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Dino Bodoni

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POLITIKA

Esto es literatura. Una historia bien narrada, interesante, dramática, con un sapore che viene da lontano… e contemporáneamente é oriunda dal nostro paese… Un breve cuento de un maestro: Daniel Pizarro.
Dino Bodoni
Por Daniel Pizarro

Al fondo de cada historia yace una historia enterrada, imposible de contar, que me aguija a escribir en un acto defensivo y que intento conjurar manipulando sus disfraces como en el caso de Dino Bodoni, un hombre que mide más de un metro noventa de estatura y pesa casi ciento treinta kilos. No hay cómo pasar por alto su ingreso al Club Italiano como si por fin pisara suelo patrio. Si el mundo empezara y terminara aquí la vida sería perfecta. Entre los jardines de rosas que adornan la rotonda de entrada y el dulzor de las glicinas Bodoni va saludando con la misma alegría radiante desde los directores del club hasta el último funcionario que riega las plantas para ir a encontrarse con sus amigos y desahogarse de los problemas matrimoniales.

Pero la vida es imperfecta y hasta el Club Italiano tiene sus problemas, que son de orden económico: ya no se sostiene con los aportes de los socios de la colonia y han debido abrir las puertas a cualquier vecino que desee pertenecer a un club social y deportivo del barrio alto para remachar sus redes cosidas por el patrimonio. Cosa si può fare?, se dicen resignados los descendientes de inmigrantes al ver que la sangre se licúa en el dinero.

Digo que en esta historia, que tal vez guarda un núcleo inaccesible, los amigos del Club Italiano oyen a Dino Bodoni convencidos de que su matrimonio ya no tiene remedio, pero ninguno se lo dice en la cara porque también sospechan que detrás de su historia hay otra historia que provoca escalofríos y desprecia cualquier consejo, y saben, cómo no, que para Bodoni el matrimonio es eterno y la mujer le debe sumisión y respeto sagrado al marido, lo cual se encuentra muy lejos de su realidad. Para Bodoni nada de lo que sucede en su relación debería ser objeto de controversias, pues antes de casarse se lo recordó a Pilar, una vez más: Yo trabajo, tú cuidas a los niños y te haces cargo de la casa. Te pago todas las empleadas domésticas que quieras.

No me vengan ahora con huevadas, dice entonces Dino Bodoni a sus amigos del club, golpeando la mesa. Y todos callan.

*Si uno retrocede hacia ese núcleo extraviado de la historia, se encuentra con que Bodoni conoció a su mujer en el ambiente del deporte. Él lanzaba la bala y ella jugaba al tenis a nivel profesional. Y un amigo que corría maratones hizo de puente entre ambas disciplinas. Ese amigo se llamaba Mariano Mella, por si interesa. Antes de Pilar le había presentado a otra de sus amigas con quien Dino salió a tomarse un trago en esa clase de encuentros que llaman citas a ciegas. Más tarde la mujer le comentó a Mariano que habría que estar ciega para interesarse en un tipo como Dino, omitiendo la razón directa de su repulsa por el lanzador de bala: mientras Bodoni movía los labios ella no dejaba de imaginar esa montaña de carne jabonosa resoplando encima de su cuerpo. La imagen había bloqueado su capacidad auditiva, Dino lo sospechaba y esto lo hacía transpirar como animal enfermo. Su amigo Mariano Mella suavizó los términos del rechazo para no desmoralizarlo, hasta que de intentona en intentona llegaron a Pilar Morales.

