump intentó soslayar, luego efectivizó a medias y por momentos abandona con inverosímiles maquillajes.

En la óptica neoconservadora, el declive no es un estado de ánimo pasajero, sino un efectivo peligro derivado del repliegue bélico de Estados Unidos. A diferencia de los liberales no disimulan, ni relativizan la centralidad de la acción armada, para sostener el status dominante de la primera potencia. Subrayan sin ningún filtro esa característica, la ponderan como un ADN del país y recuerdan que el Pentágono es artífice de todas las ventajas logradas por el gigante del Norte.

Esa reivindicación de la coerción se inserta en la narrativa tradicional de un país,
que naturalizó la guerra, como devenir inexorable de un pueblo elegido para cumplir
con mandatos patrióticos. Ese relato oculta la violencia ejercida en los países invadidos
y las masacres cometidas por los marines. La dureza de la guerra es simplemente
asumida como un dato invariable y por esa razón, el escenario bélico ha quedado
incorporado al sentido de común de gran parte de la población estadounidense.
El matrimonio de Hollywood con el Pentágono contribuyó a generalizar esa
ideología, disolviendo el contenido sanguinario de la guerra en la fascinación de las
imágenes. Permitió masificar la apariencia misionera de los marines, como salvadores
de una civilización amenazada por cambiantes enemigos. La fisonomía racial,
idiomática y nacional de los adversarios fue periódicamente modificada para penalizar a
comunistas, musulmanes o narcotraficantes, según la conveniencia de cada momento.
El trumpismo soberanista retomó esa exaltación del militarismo estadounidense.

Capturó con ese mensaje a una masa plebeya receptiva a los mitos del americanismo y
descontenta con las elites globalistas de las Costas. Esas leyendas no solo realzan la
genialidad de los estadounidenses, sino que enrostran ingratitud al resto mundo por
desconocer lo que Estados Unidos ha hecho por ellos.

Todo el discurso de MAGA se asienta en creencias de ese tipo. El mensaje de
restaurar la grandeza de Estados Unidos, está siempre emparentado con una retribución
pendiente al benefactor yanqui. El proteccionismo, las exigencias monetarias, los
reclamos de reindustrialización o las demandas de territorios, recursos naturales y
localidades estratégicas que brutalmente formula Trump, se basan en ese presupuesto de
recompensa adeudada al filántropo yanqui.

El trumpismo resalta, además, el fundamento religioso del credo
neoconservador, que presenta a Estados Unidos como un país elegido por Dios, para
consolidar la superioridad anglosajona y las creencias protestantes. Marco Rubio
complementa ese cimiento con un revival de la ideología macartista. Esos prejuicios de
la guerra fría, le asignan a cualquier acción de Occidente un contenido salvador de la
única civilización, que merece perdurar y gobernar al género humano.

DIAGNÓSTICOS REALISTAS

Las miradas negacionistas pierden actualmente auditorio ante la manifiesta
contundencia del declive estadounidense. Por el contrario, sus adversarios declinistas
ganan terreno con explicaciones de distinto índole. La influencia de este campo se
verifica en los teóricos realistas de la disciplina Relaciones Internacionales, que
reconocen el retroceso asignándole un cimiento geopolítico.

Afirman que Estados Unidos desperdició el momento unipolar que sucedió a la implosión de la URSS, librando guerras inútiles, para instalar gobiernos del propio cuño en Irak, Afganistán, Libia, Siria, Líbano, Sudán y Somalia. Estiman que la primera potencia dilapidó sus energías y derrochó sus recursos en esos inservibles operativos, que han generado consecuencias negativas de mayor gravedad en Ucrania. Destacan que Estados Unidos quebrantó alianzas y perdió influencia política por sus fracasadas aventuras militares.

Esta mirada estima que los desaciertos de varios gobiernos desubicaron a la
primera potencia, frente al nuevo escenario multipolar. Convocan a registrar que
Estados Unidos ya no puede imponer su agenda y debe considerar las demandas de
otros jugadores, especialmente las exigencias de sus dos grandes rivales de Rusia y
China. Proponen la adopción de políticas de amoldamiento al mundo actual
(Mearsheimer, 2023).

