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Los intereses del postergacionismo climático

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Energía

Los intereses del postergacionismo climático

Una jugada por delante

Por décadas, las petroleras propagaron que el cambio climático era irreal o insignificante, aunque sabían lo contrario de primera mano. Ahora buscan convencernos de que hay tiempo para dilatar la transición energética.

Jeff Nesbit/Naomi Oreskes

Brecha, 14-1-2022 

A pesar de innumerables investigaciones periodísticas, demandas judiciales, escraches y regulaciones estatales, la industria petrolera y gasífera mantiene un poder formidable. Ha logrado que el consumo de sus productos sea visto como una necesidad humana. Ha sembrado confusión en el público acerca de las ciencias del clima, ha comprado a fuerza de millones la eterna gratitud de uno de los dos grandes partidos políticos de Estados Unidos y una y otra vez ha salido airosa de los esfuerzos regulatorios. Y todo esto lo ha logrado, en parte, adelantándose a los acontecimientos antes que nadie y actuando decididamente y sin piedad. Mientras el resto del mundo juega a las damas, sus ejecutivos juegan al ajedrez tridimensional.

El mito de Rockefeller

Ida Tarbell fue una de las periodistas de investigación más famosas de la historia estadounidense. Mucho antes de que Bob Woodward y Carl Bernstein destaparan el Watergate, los informes de Tarbell sacudieron el monopolio de la Standard Oil. En 19 artículos –que se convirtieron luego en el best seller La historia de la Standard Oil Company, publicado en 1904–, Tarbell expuso a la luz las controvertidas prácticas de la empresa. En 1911, las autoridades federales usaron los hallazgos de Tarbell para dividir la Standard Oil en 33 empresas mucho más pequeñas.

David había destrozado a Goliat. El gobierno de Estados Unidos había establecido un precedente para las generaciones futuras de cómo acabar con los monopolios. John D. Rockefeller, el propietario de la Standard Oil, había perdido. Los buenos habían ganado. O eso parecía entonces.

En realidad, Rockefeller vio con rapidez lo que se le venía encima y terminó beneficiándose enormemente del desmembramiento de su empresa. Se aseguró de retener acciones sustantivas en cada una de las 33 descendientes de la Standard Oil y de posicionar a estas nuevas compañías en partes diferentes de Estados Unidos, de forma que no compitieran entre sí. En conjunto, las 33 hijas de la Standard Oil hicieron a Rockefeller muy muy rico. De hecho, la ruptura de la Standard Oil triplicó su riqueza y lo convirtió en el hombre más rico del mundo. En 1916, cinco años después de la disolución del monopolio, Rockefeller se convirtió en el primer milmillonario de la historia.

¡Rápido, Henry, el Flit!

Una de las hijas de la Standard Oil fue Esso, que lanzaría una de las campañas publicitarias más exitosas de las que se tenga recuerdo. Para ello confió en el talento de un joven dibujante que más tarde se haría archifamoso bajo el seudónimo Dr. Seuss. Décadas antes de escribir la parábola ambientalista El Lórax, Theodor Geisel ayudó a Esso a comercializar Flit, un fumigador manual doméstico que mataba mosquitos. Lo que no se les decía entonces a los estadounidenses era que el 5 por ciento de cada aspersión de Flit era de pesticida DDT.

La inversión de considerables recursos creativos en la campaña del Flit fue hecha con la vista puesta varios años en el futuro, cuando Esso también comercializaría con éxito otros productos a base de petróleo. La campaña funcionó durante 17 años a través de las décadas del 40 y del 50: una extensión de tiempo sin precedentes en el mundo de la publicidad que les mostró a Esso y a otras empresas de la Standard Oil cómo vender productos derivados del petróleo (como plástico y pesticidas) haciendo de la empresa y de su marca nombres inolvidables en la mente del público.