Pilar habría querido ser la número uno del tenis nacional, pero sólo alcanzó el puesto número cuatro. Para su padre, que la había acompañado en todos los torneos y giras dentro y fuera del país hasta sufrir un infarto fatal, esa posición era todo un logro. Sin embargo a Pilar le parecía un fracaso, una apuesta al todo o nada que había perdido y ahora debía cargar con la nada que era su vida en el cuarto lugar del tenis chileno. Naufragó varios años en la nada, entre hombres que se aprovecharon de su deriva existencial y quizás también la padecieron. Había salido con uno que la doblaba en edad y que le inculcó el consumo de cocaína a toda hora. Era un comentarista deportivo de TV que se hizo fama por lo desfachatado y también por su estupidez. Cuando Mariano la juntó con Bodoni en una nueva cita a ciegas Pilar venía asomando a la realidad tras su segunda internación en un centro para drogadictos. Todavía le picaba la nariz, pero a su juicio había ganado mucho en fuerza de voluntad. Por falta de experiencia con las mujeres o por idiosincrasia a Dino Bodoni le pareció que había llegado el momento de sincerarse frente a Pilar. Era como cuando convocaba todas sus fuerzas junto a las fuerzas terrenales para impulsar la bala lo más lejos posible. No habían pasado diez minutos en el bar:

Yo quiero una mujer de la casa, una mujer que se haga cargo de la crianza y de todos los asuntos domésticos. Quiero llegar a mi casa y que me atiendan. La mujer atiende al hombre, el hombre mantiene la casa. Y yo no tengo ningún problema —ninguno— para mantener una casa y una mujer.

Con más o menos ajustes de forma y énfasis, el fondo de su discurso nunca había cambiado. Era algo que los amigos le reconocían a Dino Bodoni. Más que un anacronismo o una excentricidad, a estas alturas su declaración podía sonar como un verdadero insulto o una invitación a salir arrancando. Y sin embargo Pilar lo escuchó con atención, sin bloquearse, y no se imaginó una montaña de carne asfixiando su cuerpo. O si pensó en algo parecido no le dio mayor importancia. Pensó tal vez en unos cimientos donde hacer pie y levantar la cabeza del estercolero.

*Alguien como Bodoni se permitía esa clase de declaraciones acompañadas de un puñetazo en la mesa porque había heredado una imprenta de la cual vivían cinco hermanos y sus familias. Era su forma de reafirmar la creencia en un orden inmutable al cual uno debía asimilarse. De las mujeres ya se sabe lo que pensaba. Los empleados de la imprenta recibían un trato paternal y severo más propio de un patrón de otras épocas. Italia era el mejor país del mundo. Nada superaba las pastas y las pizzas. Y el Club Italiano era una sucursal del Paraíso en la Tierra, ya se dijo.

Sin embargo los ingresos de la imprenta venían decreciendo en los últimos años y Dino Bodoni se demoraba en tomar decisiones. Sus hermanos las habían tomado mucho antes iniciando negocios por cuenta propia para no depender de la ordeña cada día más exigua del negocio familiar. Por el lado de Pilar le llovía una retahíla de reproches: que Dino era el menos avispado de los hermanos, derechamente el más tonto; que si la imprenta se hundía, se hundiría con Dino adentro y nadie más; que seguía manteniendo un ejército de empleados cuando el negocio no era ni la mitad de antes. Seguía imprimiendo partes de boda cuando los matrimonios iban en retirada. Seguía enamorado de sus papeles de lujo cuando a nadie le importaba el papel, cuando todo el mundo había migrado al formato digital. No tenía imaginación, era un bruto. Las mujeres del Club Italiano oían las quejas de Pilar. Y los hombres del club la defensa de Bodoni.

*Pensando en todo aquello a veces tiendo a creer que recibimos órdenes ciegas de un invidente informe, y que la vida emula el impulso expansivo del Universo sin tomar en cuenta que un día comenzará a contraerse. Sigo a Dino Bodoni en el esfuerzo de arrojar la bola de acero hasta el límite de sus posibilidades, y no mucho después, con la misma energía, lo veo comprar una casa muy cerca del Club Italiano para no perder de vista la Tierra Prometida, y más adelante adquirir la vivienda colindante porque sí, sólo porque estaba en venta. Allí se celebran fiestas familiares y cumpleaños infantiles con todos los ingredientes a los que Bodoni puede echar mano. Y luego compra un terreno rural y construye una nueva casa. Los fines de semana parten al campo en compañía de amigos bajo la expresión martirizada de Pilar, que anticipa la avalancha de trabajo doméstico como consecuencia del instinto expansivo de su marido.

