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¿Qué puede aprender la izquierda socialista de Brasil de las elecciones de Ecuador y Perú?

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por FERNANDO LACERDA

LSR Brasil, 10 DE MAYO DE 2021

Ecuador y Perú son países que comparten fronteras y tienen en común con nosotros, no sólo la selva amazónica, sino también cicatrices y heridas profundas creadas en una historia marcada por la dominación colonizadora y, lo que es más importante, la permanencia de la resistencia de las poblaciones originarias que enfrentan diariamente las incursiones del capital contra su cultura, su territorio y su riqueza.

Recientemente, ambos países pasaron por procesos electorales que ofrecen lecciones sobre la importancia de que los socialistas de Brasil dialoguen con los movimientos sociales y las entidades de las poblaciones originarias de América Latina. Se trata de dos países muy afectados por la pandemia de Covid-19,

Las elecciones en Ecuador y Perú ofrecen importantes indicadores sobre lo que la izquierda en Brasil enfrentará en las inciertas elecciones de 2022. La derrota del correísmo a manos de un neoliberal convencido en Ecuador y la inesperada victoria de un “izquierdista” en la primera vuelta de las elecciones en Perú deben ser debatidas y analizadas seriamente por la izquierda socialista, especialmente por aquellos que no han renunciado a construir una alternativa socialista al capitalismo.

Elecciones en Ecuador: ¿Quién tuvo la culpa de la victoria de la derecha neoliberal?
En Brasil, diversos sectores de la izquierda han llegado a la conclusión de que la victoria de la derecha neoliberal en la segunda vuelta que tuvo lugar el 11 de abril fue achacada principalmente a la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), a sectores del movimiento sindical como el Frente Unitario de Trabajadores (FUT) y a dirigentes y sectores del Pachakutik (Movimiento de Unidad Plurinacional, formación política creada para canalizar políticamente el descontento del movimiento indígena orientado por la CONAIE).

De hecho, después de la primera vuelta electoral del 7 de febrero, varios sectores de la CONAIE y de Pachakutik abogaron por una política equivocada: votar nulo en la segunda vuelta. Sin embargo, el llamado a la nulidad del voto por parte de los líderes del movimiento indígena se produjo después de un controvertido proceso de recuento marcado por intervenciones fraudulentas que buscaban explícitamente perjudicar a Pachakutik y a su candidato, Yaku Pérez, que quedó fuera de la segunda vuelta por apenas un 0,29%.

Al comenzar la segunda vuelta, los sondeos indicaban una victoria del candidato del correísmo, Andrés Arauz, frente al representante de la derecha neoliberal abiertamente conservadora, Guillermo Lasso. Sin embargo, explicar el giro que resultó en la victoria de Lasso como el resultado de una política equivocada defendida por la dirección de Pachakutik es un reduccionismo absurdo que ignora todo lo que sucedió en el país en los años anteriores y cómo la creciente adhesión del correísmo al neoliberalismo dejó profundas huellas en las luchas de clase.

En particular, se produjo la alienación del movimiento indígena, que durante los primeros años del gobierno de Rafael Correa ofreció su apoyo. Este diálogo entre el correísmo y el movimiento indígena fue crucial para la Asamblea Constituyente de 2008, que aprobó, por primera vez en la historia del país, una constitución que introdujo elementos de las cosmovisiones de los pueblos originarios y reconoció los derechos de los pueblos indígenas, así como los de la naturaleza, e impuso duras restricciones al proceso de explotación destructiva llevado a cabo por el agronegocio.

Sin embargo, Correa no tardó en defraudar las expectativas y esperanzas al aprobar la extracción de gas y minerales en territorios indígenas. Cabe destacar que el Correismo liberó la explotación de territorios que su propio gobierno había prohibido explotar. Medidas políticas como esta avanzaron dramáticamente durante el gobierno de Lenin Moreno, quien fue elegido como continuador de Rafael Correa y, desde 2017, aceleró e intensificó la aplicación de numerosos ataques contra los indígenas y la clase trabajadora en su conjunto.

La adhesión de Lenin Moreno a la receta neoliberal fue tan intensa que Rafael Correa lo acusó de traidor. De hecho, la respuesta del nuevo presidente a las consecuencias de la crisis capitalista mundial fue retirar derechos, aprobar medidas económicas neoliberales y someterse completamente al imperialismo estadounidense, con el que firmó acuerdos militares y económicos. Una expresión de ello fue el abandono de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), un bloque regional formado bajo el liderazgo del chavismo venezolano para asegurar la cooperación económica en América Latina y el Caribe, al que Ecuador se sumó por iniciativa de Rafael Correa y su vicepresidente, el propio Lenin Moreno.

