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La calva muerte busca siempre a los mejores

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Doña ‘pelá’ rara vez se lleva en la grupa de su negro corcel a los más malos. Soy un claro ejemplo de ello, aunque no el más acertado

Arturo Alejandro Muñoz

Estoy tranquilo, confiado. Tengo certeza de que moriré siendo viejo, anciano casi, pues la calva dama acostumbra llevarse a sus dominios preferentemente a quienes tienen aún jóvenes años de vida, y los aúpa en su negra cabalgadura a pesar del  innegable talento que han derramado sobre el planeta.

Muy a pesar de mis pesares, de ese talento carezco. Intento aproximarme a él, lo busco, lo llamo, lo invito, pero no llega, no viene. Por ello me permito coquetear con la divina calva, la azuzo, la desafío, la increpo… lo hago con hipócrita valentía, pues no dudo que ella posee escaso interés en mis huesos y en mi alma; más que escaso,  nulo tal vez. Claro, si no tengo talento, ¿para qué molestarse en cabalgar hasta mi derredor y procurar mi alma?

Los buenos mueren jóvenes –eso me han dicho algunos amigos que fungen  de sabiondos- y otros (también buenos en sus artes) mueren antes de tiempo. En fin, entonces habré de morir decrépito. Esto lo asumo con convicción y lo afirmo con seriedad. ¿Por qué causa, razón o motivo?

En el diario acontecer hay trabajos que todos realizamos con más alegría que la tarea principal rutinaria. Es lo que me sucede con un espacio que mi querida gente de Coltauco me ha confiado para que yo realice un programa en su radio comunitaria. No es nada del otro mundo, nada que pueda catalogar de innovación. Pero, sin duda,  se trata de un programa cuya parrilla programática evoca queribles recuerdos de tiempos musicales y románticos ya idos, aderezando cada tema musical con algo de historia respecto a la época en que fue grabado (o fue famoso), amén de datos sabrosones acerca de los intérpretes y sus destinos. Ha sido todo un éxito el programa de marras, pues confirmó que a mucha gente le apetece rememorar calendarios ya deshojados, lo cual certifica que en muchos casos (y me inscribo en ellos como uno más)  el sentimiento se impone  con holgura sobre la racionalidad.

Fue así, entonces, preparando listados de temas musicales y revisando la historia particular de cada intérprete, que me percaté acerca de lo mencionado en las primeras líneas de esta nota. ¡Cuánto talento ha sido llamado a rendir cuentas en el más allá mucho antes de lo previsto, de lo deseado!  A este asunto me remito. Recuerdo a Óscar Castro –enorme poeta rancagüino (a la altura de Neruda, Huidobro y De Rokha)-  cuya magnificencia escritural se apagó cuando recién se empinaba por los todavía jóvenes 37 años de edad.  Ah… si  Dios le hubiese dado dos décadas más de vida, ¡cuántas otras maravillas habría escrito!

Y Neruda se nos fue (¿o lo asesinaron?) a los 69 años de existencia… hoy, en el 2015, esa es todavía una vaga edad intermedia, al menos,  no ‘tan vieja’.  Vicente Huidobro, por ejemplo, nos abandonó cuando se empinaba recién por los 55 años de edad. ¿Existirá un ‘piropo’ más galante y poético que aquel  expresado por el gran vate propietario de la viña Santa Rita, hace más de nueve décadas, en el café ‘Torres’ a la sobrina de un amigo, hermosa jovenzuela liceana con la que finalmente huyó  a París y la convirtió en su esposa?  “Señorita, cuando a usted se la ve se le ama… y cuando se le ama, ¿dónde se la puede ver?”.

No sólo en la literatura ocurre lo mencionado; también sucede en la música. Vea usted los siguientes casos, muchos de los cuales (o algunos de ellos) seguramente fueron íconos suyos en una pasada juventud.

Pienso en quien fuera mi mejor referente periodístico, el inimitable Eugenio Lira Massi.  Sus columnas en el diario “Clarín”, así como su brillante escrito “La Cueva del  Senado y  los 45 Senadores” fue mi libro de cabecera en política criolla en aquella época de absoluta libertad de expresión, pensamiento y prensa  que se expandió entre 1964 y 1973.

Pero, en otras actividades del quehacer cultural y artísticos pienso, por ejemplo, en Nat King Cole, magnífico cantante que  falleció a los 46 años de edad.  O en Buddy Holly (¿recuerda el tema ‘Hello Mary Lou’?), indiscutido pionero del rock’n roll que murió a los 23 años.  Bobby Darin (a quien envidié en mi juventud porque se casó con mi amor de espinillas, Sandra Dee), el cual falleció cuando sólo tenía 37 años.  ¿Y Bill Haley, mi locura musical de aquella temprana adolescencia? Dejó de existir a los 56 años de edad. Ni hablar de Elvis, el inigualable… se nos fue cuando sólo tenía 42 años de exitosa vida…¡¡qué desperdicio!! Como desperdicio de vida fue también la muerte de John Lennon el año 1980, ya que el inolvidable británico hijo de Liverpool contaba tan sólo con cuatro décadas de existencia al  momento de ser estúpida y desgraciadamente asesinado en Nueva York ese maldito día 08 de diciembre. ¿Y el insuperable cantante Barry White? La muerte se lo llevó al momento de cumplir los 59 años. ¿Joven aún? Por supuesto que sí!!

Vuelvo a mi amor de siempre: la literatura. Mi apreciado Julio Cortázar –autor del mejor cuento que he leído en mi azarosa existencia (‘La noche boca arriba’)-  hubo de montar en la grupa del negro  jamelgo de la “hembra calva”, portadora de guadaña y negra vestidura,  cuando sus calendarios vitales llegaban a los setenta años. ¡Re coño, esa es mi edad actual, pero aún me siento con fuerzas para seguir en la riña! No obstante, me falta calidad, por ello es posible –muy posible- que llegue yo a cumplir un siglo o más de vida. Lo siento por ustedes, pues deberán seguir soportando ver sucias las pantallas de vuestros PC con mis anoréxicos escritos.

Tendréis que buscar alimento en la paciencia, habida consideración que todavía cuento con activos músculos –físicos y mentales- para seguir haciendo de vuestras vidas un purgatorio. Cuánto lo lamento, pues la ‘pelá’ transita aún algo lejos de mis pagos, más allá del  horizonte de mis rumbos. No tengo talentos, por ello la hora de mi pronta partida no ha llegado… aún.

En fin, resumiendo puedo decir que es un hecho indiscutible que la ‘calva’ muerte busca llevarse consigo siempre a los mejores. Por ello, especímenes como quien escribe estas líneas, así como esos inefables y cuestionables  personajes: Julio Ponce Lerou, Hugo Sánchez Marmonti, José Piñera Echenique,  Pablo Rodríguez Grez, Hermógenes Pérez de Arce,  Iván Moreira, José Antonio Kast, Sergio Melnick y Álvaro Corbalán, seguimos aún vivitos y coleando.

 

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