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Clemencia, novela en donde las apariencias, engañan

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Por Adán Salgado Andrade

El escritor mexicano Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), no sólo escribía, sino que fue periodista, maestro y político liberal, defendiendo, en todo momento, a México y a su derecho a conducirse independientemente, sin intervención de cualquier potencia extranjera que deseara tener al país bajo su control.

Particularmente, vivió de cerca la infame invasión francesa, que se desarrolló entre 1862 y 1867, cuando Francia, liderada por el aventurero militar Luis Bonaparte, conocido como Napoleón III (1808-1873), sobrino de Napoleón Bonaparte (1769-1821), quiso extender sus dominios. Ese bufón, pensó que la anexión de México, le anotaría un triunfo para su prestigio, muy bajo por tantos fracasos militares que había tenido. Pero fue un rotundo fracaso que, si bien, en un principio, pareció una segura victoria, de inmediato, los mismos militares franceses advirtieron la inutilidad de ese intento invasor (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2020/01/la-intervencion-francesa-el.html).

En su novela Clemencia, publicada en 1869, considerada como la “primera novela moderna mexicana”, da cuenta de lo que, socialmente, implicó la malograda invasión francesa (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Ignacio_Manuel_Altamirano#Bibliography).

La novela, se desarrolla durante los inicios de la invasión, cuando, por desgracia, mexicanos apátridas se unieron a las tropas francesas, con tal de que el país de nuevo fuera un imperio, gobernado por un príncipe rubio, como lo fue Maximiliano de Habsburgo (1832-1867).

Y es la que acabo de leer, en la edición de 1986, de Editorial Porrúa, de su colección “Sepan cuántos…”.

Clemencia, es un relato que un doctor L (no lo identifica Altamirano) platica a un grupo de amigos, en una velada, pues por ser la noche muy fría y lluviosa, los invita a quedarse más tiempo en su casa, mientras los deleita con bebidas calientes y esa historia.

El doctor les describe a militares que conoció cuando él andaba entre las filas de los regimientos que combatían a los franceses. Uno de ellos, Enrique Flores, un modelo de militar, carismático, guapo, blanco, buen conversador, muy conocedor de todas las personas de la alta sociedad de la ciudad de México, refinado, de clase alta, quien había estado, incluso, en varias capitales europeas. Por lo mismo, las mujeres caían rendidas antes sus encantos. Y Flores, sabiendo lo que poseía, usaba sus cualidades para conquistarlas, usarlas y desecharlas.

El otro personaje, era Fernando Valle, todo lo contrario a Flores, callado, introvertido, moreno, antipático, hosco, sin suerte con las mujeres, que hasta el mismo doctor había despreciado alguna vez, pues le había reclamado, soezmente, que una medicina que le había dado para una fiebre, ocasionada por una herida, no le había funcionado. “Pues si no le hace a usted provecho, arrójela”, platicó el doctor que le había contestado, muy enojado. Muy probablemente, el físico descrito de Valle, haya sido el del propio Altamirano, quien por su ascendencia chontal (nació en Tixtla, Guerrero, entre tal comunidad), tenía rasgos indígenas, los que para mucha gente mestiza de la “alta sociedad” de entonces, eran sinónimo de gente mala o tramposa, que fue, por desgracia, el prejuicio dejado contra los “indios” durante toda la dominación colonial y los siglos que siguieron.

Sin embargo, Flores, era el único que podía entablar una conversación con Valle. El regimiento se dirigió a Guadalajara, antes de que las tropas francesas y las apátridas mexicanas, la tomaran. Allí, Valle tenía a una tía y a una prima, Isabel, la hija de tal tía. Flores, como siempre, buscando cuál sería su siguiente conquista, no disimuló sus ganas de conocer a la prima. Para su gran sorpresa, resultó ser una beldad, rubia, bella, bien formada, perfecta para él.

Cuando fueron para que la conociera Flores, la hallaron en compañía de Clemencia, una morena tapatía de negros ojos y cabello, de sensual belleza, que a Flores le pareció mejor partido que Isabel.

Los amigos convinieron en que Isabel sería para Valle, pues, finalmente, era su prima y Clemencia, para Flores.

Sin embargo, para su desasosiego, Flores notó, desde el principio, con qué ojos su prima miraba a Flores, al igual que Clemencia.