Además, Moreno eliminó varias conquistas progresistas aprobadas por la Asamblea Constituyente, llevó a cabo una política económica dirigida a los banqueros y relajó (eufemismo de eliminar) los derechos laborales. En 2019, creyendo que podía dar un salto en la agresividad de sus políticas neoliberales, presentó un paquete de contrarreformas que recortaba los subsidios al transporte y aumentaba el precio de los combustibles. Esta medida fue la gota que colmó el vaso para que el cúmulo de frustraciones estallara en un levantamiento popular espontáneo y masivo marcado por acciones que movilizaron a trabajadores del campo y la ciudad, jóvenes y mujeres (cabe recordar que en 2014, bajo el gobierno de Rafael Correa, las mujeres vieron criminalizado el derecho al aborto). Sin embargo, el protagonismo de los levantamientos de 2019 fue del movimiento indígena y de su poderosa organización, creada en los años 80, la CONAIE. Moreno respondió con una virulenta represión que sólo sirvió para intensificar la lucha en las calles y, al final, fue derrotado. Moreno tuvo que retirar el paquete de contrarreformas neoliberales y se convirtió en un muerto político que no intentó continuar su vida política presentándose a las elecciones de 2021.

Las acciones populares de finales de 2019 escaparon por completo al control del correísmo. De hecho, el gobierno de Moreno y los partidos del orden apelaron a la ONU y a la Iglesia Católica para que mediaran en las negociaciones con el movimiento indígena y evitar así que el levantamiento se convirtiera en una verdadera revolución. Lamentablemente, esto se sumó a la situación profundamente desfavorable para las luchas creada por la pandemia del COVID-19, hubo un enfriamiento de las acciones populares e indígenas y el descontento y la revuelta en las calles se canalizaron hacia el proceso electoral de 2021.

En las elecciones de 2021, Rafael Correa y el correísmo trataron de acercarse de nuevo a los movimientos sociales y a los sindicatos diciendo que el correísmo no tenía ninguna relación con el actual presidente, acusándolo de traidor y presentando una nueva coalición política (Unión por la Esperanza) diferente de la que llevó al correísmo al poder (Alianza País). Al mismo tiempo, intentaron señalar al capital que harían un gobierno a su favor, presentando un programa moderado y proponiendo como candidato a Andrés Arauz, un economista que ocupó cargos técnicos en el Banco Central de Ecuador y fue ministro en la administración de Correa. El resultado fue trágico para el correísmo en la primera y segunda rondas.

En la primera vuelta, los partidos progresistas y de izquierda diferenciados del correísmo -Pachakutik (principal vencedor que absorbió los votos de la mayoría que ocupó las calles en 2019) e Izquierda Democrática- fueron los más votados en las elecciones al poder legislativo. Esto en sí mismo muestra el peso del desgaste que lleva el Correismo por haber sido el principal agente instrumentalizado por el capital en sus ataques contra las poblaciones indígenas y la clase trabajadora. Y ciertamente fue el uso del fraude lo que aseguró la llegada de Lasso a la segunda vuelta, un proceso contra el que Arauz no se levantó porque pensó erróneamente que sería más fácil derrotar a Lasso.

Sin embargo, en la segunda vuelta, Arauz fue derrotado por un corrupto que defendía expresamente un programa a favor de los súper ricos y totalmente conservador. Sin embargo, en la derrota de Arauz y su coalición, el factor decisivo no fue el voto nulo que pidió el movimiento indígena y, en particular, Yaku Pérez. La derrota de Arauz se forjó por las concesiones de Correa al agronegocio, la sumisión al FMI y al imperialismo que guiaron el gobierno de Lenin Moreno y que siempre estuvieron presentes en alguna medida en el período en que el ejecutivo estuvo encabezado por Correa.

