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VATICANO, AUTORITARISMO Y ANTISEMITISMO (IX)

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Felipe Portales

Pero quizá la mayor demostración del fuertísimo antisemitismo histórico vaticano fue el total silencio público

mantenido por el Vaticano y Pío XII respecto de la matanza sistemática de los judíos europeos efectuada por

los nazis, y que había sido anunciada públicamente por Hitler en enero de 1939 (para el caso que se efectuase

una guerra), y que fue ejecutada virtualmente hasta la rendición alemana en mayo de 1945.

Y la excusa dada por muchos defensores posteriores de Pío XII de que haberla hecho habría sido

“contraproducente”, constituye un verdadero atentado contra la lógica y la historia. ¡Cómo podrían haber

obtenido los judíos europeos algo peor que su total exterminio!… Además, existió un elocuente testimonio de

lo efectivo que fue una sola denuncia pública efectuada por un solo obispo alemán, el 3 de agosto de 1941, en

contra del exterminio de los discapacitados mentales que estaba haciendo el régimen nazi. En efecto, ese día

en un valiente sermón pronunciado en la iglesia de St. Lamberti, el obispo de Münster, Clemens August Graf

von Galen, condenó pública y claramente dichas matanzas.

¡Y el régimen nazi, con todo su poder, ni siquiera se atrevió a tocar con el pétalo de una rosa al obispo Galen!

Claro, comprendió que estando en plena guerra y con casi la mitad de sus efectivos siendo soldados católicos

-acompañados de sus capellanes militares respectivos- una eventual represalia con un obispo traería mucha

desmoralización a la mitad de sus tropas y de su población. De este modo, el historiador Ian Kershaw, nos

cuenta que “la cúpula dirigente nazi comprendió que no se podía actuar con firmeza contra Galen, dadas las

circunstancias. Se le indicó a Bormann que debería ser ahorcado. Bormann contestó que, aunque se merecía

sin duda la pena de muerte, ‘el Führer difícilmente decretaría esa medida, teniendo en cuenta la situación de

guerra’. Goebbels reconoció que si se tomaba alguna medida contra el obispo, podía perderse el apoyo de la

población de Munster y de Westfalia en plena guerra” y escribió que un debate sobre la eutanasia “no haría

más que exaltar de nuevo sentimientos, algo extraordinariamente inoportuno en un período crítico de la

guerra”; y sus comentarios “debieron de convencer aún más a Hitler de que había llegado el momento de

calmar la agitación interior, pues el 24 de agosto dio orden de que cesase la ‘acción de eutanasia’ T4 con el

mismo secreto con que la había puesto en marcha dos años antes” (Hitler 1936-1945; Ediciones Península,

Barcelona, 2000; p. 423). Es decir, la aislada denuncia de Galen ¡tuvo pleno éxito en el momento! Obviamente,

con todo su poder y sus ansias de exterminio intactos, el régimen posteriormente continuó matando

discapacitados, pero ya no en escala “industrial”. En esto serían reemplazados poco tiempo después por los

                   judíos…

Pues bien, estas mismas razones del éxito de la gestión solitaria del obispo Galen habrían valido –¡más todavía

si hubiesen sido pronunciamientos colectivos del episcopado alemán y del propio Pío XII!- en el caso de

condenas públicas de las matanzas de judíos. La desmoralización eventual de los soldados, capellanes militares

y de la población católica en general -de haberse producido una represión nazi en contra del conjunto de la

Iglesia Católica y del Vaticano por dichos pronunciamientos- habrían hecho esta represión inimaginable para la

elite nazi. Pero muy lejos de ello, ¡el nuncio en Berlín, Cesare Orsenigo, escribió un informe crítico sobre Galen a

Roma. El mismo Orsenigo que cuando Alemania empezó la segunda guerra mundial “se quejó de que los

católicos no la habían apoyado tan fuertemente como los protestantes” (Michael Phayer.- The Catholic Church

and the Holocaust, 1930-1965; Indiana University Press,  Bloomington, 2000; p. 45).

Pero además, hubo dos protestas masivas exitosas de católicos en contra de medidas del régimen nazi. Una fue

en contra de la orden de retirar crucifijos de las escuelas de Oldenburg (al norte de Alemania) en 1936. ¡Protesta

que fue también apoyada por el obispo Galen!: “Tras el anuncio del decreto por un funcionario nazi se produjo

una marejada de indignación católica en la ciudad de Cloppenburg. Hay pruebas de que el desasosiego se

extendió hasta entre los miembros del partido nazi, incluidas las juventudes hitlerianas, que se pusieron al

servicio de los contestatarios. El 25 de noviembre de 1936 se derogó la orden, lo que fue valorado por los

católicos como la primera victoria de la Iglesia sobre el Estado nazi” (John Cornwell.- El Papa de Hitler. La

verdadera historia de Pío XII; Planeta, Barcelona, 2005; p. 224).

