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EEUU – COMBATIENDO A LA EXTREMA DERECHA, TÁCTICA Y ESTRATEGIA SOCIALISTA

EEUU – COMBATIENDO A LA EXTREMA DERECHA, TÁCTICA Y ESTRATEGIA SOCIALISTA

Por George Martin Fell Brown 

A medida que Trump ha lanzado sucesivos ataques contra la clase trabajadora y los oprimidos, ha fomentado el racismo, el machismo y la histeria homófoba para que apoyen esos ataques. Muchos han acusado a Trump de fascista. Pero junto a los ataques de Trump hemos visto el crecimiento de fuerzas de la extrema derecha que se adaptan mucho más a la etiqueta de fascistas. Los primeros diez días después de la elección de Trump, el Southern Poverty Law Center (Centro legal para la pobreza sureña) ha contabilizado 867 incidentes de odio, la mayoría de ellos celebrando la elección de Trump. Organizaciones fascistas, neonazis y nacionalistas blancas han salido de debajo de las piedras, a veces bajo la guisa de la llamada extrema derecha.

Es ascenso de la extrema derecha en EEUU es parte de un crecimiento más amplio de la extrema derecha y las fuerzas fascistas en todo el mundo. Esto ha sido particularmente pronunciado en países como Grecia y Hungría donde los partidos explícitamente fascistas ha sido capaces de alcanzar un apoyo de hasta el 20% en elecciones nacionales. A medida que el término “fascista” ha ido crecientemente convirtiéndose en un calificativo vacío utilizado contra cualquier político que a alguien no le guste, la realidad actual de las fuerzas del fascismo y la extrema derecha ha sido un brusco despertar para muchos. Y la cuestión de luchar la extrema derecha ha vuelto al orden del día.

¿Qué es el fascismo?

Esta renovada preocupación por el fascismo ha revelado una confusión popular sobre lo que es realmente el fascismo. Las explicaciones populares a menudo se expresan como comparaciones ideológicas o psicológicas superficiales entre figuras como Trump y fascistas históricos como Hitler y Mussolini. Este tipo de explicaciones pueden pintar a cualquier político de derechas como un fascista, y son a menudo utilizadas para asustar a las personas para mantenerlas alejadas de votar a terceros partidos. Explicaciones superficiales similares también han sido utilizadas para comparaciones históricas más discutibles, como los intentos de comparar a Trump con Lenin.

Eso pudimos verlos en un reciente artículo de Raw Story que afirmaba exponer los “terroríficos paralelismos entre Trump y Mussolini”. Pasando páginas de una biografía de Mussolini escrita por R.J.B. Bosworth, el artículo procedía destacando una serie de banalidades y sillas de psicoanálisis. De este modo aprendimos que tanto Trump como Mussolini “preferían evitar las conversaciones profundas”, estaban comprometidos en “intimidar a la prensa”, y que “había pocas cosas que les molestasen menos que una crítica abierta”. Trump es un reaccionario horrible, pero este tipo de análisis carentes de profundidad no proporcionan información sobre los factores que han llevado a Trump al poder, el peligro que él representa, o cómo su agenda puede ser combatida.

El fascismo se comprende mejor como un movimiento social, no como una lista de comprobación de rasgos psicológicos. Así es como marxistas como León Trotsky abordaban la cuestión en 1930 cuando el fascismo estaba en su punto más alto. El capitalismo alemán e italiano entraron en crisis iniciando la Primera Guerra Mundial, provocando estallidos revolucionarios masivos. Pero la clase trabajadora sufrió una serie de derrotas, mientras el capitalismo era incapaz de resolver su crisis. Sin embargo la cuestión de la revolución social empezó a plantearse con fuerza otra vez en el contexto de la Gran Depresión. Los movimientos fascistas de Hitler y Mussolini fueron movimientos de masas cuyo propósito era liquidar físicamente a todas las organizaciones de la clase trabajadora para salvar al capitalismo. Apoyándose en la arruinada clase media, el fascismo sirvió a los intereses de las grandes empresas, con los matones de camisas pardas haciendo lo que los capitalistas por sí solos no podían hacer.