La derrota del correísmo fue una expresión del creciente alejamiento del correísmo de la base electoral que eligió a Rafael Correa en 2007: una clase trabajadora y un movimiento indígena cansados del neoliberalismo y la corrupción. La derrota del Correismo en 2021 es una demostración de que la política de conciliación de clases no tiene cabida en esta coyuntura de crisis económica, sanitaria, medioambiental, etc. Las mujeres que perdieron su derecho al aborto, los indígenas que perdieron sus tierras, los trabajadores que perdieron sus derechos sociales y los activistas que fueron golpeados por la policía que derrotó al paquete de Moreno llevan la memoria de los errores del correísmo. Si Arauz quisiera derrotar a Lasso, tendría que señalar al pueblo por qué no sería un nuevo Lenin Moreno.

Hay que señalar que, aunque la elección de un ex banquero corrupto y conservador que gobernará para los superricos es, en efecto, una derrota, sólo ha sido parcial. El gobierno de Lasso no será tranquilo, ni siquiera a nivel institucional. Lasso no tiene la mayoría de la Asamblea Legislativa y sólo podrá aprobar reformas si negocia con el correísmo (lo que será otra prueba histórica para el llamado “progresismo” y su historia de traiciones). Asimismo, los partidos que han canalizado el descontento popular, especialmente el Pachakutik, han ganado gran fuerza en la asamblea legislativa y seguramente crearán obstáculos institucionales para Lasso.

Existen importantes contradicciones en Pachakutik y la CONAIE que probablemente se manifiesten durante el gobierno de Lasso. Hay que recordar que la CONAIE, en 2019, en lugar de escuchar las demandas de las calles, no buscó derrocar a Moreno y priorizó la salida negociada que involucró a la ONU y a la Iglesia católica. Esta postura contradictoria hacia los movimientos se manifiesta en el programa difuso y contradictorio de Pachakutik. De hecho, Yaku Pérez, antes de cometer el error sectario de llamar al voto nulo en la segunda vuelta, también hizo declaraciones favorables al golpe de Estado que se dio en Bolivia en 2019. Esto significa que existe un serio riesgo de que la CONAIE y Pachakutik lleven a sectores expresivos del movimiento indígena a un aislamiento que podría incluso fortalecer a la derecha y a un sistema político que no favorece sus intereses y banderas.

Por otro lado, si Pachakutik es capaz de instrumentalizar sus ganancias electorales a favor de la organización de los movimientos sociales y la intensificación de las luchas como los levantamientos de finales de 2019, entonces el gobierno de Lasso probablemente será de corta duración. Será un presidente más derrocado en una larga lista que revela la combatividad de los sectores populares e indígenas en América Latina. En 2019, la clase trabajadora ecuatoriana ha demostrado que no aceptará pasivamente más ataques contra sus condiciones de vida. Pero la elección de Lasso en 2021 demuestra que esta fuerza en la calle no es suficiente para ganar. Es necesario forjar una alternativa que aprenda de los errores del correísmo y vaya más allá de sus límites. Más que nunca, es necesario construir una alternativa de izquierda para derrotar a la derecha y hacer que la izquierda avance hacia la construcción de una sociedad capaz de hacer valer todo lo que los movimientos indígenas han defendido históricamente.

Perú: ¿Por qué una “extrema izquierda” contradictoria pasó a la segunda vuelta?
A diferencia de Ecuador, en Perú no existen movimientos sociales fuertes ni una organización política de indígenas tan fuerte e importante como la CONAIE. De hecho, la lucha represiva contra Sendero Luminoso marcó decisivamente las luchas de clase en el país. La represión estatal no sólo sirvió para aplastar a la mayor organización maoísta del continente latinoamericano, que utilizó indiscriminadamente métodos terroristas que afectaron incluso a campesinos, trabajadores e indígenas. Pero la supuesta lucha contra el “terrorismo” de Sendero Luminoso por parte del Estado, especialmente durante la dictadura de Fujimori, fue crucial para reprimir a toda la clase obrera y sus organizaciones en el país. De hecho, cada vez que los sectores militantes de la clase obrera comienzan a organizarse, los grandes medios de comunicación y los gobiernos aúnan esfuerzos para combatir y prevenir las “amenazas terroristas” procedentes de las organizaciones de izquierda.

Esto no significa que las luchas no existan en el país, al contrario. El activismo y la combatividad de la clase trabajadora y la juventud han llevado a derrocar a tres presidentes desde 2016 -año en el que Pedro Pablo Kuczynski fue elegido presidente utilizando una plataforma populista de lucha contra la corrupción (una agenda extremadamente sensible desde la mencionada dictadura de Alberto Fujimori).