Y la otra fue en contra de la prohibición de crucifijos, plegarias e himnos cristianos ordenada en Baviera en

abril de 1941 (en plena guerra) por el ministro bávaro de Educación, Adolf Wagner: “En lo que ha sido descrito

como ‘rebelión de las madres’, delegaciones de éstas acudieron a las escuelas amenazando con llevarse a sus

hijos. Al final, Wagner capituló, emitiendo un decreto por el que se revocaba la retirada de crucifijos” (Ibid.).

Como constata el mismo Cornwell, “si esas protestas se hubieran repetido y extendido desde 1933 en adelante

en una multiplicidad de casos locales a lo largo y ancho de Alemania, la historia del régimen nazi podría haber

seguido un curso distinto. Si los católicos hubieran protestado, específicamente, contra la Kristallnacht (en 1938)

y el ascenso del antisemitismo, el destino de los judíos en la Alemania nazi y en toda Europa podría haber sido

muy diferente (…) Católicos reunidos en gran número en un lugar determinado, con el apoyo de sus clérigos y

obispos, habrían resistido con éxito cuando sus parientes y amigos eran conducidos a las cámaras de gas. Sin

el freno del control ejercido desde el Vaticano, la resistencia se podría haber multiplicado por todo el país

desde el comienzo. Y si la jerarquía católica, desde un comienzo, no hubiera cerrado los ojos frente a la

extensión de la propaganda y persecución antisemita, el terrible desastre que cayó sobre los judíos podría no

haber ocurrido nunca” (Ibid.; pp. 223-226).

Similar reflexión hace James Carroll en su obra Constantine’s Sword. The Church and the Jews (A Mariner Book,

New York, 2001) a propósito del éxito del obispo Galen: “¿Por qué el destino de los judíos fue tan diferente del

destino de las víctimas del programa de eutanasia? ¿Por qué una despertó en líderes de la Iglesia una corajuda

y efectiva protesta pública, mientras que la otra –con pocas excepciones- no despertó ninguna? ¿Fue porque

las setenta mil víctimas de eutanasia y sus probables sucesores tenían padres, madres, hermanos y hermanas

cristianas que podían reclutar obispos y pastores en su lucha? ¿Fue porque la eutanasia, entonces como ahora,

es un tema cercano al centro de las preocupaciones morales católico-romanas? Explícitamente y sin

eufemismos  la Iglesia protestó contra Hitler -incluyendo la encíclica Mit Brennender Sorge de Pío XI en 1937-

cuando estaban en juego temas que afectaban la doctrina, el poder y las prerrogativas de la Iglesia. La

eutanasia y los crucifijos en las murallas de las escuelas, sí. Los judíos, no. El contraste habla por sí mismo”

(p. 30).

Esto lleva a Carroll a citar la conclusión a que llega la historiadora Deborah Lipstadt: “Si la jerarquía nazi

hubiese encontrado una repugnancia inequívoca y sostenida de los alemanes no judíos a sus políticas

antisemitas, entonces probablemente no habría existido la Solución Final” (Ibid.). Y también otros dos

historiadores de ese período llegan a esa misma conclusión, de acuerdo a Cornwell: Joseph Peter Stern y

Guenter Lewy. El primero, al señalar que “parece fuera de toda duda que si las Iglesias (cristianas) se

hubieran opuesto al asesinato y persecución de los judíos, como se opusieron al de los congénitamente

enfermos y disminuidos, no se habría llegado a la Solución Final” (p. 224). Y el segundo al afirmar que “la

opinión pública alemana y la Iglesia constituían una fuerza estimable, y podían haber desempeñado un

papel en el desastre judío; ésta es la lección que puede deducirse del desenlace del programa de eutanasia

de Hitler” (p. 226).

Desgraciadamente, el silencio público vaticano -y de la jerarquía católica en general- respecto del

Holocausto aparece plenamente comprensible a la luz de su feroz antisemitismo de siglos. Recordemos que,

salvo la Solución Final, virtualmente todas las demás formas de persecuciones y vejaciones a los judíos

cometidas por los nazis habían sido efectuadas o impulsadas por la jerarquía vaticana a lo largo de los

siglos: discriminaciones, exacciones, expresiones públicas de odiosidad, vejaciones, distintivos infames,

guetos, censuras, deportaciones, torturas y muertes. Además, se inventó por siglos una caracterización

virtualmente demoníaca de los judíos como “pueblo deicida”; malditos por Dios con la diáspora; y autores

de un horror difícilmente imaginable: el asesinato ritual de niños cristianos para extraerles su sangre y

–mezclándola con harina- confeccionar sus panes sagrados. Y, por último, en consonancia con los nazis y la

extrema derecha europea, desde 1880 la jerarquía vaticana se empeñó en una sostenida campaña que

presentaba a los judíos como autores de un plan de dominación mundial y de destrucción del cristianismo.

Evidentemente que en este cuadro era completamente utópico que la jerarquía vaticana –y que la

generalidad de los cardenales, obispos y sacerdotes- se arriesgara institucionalmente un ápice en favor de

un pueblo que presentaba tan odiosas, funestas y amenazantes características. Incluso, daba para pensar

si en cierto modo la persecución nazi de los judíos llevaba a cabo inadvertidamente un plan divino…

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