Dino Bodoni asa corderos, piernas de cerdo, cortes de vacuno, prietas y longanizas. Media hora después de almorzar se instala en el mesón de la cocina para amasar pizzas al ritmo de canciones italianas de los años setenta. Devora todo el día y presiona a comer a sus invitados. Se vacían muchas botellas de vino y por la noche no quedan más que dos opciones: huir de la parcela o repetir la ordalía a la jornada siguiente. La mayoría de los invitados decide arrancar hacia la autopista a través de los tortuosos caminos de ripio, exhaustos y ebrios. En compañía del monstruo permanece Pilar Morales, devastada por el trajín y con un mínimo estanque de reserva para hacer frente a las demandas de los hijos. Dino Bodoni ronca sobre cualquier sofá y al pasar por su lado con una pila de platos o un escobillón en las manos ella fantasea con verterle un veneno mortal en su bocaza entreabierta. Entonces va emergiendo la nostalgia por su vida anterior, por esos hombres que nunca la quisieron pero los fines de semana pasaban a buscarla en autos modernos, deportivos, la invitaban a un bar, de ahí a una discoteca y como última estación al motel, para devolverla a su casa al borde del amanecer, llamarla por teléfono hacia el jueves o viernes y reiterar la invitación de tres etapas sazonadas con cocaína y alcohol. Esos hombres también se gastaban dinero en ella pero la plata no se transformaba en casas, en terrenos, en comilonas, en grandes vehículos que se renuevan año tras año, sino que se esfumaba con el transcurrir de la noche y hasta eso tiene su encanto mirado desde la vereda de la nostalgia. Incluso seguiría acostándose con Mariano Mella si no fuera porque el maratonista sabe a un dulce cada vez más desabrido.

Coloca los platos bajo el chorro de agua y entonces concluye que el problema de su vida no ha sido el cuarto lugar en el escalafón nacional del tenis, sino otro asunto turbio enmascarado en un fracaso deportivo. Pero ningún psicólogo ha logrado sacarlo a la luz.

*Hoy por hoy en que el Universo hace sentir su contracción con un ruido en sordina como crujidera de fierros, las pastillas para dormir ya no son la panacea, y la terapia psicológica que le paga su marido hace varios años no rinde los resultados concretos que él le exige y que deberían traducirse, a ojos de Dino Bodoni, en el cese de sus quejas y sus múltiples demandas insatisfechas que nada tienen que ver con él, como declara a sus amigos del Club Italiano, sino con una frustración que subyace a esta historia donde pagan justos por pecadores como es el caso de Elvira, la hija mayor, una belleza italiana que a los quince años ya estaba modelando en pasarelas y que de pronto, en esta región aparente hacia donde emergen los motivos ocultos, se puso a engordar porque sí, arruinando su carrera en el modelaje profesional. Es un crimen contra sí misma y contra la familia que Pilar no está dispuesta a aceptar, pues a lo mejor, como ha insinuado su psicóloga, en el fracaso de su hija se refleja su propia sensación de fracaso ante la vida, y ya nadie está dispuesto a tolerar más fracasos personales. Así que la solución, si puede llamarse de esa manera, ha sido colocar una balanza a la entrada de la casa donde su hija Elvira debe pesarse todos los días al volver de clases, y si la aguja de los kilos marca más de lo debido el castigo es inapelable: deberá pasar la noche en casa de la abuela, para cuidarla, pues la madre de Pilar sufre de un Alzheimer precoz y nada apacible, la señora se desorienta por las noches entre la niebla del presente y uno hasta podría pensar que busca con los dedos extendidos esa historia primigenia que ha sido imposible de narrar. Pero quién podría decirlo. De momento la balanza sigue donde mismo, encima del felpudo de entrada, y cuando Pilar sorprende a su marido sobre ella sencillamente le suelta un grito: ¡Bájate, Bodoni, que la vas a descomponer! Dino se lleva el grito en los oídos y lo vuelca sobre una mesa del Club Italiano, para la masticación silenciosa de sus amigos, descendientes de los primeros inmigrantes o advenedizos con los bolsillos rebosantes de dinero: a esta altura importa poquísimo.

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