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La realidad tiene la forma de un tornillo

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Foto de Caroline LM, en Unsplash

Escribe Daniel Pizarro

No voy a cuestionar aquí la afirmación de que nada es de por sí bueno ni malo y que las cosas, para quien las observa desde la perspectiva de un muerto, son de una neutralidad irremediable; el único problema, en mi caso, es que la realidad me recorre de punta a cabo como un circuito eléctrico y me resulta imposible pensarla sin mí, tan imposible como pensarme sin ella.

Me dirán que cuando hablo ya no sé de lo que hablo, pero a mi modo creo saberlo cuando digo que voy a hablar de los dientes, un poco de los míos y otro tanto de las dentaduras ajenas. El asunto comienza a aclarar como un amanecer en brumas cuando descorro la cortina del dormitorio y miro en diagonal a través del follaje hacia el edificio al otro lado de la avenida. A la distancia parece una megaestructura, pero no lo es tanto. No fue construida por antiguas civilizaciones con ayuda de alienígenas ancestrales; es una construcción moderna hecha por los hombres de hoy, con un estilo ecléctico, el estilo sin estilo de estos tiempos. Siguiendo las reflexiones de Hermann Broch sobre la arquitectura de finales del siglo XIX: “Si alguna vez la pobreza ha sido cubierta con un barniz de riqueza, fue aquí”.

Ese aberrante edificio es el paraíso de los dientes. De todas las comunas de Santiago, especialmente las más populares, acuden los pacientes para arreglarse la sonrisa. Es la Meca de los dientes perfectos. Los veo peregrinar en toda clase de medios de transporte, buses, el metro, vehículos particulares, congestionar las calles aledañas y trajinar con unas carpetas blancas con franjas rojas donde guardan los presupuestos. Vienen aquí para arreglarse la sonrisa, no por una tapadura rota ni por un tratamiento de conducto. Vienen a emparejarse los dientes. Todos los días de la semana, excepto el domingo, mañana y tarde, circulan por aquí cientos de personas. Las veo. Si en algunos países del Trópico cuando eres mujer y cumples quince años te regalan unos implantes mamarios y un culo respingado, aquí te venden una sonrisa que podría cambiarte la vida.

Entonces viene al caso preguntarse si el orden de los dientes podría cambiar el orden de la vida, así como unas tetas grandes y un culo gordo quizás podrían hacerlo. ¿Podría o no podría? ¿O tu vida cambió mucho antes, desde el momento en que empezaste a creer que uno de esos regalos podría mejorarla? En esos momentos, al hacerme tales preguntas, es cuando me sobrevienen escalofríos, sea invierno o verano.

*

El edificio tiene un estilo imposible, ya se dijo. Combina las estructuras metálicas con el concreto, la piedra, la madera y el vidrio, para que nadie diga que no es una construcción ultra moderna. En la misma ecuación se conjugan a la entrada dos piletas con peces de colores y plantas acuáticas y un molar de un metro cúbico sobre un pedestal, a la vista de los transeúntes. Uno lo contempla preguntándose que habrá tras esa cualidad, lo ultra moderno, y con buena voluntad puede decirse que la disposición de los materiales, su ensamblaje o ‘maridaje’, como dirían incluso, busca imprimirle dinamismo, y si uno mira debajo del dinamismo se encuentra con otro atributo, lo levanta como quien escudriña bajo la alfombra y encuentra otro más, y así sucesivamente, como si ninguna cualidad se sostuviera por sí misma, por lo que caer en este juego de hurgar en cajas dentro de más cajas es como sucumbir ante el vacío, hasta que una voz ubicua, que suena como un golpe de autoridad y sentido común, parece hablarte al oído: Oye, tontito, es una clínica dental. Ah ya, dices tú, y ante tus ojos el vacío se suprime y el sinsentido cobra sentido, lo que no implica que estés de acuerdo con el sentido que te ofrece el edificio en cuestión, pero ya se dijo que a ti, es decir a mí, la realidad te pone a convulsionar.

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Mejor dar un paseo por dentro omitiendo el decorado delirante, que amerita una novela en cuatro volúmenes. Intriga el parecido a una gran oficina pública, tipo Registro Civil, con turnos que se informan en pantallas y son voceados por un robot poco apto para los apellidos difíciles. Uno espera su turno y observa la congestión, las filas por todos lados, madres con hijos, abuelas con nietos, un cierto caos organizado y la promesa como un gas alucinógeno de que todo será mucho mejor si corregimos las imperfecciones de nuestra sonrisa.

