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PERU – LA CANTUTA EN LA MEMORIA

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Por Gustavo Espinoza M.

Los ingleses suelen decir que “la sangre, es más densa que el agua”. Una manera de reconocer que los hechos de esa naturaleza perduran en la memoria de los pueblos, y que  resulta virtualmente imposible prescindir de ellos pese al discurrir de la historia.

Este 18 de julio se cumplen 30 años de uno de los episodios más horrendos de la administración fujimorista: el secuestro, tortura y posterior asesinato de un profesor y 9 estudiantes de la Universidad Nacional de Educación “Enrique Guzmán y Valle” de La Cantuta.

El hecho puntual resulta sin embargo enhebrado a una vieja realidad: el menosprecio que la clase dominante sintió siempre por la carrera docente, y que derivó en la subestimación a los Maestros. Esta deformación perversa, subsiste en nuestro tiempo.

No es en absoluto casual que uno de los pocos actos que pudo concretar José de San Martín cuando gobernó brevemente el Perú en sus primeros meses de Independencia; fue la creación de la primera Escuela Normal, fundada el 6 de julio de 1922. Con este gesto el Libertador dejo constancia de una idea: la libertad, es consustancial a la educación.

Un pueblo esclavo, será siempre ignorante y bárbaro. Cuando su inteligencia despierte, se convertirá en un pueblo libre porque habrá sentido la fuerza de su pensamiento y la capacidad de su proyección humana. Vale decir, tendrá conciencia de su cultura, y de su destino.

Los de “arriba”, lo saben por eso buscan mantener y perpetuar la ignorancia de las masas. Parodiando a la señora María del  Carmen Alva, son conscientes que “un indio leído, es un indio perdido”. Y si uno de “los de abajo”, quisiera ser Maestro, peor aún. 

Eso explica  el que esa Escuela Normal no alcanzara vuelo nunca, y que tuviera siempre un funcionamiento accidental, irregular y episódico. Incluso en el siglo pasado sufrió siempre el ataque sostenido de la reacción.

Recordemos que en 1931 el Instituto Pedagógico Nacional -continuador de esa Escuela- fue cerrado bajo el argumento de ser “un nido de comunistas”. José Antonio Encinas fue una de las víctimas de la política de odio galopante que asomó desde la entraña de los Poderosos.

Ese Pedagógico –reabierto en 1951 con el nombre de Escuela Normal Central- se convirtió por imperio de la ley 15215 en una entidad superior con rango universitario gracias a una disposición arrancada por a un Parlamento de salida, en diciembre de 1955.

Cuando los que cortan el jamón de dieron cuenta de lo ocurrido, le declararon una         guerra abierta,  sustentada en su Cámara por un Parlamentario de horca y cuchillo don Celestino Manchego Muñoz, célebre por su incultura y destacado Gamonal  huancavelicano que muy suelto de huesos se preguntó en su escaño “¿para qué quieren los maestros, ser doctores?”

Fue esa guerra –y ese odio contenido- el que llevó al Gobierno de “La Convivencia” a arrebatarle a La Cantuta su Categoría Universitaria y su Autonomía en abril de 1960 abriendo paso a la Primera Gran Huelga Nacional Universitaria que conoció el país.

Como se recuerda, en la coyuntura, el odio se impuso aunque no completamente, lo que permitió que en 1964 y gracias a la Segunda y última Huelga Nacional Universitaria, la ENS recuperara su status y se convirtiera luego en Universidad Nacional de Educación.

De por medio estuvo otra         agresión incalificable: en octubre del 62 el gobierno militar de Pérez Godoy intervino La Cantuta y la declaró en “reorganización” luego de “descubrir” que era “un centro de agitación comunista”.

Ocupación policial y la expulsión de “el culpable” de ese accionar “perverso”, consumaron el propósito de quienes estaban empeñados en regimentar la educación para ponerla a su servicio.

También en el caso, fue como pretender endulzar el agua del mar con una cucharada de azúcar.

Pero fue el régimen de Fujimori el que consumó la afrenta mayor. Indignado porque los estudiantes lo silbaron cuando “visitó” la Universidad organizó su   venganza, y se valió para ello de un Comando Militar Clandestino, el Grupo Colina, para el que había dispuesto una “preparación especial”.

Ella asomó la noche del 18 de julio de 1992 cuando los uniformados ingresaron a los dormitorios estudiantiles y docentes, y extrajeron violentamente al profesor Hugo Muñoz y a 9 estudiantes.

Como se pudo establecer después, ellos fueron conducidos por la variante Ramiro Prialé, forzados a descender del vehículo militar que los transportaba, golpeados y cruelmente torturados, y finalmente ejecutados.

La cobardía del régimen no tuvo límite. Sus portavoces, sabiendo perfectamente lo ocurrido, hablaron de un “auto-secuestro”, y sostuvieron cínicamente que los citados habían “huido para incorporarse a columnas senderistas”, que sólo existían en la febril imaginación de los gobernantes de entonces.

Fue la valentía de unos pobladores que vieron lo ocurrido; la pertinacia de periodistas como Edmund Cruz, que los investigaron; y la fuerza de familiares de las víctimas,  como Raida Cóndor, Gisela Ortiz, Fedor Muñoz y otros;  lo que permitió que tiempo después, asomara la verdad.

Hoy, el Perú entero sabe quiénes fueron los asesinos en este juego sangriento y solo se pregunta si aún estarán entre rejas. Porque la impunidad se ha enseñoreado una vez más en suelo peruano.

Más a allá de ello, los caídos el 18 de julio de 1992, viven en la memoria de nuestro pueblo-

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