Es fascismo como una fuerza de masas sólo puede triunfar aplastando las organizaciones de la clase trabajadora y destruyendo toda disidencia. La situación hoy no es la misma que en 1930. Bajo un fascismo genuino la izquierda no podría organizarse o protestar públicamente. Puede que Donald Trump tenga suficiente apoyo pasivo de la población para ser elegido, pero no hay una equivalencia de un ejército de camisas pardas aplastando toda disidencia. En los últimos meses, Trump ha moderado su hostilidad hacia secciones del aparato del estado y hasta cierto punto su campaña contra los medios de comunicación. Al menos por el momento, se está apoyando más en los generales y la dirección del Partido Republicano que en figuras de la extrema derecha como Bannon quien ha sido parcialmente marginado dentro de la administración.

Por otro lado, la elección de Trump ha potenciado a un numero de fuerzas genuinamente fascistas y semi-fascistas, como fragmentos del Ku Klux Klan, varias organizaciones neonazis y nacionalistas blancas, y hay una capa de semifascistas saliendo de las fuerzas de la llamada “extrema derecha”. Estas fuerzas con gusto jugarían el papel de camisas pardas americanos. Pero en este momento, a pesar de estar envalentonados, siguen siendo extremadamente débiles. Incluso en Europa, donde la extrema derecha está mucho mejor organizada y tiene un peso real en muchos países, muchos de los partidos claves de extrema derecha han cortado frecuentemente sus lazos con los neonazis. Este es el caso, por ejemplo, del Frente Nacional liderado por Marine Le Pen.

Podríamos no estar repitiendo la experiencia alemana de 1933, pero el ascenso de la derecha sí supone un peligro para los trabajadores y los oprimidos. Las pequeñas fuerzas fascistas y semifascistas pueden no estar a punto de tomar el poder, pero aún pueden intimidad a las comunidades de inmigrantes, personas transgénero, y otros grupos oprimidos. Y todavía pueden llevar a cabo ataques violentos a huelgas y protestas, tal y como vimos en el tiroteo cometido por nacionalistas blancos a una manifestación de Black Live Matter en Minneapolis en 2015.

La llamada “extrema derecha”

Un nuevo fenómeno que diferencia a la extrema derecha actual del fascismo clásico es el desarrollo de la llamada “extrema derecha”. El término fue acuñado en 2010 por Richard Spencer. Spencer más tarde se hizo famoso por que le pegaron un puñetazo en cara durante la inauguración de Trump. Spencer es un nacionalista blanco que abiertamente reivindica una “limpieza étnica pacífica” para construir una tierra natal para la raza blanca. Pero Spencer se ha negado a identificarse abiertamente con el término neonazi.
Las fuerzas que se identificaban con la llamada “extrema derecha” fueron un ala importante de la campaña de Trump. La propaganda derechista de la página web Breitbart tomó el término para sí, e incluso el director general Steve Bannon llamó a la web “la plataforma para la extrema derecha”. Bannon más tarde sería asesor de Trump durante la campaña y también asesor de sus estrategias principales después. Tras la elección de Trump, los activistas de la “extrema derecha” organizaron fiestas para celebrarlo, en las cuales había saludos nazis y cantaban “Heil Trump”. Mientras no todos los elementos bajo la etiqueta de “extrema derecha” pueden ser llamados fascistas, es cada vez más un modo de fascistas y semifascistas de abrir su paso hacia la respetabilidad política. No puede ser visto, al menos hasta el momento, como un movimiento coherente.

Más que fascismo clásico, el ascenso de Trump y su relación con la llamada “extrema derecha” recuerda a la tradición americana del nocivo populismo de derechas, a menudo tonteando con ideas fascistas. La relación entre Trump y Bannon guarda semejanzas con Huey Long, quien planeaba llevar a cabo una campaña presidencial populista de derechas en 1936, y era apoyado por el comentador radiofónico pro-Hitler Father Charles Coughlin. La campaña de Long se vio interrumpida rápidamente por su asesinato en 1935, pero desde entonces otros populistas de derechas han ganado un apoyo preocupante en sus campañas, desde la campaña del segregacionista George Wallace en 1968 hasta la candidatura del nativista Pat Buchannan en el año 2000.

