Inicio Nacional El virtual genocidio que hizo el Estado chileno en contra de los...

El virtual genocidio que hizo el Estado chileno en contra de los mapuches y la expoliación de su territorio

286
0

por Felipe Portales

Nunca hay que olvidar el origen profundo de los conflictos. En este caso el virtual genocidio que hizo el Estado chileno en contra de los mapuches y la expoliación de su territorio (10 millones de hectáreas). Y menos olvidemos el espíritu genocida y de codicia que lo estimuló y fundamentó: Dos ejemplos. «El Mercurio» (de Valparaíso) el 25 de junio de 1859 afirmaba que «una asociación de bárbaros, tan bárbaros como los pampas o los araucanos, no es más que una horda de fieras que es urgente encadenar o destruir en el interés de la humanidad y en bien de la civilización» (Jorge Pinto.- «De la inclusión a la exclusión. La formación del Estado, la nación y el pueblo mapuche»; U. de Santiago, 2000; p. 132). Y el 1 de noviembre de 1860 decía que «ya es llegado el momento de emprender seriamente la campaña contra esa raza soberbia y sanguinaria, cuya sola presencia en esas campañas es una amenaza palpitante, una angustia para las riquezas de las ricas provincias del sur» (Ibid.; p. 122).

Por otro lado, en el debate parlamentario Vicuña Mackenna en 1864  pedía actuar contra los mapuches como se había procedido en Rusia «en la reducción de las hordas que poblaban su territorio»; y en 1868 decía que «el indio no era sino un bruto indomable, enemigo de la civilización, porque solo adora los vicios en que vive sumergido, la ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traición y todo ese conjunto de abominaciones que constituyen la vida salvaje», y terminaba señalando que «el rostro aplastado, signo de la barbarie y ferocidad del auca, denuncia la verdadera capacidad de una raza que no forma parte del pueblo chileno» (Ibid.; pp. 144-5).

Y que no se recurra al típico relativismo histórico-moral de justificarlo como algo «propio» del siglo XIX. Ya años antes, quien fuera segundo rector de la Universidad de Chile, Ignacio Domeyko, luego de varios viajes a la Araucanía, describía el carácter de los «indios» de la Araucanía como «afable, honrado, susceptible de las más nobles virtudes, hospitalario, amigo de la quietud y del orden, amante de su patria y por consiguiente de la independencia de sus hogares, circunspecto, serio, enérgico: parece haber nacido para ser un buen ciudadano» («Araucanía y sus habitantes»; Edit. Francisco de Aguirre, Santiago, 1977 (1° edición de 1845); p. 112). Y su conclusión, que fue trágicamente desoída una generación más tarde, era que «los hombres de este temple no se convencen con las armas: con ellas sólo se exterminan o envilecen. en ambos casos la reducción sería un crimen cometido a costa de la más preciosa sangre chilena» (Ibid.).

Y concretamente, una vez próximo a iniciarse el genocidio, «La Revista Católica», el 4 de junio de 1859 expresaba que «se pide a nuestro Gobierno el EXTERMINIO (mayúscula en el original) de los araucanos, sin más razón que la barbarie de sus habitantes y la conveniencia de apoderarnos de su rico territorio, nuestro corazón latía indignado al presentarse a nuestra imaginación un lago de sangre de los héroes araucanos, y que anhela revolcarse en ella en nombre de la civilización, es un amargo sarcasmo en el siglo en que vivimos, es un insulto a las glorias de Chile; es el paganismo exhumado de su oscura tumba que levanta su voz fatídica negando el derecho de respirar al pobre y desgraciado salvaje que no ha inclinado todavía su altiva cerviz para recibir el yugo de la civilización». Y añadía específicamente que «las ideas de ‘El Mercurio’  solo pueden hallar favorable acogida en almas ofuscadas por la codicia y que han dado un triste adiós a los principios eternos de lo justo, de lo bueno, de lo honesto; solo pueden refugiarse en los corazones fríos, sanguinarios, crueles, que palpitan de alegría cuando presencian las últimas convulsiones de una víctima» (Ibid.; p. 140).

Y cuando se debatía en la Cámara de Diputados la ley de la ocupación militar de la Araucanía en 1868, José Victorino Lastarria (que se opuso a ella, junto con Manuel Antonio Matta y Pedro León Gallo), dijo respecto a la violenta resistencia de los mapuches a su expoliación: «Me atrevo a decir a la Cámara que la culpa es nuestra, pues como consta de documentos públicos, se ha mandado tropas a perseguir a los indios, a incendiarles sus casas, a robarles sus mujeres y niños (…) Si realmente lo que se quiere es traer a esas tribus a la paz, nada más fácil: no hay más que darles confianza de que no se quiere arrebatarles sus propiedades» (José Bengoa.- «Historia del pueblo mapuche. Siglos XIX y XX»; Edic. Sur, 1985; pp. 180-1). Y Matta afirmó que lo que más lo alarmaba era la negación de justicia inherente a la ocupación de las tierras indígenas, y que un plan de este tipo «no traerá otro resultado que el exterminio o la fuga de los araucanos; porque persiguiéndolos por todas partes no tendrán más que perecer víctimas de la superioridad de nuestras armas y número. Entonces, los bárbaros no serán ellos, seremos nosotros» (Pinto; p. 146).

Y como es sabido (y ocultado), la ocupación militar fue feroz: «Se incendiaban las rucas, se mataba y capturaba mujeres y niños, se arreaba con los animales y se quemaban las sementeras. Estamos ante una de las páginas más negras de la historia de Chile» (Bengoa; p. 205). Tanto, que hasta el principal diario capitalino editorializó el 25 de febrero de 1869: «‘El Ferrocarril’, abogando por lo que ha creído de justicia y por la conveniencia del país, ha sido constante enemigo de la guerra que hoy se hace a los salvajes; guerra de inhumanidad, guerra imprudente, guerra inmoral, que no da gloria a nuestras armas, provecho al Estado, ni prestigio a nuestro pabellón» (Ibid.; p. 223). Sin embargo, «‘El Mercurio’ -genio y figura hasta la sepultura- condenaba los excesos, pero afirmaba la necesidad de la operación que se estaba llevando a cabo» (Ibid.). En definitiva, la conquista total de 1881 reportó tanto por las víctimas directas como por las de hambre y epidemias de cólera y viruela que diezmaron a la debilitada población indígena, el exterminio de un 20% de los mapuches de la Araucanía (Ver Bengoa; pp. 336-8); y entre 1884 y 1929, el despojo efectivo de más del 90% de sus tierras (Ver José Bengoa.- «El Estado y los mapuches en el siglo XX»; Edit. Planeta, 1999; p. 61).

Mientras todo esto no se enseñe en nuestros liceos y colegios, y los chilenos no comprendamos nuestra vergonzosa historia con los mapuches, estaremos lejos de poder resolver con justicia nuestro atávico conflicto con nuestro principal pueblo originario.

Felipe Portales

Artículo anteriorEl plebiscito lo decidirá el movimiento social y los miles de jóvenes antifascistas
Artículo siguienteVideos revelan que al menos 11 personas abrieron fuego en Meiggs: nueve dispararon y dos lanzaron fuegos de artificio

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.