Para atender a esta necesidad han diseñado un modelo taylorista que fabrica sonrisas nuevas. Tu dentadura va pasando por muchas manos como si avanzara por una correa transportadora. Nunca sabes quién te recibirá en la estación siguiente. Nunca será la misma cara pues los funcionarios ejercen tareas mecánicas y la cinta o correa transportadora se mueve de forma continua, por una puerta del edificio ingresan dientes chuecos, por otra puerta salen dientes perfectos. Esto demora en promedio no menos de dos años, si te tomas en serio el tratamiento y te sometes a cada una de las estaciones como un auto fórmula uno que se detiene en los pits para enseguida continuar la carrera. No te enteras de nada pero tu dentadura va mejorando con el tiempo, y tú pagas para que la fábrica de sonrisas siga operando, tiene que ser así, no podría ser de otra manera. Al inicio del tratamiento te pegan un pencazo que te deja medio desestibado y turulato, pero lo resistes pues se trata de cambiar tu vida, por esa razón has peregrinado hasta la Meca y mes tras mes vas desembuchando dinero por los controles, no tanto pero a la larga sí, no poco, un día te dicen algo sobre la evolución de tus dientes, al siguiente control te dicen algo distinto. Y al final, cuando te informan que ya estás listo, que ya eres otro, mírate en el espejo, te meten un disparo de obús contra la billetera y luego te hacen firmar una hoja de conformidad o como se llame en la que lees, no sin desconcierto, que esos otros alambres con forma de herradura que te pegaron por detrás de los dientes, arriba y abajo, sirven para retener la nueva posición de tu sonrisa y deberás usarlos de por vida, de lo contrario tu dentadura volverá a su orden anterior como si tuviera una memoria obstinada y hasta cruel. ¿Cómo es la cosa?, podrías decirte. Pero quizás ya no vale la pena, estás al final del túnel, a punto de ser expelido. ¿Vas a ponerte a discutir a esta altura?

*

No discutes. Ya no sabes quién habla ni de qué. ¿Un yo, un tú, un él? ¿A un yo, a un tú, a un él? La has sufrido con los dientes, te dices, y ya no quieres sufrir más. Te recuerdas de un templo evangélico que como el cartel de una película tenía colgado en la marquesina un gran lienzo que decía “Pare de sufrir”. Los feligreses se metían en la iglesia en busca de un sedante. Tú entraste al edificio sin estilo con una idea parecida. Cuando niño te rompiste los dientes delanteros, las ‘paletas’. Te las hiciste pedazos contra el piso de una multicancha. Las raíces se te incrustaron en el hueso de la mandíbula. El porrazo te dejó como drogado. Sigan, sigan, les decías a los demás, que miraban con horror tu boca ensangrentada. En sus miradas comprendías el desastre, de rebote. Pare de sufrir. Te llevaron a una urgencia hospitalaria. Allí comenzaron cuarenta y tantos años de tratamientos. Un japonés te dio los primeros auxilios. Te preguntaste qué hacía un japonés en ese hospital. ¿Sería un espía? Te dijiste que su raza era metódica, estudiosa, aplicada. Ya tenías prejuicios raciales. Con un alicate te desenterró los dientes. Con una aguja que parecía un anzuelo te atravesó las encías de un lado a otro para coserlos como si zurciera un calcetín. Te dejó puesta una placa dental. Tuviste que comer papillas por un mes. Te morías de vergüenza ante tus compañeros de curso. Habías perdido la sonrisa.

Luego vino el puente dental, que también colapsó como todos los puentes del mundo. Temías que esto sucediera algún día, pues habías llegado a aprender un poco sobre dientes y ya sabías que el paso forzoso sería colocarse implantes, no de culo ni de tetas sino unos tornillos que te incrustan directo en el hueso. La imagen de una pieza metálica que te perfora la mandíbula no te hacía ninguna gracia, y te entiendo.

El puente se vino abajo cuando jugabas fútbol. Una pieza dura cayó en tu boca. La sopesaste un instante con la lengua como si no pudieras creer que hubiese llegado el día. Pediste cambio aduciendo un desgarro muscular, sobándote un muslo por detrás. Hablabas como un ventrílocuo para no descubrir el forado en tu sonrisa. Te fuiste directo a una farmacia y compraste pegamento para dentaduras postizas.