Pero con este enfoque, enaltecen el pragmatismo y eluden indagar la existencia
de procesos determinantes de la regresión estructural que afecta a la primera potencia.
Por eso el declive no ocupa un lugar significativo en su visión. El realismo evita evaluar
la dinámica histórica subyacente de los procesos de auge y caída de las potencias. No
conecta en ningún momento esos ciclos con contradicciones del capitalismo o con
desequilibrios estructurales de ese sistema.

El realismo tan solo estudia las relaciones entre potencias, entendiendo que están
determinadas por la tensión, desconfianza o rivalidad que genera la disputa por el poder.
Resalta la presencia de actores que buscan supremacía, guiados por impulsos de
predominio o autopreservación y señala que estas percepciones suscitan agresividad,
miedo o desconcierto. La dinámica socio-histórica determinante de estos cursos es tan
ignorada, como su pilar en el capitalismo. Desconocen la forma en que ese régimen
social condiciona todas las tensiones en juego.

Esa indagación es reemplazada por la mera evaluación del estado de los
conflictos entre las potencias, a partir de un diagnóstico de invariable provisionalidad de
la supremacía lograda por algún contrincante. Destaca que el predominio global nunca
puede eternizarse en el largo plazo y que la proyección de poder solo es estable a una
escala regional de menor alcance. La propia superioridad militar que disuade a los
rivales, está siempre sujeta a la erosión de ese comando por los avances bélicos que
consigue el enemigo (ESFAS, 2026).

En ese marco analítico, el declive de Estados Unidos es visto como un episodio
de rivalidades eternas, que irrumpen con cierta contundencia en el contexto actual. Se
observa a ese retroceso, como resultado de la simple acumulación de poder por parte de
una potencia, que suscita la respuesta equilibradora de sus contrincantes.

En el siglo XXI, esa reacción contra el hegemonismo estadounidense es vista
como un inevitable correctivo de la prepotencia exhibida por los auspiciantes del
“nuevo siglo americano”, que desbalancearon el equilibrio mundial (Waltz, 2000). Esta
mirada induce a buscar políticas de amoldamiento de la primera potencia al nuevo
contexto global.

Trump intentó seguir ese rumbo con su estrategia inicial de contención bélica,
buscando reposicionar a Estados Unidos en el plano económico frente al avasallante
competidor chino. Pero al cabo de un año de fracasado proteccionismo retomó la receta
militar, que es el curso familiar a todos los gobiernos yanquis para lidiar con sus
fracasos. El magnate se ha empantanado en su ensayo de algún camino sustituto del
aventurerismo militar, porque enfrenta el mismo dilema sin solución de todas las
administraciones confrontadas con el declive de Estados Unidos.

Los teóricos del realismo no registran el fracaso de esta experiencia reciente de
su propio recetario y repiten propuestas correctivas, sin ofrecer soluciones a las
disyuntivas que genera el retroceso de la primera potencia. Reafirman ciertas
obviedades -como la imposibilidad de eternizar el dominio de un hegemón- omitiendo
los determinantes históricos de esa incapacidad.

En los hechos, participan de las mismas fluctuaciones políticas, que exhiben los
pensadores de otras corrientes de la elite gobernante. El realismo aporta argumentos de
justificación a la política exterior de los trumpistas, anti trumpistas, soberanistas,
aislacionistas o neoconservadores.

Apuntalan en ciertas circunstancias al americanismo y en otras al globalismo,
porque la propia concepción realista tan solo jerarquiza una acertada evaluación de las
relaciones de fuerza internacionales y el consiguiente comportamiento de sus actores
protagónicos. No cuenta con un diagnóstico del sentido histórico de la regresión que
afronta Estados Unidos.

SOBRE EXPANSIÓN MILITAR

Algunos exponentes del liberalismo crítico han expuesto diagnósticos del
declive de Estados Unidos, centrados en la sobre expansión militar de esa potencia. Es
una mirada de larga data que se ha renovado en forma periódica y en contraposición a
sus pares convencionales, reconoce la regresión y le atribuye un determinante bélico.
Un exponente clásico de esta mirada, estima que el gigante norteamericano
repite un síndrome que afectó a todos sus antecesores históricos, centrado en la ruptura
del equilibrio entre el desenvolvimiento económico y el poder militar. Considera que
esta segunda esfera se amplió por encima de sus posibilidades, en creciente conflicto
con el cimiento productivo que lo sostiene (Kennedy, 1989: 539-577).

