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¡¡¡CHILE SE CAE A PEDAZOS – LOS POBRES PAGAN – LOS EMPRESARIOS SON ALTAMENTE FAVORECIDOS – LOS CÓMPLICES LAMEBOTAS SE HACEN LOS LARRYS!!!

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por Franco Machiavelo

Lo que se despliega hoy no es simplemente un programa de gobierno: es la profundización descarnada de un modelo que entiende la sociedad como un mercado y a las personas como mercancía. Bajo el discurso del “orden” y la “responsabilidad fiscal”, se esconde una operación mucho más cruda: trasladar el peso de la crisis hacia quienes menos tienen, mientras se aliviana —con bisturí fino— la carga de quienes concentran la riqueza.

El guion es conocido, pero no por eso menos brutal. Se recortan subsidios, se restringen apoyos sociales, se endurecen las condiciones de vida para las mayorías. Todo en nombre de la eficiencia. Pero esa eficiencia tiene dirección de clase: no es neutra, no es técnica, no es inevitable. Es una decisión política que reorganiza la correlación de fuerzas en favor del gran empresariado, otorgándole rebajas tributarias, facilidades regulatorias y un margen aún mayor de acumulación.

Aquí no hay error, hay diseño.

El relato oficial busca instalar que el problema es el “exceso” de derechos, el “gasto irresponsable”, la “dependencia” de los sectores populares. Se construye así una narrativa donde la precariedad deja de ser consecuencia del sistema y pasa a ser culpa de quienes la sufren. Una inversión moral que legitima el castigo social: si eres pobre, es porque no te esfuerzas; si el Estado te recorta, es porque “no alcanza”.

Pero mientras se predica austeridad hacia abajo, hacia arriba hay generosidad estructural. La reducción de impuestos a los grandes capitales no es un incentivo inocente: es una transferencia directa de poder. Menos Estado para proteger, más Estado para garantizar la rentabilidad privada. Esa es la ecuación real.

Y en este escenario, los cómplices juegan un rol clave. No solo quienes abiertamente defienden este modelo, sino también aquellos que, desde una supuesta vereda crítica, optan por el silencio, la ambigüedad o el cálculo. Los que se indignan en abstracto pero negocian en concreto. Los que administran el malestar en lugar de confrontarlo. Esa “pseudo izquierda” que, atrapada en su propia comodidad institucional, termina siendo funcional al mismo orden que dice cuestionar.

Se hacen los Larrys, pero no lo son.

Porque cuando el conflicto es estructural, la neutralidad no existe. O se está del lado de quienes sostienen la vida en condiciones cada vez más duras, o se está del lado de quienes convierten esa dureza en oportunidad de negocio. No hay punto medio cuando lo que está en juego es la dignidad material de millones.

Lo que emerge entonces es un neoliberalismo sin complejos: agresivo, disciplinador, que ya no busca legitimarse con promesas de movilidad social, sino con miedo, control y fragmentación. Un modelo que no seduce: impone.
Frente a esto, la claridad no es un lujo intelectual, es una necesidad política. Entender la estructura, identificar los intereses en juego y asumir posición no es radicalismo: es lucidez. Porque cuando un país empieza a caerse a pedazos, no es por accidente. Es porque alguien está ganando exactamente lo que otros están perdiendo. 

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