*

Y entonces conocí el edificio por dentro. Las exhibiciones de arte: peces esculpidos en piedra, un piano, muestras fotográficas, figuritas del animé y la cultura pop. Al fondo un patio con tortugas acuáticas, un aviario, un quiosco de confites, un restorán, quizás una bruja maldita. Alguna vez en esta manzana existió un conjunto de casas viejas, con matrimonios viejos que al ir empobreciéndose no pudieron solventar sus gastos. Sobre una larga franja de la avenida cayeron los buitres inmobiliarios, menos aquí. Aquí se construyó una modesta clínica de ortodoncia que fue reproduciéndose como una supercélula. Ya se dijo. ¿O no se había dicho? Bajé a un subterráneo a examinarme los dientes, malamente pegados. Ya conocía la sentencia fatal: implantes. El dentista era bastante menor que yo, tal vez recién egresado. Pero me hablaba con la seguridad de un hombre de mil batallas. Todo era muy sencillo. Todo demasiado fácil. Te quitan las raíces estropeadas como troncos muertos, te implantan los tornillos de titanio, santo remedio. Yo me decía: van a taladrarme la mandíbula. Y no me gustaba lo que oía en mi cabeza. El joven dentista me trataba con una confianza impropia que no me molestaba, nunca me importó la formalidad en el trato. Pero me llamaba la atención. Eso sería todo, perrito. Súper simple, mi perro. Usó todas las flexiones imaginables de la palabra, y luego siguió con los vocativos papito, papurri, papá. Me hablaba como el hermano drogo del delincuente financiero que nos honró como presidente de la república, y a mí no me molestaba, insisto, ni me sentía menoscabado en el trato. Era un zorrón, como los llaman ahora, que de seguro no se perdía las fiestas que celebraban cada tanto en la azotea del edificio y que me desvelaban hasta las cuatro o cinco de la madrugada, mientras pensaba en mis dientes. Le dije a todo que sí sabiendo que no lo vería nunca más y me fui a la sección donde te pegaban las piezas dentales con un cemento duro, a prueba de golpes.

Iba y venía, de la casa al edificio aberrante, cada vez que se me desprendían los dientes. Una vez se me cayeron estando en reunión telemática con mi jefa. Creo que no lo notó. Dame un momento, por favor, le pedí. Fui al baño y los unté con pegamento. Sigamos, dije al sentarme de nuevo frente al computador como si nada hubiera pasado. No era tan complicado tirar para adelante. Pero se me caían una y otra vez, ya se dijo. Y cada vez un sujeto distinto me hacía notar que la solución definitiva eran los implantes y yo le decía que sí, por supuesto, lo tengo muy claro, y luego volvía a que me los pegaran, lo hacía a hurtadillas de mi familia como si fuera a comprar droga, mentía, inventaba cualquier pretexto para salir, voy a la feria, se acabó el pan, cosas así, y volvía con los dientes en su lugar esperando que esta vez el cemento hiciera milagros.

*

No quería una sonrisa nueva, quería unos dientes en su sitio, bien puestos como el honor y la dignidad. Habría atajado a todas las familias que peregrinaban desde los barrios populares hacia la Meca con un cartel en el pecho y otro colgado en la espalda donde se leyeran bien claro, en un lenguaje para todos comprensible, frases como “Aquí no dejarás de sufrir”, “Devuélvete a tu casa y piensa en lo que haces”, “Tu vida no cambiará para mejor”, esa clase de mensajes, y si alguno de los peregrinos se detuviera a preguntarme por qué, y cuál era la alternativa a mi campaña contra el edificio abominable, yo no la tendría tan fácil, lo admito, pero entonces lo invitaría a tomarse un café o una cerveza a la vuelta de la esquina para conversar del asunto, por ahí se parte, me decía, por preguntarse la razón de las cosas como si activáramos un circuito eléctrico, aun cuando su vibración nos haga girar en círculos, pero algo es algo, me decía, temiendo, por otro lado, que alguna vez me cruzara con esa bruja loca del fondo del patio o con un ángel maligno capaz de leerme el futuro, lo que atemoriza a cualquiera. Alguien que me dijera: en este o en otro edificio te incrustarán dos tornillos, será desagradable pero no hay remedio, haz lo que tengas que hacer, ocúpate de tus problemas, no tranques la rueda del mundo, no vale la pena, no sirve de nada, no conduce a nada. Y yo tendría dos opciones: quedarme callado o escupirlo en la cara, aunque se me soltaran los dientes.

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