Su enfoque objeta la dilatación bélica de Estados Unidos, señalando que luego
de conquistar el dominio mundial con ventajas económicas, el gigante norteamericano
quedó entrampado por la adversidad militar. Ilustra cómo ese deterioro ha sido
convalidado por todos los ocupantes de la Casa Blanca.

Remarca, además, el impacto negativo del belicismo sobre todas las áreas de la
economía y recuerda que ese mismo tipo de déficit fiscal y endeudamiento, afectó al
reinado español, al imperio otomano y demolió tanto a los Habsburgo en el siglo XVII,
como a Gran Bretaña en el XIX.

La explicación del declive yanqui por su sobre expansión militar fue especialmente expuesta en los años 80, cuando Reagan inauguró el neoliberalismo e instauró un modelo de ofensiva del capital sobre el trabajo, para recomponer los
beneficios de las clases dominantes. Buscó por esa vía restaurar la deteriorada economía estadounidense frente a la alta competitividad de las exportaciones japonesas y se propuso relanzar la primacía militar norteamericana con amenazas a la Unión Soviética.

El rearme del Pentágono a través de la “guerra de las galaxias”, fue en esos años
un típico ejemplo del uso del poder militar, como instrumento de compensación del
retroceso económico. Aportó nítidas evidencias de los efectos negativos de esa
expansión bélica.

Pero esa adversidad quedó enmascarada por la inesperada implosión de la URSS
y la consiguiente extinción del denominado campo socialista. Ese acontecimiento redujo
también la incidencia conceptual de la sobre expansión imperial estadounidense, que
había logrado una alta recepción en los años 80 y quedó relegada a ámbitos minoritarios
en la década posterior. El desplome de la URSS recreó la imagen un poder perdurable
de Estados Unidos, primero con el episódico revival del reaganismo y luego con el
espejismo unipolar (Kennedy, 2003)

Ese transitorio período -equiparable al pasajero renacimiento que tuvo Gran Bretaña a principios del siglo XX (Belle Epoque)- fue observado como el reinicio de “un siglo americano”. Suscitó lecturas equivocadas, que ignoraron la dinámica prolongada de los declives generados por el descontrol militar. Esos retrocesos de largo plazo pueden ser interrumpidos por efímeros resurgimientos, que no alteran el repliegue estructural de la potencia. Esa regresión subyacente resurgió a pleno posteriormente en la Bush y se verifica a pleno en la actualidad.

La guerra de Irak, la ocupación de Afganistán, la incursión contra Libia, la
devastación de Siria y el conflicto de Ucrania, ilustraron la forma en que opera la sobre
expansión militar, como un rasgo de períodos decadentes. Ese declive no obedece tan
solo a políticas exteriores específicas de uno u otro gobierno, sino que deriva de los
nocivos efectos que generan los desbordados operativos imperiales.

En todos los casos, la embestida comienza con gran aliento, cantos de victoria y
expectativas de florecientes negocios, pero al poco tiempo los invasores quedan
atrapados en el mismo pantano que anticipó Vietnam. Los éxitos de la edad ascendente
del imperio ya no se repiten y la guerra se convierte en una carga insostenible para su
iniciador.

Ese efecto es un dato abrumador de las últimas décadas. Salta a la vista que
Estados Unidos ha sobre expandido su capacidad de acción, con o sin tropas propias. En
el caso más reciente de Irán soslayó esa presencia y sufrió la misma derrota,
comprometiendo un descomunal despilfarro de recursos en acciones con resultado
adverso.

El diagnóstico de la sobrecarga imperial ha sido formulado por otros autores,
que remarcan su efecto nocivo sobre la estabilidad de la primera potencia. La evidencia
más palpable es el deterioro de la competitividad, a medida que los contratistas del
Pentágono acrecientan ganancias, a costa del grueso de la economía (Ortiz García,
2023).

Este efecto negativo del militarismo no es un principio invariable de cualquier
época o coyuntura, ni una desventura para todos los dominadores. Depende de la era en
que se encuentra cada imperio. El belicismo apuntaló la economía estadounidense en la
primera mitad del siglo XX y se convirtió a posteriori en su gran desdicha. Es la
preeminencia de etapas de auge o declive lo que determina ese resultado disímil.
En un período del primer signo, las nuevas tecnologías desarrolladas en el área
militar se reconvierten en rentables innovaciones de la esfera civil. Por el contrario, en
las etapas opuestas esa mutación queda bloqueada. Lo mismo ocurre en la industria. El
estímulo militar a los nuevos procesos de fabricación en cierta fase, se transforma en su
opuesto obstructor en los momentos inversos. Basta observar la desindustrialización y la
baja productividad fabril de Estados Unidos, para notar en qué período de esa secuencia
se encuentra el país. El contrapunto con China confirma ese retrato.