El público (e incluso muchos científicos) no se percataba de la naturaleza letal del DDT, cosa que no se le vendría a la mente al menos hasta la aparición, en 1962, del libro Primavera silenciosa, de la bióloga Rachel Carson. Incluso entonces, para mucha gente fue difícil aceptar que el DDT era mortal, en parte debido al genio de Geisel, cuyos simpáticos personajes, similares a las figuras que luego poblarían los libros de Dr. Seuss, exaltaban enérgicamente los supuestos beneficios del Flit.

Geisel diría más tarde que la experiencia le «enseñó a ser conciso y a unir imágenes con palabras». La campaña publicitaria del Flit fue una creación de marketing increíblemente inteligente e ingeniosa. A los ejecutivos industriales les enseñó cómo vender un producto peligroso e innecesario como si fuera algo útil e, incluso, divertido.

Años más tarde, Exxon Mobil (el nuevo nombre de la vieja Esso) llevaría ese ingenio a nuevas cumbres. Ya no se trataría de caricaturas divertidas, sino de artículos de prensa de exquisita inteligencia y con muy pocas mentiras –si es que contenían alguna–, pero repletos de verdades a medias y tergiversaciones. La empresa fue lo suficientemente hábil como para convencer a The New York Times de publicarlos sin que fueran etiquetados como lo que eran: anuncios publicitarios. Estas publinotas o publirreportajes, en que se atacaba el consenso científico sobre el clima con títulos como «Las mentiras que les cuentan a nuestros hijos» y «Apocalipsis no», aparecieron durante años en más de 500 periódicos y en la mismísima página de opinión del Times. Los estudiosos de los lobbies Ruth K. Scott y Ronald J. Hrebenar lo llaman «el uso de los medios para influir en la opinión pública y de elite más duradero y sistemático del Estados Unidos contemporáneo».

Las ciencias del clima bajo control

Las grandes petroleras vieron venir el cambio climático con años de anticipación. Ya se ha documentado en abundancia (véase el recuadro) cómo en la década del 70 los científicos contratados por las propias petroleras alertaban en secreto a sus ejecutivos de que quemar más petróleo y otros combustibles fósiles sobrecalentaría el planeta (otros científicos lo venían repitiendo desde la década del 60). La decisión de las empresas fue mentir sobre el peligro de sus productos, entorpecer las campañas para concientizar al público y desplegar un furibundo lobby contra la acción estatal. El resultado de esto es la emergencia climática actual.

Menos conocido es cómo las compañías de petróleo y gas no solo mintieron sobre sus propias investigaciones, sino cómo también montaron una campaña dedicada a monitorear e influir en lo que el resto de la comunidad científica descubría y decía sobre el cambio climático.

Las petroleras colocaron a sus propios científicos en algunas universidades y se aseguraron de que estuvieran presentes en las conferencias importantes. Los nominaron para ser colaboradores del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), el organismo de las Naciones Unidas cuyas evaluaciones, desde 1990 en adelante, definen lo que la prensa, el público y los legisladores manejan como cierto sobre las ciencias del clima. Si bien los informes del IPCC, que se basan en el consenso científico, han sido sólidos y precisos, la participación de científicos de la industria petrolera le permite a este sector contar con información de primera mano de lo que se le viene por delante. Al mismo tiempo, los enviados de las empresas se dedican a perfeccionar el arte de cuestionar y, en lo posible, a edulcorar la forma en que se presenta el consenso académico, en foros en los que cada palabra es cuidadosamente pesada y sopesada antes de ser publicada (véase «Ecolavado», Brecha, 11-XI-21).

La industria sigue el libreto de las tabacaleras, pero con una vuelta de tuerca. A partir de la década del 50, la industria tabacalera cultivó una muy discreta red de científicos en decenas de universidades y escuelas de medicina estadounidenses, cuyo trabajo financió generosamente. Algunos de estos científicos participaron en trabajos destinados a desacreditar la idea de que fumar era un riesgo para la salud, pero gran parte de la campaña era más sutil: la industria apoyaba las investigaciones sobre causas de cáncer y enfermedades cardíacas distintas al tabaco, como el radón, el asbesto y la dieta. Era una forma de distraer, de desviar la atención de los daños que provoca fumar. El plan funcionó durante un tiempo, pero cuando fue revelado en la década del 90 –en parte por demandas judiciales– la mala publicidad lo echó a perder. ¿Qué científico que se precie aceptaría el dinero de la industria tabacalera después de aquello?