El signo más reciente de la combatividad y el profundo descontento de la clase obrera y la juventud en Perú fue el levantamiento marcado por las manifestaciones masivas de noviembre de 2020. La llamada juventud bicentenaria salió a la calle para repudiar el sistema político vigente, que, mediante una maniobra golpista, instaló a Manuel Merino como presidente. A pesar de la brutal represión, que incluyó incluso el asesinato de dos jóvenes activistas (Inti Sotelo y Bryan Pintado), la llamada juventud bicentenaria (en referencia a su proximidad con el 200 aniversario de la independencia peruana, que se celebrará en julio de este año) salió a la calle y obligó al Congreso, apenas seis días después del nombramiento de Merino, a nombrar un nuevo presidente y a convocar elecciones generales para el 11 de abril de 2021.

El proceso electoral estuvo marcado por una enorme fragmentación, tanto en la izquierda como en la derecha, y tuvo un resultado sorprendente, incluso para la izquierda peruana. Entre la izquierda, se esperaba que Verónika Mendonza y su coalición Juntos por el Perú obtuvieran las mayores ganancias en la asamblea legislativa y pasaran a la segunda ronda de las elecciones presidenciales. Y es que en 2016, como candidata de la coalición Frente Amplio, Verónika quedó tercera con el 18,8% de los votos y su coalición eligió varios diputados. Sin embargo, el Frente Amplio decepcionó a la población al cometer varios errores oportunistas, especialmente al capitular ante las presiones para componer un gobierno instalado tras las maniobras golpistas del legislativo, en lugar de vocalizar y canalizar las demandas de la juventud y la clase trabajadora en lucha que clamaban por una nueva Asamblea Constituyente y nuevas elecciones generales.

Estos errores políticos provocaron una división en la coalición del Frente Amplio y diezmaron su base electoral. Verónika Mendonza, a pesar de haber intentado diferenciarse de los errores de la coalición del Frente Amplio, no pudo eliminar el peso creado por las capitulaciones ante la crisis del sistema político peruano, y la rebaja de su programa político en la campaña electoral de 2021 para evitar ser tachada de “izquierdista” o “terrorista” no dio resultados favorables; por el contrario, se produjo una importante derrota electoral: Verónika quedó en sexto lugar con sólo el 7,8% de los votos.

Al mismo tiempo, una formación política marginal -con raíces en el maoísmo estalinista que siempre ha marcado a un sector de la izquierda en Perú- fue capaz de atraer y canalizar en votos el descontento popular demostrado en las calles en 2020. Perú Libre y su candidato a la presidencia, Pedro Castillo, fueron los principales vencedores de la primera vuelta. Castillo y su partido son descritos como fuerzas de “extrema izquierda” que rescatarán el terrorismo de “Sendero Luminoso”. De hecho, la dirección del partido de Castillo está formada por estalinistas que dicen seguir el “marxismo-leninismo” y las ideas de Mariátegui. Pero no es esto lo que asusta a las élites peruanas, sino el atractivo masivo de la plataforma antineoliberal de Perú Libreque, a pesar de numerosos límites, critica la desregulación del mercado a favor del capital, defiende la nacionalización de sectores clave de la economía y, en diálogo con el movimiento que salió a la calle en 2020, propone la celebración de una Asamblea Constituyente en los primeros meses de su gobierno.

Además, Pedro Castillo, profesor de educación básica es una figura que no oculta su pasado como sindicalista que lideró una victoriosa huelga educativa en 2017 y su distanciamiento de las élites peruanas. Su perfil fue capaz de atraer la atención de un pueblo que buscaba a alguien ajeno al establishment político. Importantes franjas de campesinos, indígenas, trabajadores y jóvenes que repudiaron el actual sistema político en las calles en noviembre de 2020 dieron a Castillo y a su partido el apoyo electoral en el balotaje del 11 de abril.

Sin embargo, Castillo y su partido no están exentos de contradicciones y esto podría afectar a los resultados de la segunda vuelta (que tendrá lugar el 6 de junio). En primer lugar, siendo consecuente con el conservadurismo social del estalinismo y el maoísmo que recorre Perú Libre, Castillo presenta posiciones explícitamente opuestas a temas como el matrimonio de parejas homosexuales, la “ideología de género” y la despenalización del aborto. Además, tras el inicio de la campaña para la segunda vuelta, para responder a las acusaciones ampliamente difundidas por la derecha conservadora y neoliberal, Pedro Castillo y la dirección de Perú Libre han moderado sus discursos. Por un lado, Castillo intenta presentarse como una figura más independiente en relación con Perú Libre. Por otro lado, la dirección de Perú Libre ha llegado a afirmar que se opone al capitalismo, pero no aboga por un sistema socialista o comunista. Todo el enfoque de la campaña se ha centrado en la agenda de la Asamblea Constituyente, que de hecho galvanizó los movimientos de finales de la década de 2020.