Los autores que sitúan el determinante del declive estadounidense en la sobre
expansión bélica, suelen proponer la reducción del gasto militar como el remedio a la
enfermedad que socava al país. Postulan un repliegue imperial que corrija esa afección,
repitiendo la trayectoria que siguió Gran Bretaña.

Pero ese curso tendría enormes implicancias para un orden mundial forjado en
torno a la supremacía estadounidense. El análisis de esos efectos exige situar la teoría de
la sobre expansión militar en el marco conceptual de dos nociones -capitalismo e
imperialismo- que el marxismo privilegia y el liberalismo crítico relativiza o ignora.

¿DECLIVE RELATIVO?

En los análisis sobre el declive son muy frecuentes las descripciones, las
evaluaciones del debate y los registros de opiniones, que evitan definir el acierto de una
u otra postura. Se destacan, por ejemplo, las cambiantes funciones que cumplen los

planteos declinistas y antideclinistas, como argumentos de las elites para justificar
distinto tipo de políticas exteriores (Slaughter, 2026).

En otros casos, se retrata cómo un enfoque consiguió más relevancia que el
opuesto, en los variables escenarios de la historia norteamericana contemporánea. En
esas revisiones, se recuerda que hasta los años 60 prevalecía un optimismo sin
referencias al declive, mientras que en la década posterior se impuso ese señalamiento,
al compás de lo ocurrido con Vietnam, la crisis del petróleo y el avance de los procesos
socialistas (Reguera, 2021).

Las tesis antideclinistas volvieron a primar en los años de unipolaridad y
confianza en el resurgimiento del “siglo americano”, pero perdieron nuevamente
relevancia en las últimas dos décadas de retroceso económico y fracasos bélicos.
Las miradas descriptivas suelen aportar fundamentos para los enfoques que
buscan situarse en un punto intermedio de relativización del declive. No niegan el
retroceso, pero moderan su alcance, acotan su relevancia o destacan la existencia de una
caída contrarrestada a través de secuencias cíclicas.

Esos enfoques intermedios repasan los debates entre los exponentes de una u
otra postura, para constatar la perdurable reaparición de la controversia. Consideran que
esa problemática aparece, se disuelve y resurge periódicamente, sin quedar nunca
zanjada (D’Eramo, 2022). Estiman que esa oscilación conceptual refleja la dinámica de
un proceso de regresiones contrabalanceadas. Lo que Estados Unidos suele perder en el
plano económico lo recuperaría en la esfera militar, tecnológica o financiera,
introduciendo límites que le permitirían concretar un periódico renacimiento.
Pero esa mirada impide reconocer cuáles son las tendencias subyacentes que
determinan el devenir general del país. Computan la existencia de fuerzas en
direcciones contrapuestas suponiendo que no definen resultados. Con ese enfoque no
logran explicar el problema. La forma agresiva, descontrolada y autodestructiva que
asume el belicismo yanqui es divorciada del declive y esa disociación obstruye la
comprensión de la lógica de un militarismo desenfrenado.

Las tesis de la regresión relativa tuvieron gran predicamento en los años de
unipolaridad, en polémica con la tesis de la continuada declinación norteamericana.
Objetaron las exageraciones de este último enfoque, cuestionando su desconocimiento
del repunte logrado por la primera potencia. Convocaron a estudiar todo el problema
como una contradicción y no como un inexorable curso de la historia.

Pero el declinismo no es una petición de principio, que organiza el análisis de
Estados Unidos presuponiendo un destino predeterminado para esa potencia. Constituye
un registro de tendencias efectivas, que reproducen comportamientos análogos de los
imperios precedentes. Con esa mirada se explica por qué razón el epicentro del
capitalismo mundial sostiene a este sistema, con un vandalismo militar acorde a la
decadencia de ese régimen social. El declive de Estados Unidos expresa la pérdida de
poder de la primera potencia, en un sistema afectado por su propia regresión.