Así que cambiaron sus planes y Flores se enfocó en conquistar a la prima, en tanto que Valle, a Clemencia.

Como Clemencia era bastante orgullosa, vio como un insulto que Isabel se quedara con Flores, así que se dijo que iba a hacer todo lo posible para conquistarlo y que la amara.

Debo de notar que el lenguaje de la novela es muy florido y perfectamente adecuado para las circunstancias. Podría decirse que Altamirano lo adaptaba muy bien para cada historia que narraba. Por ejemplo, es algo distinto del que empleó en “El Zarco”, una historia sobre los bandidos que asolaban Morelos en los 1860’s, póstuma novela publicada en 1901, de la que hice también una reseña (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2019/04/la-historica-novelesca-violencia-en.html).

Así que Clemencia, se propuso darle celos a Flores, flirteando con Valle. Este joven tan introvertido se sintió tan feliz y maravillado por los lances de Clemencia que, en pocos días, quedó profundamente enamorado.

En tanto que Isabel, estaba muy feliz de haber, según ella, conquistado a Flores.

Sin embargo, pronto salió a relucir la verdad, cuando Valle descubre que entre Clemencia y Flores ya había una relación. Su brutal decepción volvió a hundirlo en su taciturna forma de ser.

Quiso batirse en duelo con Flores, pues éste le reclamó que cómo habría pensado que los lances de Clemencia habrían sido reales si él, Valle, era un estúpido don nadie.

Pero Flores, fue a denunciar con sus superiores el intento de duelo y éstos, lo sofocaron, reprendiendo a Valle, diciéndole que si quería mostrar su valor, debía de hacerlo frente a los franceses, no contra ellos mismos. Y lo encarcelaron, como precaución, por unos días.

Hasta ese  momento, el lector, realmente se la toma contra Valle, a quien hasta se considera que hará una muy mala acción, pues así lo ha mostrado Altamirano desde el inicio de la historia.

Llega el momento en que la tropa debe de moverse de Guadalajara, pues están por arribar las tropas francesas y las apátridas.

Fue cuando Isabel, se desengaña de Flores. Llorando, le platicó a Clemencia cómo se había presentado, para que se le entregara, como “muestra de mi amor por él”. Obviamente, no había consentido y aunque lo seguía amando, su decepción era profunda.

Clemencia, en su interior, celebró eso, pues significaba que tenía el camino libre con Flores, a quien idolatraba y consideraba muy recto, incapaz de hacer algo malo. Incluso, no lo culpó por haber tratado de deshonrar a la prima, pues, finalmente, así era él, pero a ella, estaba segura, sí la amaría de verdad.

El padre de Clemencia, un gran nacionalista, así como ella y toda la familia, prefirieron huir a Colima, en donde las tropas mexicanas estaban fuertes.

Cuando, una  noche, huían en el carruaje, seguido de carretones y mulas, en donde transportaban sus cosas, una rueda se rompió a causa de un tremendo agujero. El vehículo volcó, pero nada pasó a sus ocupantes, entre los que estaban Clemencia, sus padres, Isabel y la madre de ésta.

El padre de Clemencia, el señor R (tampoco le pone nombre Altamirano, quizá porque se haya tratado de un personaje real, como el doctor, que los inspiraron, pero para no ponerlos en evidencia), mandó a uno de los mozos a que buscara un  nuevo carruaje en uno de los pueblos por donde debían de pasar.

En su camino, el  mozo se encuentra con Valle, quien dirigía a uno de los regimientos.

Por la descripción que le hizo de las personas que requerían el carruaje, supo que se trataba de Clemencia y sus parientes.

Y es allí en donde la historia da un vuelco importante, pues accede a ayudarlos, sin rencores. Incluso, va al pueblo en cuestión, junto con el mozo, y consigue un carruaje, además de que paga por él. Como su caballo muere por agotamiento, le compra al mozo su propio caballo, dando dinero y un reloj de oro.

El mozo, muy contento, regresa con el carruaje, manejado por el conductor, a quien ya había pagado Valle y nada les pide a las necesitadas familias.

Clemencia y todos piensan que el alma caritativa es Flores y ansían verlo pronto, sobre todo, ella, que lo ama perdidamente. Isabel, se había percatado de la relación entre Clemencia y Flores, pero se resigna, pues “ella, es mejor que yo”. El padre de Clemencia, hasta reprendió al mozo, diciéndole que no debió de haber aceptado el dinero que, al que creía Flores, le había dado para comprárselo.