Irónicamente, durante la campaña del 2000, Donald Trump concurrió a las primarias contra Buchannan, presentándose a sí mismo como un moderado.
Además del populismo de derechas, el movimiento de la “extrema derecha” también ha crecido fuera de los movimientos libertarios, con muchos mencionando el apoyo al australiano economista “anarco-capitalista” Murray Rothbard. Esto se da especialmente en los campus universitarios, donde esto recae sobre estudiantes de familias acomodadas que tienen menos interés por los llamamientos populistas y les interesa más defender sus “libertades personales” contra “guerreros de la justicia social”. Los grupos de estudiantes libertarios como Young Americans for Liberty (Jóvenes Americanos por la Libertad), que crecieron de la campaña electoral de Ron Paul en el 2008, han estado a la cabeza de llevar a ponentes de la “extrema derecha” a los campus universitarios. Esto ha llevado a luchas internas dentro del movimiento libertario, especialmente cuando Richard Spencer fue invitado a asistir a la Conferencia Internacional de Estudiantes por la Libertad.

Una característica diferenciadora de la “extrema derecha”, que proviene de esa tradición libertaria universitaria, es su uso de la ironía para encubrir sus políticas nocivas. El movimiento florece en foros de internet de 4chan, que se especializa en humor de choque. Construyeron una iconografía nueva sobre memes basados en viñetas de ranas y de antiguas mascotas de cadenas de comida rápida, para que nunca pudieras saber si bromeaban o no. Acusan a aquellos a los que no gustaban de ser “copitos de nieve” que se ofenden muy fácilmente y que no saben cómo tomarse una broma. Cuando un portavoz “extremista de derechas” gay como Milo Yiannopoulos dice que “si alguien te llama antisemita, tú vas a su página y pones una esvástica” eso desdibuja la línea entre el fascismo genuino y personas jugando al fascismo para provocar a otros.

Otra característica de la “extrema derecha” es su uso de internet para realizar ataques. Yiannopoulos fue excluido de Twitter en julio de 2016 por utilizarlo para dirigir campañas de acoso contra distintos individuos. Antes de caerse del pedestal recientemente tras un escándalo de pedofilia, Yiannopoulos llevaba a cabo un tour por los campus universitarios donde estaba muy comprometido a señalar estudiantes, publicando su información personal para incitar a campañas de acoso multitudinarias. En la universidad de Milwaukee – Wisconsin señaló públicamente a un estudiante transgénero. Y empezó una campaña para señalar públicamente estudiantes universitarios por todo el país.
Estas campañas de acoso revelan la realidad tras este manto de ironía de la “extrema derecha”. Yiannopoulos podría estar “bromeando” cuando publica esvásticas en las páginas de Facebook de la gente. Pero no puedes explicar campañas sistemáticas de acoso e intimidación contra inmigrantes y personas transgénero sólo con la ironía.

¿Libertad de expresión?

A medida que las fuerzas de la extrema derecha han ganado en respetabilidad, el movimiento contra ellos ha crecido. Cuando figuras como Milo Yiannopoulos y Richard Spencer realizan tours dando charlas por todo el estado, activistas de izquierdas han podido movilizar para acallarlos.
Pero estas acciones han provocado un debate en torno a la libertad de expresión. Si acallamos las giras de los ponentes, argumentan, no somos distintos de los fascistas contra los que protestamos. Este debate reaparece notoriamente después de la movilización contra Milo Yiannopoulos que Socialist Alternative ayudó a organizar en Berkeley. Socialist Alternative ayudó a iniciar la protesta, creando la página del evento en Facebook. Un amplio conjunto de fuerzas salieron a protestar, desde un grupo de profesores que pedían a la universidad cancelar el evento, a un grupo de anarquistas de Black Bloc. Las protestas lograron clausurar el evento de Yiannopoulous, pero esto fue acompañado por los anarquistas de Black Bloc cometiendo actos de vandalismo y con un enfrentamiento físico entre los antifascistas y los seguidores de Yiannopoulous. Los seguidores de la “extrema derecha” han utilizado esto para pintarse a sí mismos como las víctimas.

Pero Yiannopoulous tenía intención de utilizar esa plataforma para exponer a los estudiantes sin papeles. Cuando Yiannopoulous utilizó su plataforma para publicar información personal de personas transgénero y estudiantes sin papeles, él no estaba expresando su opinión. Estaba directamente organizando una campaña de acoso e intimidación.

