La Jornada, Mëxico
Por Hermann Bellinghausen
Se cumplen dos años de un acto terrorista que transformó los códigos
políticos y las coordenadas de convivencia internacional, no tanto por
el suceso en sí, qué fue cruel, criminal e inusitado, sino por la
respuesta militar que suscitó y los efectos políticos que tuvo desde
el primer momento. La incursión fronteriza de Hamas desde la franja de
Gaza a territorio israelí sumó todas las razones y las sinrazones de
Israel para aniquilar a los vecinos y adueñarse del poco territorio de
la región de Palestina que no se había apropiado ya. Nunca por las
buenas. Gracias al asalto de Hamas, Israel justificó la aplicación de
tierra arrasada en todo Gaza, a un grado que ni Hiroshima ni Dresden,
aunque reminiscente de Gernika y Lídice. Eso dejó de ser «guerra» muy
pronto. Devino invasión, contra-asalto de conquista, escalada armada
sin restricciones, en condiciones de absoluta desigualdad, sobre un
pueblo humillado y masacrado por Israel durante 80 años. Un obsceno
acto de venganza quesque bíblica.
Conocidos y lectores me siguen preguntando por qué tantos
comentaristas insistimos en la visión «desde un solo lado», sin
«sopesar las razones» de la gran potencia militar, creada y legitimada
por las vencedoras potencias occidentales, reconocida por la
Organización de Naciones Unidas, en un acuerdo al que Alemania misma
se incorporó en cuanto salió de los escombros y hoy lleva a extremos
serviles. (La culpa es buen negocio.)
En estos momentos se registran atroces guerras «civiles» en Sudán y el
Congo; hace no mucho, en Siria y Yemen. Genocidios. Ambos llevan el
doble de muertos que Gaza. ¿Por qué no hablamos de Sudán, sino de la
dichosa flotilla Sumud? ¿Por qué no mandamos una expedición a Darfur
con leche en polvo, harina y agua? ¿Cuál es la necedad de entorpecer
las operaciones militares de Israel en la costa de Palestina? Ah, el
irritante «glamur» de Greta, la visibilidad mediática de los
protagonistas, las protestas de esa izquierda que nomás sabe molestar,
y en consecuencia es reprimida por igual, y gacho, en Gran Bretaña,
Alemania, Italia y el Gabacho.
Aparte de la parcialidad explícita de quienes estamos en favor de los
derechos y la libertad del pueblo palestino, la significación para
México y América Latina de este genocidio en horario triple A no es
menor, como diría Ernesto Ledesma. El militarismo israelí,
sobreprotegido por Occidente, ha sido factor, actor y proveedor de
guerras sucias y dictaduras en Argentina, Brasil, Guatemala. Sus
armamentos, asesorías y fuerzas mercenarias estuvieron detrás de los
kaibiles, de los interrogatorios en el Garage Olimpo y de los
paramilitares del uribismo. Sus capitales se pasean a gusto por las
torres de Panamá City.
¿Por qué nos conciernen los israelíes? Tomo la siguiente
recapitulación de un post de David Pavón Cuéllar: «Porque formaron y
equiparon a militares de la guerra sucia, porque les vendieron armas y
los aviones Arava que se utilizaron en los vuelos de la muerte, porque
desarrollaron el programa Pegasus con el que se nos ha espiado, porque
han entrenado a integrantes de organizaciones criminales como Los
Zetas, porque fabrican los fusiles Gavil y Tavor de los cárteles de
Sinaloa y Jalisco Nueva Generación, porque las balas israelíes matan a
inocentes en México y no sólo en Gaza».
Las guerras horribles en Sudán y el centro de África, causadas y
administradas también por las potencias coloniales, son eso, guerras
africanas. Salpican nuestras conciencias, pero no tenemos a los
servicios secretos de Darfur o Kinshasa trabajando para gobernadores y
presidentes de México. Su presencia en Chiapas después del alzamiento
zapatista fue nula. No colaboraron con la guerra de baja intensidad de
Zedillo y mucho menos en la guerra al narco de Felipe Calderón. No
venden armas y servicios a las fuerzas armadas. En cambio la industria
israelí vende bien y Mossad opera en México, en ocasiones realiza
operaciones quirúrgicas para rescatar (extraer) ciudadanos israelíes
en apuros, ha hecho trabajos y asesorías para el gobierno en distintas
coyunturas contrainsurgentes mientras nos espía, como al resto del
mundo, científica y lucrativamente.
Todo eso, antes de añadir el inmenso volumen de inversiones y negocios
de los empresarios mexico-israelíes, quienes respaldan y financian el
programa sionista y la expansión territorial del régimen
ultraconservador y abiertamente racista de Tel Aviv. Sí, los tenemos
hasta en la cocina, y más con el argüende de la globalización
capitalista y el respaldo de los medios electrónicos privados. Israel
y sus aliados desmantelan el derecho internacional para dejar impunes
sus crímenes de guerra.
No es sólo el internacionalismo mexicano de tan noble historia lo que
alimenta nuestro respaldo a Palestina (y no a Hamas, en ningún
sentido, por más que los mandos israelíes machaquen con esa tarugada).
Responde a una certidumbre ética y de sobrevivencia, como en un
sentido nada figurado acaba de formular el Ejército Zapatista de
Liberación Nacional: «Hoy es Palestina, mañana seremos nosotros y nosotras».
Fuente: La Jornada, lunes, 6 de octubre de 2025











