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Crisis Económica Mundial: Introducción – Las consecuencias para las luchas de los trabajadores en Europa

Crisis Económica Mundial: Introducción – Las consecuencias para las luchas de los trabajadores en Europa

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El Buró Europeo del Comité por una Internacional de los Trabajadores (CIT) se reunió a principios de abril. Los economistas capitalistas debaten actualmente, ya no si se está produciendo una recesión en la economía mundial, sino la profundidad y extensión de ésta, y las consecuencias que tendrá para su sistema. Los miembros del Comité Ejecutivo Internacional del CIT también abordaron estas cuestiones, pero con el objetivo de sopesar las consecuencias políticas y las repercusiones en la lucha de los trabajadores, a fin de combatir los golpes que a buen seguro caerán sobre ellos.

Las tesis aquí expuestas, preparadas por Peter Taaffe, se sometieron a debate en la reunión.

Tesis del Buró Europeo del CIT

La presente coyuntura mundial está caracterizada por el peor escenario económico del capitalismo desde la Gran Depresión de los años treinta. Ello, a su vez, ha agravado la ya debilitada posición de la potencia mundial dominante, el imperialismo estadounidense. Si a esto se suman las nefastas consecuencias de la guerra de Iraq, se prepara el terreno para convulsiones políticas y una transformación esencial en la geopolítica del próximo periodo.

El CIT presagió, a grandes rasgos, la actual situación económica. Trazó la evolución del capitalismo mundial en el periodo reciente y la inevitabilidad de una crisis, que golpearía en primer lugar al sector financiero, con grandes repercusiones en la llamada “economía real”. Los mismos factores –la globalización capitalista y el crecimiento del comercio internacional– que contribuyeron a impulsar la recuperación económica, han propiciado ahora lo contrario al internacionalizar la crisis. Dado el carácter no planificado del capitalismo, nadie –ni siquiera el marxista más perspicaz– es capaz de predecir la duración o la magnitud de las crisis. No obstante, el CIT sostuvo, frente a un escepticismo extremo (a veces secundado entre nuestras filas), que la inminente crisis sería más profunda y duraría más que cualquier otra experimentada anteriormente desde 1945.

La recesión de Estados Unidos –que es lo que realmente es– ya se ha encargado de confirmar este pronóstico. En cualquier caso, nosotros hemos sido cautos respecto al carácter de esta recesión. No así los portavoces y ex ídolos del capitalismo internacional. Warren Buffett, el hombre más rico del mundo, declara sin rodeos que Estados Unidos ya está inmerso en la recesión. Alan Greenspan, presidente del Sistema de Reserva Federal estadounidense durante el boom y, por tanto, oráculo infalible, ahora pasa a considerarse un falso dios –un “inflador de burbujas en serie”– . También él ha afirmado abiertamente que Estados Unidos afronta el “crecimiento cero”.

Los indicadores económicos de Estados Unidos se han desplomado no sólo en el sector financiero sino también en la industria (consultar Socialism Today y the socialist para un análisis más exhaustivo). Estados que conforman un quinto de la economía del país se hallan sumidos en la recesión y, de acuerdo con el economista burgués Nouriel Roubini, esto podría convertirse con bastante facilidad en una depresión. Los costes estimados de la crisis subprime, junto con los del rescate financiero de las aseguradoras monolínea en curso, así como las pérdidas en préstamos para coches, préstamos comerciales, tarjetas de crédito, etc., podrían – según él– situarse entre 1 billón y casi 3 billones de dólares. Existen abundantes datos y cifras en las publicaciones y el sitio web del CIT, pero el detalle que ofrece Roubini sobre el potencial derrumbe es suficiente para quitarle el sueño a la burguesía. El 5 de febrero escribía de esta forma:“Para comprender los riesgos a los que el sistema financiero está expuesto hoy, presento un escenario ‘de pesadilla’ o ‘catastrófico’ que está preocupando a la Reserva Federal y las instituciones financieras de todo el mundo. Este escenario –aun siendo extremo– tiene una probabilidad importante y en aumento de hacerse realidad. Es decir, no describe unos acontecimientos muy poco probables, sino un desenlace que es muy posible.