A pesar de estas contradicciones, no votar a Castillo en la segunda vuelta es un error. Su rival es Keiko Fujimori, hija del dictador que ahora está en prisión por corrupción. Keiko y su partido son también objeto de numerosas acusaciones de corrupción, lo que provoca un enorme rechazo popular. Una victoria de Fujimori sería una gran derrota para todos aquellos que rechazan el sistema político podrido que impera en el Perú y rechazan la Constitución heredada de la dictadura de Fujimori. Además, Keiko Fujimori, si es elegida, seguramente defenderá medidas político-económicas que sólo castigarán aún más a una clase trabajadora que ya vive en terribles condiciones sociales. Derrotar a Keiko Fujimori es crucial para que la clase trabajadora, e incluso los movimientos LGBTQI+ y feministas que luchan contra las opresiones, tengan un terreno más favorable para defender sus banderas y sus derechos. El mecanismo que recorre la defensa del voto nulo en la segunda vuelta por parte de las organizaciones de izquierda en Perú es el mismo que está presente en aquellas organizaciones de Brasil que aún no han entendido que el golpe de 2016 fue una derrota para nuestra clase.

Una posible victoria de Castillo, que hasta ahora (5 de mayo) lidera las encuestas, no se traducirá en un gobierno tranquilo, aunque en este momento votar por él es la mejor opción para la clase trabajadora. A diferencia de Ecuador, aunque Perú tiene el mayor número de escaños en la asamblea legislativa, el nuevo presidente se enfrentará a un parlamento hegemonizado por la derecha, con una fuerte presencia de un partido de extrema derecha, Renovación Popular. La supervivencia política de Castillo dependerá de su capacidad para responder a las demandas populares que se expresaron en noviembre de 2020. Lamentablemente, sus posiciones conservadoras pueden dañar su relación con los jóvenes que salieron a la calle en 2020, marcados por una conciencia simpatizante con las agendas de las luchas feministas y contra la opresión LGTBfóbica. Asimismo, la ausencia de una organización fuerte de las poblaciones indígenas, como la CONAIE, y la debilidad del movimiento sindical en Perú dificultan aún más la situación a la que se enfrentará un posible gobierno de Castillo. Todo esto indica también cómo la tarea de organizar a la clase obrera en entidades de masas capaces de hacer avanzar su lucha, es algo urgente para la clase obrera, las poblaciones indígenas y la juventud en el Perú.

Lecciones para los socialistas internacionalistas
El agravamiento de la crisis del capitalismo por la pandemia de Covid-19 ha creado una coyuntura extremadamente compleja y volátil para la izquierda socialista. Si tratamos aquí dos procesos electorales es porque queremos sacar conclusiones para una de las disputas que ha atravesado a toda la izquierda en Brasil y ha marcado los debates internos del PSOL: ¿qué hacer en las elecciones de 2022?

Creemos que quienes aún no se han rendido al orden capitalista y buscan construir una alternativa socialista revolucionaria, tienen mucho que aprender de los complejos y contradictorios procesos en curso en Ecuador y Perú y presentamos a continuación algunas de las principales lecciones.

Lección 1: Las ganancias electorales de la izquierda dependen cada vez más de las luchas

En Perú y Ecuador, los procesos electorales fueron precedidos por movimientos masivos en las calles. Cuando se produjeron los procesos electorales, las élites y los gobiernos del orden seguían temblando ante la posibilidad de que los levantamientos de masas se convirtieran en revoluciones. De hecho, incluso la derrota parcial en Ecuador es un indicador de que canalizar políticamente el descontento popular presente en las calles es una tarea para la izquierda, de lo contrario sufrirá derrotas.

