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DÍA DE LA MEMORIA Y EL COMPROMISO SINDICAL

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NO PODEMOS OLVIDARLOS

Para nadie es desconocido que la dictadura trajo pena y dolor a millares de hogares.
Detenciones arbitrarias producto de la delación, castigos inhumanos destinados a quebrar y destruir cualquier intento de rearticulación social y política, una persecución feroz hacia quienes pese al duro momento
persistían en mantener viva la esperan Prácticamente no hay lugar en el país que no haya sufrido el paso de las hordas fascistas, ni hogar popular
que no tenga una marca dolorosa provocada por los criminales que creyeron que, torturando, matando y desapareciendo compatriotas lograrían instalar su proyecto de odio y discriminación.
1973 es un año duro y doloroso y en los meses anteriores al golpe, quedaba claro que sí los que buscaban la caída del gobierno de Salvador Allende tenían éxito se vivirían momentos difíciles y dolorosos.
Hasta entonces los trabajadores habían logrado establecer condiciones que frenaban la prepotencia patronal. No es que no existieran abusos, pero el nivel de control y fiscalización impedía que estos anularan o minimizaran el actuar de la organización sindical. Por esos años la ley exigía que los despidos de más de 10 trabajadores fueran visados por los ministerios del trabajo y economía, de la misma manera que la indemnización por años de servicio no tenía tope de años y si la causal utilizada no era probaba podía obligarse la reincorporación o el pago de hasta 3 meses por año de servicio. Hay muchas razones y argumentos para explicar el golpe y no es exagerado decir que el mismo fue alentado y financiado por la patronal, con el fin de eliminar leyes y derechos laborales.
Fueron más de 180 las leyes laborales que la dictadura derogó luego del golpe militar. Trabajadores, profesionales, dueñas de casa, estudiantes, no hay sector de la sociedad que no se haya visto afectado con posterioridad al golpe.
Fueron razias feroces, bandidos con el rostro pintado o cubierto sacaban a la gente de sus casas, lugares de trabajo, los sorprendían en la calle y los pocos que volvieron nunca fueron los mismos.
Las calles de las ciudades fueron el lugar por dónde la gente fue trasladada de un lugar a otro hacia centros de tortura infernales, que también se habilitaron en clínica médicas, barcos, regimientos.
Las frías estadísticas hablan de 31.686 víctimas 28.459 por tortura, 2.125 ejecutados, más de 100 de ellos dirigentes sindicales y 1.102 desaparecidos.
Por años los mediatizadores de todo, han intentado instalar el concepto reconciliación – que para ellos significa que los martirizados perdonen a quienes los martirizaron y con ello dar por superado lo vivido.
Se cometieron excesos dicen y se habló de justicia en la medida de lo posible.
47 años se cumplieron ya de esos hechos luctuosos y desde esta
trinchera sindical, desde este espacio de educación y
construcción de organización, recordamos a los nuestros en un
día que instituimos como organización sindical, fecha con una
profunda historia.
El 6 de octubre, día de la memoria y el compromiso sindical.

¿Porque está fecha y no otra?

En la comuna de San Bernardo se encontraban en esos años lasnstalaciones de la Escuela de Aviación (hoy están en El Bosque), el regimiento Granaderos desde donde salía la escolta presidencial a caballo (hoy en Quillota) y la Escuela de Infantería (aún en la comuna), escuela por la que han pasado como directores la mayoría de los futuros comandantes en jefe del ejército.
Asimismo, en la comuna estaban las instalaciones de la Maestranza de Ferrocarriles, una de las más grandes de Sudamérica y que contaba con más de 1.000 trabajadores distribuidos entre los diferentes talleres de trabajo.
Ya el 10 de setiembre de 1973, pasadas las 11 de la noche, las tropas de la Escuela de Infantería recorrían las calles de la ciudad fuertemente armados y con brazales blancos con figuras, los mismos con que los golpistas se identificarían horas después.
El cuartel 1 de la Escuela recibió a muchos detenidos, sacados de sus casas o de sus lugares de trabajo.
Allí se les identifica, y hay muchos testimonios de fuertes golpes e incluso de torturas. Regularmente, aunque no está determinado por cuánto tiempo, los detenidos son trasladados al campo de prisioneros habilitado en las instalaciones del cuartel 2, en el cerro Chena. En este lugar funciona una instalación conocida como la Escuelita, que se compone de 4 salas de clases donde son distribuidos los detenidos según el grado de peligrosidad que los captores les asignan. Frente a estas salas, exactamente a 20 pasos una sala que es utilizada como el lugar de tortura, espacio en donde son trasladados los presos después de ser llamados por su nombre.
Todos los que están en las salas pueden escuchar los gritos y súplicas de quienes son torturados. Se trata mayoritariamente de obreros, campesinos, pobladores y algunos estudiantes.
También está en ese lugar un joven en calidad de rehén mientras se entrega su hermano.
La Escuelita fue vaciada a fines de Setiembre, pues se decía que una delegación de la Cruz Roja estaba solicitando visitar el lugar ante las muchas denuncias de detención ilegal y torturas, testimonios posteriores indican que no habría sido ocupada nuevamente como centro de detención y tortura, ya que quienes llegaron al cerro fueron llevados directamente a
la casa de techo rojo.