La industria del petróleo y el gas aprendió de ese error y decidió que, en lugar de trabajar de forma subrepticia, lo haría a calzón quitado y, en lugar de trabajar solo con científicos individuales, buscaría influir en la dirección de la comunidad científica en su conjunto. Los científicos de la industria continuaron investigando y publicando artículos revisados ​​por pares, pero las empresas también se dedicaron a financiar abiertamente las colaboraciones universitarias y otros trabajos académicos. Desde finales de los años setenta y durante los ochenta, Exxon se volvió una destacada mecenas de la educación y las ciencias, apoyando las investigaciones estudiantiles y los programas de becas de muchas universidades importantes. Sus científicos trabajaron junto con colegas senior de la NASA, el Departamento de Energía de Estados Unidos y otras instituciones clave, y sus ejecutivos financiaron desayunos, almuerzos y otras actividades de decenas de reuniones científicas. El efecto buscado era crear buena voluntad y lazos de lealtad. Ha sido un esfuerzo efectivo.

Puede que los científicos de la industria hayan obrado de buena fe, pero lo cierto es que su trabajo ayudó a retrasar y debilitar el conocimiento público del consenso científico: que el cambio climático es inequívocamente provocado por los humanos, está ocurriendo ahora y es muy peligroso. La amplia presencia de la industria petrolera en el campo científico le dio, además, acceso inmediato a investigaciones de vanguardia que usa en beneficio propio. Exxon, por ejemplo, llegó a diseñar plataformas petroleras adaptadas a un rápido aumento del nivel del mar, mientras negaba públicamente que se estuviera produciendo un cambio climático.

No le digas metano, es «gas natural»

El metano es un gas de efecto invernadero aún más potente que el dióxido de carbono, pero que recibe mucha menos atención. Una de las razones de esto es que la industria del petróleo y el gas ha posicionado al metano –que los expertos en marketing etiquetaron hábilmente como «gas natural»– como el futuro de la economía energética. Se lo promueve como combustible «limpio», necesario para salvar la larga distancia entre la economía de carbono de hoy y la era de las energías renovables del mañana.

Hay quienes van más allá y ven el gas como elemento permanente del panorama energético: el plan de futuro de BP (antes conocida como British Petroleum) incluye las energías renovables tanto como el metano, y la compañía y otras grandes petroleras hablan con frecuencia de soluciones con «bajo contenido de carbono», en lugar de «carbono cero».

El problema es que el metano no es «limpio». Es aproximadamente 80 veces más potente que el dióxido de carbono para atrapar el calor en la atmósfera, de acuerdo al actual consenso científico.

Hace tan solo una década, muchos académicos y ambientalistas veían al «gas natural» como un héroe climático. Los publicistas de la industria petrolera y gasífera alentaron esta mirada y presentaron el gas como la solución al uso del carbón. En 2017, el Instituto Americano del Petróleo pagó una cifra millonaria para transmitir su primer anuncio de la historia durante un Super Bowl, en el que se presentaba el «gas natural» como un motor de innovación que impulsaba el american way of life. Entre 2008 y 2019, ese instituto gastó más de 750 millones de dólares en relaciones públicas, publicidad y comunicaciones, según un análisis del Centro de Investigaciones Climáticas. Hoy en día, la mayoría de los estadounidenses considera que el «gas natural» es una fuente de energía limpia, aunque este año el IPCC haya afirmado que no podremos alcanzar nuestros objetivos climáticos sin abandonarlo lo más pronto posible.

