Inicio Uncategorized Masacre en Santa María de Iquique

Masacre en Santa María de Iquique

3
0

por Jano Ramírez

Memoria obrera para las luchas del presente
 
Cada diciembre, Chile vuelve a escuchar un eco antiguo, el de la Escuela Santa María de Iquique, donde el 21 de diciembre de 1907 miles de trabajadores, chilenos, bolivianos, peruanos y argentinos fueron masacrados por el Estado chileno al servicio del capital salitrero. Recordar esta historia no es un ejercicio de nostalgia, es una necesidad política. En ese patio de escuela no solo cayó una multitud, nació, trágicamente, la conciencia de clase moderna en nuestro país.
 
La huelga del norte no fue una protesta aislada. Los pampinos bajaron desde las oficinas salitreras con sus familias enteras, unidos por condiciones de explotación comunes. Gabriel Salazar lo explica con claridad al señalar que los trabajadores de la pampa no se veían a sí mismos como chilenos, bolivianos o peruanos, sino como compañeros sometidos al mismo régimen de despojo. Luis Vitale lo profundiza, la pampa salitrera fue la primera gran región proletaria multinacional del Cono Sur. Por eso, Santa María no fue solo un crimen contra el pueblo chileno, fue un ataque transfronterizo contra una clase obrera que ya se proyectaba internacionalista.
 
Las demandas obreras eran mínimas, pago en dinero y no en fichas, escuelas para los niños, alojamientos dignos, fin de los abusos patronales. No pedían revolución, pedían sobrevivir con dignidad. Pero como históricamente se ha evidencia 
do, los de arriba siempre temen que los de abajo se acostumbren a exigir lo que merecen.
Eso fue lo que ocurrió en 1907, la oligarquía temió que una sola concesión se transformara en un ejemplo para todo el país. La huelga creció y miles ocuparon Iquique. La ciudad se llenó de carpas improvisadas, cantos, discusiones políticas y una unidad que pocas veces ha visto Chile. Una huelga capaz de sostener a toda una comunidad es algo más que protesta, es conciencia en formación.
 
La masacre llegó con la frialdad del cálculo político. El general Silva Renard, respaldado por el gobierno, rodeó la escuela, montó ametralladoras y abrió fuego sobre trabajadores y familias. Entre 1.500 y 3.000 personas fueron asesinadas en horas. Como resume Salazar, fue un acto de guerra contra población civil desarmada. La doctrina dominante de la época se expresaba en una sola palabra, “orden”. Orden que servía para mantener injusticias brutales y para proteger la propiedad de unos pocos.
 
La Cantata Santa María de Iquique, de Luis Advis, no solo narra estos hechos, los convierte en memoria activa. “No sigan allí sentados pensando que ya pasó”, dice uno de sus versos. Ese llamado sigue siendo necesario, porque el conflicto entre capital y trabajo no pertenece al pasado. Cambian los nombres, no las dinámicas.
 
Hoy también existen trabajadores precarizados, migrantes explotados, igual que los bolivianos y peruanos de 1907, subcontratos que fragmentan la fuerza laboral y un Estado que habla de “seguridad” mientras protege los intereses empresariales. La oligarquía de 1907 hablaba de “orden”. Hoy el poder habla de “seguridad”. Es el mismo discurso, ayer para justificar la metralla, hoy para justificar la represión y el recorte de derechos laborales. No es casual que la derecha se oponga a la reducción de la jornada, que sueñe con volver a sistemas de pago indirecto, o que aplauda formas de precarización que recuerdan, sin decirlo, a las antiguas fichas salitreras.
 
La lección profunda de Santa María no es solo histórica, es estratégica. Tras la masacre, Recabarren entendió que la lucha sindical por sí sola era insuficiente, la clase trabajadora necesitaba organización política propia, un programa y un horizonte común de transformación. Esa claridad sigue vigente. Frente a un capitalismo que reproduce desigualdad, violencia y subordinación, la única perspectiva real del pueblo trabajador es la organización consciente, unida y programática.
 
Santa María de Iquique no es un mausoleo. Es una advertencia, un punto de partida y un llamado. La masacre mostró lo que el gran empresariado está dispuesto a hacer para defender sus privilegios, la unidad obrera que la precedió mostró lo que somos capaces de construir cuando actuamos como clase. Esa es la memoria que vale, la que ilumina el presente y empuja a luchar por un futuro distinto.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.