Entre la noche del 27 y la mañana del 28 de setiembre se detuvo, entre otros, a dirigentes y militantes comunistas que trabajaban en la Maestranza. Llegaron a Chena, cargando una grave acusación.
Pretendían hacer volar un gaseoducto ubicado al interior de la Maestranza.
Era muy tarde ese 28 de setiembre cuando se escuchó el ruido de motores y los gritos. Quienes daban las ordenes les ordenaban correr, detenerse, saltar vallas inexistentes y arrastrarse para sortear alambradas, entre otras
órdenes que escuchaban con especial atención quienes estaban tirados en el suelo de las salas vendados y exhaustos.
El 29 amaneció frío, varios de los presos no aguantaban ya el dolor y los
gritos traspasaban los muros de adobe y madera.
Temprano cada día, sin variación alguna, a las 8 de la mañana, en unos
recipientes de metal, los detenidos recibían un cucharonazo de té o café con leche hirviendo más un trozo de pan. Siempre, siempre los labios terminaban pegados al recipiente.
Luego de está rutinaria tarea todo cambió, no llegó el vehículo de los torturadores y en vez de eso, un milico entró a cada sala, ordenó quitarse las vendas y la salida de todos al gran patio, a un costado del galpón.
Abrazos entre amigos y desconocidos, consejos de los que llevan más días hacia los nuevos, cómo los ferroviarios de la Maestranza.
Pomposamente llega el director de la Escuela, seguido de su séquito armado hasta los dientes. Reúne a los presos y los declara prisioneros de guerra.
Se va, retorna la dolorosa rutina, el ferroviario Oyarzun es agredido a vista de todos, nos encierran en las salas.
Moriremos es la convicción de todos.
El que salga nunca deje las banderas de la lucha sindical en el suelo, no borrarán lo que fuimos y somos.
Fue la última vez que se miraron directamente a los ojos, se escucharon y abrazaron.
El 3 de octubre de hace 47 años sorprendió a los prisioneros en condiciones desmejoradas. Habían pasado por ahí aspirantes a oficiales del ejército que se ensañaron golpeando a los detenidos, lo mismo que hacían algunos de
los soldados que estaban de guardia noche y día.
El lugar en el que estaban era un espacio amplio, en algunos sectores habían tirado paja sobre el cemento y los presos seguían metiendo su cuerpo en un saco de papas para intentar combatir el viento que aquí se colaba por todos lados.
Es un campo de concentración vigilado por decenas de conscriptos, vehículos que van y vienen con prisioneros, tortura en horario de oficina y gemidos de dolor que se entremezclan con el sonido del paso de la electricidad por los cables de alta tensión.
Los carceleros parecen estar contra el tiempo, llegó el hermano del rehén en la Escuelita, un joven obrero lamenta no volver a ver así mujer e hijo recién nacido, y son decenas los que pasan diariamente por la sala de interrogatorios.
Con puntualidad y estruendo, como las películas muestran a los nazis, llegó el vehículo de los torturadores. Escuchábamos el motor a cientos de
metros y sabíamos que comenzaba un día más de dolor.
Hace solo algunas horas, en la tarde del 2 de octubre se habían llevado a nuestros hermanos campesinos de Paine. No están en este 3 de octubre el Colmillo ni el valiente Núñez ni sus compañeros. Años después algunos de ellos aparecieron en la cuesta Chada. Cada hora que pasa se estrecha más el lazo sobre nosotros, pero no pudimos intuir que este día se romperá todo, definitivamente.