Comencemos por la recesión que está envolviendo ahora a la economía estadounidense. Supongamos –algo muy probable– que esta recesión, iniciada ya por diciembre de 2007, será peor que las moderadas –de 8 meses de duración– acontecidas en los años 1990-91 y 2001. La recesión de 2008 será más grave por diversos motivos: en primer lugar, tenemos la mayor quiebra inmobiliaria de la historia de Estados Unidos, con unos precios de vivienda que podrían caer entre un 20% y un 30%; en segundo lugar, la burbuja crediticia que ha ido más allá de las hipotecas sumada a la temeraria innovación y titularización inmobiliaria, harán que la actual quiebra crediticia desemboque en un grave credit crunch (crisis de liquidez); en tercer lugar, los hogares estadounidenses –cuyo consumo supera el 70% del PIB– han venido gastando muy por encima de sus posibilidades durante años, acumulando un enorme volumen de deuda, tanto en forma de hipotecas como de otros tipos; ahora que los precios de la vivienda descienden y se avecina una grave crisis de liquidez, el retraimiento en el consumo privado será grave y prolongado. Por tanto, supongamos que la recesión de 2008 durará al menos cuatro trimestres, y, posiblemente, hasta seis trimestres. ¿Cuáles serán las consecuencias de esto? Estamos ante la peor recesión inmobiliaria de la historia de Estados Unidos, y no hay indicios de que vaya a tocar fondo en el futuro próximo.

A estas alturas, está claro que los precios de la vivienda en Estados Unidos caerán entre un 20% y un 30% respecto a su inflado repunte; esto barrerá entre 4 y 5 billones de dólares de la riqueza de los hogares. Mientras que la debacle subprime puede causar cerca de 2,2 millones de ejecuciones hipotecarias, una caída del 30% en el valor de las viviendas implicaría que sobre 10 millones de hogares tuviesen un patrimonio negativo en casa, poderoso incentivo para recurrir al llamado jingle mail (acción que consiste en poner las llaves de la casa en un sobre y enviárselas al banco hipotecario).

Además, bastante pronto unas cuantas constructoras de viviendas de gran envergadura entrarán en bancarrota y se sumarán a las docenas de constructoras menores ya en quiebra, propiciando así otra caída libre en los precios de las acciones de constructoras de viviendas, que se han disparado irracionalmente en las últimas semanas pese a una recesión inmobiliaria que se agrava.”El 29 de febrero ‘The Economist’añadió lo siguiente:“Se trata de cantidades asombrosas que barrerían por completo todo el capital del sistema bancario de Estados Unidos y conducirían a una crisis bancaria sistémica. Así, en el peor de los escenarios posibles, si las pérdidas por hipotecas son de 1 billón de dólares (o, en un caso extremo, de 2 billones de dólares) en vez de la estimación actual de 300.000 millones de dólares, y si, además de estas pérdidas, las pérdidas crediticias adicionales por créditos al consumidor, propiedades inmobiliarias comerciales, préstamos apalancados, etc., suponen otros 700.000 millones, entonces las pérdidas totales del sistema financiero podrían ascender a, al menos, 1,7 billones de dólares (1 billón más 700.000 millones), y hasta 2,7 billones de dólares (2 billones más 700.000 millones). 1,7 billones de dólares supondrían un coste máximo de rescate fiscal cercano al 12% del PIB (y no al 7%), mientras que 2,7 billones supondrían un coste máximo de rescate fiscal de aproximadamente el 19% del PIB.Un 12% del PIB no es calderilla y, definitivamente, un 19% del PIB es una cantidad desorbitada (diez veces mayor que el coste del rescate fiscal en la crisis de las entidades de “ahorros y préstamos”).

Por supuesto, una parte de las pérdidas será asumida por los accionistas de los bancos y entidades financieras; pero un rescate fiscal justo y limpio del sistema financiero –que reduzca los costes fiscales– conllevaría, en primer lugar, la eliminación de todos los accionistas de estas entidades (dado que su capital/patrimonio neto queda completamente destruido por dichas pérdidas), y una nacionalización formal de buena parte del sistema bancario y financiero. Y, así, en un escenario como éste, nos debemos plantear de nuevo la pregunta: ¿cuáles son las implicaciones de una potencial nacionalización de buena parte del sistema financiero del país capitalista más avanzado del mundo?”