Mientras tanto, Flores, que odiaba a muerte a Valle, es informado de lo que había hecho éste. Incluso, recibe una nota de agradecimiento de Clemencia y sus padres y decide adjudicarse el noble acto.

Sin embargo, se descubre que Flores ya tenía tratos con los franceses, para pasarse a su bando.

Trata de inculpar a Valle, por la “sospechosa acción” de cuando se había ausentado de su tropa, para conseguir el carruaje. “Es un traidor”, escribe a sus superiores.

Sin embargo, cuando llaman a Valle, éste, comprueba lo que había hecho, de conseguir un carruaje a la familia de Clemencia. Sus superiores, verifican lo que les dijo y, en cambio, arrestan a Flores, acusado de traición a la patria.

Clemencia, Isabel y sus respectivas familias se enteran de que a Flores lo arrestaron y que sería ejecutado en pocos días.

Clemencia le pide a su padre que mueva todas sus influencias y hasta dé la mitad de su fortuna, con tal de salvarlo. Y se entera de que Flores está allí por las directas acusaciones de Valle y que seguramente las habría hecho como un desquite hacia el “bondadoso Flores”.

Su ira hacia el noble Valle, no tiene límites y va a verlo, para decirle cómo lo desprecia y que siente mucho haberle flirteado. “¡Usted es un hombre despreciable!”, dice la airada tapatía.

Valle se entristece y no quiere llevar en su consciencia la muerte de Flores. Va a verlo a la cárcel y le dice que se vista con sus ropas, para que salga de la prisión, y que todos piensen que es Valle.

No para el apátrida, hipócrita, traidor Flores en agradecimientos, que son parados en seco por Valle, quien, simplemente, lo urge a irse.

Así, con las ropas de Valle, llega Flores a la casa en donde están viviendo Clemencia y los suyos. Clemencia se maravilla de verlo y al preguntarle que cómo ha salido, le dice que Valle le había ayudado, que era un “gran hombre” y que sólo iba por ella, para llevársela de regreso a Guadalajara, en donde se uniría a las tropas francesas. Cuando Clemencia escuchó eso, no podía creerlo, que, en efecto, Flores fuera un traidor y un miserable apátrida, por el cual, ella lo había dado todo, hasta ese profundo amor.

A urgencias de Flores de que se fueran, Clemencia le dice que, en su vida, quería verlo de nuevo. Y ese cobarde, no muy afectado, se va.

Debido a que Valle había permitido la evasión de un traidor, sus superiores, como escarmiento, deciden fusilarlo a él.

Clemencia, habiéndose dado cuenta del craso error de haber mal juzgado a Valle y de que era el que realmente les había ayudado con el carruaje, intenta detener la ejecución. Pero, muy tarde, pues, cuando llega con su padre, su madre, Isabel y la madre de ésta, escucharon las detonaciones de los fusiles, que acabaron con la vida de Valle.

Clemencia, casi enloquece y reconoce que, realmente, era a Valle a quien quería o, más  bien, había comenzado a querer. Como le había dicho alguna vez a Isabel, “quizá al hombre que realmente quiera, tendría que ser ejecutado”.

Se refiere la historia de porqué Valle había sido tan introvertido, por la razón de que, por su pacifismo, su padre, opulento industrial, nunca lo había aceptado. Pero cuando reciben la misiva de que lo habían matado, el padre, desmaya por la tristeza.

Quizá, en el fondo, nunca había dejado de querer a su hijo. Por eso, siempre debemos de demostrar el afecto (o el odio, si fuera el caso) en vida de a quien vayan dirigidos esos sentimientos.

Y Clemencia, quien pidió a su padre que cortara un mechón del cabello del cadáver de Valle, terminó haciendo un relicario con él, conservándolo como una muy valiosa posesión. “Espero que él me habrá perdonado desde el cielo”, le dijo al doctor, refiriéndose a Valle. Se había convertido en hermana de la caridad en la Casa Central. Luego, irónicamente, había partido a Francia, quizá para congraciarse con el enemigo.

Así que, como moraleja de la historia, es que no debemos de juzgar por la apariencia a alguien.

Puede ser más sincero, amoroso y sensible un moreno que un güerito.

Contacto: studillac@hotmail.com

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