Luis Casado
En 1972, en Manzanillo, un joven poeta escribía: En Quito una ancianita / casi centenaria / después de ver a Fidel / estrecharle la barba la sonrisa / el corazón lleno de pueblo /–toda un temblor / una brasa increíble a su ceniza– / le dijo a su nieto / que ya podía morirse / que ya era feliz / porque había visto / al hombre*.
Muchos otros poetas le escribieron antes a Fidel, y lo harían después, desde diversas perspectivas: de tú a tú, como quien le habla al hermano de lucha; con la admiración del que se sabe situado ante una personalidad única de la historia; con gratitud, con cariño…
Pero en esa ancianita de Quito en particular el discurso poético aprehendió algo especial del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana: su significado para los humildes de la Tierra, ya en la Isla o fuera de ella. No era, como pudiera parecer, cuestión de fanatismo, sino de reciprocidad.
Dondequiera que habitaran los hambreados, desclasados, los analfabetos, los sin tierra… el nombre de Fidel se erigía como anuncio de dignidad. Él había volado por el aire los imposibles, una y otra vez; había cumplido promesas; se había entregado a hacer la Revolución después de la Revolución.
Y la gente lo veía: perdía la voz, enfermaba y se curaba, sin dejar de trabajar ni siquiera desde el lecho; se quitaba la capa para cubrir a la mujer que lo había perdido todo, y las botas suyas y de sus escoltas para calzar los pies desvestidos por el ciclón.
La gente lo veía: impertérrito frente a las trampas tendidas por los embajadores de la muerte, sin chaleco, sobre el tanque, con la mocha en la mano; el primero en el reto, en la desgracia y en la victoria… Lo veía y se reconocía en él.
Fidel era la gente, era el pueblo, era la suma del pedacito de esperanza común de cada uno; y de ese haz de fe se levantaba la fuerza para cambiar el mundo, de verdad, no entre campañas electoreras, no en los libros.
La rebeldía podía ser, lo demostró, mucho más que la locura juvenil que la madurez condena; podía ser el verdadero sentido común que pusiera al derecho (o a la izquierda) el mundo al revés.
Por eso, porque era de todos y como todos, y a la vez encarnaba ese genio que hizo decir a Raúl Roa: «Fidel oye la hierba crecer y ve lo que está pasando al doblar de la esquina», lo llamaron el jefe, el caballo, el hombre.
Cien años después de que naciera, todo lo escrito hasta aquí puede ponerse en presente: los imperialistas no pueden con él, y el pueblo lo aclama para sostener lo valedero y para juzgar lo cuestionable.
Fidel mantiene viva la esperanza que su legado devuelve a cada quien, hecho patrimonio común, repartido.
*Poema Crónica de Quito, de Alex Pausides.
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