Esa gravedad de la crisis norteamericana -por el carácter capitalista de la
estructura que intenta apuntalar- ilustra a pleno el escenario actual. Estados Unidos
intenta contrapesar desequilibrios propios y sistémicos con incursiones externas. La
dinámica del capitalismo y del imperialismo se entrecruzan en su accionar, mediante
una confluencia mayúscula de desequilibrios.

CONTRAPESOS SIN TENDENCIAS

Ciertos autores definen el declive absoluto, como una situación que
definitivamente impide a la potencia afectada revertir su regresión. Consideran que

Estados Unidos no se encuentra en ese estadio, sino que puede recobrar poder con
políticas adecuadas.

Encaran esa evaluación mediante un análisis empírico del declive
norteamericano, en comparación al afrontado por otras dieciséis potencias desde 1870
hasta la fecha. Indagan el retroceso del producto interno bruto y también la solvencia
geopolítico-militar de los involucrados. De ese contrapunto deducen la presencia de un
declive estadounidense acotado y reversible (Mac Donald; Parent: 43-68).

Pero la propia evaluación en esos términos no parece procedente, porque el lugar
dominante que alcanzó Estados Unidos, no se asemeja a cualquier gama de
contendientes. El gigante del Norte alcanzó un grado de primacía mayúsculo, cuyo
devenir debe contrastarse con las potencias que alcanzaron ese podio, como Roma,
España, los Otomanos o Gran Bretaña.

La insistencia en subrayar el alcance acotado del declive estadounidense actual,
apunta a señalar que el país experimentará desventajas en la próxima década frente a
China, pero con efectos manejables. Podría sobreponerse a ese impacto y lograría
timonear ulteriormente el nuevo escenario. No afrontaría una categórica caída, ni
tampoco conseguiría un rotundo éxito frente a su retador.

Pero ese cauteloso optimismo constituye una simple profesión de fe, que soslaya
los procesos determinantes de la pugna en curso. Estados Unidos declina porque
concentra desequilibrios capitalistas, que China logra gestionar con un Estado regulador
y autónomo de las clases dominantes. Su oponente carece de ese atributo y opera con
una administración sometida a los milmillonarios del mundo digital. Esa diferencia no
se corrige con ningún cambio de políticas oficiales.

China evita, además, el uso de la fuerza frente a un competidor que intenta
recuperar primacía con desenfrenado belicismo. De esta contraposición pueden
deducirse pronósticos muy variados, pero omitiendo esos determinantes, no hay forma
de ensayar previsiones de alguna consistencia (Katz, 2026).

El otro fundamento habitual para postular el carácter acotado del declive
estadounidense es la continuada preeminencia de ciertos pilares de esa preeminencia.
Se afirma que el dólar persiste como moneda mundial, Wall Street como epicentro del
sistema financiero, los gigantes digitales como líderes de alta tecnología y el Pentágono
como cabeza del poder militar global (D’Eramo, 2022).

Estos cuatro factores, efectivamente indican que el término primera potencia,
aún se ajusta al lugar que ocupa Estados Unidos en el planeta. Pero lo que está en debate
no es ese reconocimiento, sino las evidentes tendencias al retroceso estructural de esa
preeminencia.

La desdolarización sigue un curso lento, pero persistente y está erosionando la
capacidad de Washington para emitir sin control y endeudar al fisco. Wall Street alberga
una nueva burbuja financiera, asentada en la capitalización sin contrapartida en los
ingresos de los mega empresas digitales.

Esas compañías efectivamente lideran la Inteligencia Artificial, pero se
enfrentan con la creciente productividad del rival chino, que fabrica con mayor
eficiencia y menores costos los mismos productos. Finalmente, el propio Pentágono
debe lidiar con guerras que pierde, utilizando su obsoleto arsenal en operativos fallidos.
El declive de Estados Unidos es un proceso estructural estrechamente asociado a la
dinámica del capitalismo y del imperialismo. Soslayando esos dos condicionantes, las
explicaciones no logran salir de la superficie.

¿AUSENCIA DE SUSTITUTOS?

Un argumento de peso para postular límites o contenciones al descenso de
Estados Unidos, es la ausencia de un reemplazante para ejercer la dominación mundial.
Esa carencia de sustituto en el liderazgo global es señalada como una restricción, que
perpetuaría o al menos recrearía la supremacía norteamericana.