La defensa liberal de la libertad de expresión para los fascistas fue llevada a extremos absurdos cuando Daniel Dropik, un estudiante de la universidad de Madison- Wisconsin intento construir un club de “extrema derecha” en la universidad. Dropik es un miembro del partido neonazi American Freedom Party y ha sido condenado por provocar incendios contra iglesias negras antes de empezar la universidad. Pero un editorial del Wisconsin State Journal ha tenido la osadía defender a Dropik apelando a la diversidad, declarando que: “Si la universidad va a tratar la diversidad como un bien absoluto, no puede después quejarse cuando esa diversidad viene en forma de un convicto federal de “extrema derecha”.

Pero si bien hay una capa de liberales adopta una curda, primordial defensa de la libertad de expresión a cualquier coste, también hay una capa en el movimiento antifascista que toma la esencialista defensa de la idea de “ninguna plataforma para los fascistas”. Los socialistas reivindican movimientos de masas para impedir que los fascistas y otros grupos de extrema derecha utilicen plataformas públicas para movilizar, incitar a ataques y reclutar. También nos oponemos a las peticiones al gobierno de prohibir las organizaciones fascistas. Luchar contra la extrema derecha tiene que ser el producto de la lucha de masas, no de un refuerzo del represivo aparato del Estado. Cuando se han aprobado legislaciones así en el pasado siempre se han utilizado también para reprimir a la izquierda. Ese fue el caso en 1940 con el Smith Act, que ostentosamente aspiraba a combatir el fascismo, pero que más tarde se utilizó contra grupos socialistas, y fue especialmente notable contra el Trotskyist Socialist Workers Party (Partido Trotskista Socialista de los Trabajadores) en el juicio por sedición en Minneapolis en 1941. A diferencia de los trotskistas, el Partido Comunista inicialmente apoyó esta legislación, sólo para que después fuese utilizada también contra ellos.

Al mismo tiempo, para nosotros no hay nada automático sobre una posición de “dejarles sin plataformas”, incluso al lidiar con grupos explícitamente fascistas. En general, apoyamos negar a los fascistas y a otros grupos de extrema derecha una plataforma y derrotarles antes de que consigan una posición sólida. Pero esto no lo podemos conseguir artificialmente, especialmente donde ya han conseguido llegar a un público más amplio que necesita ser alejados de esto previamente a través de un debate político en profundidad. Este problema lo hemos visto en Gran Bretaña esta última década, donde el partido semifascista British National Party (Partido Nacional Británico) estaba obteniendo conquistas electorales. Los grupos antifascistas como United Against Fascism (Unidos Contra el Fascismo) se negaban por principios a debatir con miembros del BNP. Esto significaba que allá donde los medios capitalistas daban voz al BNP, muchas veces no había una voz antifascista que les plantase cara.
Cuando el anfitrión televisivo Bill Maher invitó a Milo Yiannopoulos a su programa, ambas caras de la moneda se vieron en conflicto. Esta invitación facilitó un gran espacio público a Yiannopoulos y la gente estaba, con razón, asqueada con la decisión de Maher. Pero una vez, que Maher le dio ese espacio a Yiannopoulos, el humorista Larry Wilmore correctamente accedió a aparecer en el mismo programa y plantarle cara a Yiannopoulos.

Las tácticas apropiadas dependen de hasta dónde las fuerzas de la extrema derecha hayan podido realmente desarrollar una base real. Donde la extrema derecha se ha extendido más allá de pequeños círculos y amenazan con echar raíces más profundas, eso generalmente refleja la completa desesperación de sectores de la clase media y clase trabajadora de cara a la crisis del capitalismo, y también el fracaso de las principales fuerzas de la izquierda o el movimiento obrero por mostrar una salida. La cuestión que se nos plantea a los socialistas en esta situación es precisamente desenmascarar la falsa idea de que perseguir a las minorías resolverá los problemas de las personas y que lo necesario es una lucha unificada de la clase trabajadora y de todos los oprimidos contra el capitalismo. Esto por supuesto debe estar acompañado por la movilización de la clase trabajadora para enfrentar y prevenir los ataques físicos de la extrema derecha. De esta manera el corazón duro de la extrema derecha puede quedarse expuesto, aislado y puede ser derrotado. Pero al final del día, la lucha contra el fascismo y la extrema derecha es en un 90% una lucha política.