¡Exactamente! El temor a una situación tal ha incitado al Sistema de Reserva Federal, conjuntamente con otros bancos centrales, a intervenir en tres ocasiones a lo largo de los seis últimos meses. Esta institución propone una línea crediticia de 436.000 millones de dólares, en un intento desesperado de desbloquear el sistema de créditos –las arterias del capitalismo financiero moderno–, que amenaza, parafraseando a Marx, con “atascar” al sistema al completo. Nos encontramos apenas en las primeras fases de esta crisis en lo que respecta a Europa y el resto del mundo (Estados Unidos se encuentra ya en el decimoctavo mes de la crisis subprime). Esto es un tsunami económico y, al igual que el fenómeno natural de 2004, que tardó un tiempo en atravesar el Océano Índico hasta llegar a Sri Lanka e India, se produce un desfase temporal entre Estados Unidos y el resto del mundo. El efecto retardado no se medirá en horas, evidentemente, como en el caso del tsunami marino, sino en meses y, en algunas partes, posiblemente un año antes de que el impacto total se deje sentir en el resto del mundo.

El “catastrófico” escenario de Roubini es rebatido por gente como Martin Wolf, del Financial Times. Pero incluso éste último ha adelantado el probable escenario de una “pequeña depresión”. Roubini contestaba así a sus dudas:“Solía decirse ‘un millón aquí, un millón allá y pronto estaremos hablando de dinero abundante’. En este caso, tenemos que corregir el dicho: ‘un billón aquí, un billón allá y pronto estaremos hablando de cantidades desorbitadas de dinero y unos fabulosos costes de rescate fiscal’. Martin Wolf opina que una factura fiscal del 7% del PIB es modesta y asequible. Pero el análisis anterior sugiere que la factura fiscal derivada de rescatar un sistema bancario y financiero que padece una crisis sistémica, equivaldría a, al menos, un 12% del PIB, y hasta un 19% del PIB. Incluso para un país rico como Estados Unidos, el 19% del PIB (o 2,7 billones de dólares de deuda pública adicional) no es ni calderilla ni una ‘bagatela fiscal’. Y endosar a cada hogar estadounidense 30.000 dólares adicionales de deuda a perpetuidad tampoco es una carga menor. Y no lo es ni siquiera obviando los otros 10 billones de dólares de pérdidas en el patrimonio neto del sector privado estadounidense (caída del valor de los bienes inmuebles residenciales y bienes inmuebles comerciales, y del valor del mercado de valores) que conllevaría una severa recesión y crisis financiera.”

El colapso de Bear Stearns, el banco estadounidense de inversión, viene a recalcar la magnitud de la crisis. Igual que hizo el Banco de Inglaterra con Northern Rock, el Sistema de Reserva Federal estadounidense ha nacionalizado este banco, que ocupa el quinto puesto entre los mayores bancos de inversión de Estados Unidos. Wolf se afana por convencer de que el rescate del sistema financiero no es lo mismo que el “capitalismo de amigotes” exhibido en las “economías emergentes” en la crisis financiera asiática de 1997. Roubini responde así: “Esto es efectivamente ‘capitalismo de amigotes’ de la peor calaña, tan malo como el que azotó a las economías de mercado emergentes y produjo su grave crisis financiera en la última década.”El hecho en sí de que pueda producirse una riña pública –aunque “amistosa”– entre los más serios economistas burgueses acerca del futuro de su sistema da la medida de la probable gravedad de esta crisis.

No se discute si se producirá una recesión, sino solamente cuál será su profundidad y duración en el tiempo. Sin embargo, no es probable que esta crisis sea de corta duración, sino, al contrario, durará más, será más profunda y tendrá probablemente unos efectos más graves que cualquiera de las recesiones acaecidas desde la II Guerra Mundial. Aun cuando la contracción económica alcance sólo la mitad de lo estimado por Roubini, será lo suficientemente grave como para provocar enormes convulsiones sociales y políticas.

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