Otro gasoducto, y otro más

A largo plazo, hay pocas posibilidades de que la industria del petróleo y el gas derrote a las energías renovables. La eólica, la solar y la geotérmica, limpias y competitivas  en cuanto a costos, terminarán dominando los mercados energéticos. Investigadores de la Universidad de California, Berkeley, Gridlab y Energy Innovation han descubierto que Estados Unidos puede lograr un 90 por ciento de electricidad limpia para 2035 sin nuevas extracciones de gas y sin costo adicional para los consumidores.

Pero las petroleras no necesitan ganar la guerra. Les alcanza con ganar la batalla de hoy para seguir explorando campos de petróleo y gas que permanezcan en uso durante las próximas décadas. Les basta con hacer lo que han hecho durante los últimos 25 años: ganar hoy, volver a la lucha mañana.

Las compañías aprovecharon al máximo la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. En los primeros días de su administración, en las reuniones comerciales públicas de los ejecutivos se habló de «inundar» la Comisión Federal para la Regulación de la Energía con nuevos pedidos de autorización. La industria planeó presentar no una o dos, sino casi una docena de solicitudes de gasoductos interestatales. Trazados en un mapa, los ductos proyectados cubrían gran parte de Estados Unidos.

Una vez que los gasoductos ingresan al sistema federal, las empresas pueden comenzar a construirlos y a partir de ese momento los comisionados de servicios públicos de cada rincón de Estados Unidos ven esta infraestructura como un hecho consumado. Y están construidos para durar décadas. De hecho, con el mantenimiento adecuado, estas tuberías pueden durar, en principio, para siempre. La estrategia de las empresas podría permitir que la industria del petróleo y el gas mantenga la dependencia estadounidense de los combustibles fósiles por el resto del siglo.

Cuando convino a sus intereses corporativos y políticos, los capitales detrás de esta industria usaron el negacionismo climático total. Pero, ahora que la negación absoluta ya no es creíble, han pasado de la negación a la demora. Los esfuerzos de marketing y relaciones públicas han sido redestinados al mensaje central de que sí, el cambio climático es real y problemático (véase «El motor del capital», Brecha, 9-X-20), pero los cambios necesarios requerirán más investigación y varias décadas para implementarse y, sobre todo, más combustibles fósiles. El postergacionismo es el nuevo negacionismo climático. (Publicado originalmente en The Revelator. Traducción de Brecha.)

*  Naomi Oreskes es doctora en Investigación Geológica y profesora de Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard, autora de varios trabajos sobre la industria petrolera. Jeff Nesbit es exdirector de Relaciones Públicas de la Fundación Nacional de las Ciencias (NSF) y de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA) de Estados Unidos, y autor del libro Poison Tea, sobre los vínculos entre las tabacaleras y la red Koch.

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Al detalle

Francisco Claramunt

En «Assessing Exxon Mobil’s climate change communications (1977-2014)» (IOPscience, 2017), de los académicos de la Universidad de Harvard Geoffrey Supran y Naomi Oreskes, el análisis exhaustivo de 187 documentos (publicaciones arbitradas y no arbitradas de científicos de Exxon, documentación interna de la empresa, publirreportajes de su departamento de marketing) demostró que, durante décadas, los ejecutivos de Exxon Mobil buscaron de forma deliberada convencer al público de que la amenaza del cambio climático producido por la actividad humana no era tal, a pesar de ser muy conscientes de lo contrario.

De hecho, al menos desde fines de los años setenta, la información científica que Exxon Mobil maneja en su interna es tan precisa y su conocimiento del mercado de los combustibles fósiles es tan acabado que le permiten saber mejor que nadie el ritmo de avance del cambio climático. Gracias a una investigación ganadora del Pulitzer realizada por Inside Climate («Exxon: The Road Not Taken», 2015) y al trabajo del periodista de Bloomberg Tom Randall se sabe, por ejemplo, que en 1982 los científicos de Exxon predijeron que la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera en 2019 treparía al récord de las 415 partes por millón y el consecuente aumento de la temperatura global promedio sería de al menos 1 grado Celsius. Treinta y siete años después, eso es exactamente lo que ocurrió.

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