La primera potencia podría decaer, pero nadie lograría suplantarla y esa ausencia
de reemplazante amortiguaría el descenso, lo tornaría más lento o le permitiría a Estados
Unidos gestionar su propio repliegue (Mann, 2008).

Pero ese contrapeso no desmiente el declive, sino que describe los límites y
obstáculos de esa regresión. La ausencia de un suplente no anula o revierte la tendencia
declinante y ese retroceso es el dato central del diagnóstico.

La carencia de un sustituto puede, además, convivir con un escenario de
variados dominadores emergentes, en reemplazo del hegemón previo. En esa
posibilidad se asienta el pronóstico abierto, que expusieron algunos teóricos (como
Arrighi o Galtung), al entrever escenarios de irresuelto equilibrio entre varias potencias.
Esa opción es incluso avizorada por la propia tesis de un freno al declive por carencia de
sucesores.

La caída sin reemplazo es una perspectiva abonada por la singularidad del
principal desafiante, que no actúa en los hechos como potencia imperial. La cautelosa
política exterior de China, su aversión al uso de la fuerza y su exclusivo énfasis en los
negocios crea un contexto poco convencional.

Esa peculiaridad de China coexiste, además, con un marco de multipolaridad y
dispersión del poder, que se aleja del clásico retrato de belicosos aspirantes al trono
hegemónico. Los BRICS no se comportan, por ejemplo, como la entente que forjaron
Alemania, Italia y Japón en la entreguerra.

El diagnóstico de un declive de Estados Unidos impedido por la ausencia de
sustitutos, presupone que el futuro repetirá el pasado y que la existencia de una potencia
hegemónica es indispensable para sostener el sistema mundial.

Ese presupuesto recuerda lo ocurrido con Gran Bretaña -que pudo declinar
traspasando su dominación al socio transatlántico- y resalta el hecho que su
reemplazante no forjó un ahijado del mismo porte. Por eso se considera que la orfandad
sustitutiva de Estados Unidos genera una situación sin salida, para la continuidad del
sistema mundial. Pero la emergencia de China y los BRICS ha dado lugar a un
escenario distinto.

La tesis de un declive estadounidense -tan solo relativo por la ausencia de
reemplazante- podía concebirse, en todo caso, para el período de crisis (1990-2008) del
sistema imperial, pero ya no para la etapa en curso. En esos años, el coloso del Norte
mantenía el lugar de custodio del capitalismo, que todas las potencias occidentales le
habían delegado con anterioridad.

El guardián cumplió ese rol sofocando levantamientos populares en África, Asia
y América Latina. Pero ese papel se modificó sustancialmente a fin del siglo XX,
primero con el reflujo de las revoluciones y la implosión del campo socialista, y
posteriormente con la emergencia de China, la multipolaridad y las propias fracturas de
la alianza occidental.

Nuestra propia mirada del sistema imperial realzó la gravitación de Estados Unidos, tanto en el cenit como en la crisis de esa configuración. Destacamos el primordial rol contrarrevolucionario del gestor de la OTAN y su función vigilante del capitalismo, observando cómo ese papel interactuaba sobre la crisis económica de largo plazo que afectaba a la primera potencia. Nuestros señalamientos de esa relación destacaban la existencia de una recomposición periódica del poder estadounidense, que no lograba enmendar la fragilidad de sus bancos y el retroceso de su industria (Katz, 2023: 41-42).

Pero estos diagnósticos -que subrayaban la presencia de una contradicción irresuelta- correspondían a un período ya extinguido y no al contexto actual. Esa diferencia tiene enormes implicancias que analizaremos en los próximos textos.

9-8-2026

RESUMEN
La regresión de Estados Unidos es negada por sus gobernantes. El liberalismo
justifica ese desconocimiento con falacias de excepcionalidad, superioridad
idiosincrática o hipocresías de valores democráticos. Asigna míticas cualidades a un
poder blando que perdió sus viejos cimientos. Mientras los neoconservadores repiten el
mismo mensaje exaltando la fuerza militar, el realismo reconoce la adversidad
omitiendo su basamento capitalista. El acertado diagnóstico de la sobre expansión
militar exige una complementaria conceptualización del imperialismo y las teorías del
declive relativo retratan escenarios, sin explicar tendencias subyacentes. La ausencia de
reemplazantes no altera una caída con varios desenlaces posibles.

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2023 Jacobin, Buenos Aires

1 Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es:
www.lahaine.org/katz

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