La necesidad de la acción de masas

Por supuesto, el crecimiento de la extrema derecha no es simplemente un peligro ideológico, sino que también es una amenaza física. Incluso antes de las elecciones, la cuestión de la violencia y la autodefensa ya se estaba discutiendo. El puñetazo a Richard Spencer y la violencia en las protestas contra Milo Yiannopoulos en Berkeley han ayudado a ampliar esta discusión a una cuestión más profunda sobre el rol de la violencia en la lucha contra la extrema derecha.
Socialist Alternative no tiene objeciones morales respecto a dar puñetazos a nazis, o compartir memes sobre ello. Y defendemos totalmente el derecho de los trabajadores y los oprimidos a defenderse. Pero la resistencia más efectiva contra la derecha será la resistencia de masas.

Cuando un activista en solitario golpeó a Richard Spencer, logró que muchas personas se sintieran mejor por dentro, pero en realidad no hizo mucho para impedir que Spencer se organizara. Cuando los anarquistas del Black Bloc atravesaron la barrera policial en Berkeley cuando Milo Yiannopoulos intentaba hablar, sirvió concretamente para suspender el acto y prevenir la exposición de los estudiantes sin papeles. Pero eso fue acompañado por grafitis y el destrozo de ventanas que activamente los alejó de un público mayor. Es más, si bien esto acalló a la extrema derecha durante un corto periodo de tiempo, los envalentonó a corto y medio plazo. El 15 de abril de 2015, las fuerzas de la “extrema derecha” organizaron un mitin sobre la “libertad de expresión” en Berkeley, donde los contra-manifestantes se encontraron en abrumadora minoría y fueron violentamente atacados por los manifestantes de extrema derecha. Esto precisamente demuestra el peligro de centrarse en pequeños grupos de “peleas callejeras”.

Así mismo, las acciones del Black Bloc fueron llevadas a cabo sin ninguna participación democrática de las masas, incluidos los demás manifestantes. Fue un pequeño grupo de autodenominados revolucionarios actuando en nombre de las masas. Muchos de los anarquistas que se sienten atraídos a las tácticas del Black Bloc se oponen por principios a construir estructuras democráticas de masas y las acciones del Black Bloc tienden a ahogar la construcción de dichas estructuras. Pero son precisamente estructuras como esas las necesarias para construir un movimiento de masas que pueda desafiar y combatir al populismo de derechas y a la extrema derecha.

En Minneapolis en 2015, cuando los supremacistas blancos tirotearon una manifestación de Black Lives Matter, desde Socialist Alternative se hizo un llamamiento a los trabajadores y a las fuerzas de la comunidad involucradas, a que organizasen una amplia defensa de trabajadores/comunidad para físicamente defender al movimiento frente a los ataques. A pesar de que la coalición de defensa finalmente nunca se montó, el llamamiento fue bien recibido, y a medida que la lucha contra la extrema derecha vaya escalando, este tipo de coaliciones de defensa controladas democráticamente serán cada vez más una característica destacable de la lucha.

Más allá de la extrema derecha, la acción de masas es necesaria para detener el populismo de derechas de Trump y las condiciones que facilitaron la creación del “Trumpismo”. Antes de Trump, vimos una ola de populismo de derechas en forma del Tea Party en 2009-2010. Pero en el 2011, el Tea Party retrocedió por el movimiento de masas de la clase trabajadora en Wisconsin. A pesar de que el movimiento fracasase para detener los ataques contra los sindicatos, la mera existencia del movimiento atajó el apoyo popular por el Tea Party y hubo un giro de la conciencia hacia la izquierda. Hay que hacer lo mismo frente a Trump.

Confrontar físicamente a los elementos cuasi-fascistas de la extrema derecha es una necesidad. Pero limitarse uno mismo a pequeñas peleas callejeras implica no afrontar la extensa lucha a la que nos estamos enfrentando. Necesitamos defensa no sólo frente a los fascistas, también frente a las redadas del ICE (U.S. Immigration and Customs Enforcement – Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos) y la represión policial. Necesitamos construir la capacidad de organizar huelgas de masas. Tenemos que construir un partido para el 99% que pueda enfrentarse, no sólo a los fascistas, sino que también a Trump y a toda la clase millonaria. Necesitamos luchar, no sólo contra la derecha, sino que también contra las condiciones que permiten que la extrema derecha crezca.

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