¡¡Formar!! es la orden. Nos sacan a culatazos de los lugares que ocupamos, para reunirnos en el centro del gran galpón. No importa la edad ni las
condiciones en las que nos encontramos, todos debemos poner las manos en la nuca y mirar hacia delante, más allá de esas vendas que nos impiden
mirar al que ordena y a los que vigilan. Formar, dicen, y ahí nos dejan.
De cuando en cuando se siente un golpe seco y se escucha el quejido del que fue golpeado. Es que se han de haber caído sus brazos, que pesan una
tonelada después tanto rato cruzados detrás de la cabeza. ¿Minutos, decenas de estos, horas?, que importa. Estamos ahí de pie, vendados, sufriendo de calambres, sin saber si nos espera la libertad o el cadalso.
¡¡Atención!! grita el de las órdenes. Los que sean nombrados levantan su mano y serán sacados hacía un costado.
González, Castro, Monsalves, Vivanco, Morales, todos los ferroviarios que suman 11, Viera, el flaco que habían llegado hace un par de días, Solar Miranda el que quiere ver a su hijo pequeño, y otro, luego otro y otro más. Han de haber sido entre 30 y 40 los que arrastran sus pies mientras los sacan de la fila.
Los no nombrados han sido sacados en calidad de bulto desde la pequeña sala, y arrojados sobre la hierba fresca de primavera que crece afuerita de la casa del techo rojo.
El último interrogatorio no ha tenido golpes, solo amenazas. Cuestiones baladíes, nombre completo, domicilio, lugar de estudio. ¡¡Cuidado con meterte en algo, siempre te
estaremos vigilando, te vas solo porque no hay pruebas, etc. Etc.
Después vino la espera, el silencio roto solo por el sonido del
viento, los camiones, uno para la treintena de prisioneros, otro
para los fusileros.
Antes de que se pierda el sol los que se van son subidos a los
camiones. La mayoría de los que se quedaron integran la lista de
víctimas de la barbarie fascistas en Chile.
Desde el campo de prisioneros de Chena el camión sale a la
Panamericana y luego toma hacía el sur. Luego de algunos minutos
los camiones se salen del camino hasta quedar a unos 100 metros
de la calle Ochagavía y les ordenan caminar hacia ella. La orden de
quitarse las vendas es dada a voz en cuello, Temerosos, obedecen.
Están en condiciones deplorables, algunos apenas se sostienen en
pie. Resuena de nuevo la voz, hay que cruzar la calle y apoyarse de
espaldas en el muro. Cuando están en eso, comienza el tiroteo, las
balas pasan sobre las cabezas, algunos caen de rodillas otros se
desmayan. Los que disparan se ríen, suben a los camiones. Se van.
Ahí quedan, 30, quizás 40 seres humanos, sin un alma cerca porque el toque de queda comenzó hace ya bastante
rato, sin saber qué hacer ni hacía donde ir. Solos en la noche apenas iluminada de la calle Ochagavía.
Han pasado algunos minutos y se percibe que se acerca un helicóptero, mientras desde el lado sur de Ochagavía se acercan hacía el grupo de inocentes liberados 2 camiones con grandes focos que iluminan todo el entorno.
Los camiones pasan, suenan los tiros, algunos gritos a lo lejos hacia la Avenida Lo Espejo y de nuevo el silencio.
Un largo silencio que duró horas, angustia y recuerdos se entrecruzan. Unos en Ochagavía de los que se ignora si sobrevivirán, otros allá en el cerro, anhelando que demore lo más posible el nuevo día.

47 años desde entonces.

Nuestra organización sindical nació en 1981 y en algún momento de su trayectoria conoció de está epopeya y decidió acogerla y hacerla suya. Es un ejemplo de lucha, la confrontación de un grupo de seres humanos, con
distintas edades, profesiones y/u oficios, desarmados, pero con la capacidad suficiente para visualizar lo que se venía.
Conocimos, compartimos con familiares de los ferroviarios detenidos y fusilados en Chena y concluimos que esté y otros ejemplos de lucha debían ser honrados de una forma clara y concreta, que permaneciera para siempre en la memoria de hombres y mujeres, en toda la clase trabajadora.
Los trabajadores ferroviarios fueron fusilados el 6 de octubre de 1973 y en su honor nuestra Confederación General de Trabajadores instituyo el día de la memoria y el compromiso sindical.
Allí está el cerro, manchado con la sangre de ignorados héroes populares, aquí estamos los que no hemos bajado las banderas, los que no negociamos con los asesinos de nuestros hermanos, los que seguimos creyendo en que la lucha contra el capital nos entregará alguna vez la victoria para construir esa nueva sociedad, la misma que no alcanzaron a ver concretada nuestros hermanos. No hay perdón. No hay olvido.

HONOR Y GLORIA A LOS CAIDOS

NUESTRO HOMENAJE EN EL DIA DE LA MEMORIA Y EL COMPROMISO SINDICAL

CONFEDERACIÓN GENERAL DE TRABAJADORES
CGT–CHILE

DIECIOCHO 45 – 5° PISO – OFICINA A, SANTIAGO, RM
FONO – 226951092 – 226960208
cgt.chile@gmail.com www.cgt-chile.cl

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