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Corrupción en la República: Esa red de poder que captura el poder judicial

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Las nuevas investigaciones sobre corrupción en Chile revelan algo más profundo que una sucesión de casos individuales: la existencia de redes capaces de penetrar los mecanismos de decisión del Estado. Los chats de Andrés Chadwick y Luis Hermosilla muestran gestiones sobre decenas de postulantes y al menos 21 nombramientos efectivamente concretados, incluidos ministros de la Corte Suprema, abogados integrantes y fiscales judiciales. En paralelo, la investigación por el caso Fundamenta examina un depósito de $13 millones realizado a Gonzalo Migueles, pareja de la entonces ministra Ángela Vivanco, pocos días después de un fallo favorable a una inmobiliaria vinculada a los abogados investigados. Como informa Reportea, “Parte de lo nuevo es un mensaje enviado de Guido Girardi para impulsar el nombramiento de Patricia Manríquez como notaria”. 

Lo decisivo no es solamente determinar si existió cohecho, tráfico de influencias o algún otro delito: corresponde establecer qué ocurre con una democracia cuando las relaciones personales, los favores y las “reciprocidades” sustituyen los procedimientos institucionales. Los chats revelan precisamente ese lenguaje: candidatos considerados “nuestros”, gestiones realizadas desde el poder  político y favores reclamados como reciprocidades. En un caso, Hermosilla calificó a Carlos Mora Jano como “totalmente nuestro” antes de que llegara a la Defensoría Penal Pública.

Aquí resulta especialmente pertinente el investigador francés jurista y especialista en sociología de la corrupción, Pierre Lascoumes. Su análisis de la “zona gris” de la democracia muestra que la corrupción no se reduce al soborno clásico: también comprende favoritismos, arreglos, conflictos de interés y usos privados de posiciones públicas. Para Lascoumes, estas prácticas erosionan progresivamente la confianza ciudadana porque convierten la probidad —una condición de la legitimidad democrática— en una variable negociable. La corrupción, por tanto, no solamente roba recursos: altera las reglas mediante las cuales se distribuye el poder.

“Entre los nombres que sí consiguieron el puesto que buscaban, hay, al menos, tres ministros de la Corte Suprema —Ángela Vivanco, Mario Carroza y Jean Pierre Matus—, tres ministros de la Corte de Apelaciones de Santiago —Lilian Leyton, Verónica Sabaj y Alejandro Aguilar—, 11 abogados integrantes de distintas cortes y dos fiscales judiciales, además del exdirector nacional de la Defensoría Penal Pública, Carlos Mora Jano,” menciona el medio citado.
 

El caso chileno adquiere así una dimensión institucional mayor. Cuando un ministro del Interior y un abogado con acceso privilegiado pueden intervenir informalmente en la selección de jueces, fiscales o abogados integrantes, la separación de poderes deja de funcionar como principio material y corre el riesgo de convertirse en una mera arquitectura formal. Los antecedentes muestran incluso discusiones sobre cómo ordenar candidatos políticamente afines y sobre quién debía ser considerado para determinados tribunales. La cuestión democrática es entonces quién controla a quienes controlan el Estado. 

Francia ofrece un contraste significativo. Allí la justicia ha demostrado que el poder presidencial no constituye una inmunidad  política permanente: el expresidente Nicolas Sarkozy fue condenado en 2025 a cinco años de prisión por asociación de malhechores en el caso relativo al financiamiento libio de su campaña presidencial de 2007. Más allá de la valoración que pueda hacerse de cada sentencia, el hecho institucional fundamental es que un antiguo jefe de Estado puede ser llevado ante los tribunales y condenado. La separación de poderes adquiere sentido cuando el poder judicial puede juzgar al poder político.

El contraste con Estados Unidos bajo Donald Trump es preocupante por una razón diferente. No puede afirmarse rigurosamente que toda la justicia estadounidense haya quedado bajo el “control absoluto” del presidente: los tribunales federales continúan bloqueando o limitando medidas ejecutivas. Pero la independencia de la persecución penal ha sufrido una presión extraordinaria: el Departamento de Justicia (DOJ) ha reducido mecanismos internos de control, mientras aumentan las denuncias de interferencia política y de incumplimiento de órdenes judiciales. La reciente confirmación de Todd Blanche —antiguo abogado personal de Trump— como fiscal general refuerza las preocupaciones sobre esa politización.

La lección para Chile es contundente: una democracia no se defiende únicamente mediante elecciones, sino mediante instituciones capaces de limitar al poder cuando éste transgrede las reglas. Lascoumes advierte que la tolerancia social frente a los pequeños y grandes arreglos puede convertir la corrupción en algo simultáneamente escandaloso y normalizado. Cuando los ciudadanos perciben que los cargos se obtienen mediante contactos, que los favores generan deudas y que la justicia puede ser influida, la desconfianza deja de ser un efecto secundario y se transforma en una crisis de legitimidad. 

Por eso, las investigaciones sobre Vivanco, Migueles, Hermosilla, Chadwick y Manuel Guerra deben ser observadas más allá de sus eventuales responsabilidades penales individuales. Lo que está en juego es si Chile dispone de una justicia suficientemente independiente para investigar las redes que atraviesan la política, los negocios y el aparato estatal. La democracia exige que ningún presidente, ministro, juez, fiscal, empresario u operador político pueda situarse por encima de la ley. Cuando la separación de poderes es reemplazada por la captura del Estado, la corrupción deja de ser una desviación del sistema: comienza a convertirse en una forma de gobierno de los poderosos. Y no le pidamos a la ultraderecha que arregle las cosa. Están ahí por el statu quo ante.

Leopoldo Lavín Mujica

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