Antes del proceso electoral en Ecuador, el actual presidente, Lenin Moreno, fue convertido en un muerto político por las revueltas populares que derrotaron su intento de implementar un paquete de medidas neoliberales que torturarían al pueblo ecuatoriano. De la misma manera, las manifestaciones que tuvieron lugar en Perú, especialmente en noviembre de 2021, fueron el factor decisivo que obligó a una derecha golpista a convocar elecciones. Vale la pena recordar otro ejemplo latinoamericano: en Bolivia, un repugnante y violento golpe de Estado de la derecha vio derrotada su maniobra por los movimientos sociales que organizaron bloqueos de carreteras, paros y manifestaciones. Sin esto, la victoria del MAS de Evo Morales en octubre de 2020 contra la derecha golpista hubiera sido imposible.

Las clases dominantes en una coyuntura marcada por la polarización social, no entregarán el ejecutivo sin tener un cuchillo en el cuello puesto por las acciones de la clase obrera organizada. Esta lección es crucial para nosotros. Bolsonaro, en todo momento, coquetea con la aventura golpista y esta es una alternativa que no está totalmente descartada. Incluso aquellos que priorizan sólo las elecciones de Lula en 2022 necesitan escuchar el mensaje presente en las experiencias de Bolivia, Ecuador y Perú: si quieren que su candidato concurra a las elecciones de 2022 y ocupe el sillón presidencial en caso de victoria, necesitan garantizarlo ocupando las calles ahora. Esto ya había sido demostrado por el error que cometió la dirigencia del PT, la CUT y otras entidades, después del golpe de 2016, en la lucha por Fora Temer: apostaron a la táctica de sólo sangrar a Temer hasta las elecciones de 2018, cuando presentarían un candidato para volver al ejecutivo. Un grave error que vemos repetirse hoy entre los sectores que no priorizan la lucha por #ForaBolsonaroyMourão, a favor de una apuesta por el 2022.

Lección 2: Cada vez hay menos espacio para los programas que sirven a dos amos

En este contexto de profunda crisis, la propuesta de servir a dos amos (por un lado, asentir al gran capital; por otro, llevar a cabo programas sociales focalizados y parciales para los sectores más precarios de la clase trabajadora), que ya era insostenible durante el período de crecimiento de los primeros gobiernos lulistas, fue profundamente derrotada en las dos contiendas electorales que aquí se presentan. Los candidatos que expresaron, de alguna manera, su adhesión a la política de conciliación de clases fueron derrotados y perdieron un importante apoyo a lo largo de la campaña electoral.

Andrés Arauz en la segunda vuelta de las elecciones en Ecuador y Verónika Mendonza en la primera vuelta de las elecciones en Ecuador apostaron a que todavía habría un espacio para una política que, en anteriores disputas, había permitido avances para sus organizaciones políticas. Sin embargo, con la polarización social creada por el agravamiento de la crisis capitalista, es cada vez más difícil ganar el apoyo de la clase obrera con un programa que intente complacer a las élites, los patrones y los terratenientes.

Una clase trabajadora castigada por la pandemia de Covid-19, un hecho agravado por el desmantelamiento de los servicios públicos llevado a cabo por los programas que se adhieren al neoliberalismo, ya no apostará por quienes prometen más de lo mismo y adornan las medidas neoliberales con algunas pequeñas concesiones a los sectores más precarios. Morir sin oxígeno por un virus o morir de hambre es la alternativa a la que se enfrenta hoy la clase trabajadora, mientras los banqueros, los empresarios y los especuladores se enriquecen aún más.

La ausencia de una respuesta que no muestre un compromiso explícito e inequívoco con la clase trabajadora ha sido castigada en Ecuador y Perú. Es probable que los defensores de la política de conciliación de clases en Brasil no aprendan de esto, ya que no defienden una estrategia de ruptura con los límites impuestos por el sistema. Esto hace aún más urgente que el PSOL considere esta lección de las elecciones peruanas y ecuatorianas, en el proceso de construcción de su programa y tácticas electorales.

Lección 3: El descontento del pueblo con los partidos del orden

Independientemente de los resultados de las elecciones presidenciales en Ecuador y Perú, lo cierto es que los partidos más votados para las legislativas en Perú y Ecuador fueron nuevas alternativas políticas de izquierda. Perú Libre y Pachakutik salieron de las elecciones en Perú y Ecuador con las mayores bancadas legislativas. Mientras tanto, los que apoyaron las medidas neoliberales o capitularon ante las propuestas de la derecha redujeron o perdieron espacios. Incluso un trotskista que fue elegido diputado en Perú en 2016, tras capitular ante los errores del Frente Amplio y luego intentar corregirlos con un giro sectario, perdió su escaño.

Esto demuestra la importancia de una alternativa política que se diferencie de los partidos del orden, incluidos los de centro-izquierda. Es necesario que la izquierda socialista canalice el rechazo a un sistema político que ha favorecido las muertes por Covid-19, que está atravesado por la corrupción y actúa a favor del enriquecimiento de los súper ricos, a través de una alternativa política que no oculte su posición antisistémica.

En el caso de Perú, hay un acontecimiento muy importante. Antes de las elecciones, Rafael López Aliaga y su partido, Renovación Popular, aparecían como las principales fuerzas que ganarían las elecciones de abril de 2021. López Aliaga, aprendiendo de Brasil, intentó presentarse como el Bolsonaro peruano. Sin embargo, a pesar de haber crecido, Renovación Popular no consiguió ninguna victoria importante y López Aliaga no llegó a la segunda vuelta. Un factor activo en este sentido fue la existencia de una alternativa de izquierdas que disputara los votos antisistema. La existencia de una alternativa de izquierda que se presentaba como algo nuevo, fuera del sistema, impidió el crecimiento de López Aliaga y puso a un candidato de izquierda en la segunda vuelta, lo cual, a pesar de las numerosas contradicciones, es algo mucho mejor que un escenario en el que la clase trabajadora tuviera que elegir entre un Fujimori y un populista de extrema derecha en la segunda vuelta.

Que el PSOL aparezca como una alternativa política de izquierdas que no forma parte del orden es una parte central de su supervivencia política en la coyuntura. Si continúa presentándose como una alternativa de izquierda al PT, sus victorias electorales en las elecciones municipales de 2020 pueden ampliarse. Pero no sólo eso. El PSOL, como alternativa ajena a este sistema político podrido y corrupto, puede ser el elemento crucial para evitar avances o derrotar electoralmente al bolsonarismo, a la extrema derecha y a sus partidos.

Lección 4: Organizar, organizar, organizar

En Perú y Ecuador, a pesar de los avances y logros para la izquierda, hay derrotas y obstáculos que se están diseñando en el escenario planteado tras las disputas electorales. En cualquiera de los casos, ciertamente las banderas de los movimientos indígenas, las muertes por Covid-19 y los anhelos de la clase obrera y la juventud no serán atendidos por el legislativo y el ejecutivo después de las elecciones -incluso en Perú, si gana Castillo, ya que su victoria presenta condiciones más favorables para que la izquierda presente sus banderas y lleve a cabo sus luchas, pero se enfrentará a un legislativo hegemonizado por la derecha.

Las amenazas que están surgiendo sólo se pueden prevenir si la izquierda es capaz de avanzar organizando a esos hombres y mujeres que se manifestaron en los levantamientos de 2019 en Ecuador y de 2020 en Perú. Los avances contradictorios de las formaciones alternativas revelan que los nuevos y jóvenes activistas repudian el sistema político que actúa a favor de las élites que siempre se han enriquecido a costa de la clase trabajadora y de las poblaciones indígenas y están en busca de una alternativa política.

La capacidad de la izquierda para presentar y construir una alternativa socialista o nuevas organizaciones es fundamental para hacer avanzar las luchas sociales. También será crucial para evitar divisiones entre quienes luchan por otro mundo. El alejamiento del correísmo del movimiento indígena fue el factor decisivo en la victoria de Lasso. Asimismo, una posible ruptura entre, por un lado, el movimiento feminista y el movimiento LGBTQI+, y, por otro, la izquierda peruana en un posible gobierno de Castillo en Perú, tendrá efectos desastrosos, como el distanciamiento entre las organizaciones que apoyan a Castillo y la juventud que se manifestó en noviembre de 2021, marcada por la preocupación por las agendas feminista y LGBTQI+.

En tiempos de nacionalismo de extrema derecha, es importante recordar que la clase obrera no tiene nación y rescatar el internacionalismo que siempre ha sido parte del movimiento revolucionario y que produjo lo mejor del marxismo latinoamericano, como la obra del peruano José Carlos Mariátegui. Aprender de las lecciones de las luchas y de la situación que enfrentan los compañeros en Ecuador y Perú es algo que puede contribuir a prepararnos para los duros retos que se vislumbran en el horizonte de nuestras luchas para derrotar no sólo a Bolsonaro, sino para destruir el sistema que lo creó.

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