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Cine – 50 años de “Harry el Sucio”

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Charles Bramesco *

https://sinpermiso.info/

Traducción de Lucas Antón

Harry Callahan es el policía sobre el que nos han advertido. Aunque esta semana se cumplen cincuenta años desde que Dirty Harry [Harry el Sucio], el thriller de Don Siegel que definió el género, irrumpiera en los cines [en 1971] con su Smith & Wesson en ristre, el perfil general de fuerzas del orden peligrosas y fuera de control que se ha consolidado en el último lustro de discurso público parece que podría haberse calcado del ejemplo de la película. Interpretado con un ceño de total repulsión por Clint Eastwood -Paul Newman había rechazado el papel por ser «demasiado de derechas»-, el inspector jefe de la policía de San Francisco es algo más que el habitual misántropo. Es un intolerante frente a la igualdad de oportunidades, desprecia a todos los grupos étnicos que le recita de un tirón un colega agente a modo de lista de la compra de insultos. No duda en recurrir a la violencia en su trabajo, no le importa un poco de cruda tortura para extraer información de un delincuente herido de bala. Y lo más peligroso de todo es que se cree incapaz de responder ante nadie más que ante Dios, a quien probablemente se enfrentará con el mismo ceño fruncido.

Desde sus primeras etapas de desarrollo, el guión concebido por el equipo de Harry y Rita Fink, marido y mujer, dejó claro que Harry no es ningún “boy scout”, pero los partidarios a ambos lados del pasillo ideológico que busquen una afirmación de su postura se verán decepcionados. Aquellos que esperen una denuncia completa de este tosco enfoque de la policía se llevarán un chasco, con los métodos más ásperos validados a menudo por la necesidad, como si Harry fuera la última barrera defensiva de una sociedad que se tambalea al borde de la anarquía (el tipo no puede ni siquiera conseguir un perrito caliente sin que reclame su atención el atraco a un banco). Sin embargo, los entusiastas que van por ahí de Calla-fans conversos también han pasado por alto algo crucial, ciegos a su falta de lugar en la ciudad que ha jurado proteger. Sin condenar ni condonar sus acciones, la película ofrece lo que puede ser la imagen más clara de la manera de verse del policía arquetípico como el único dispuesto a hacer los trabajos sucios que mantienen unida a Nortemérica, aunque eso signifique ensuciarse.

Encajonado entre el sheriff de Gary Cooper puesto en un compromiso en High Noon [Solo ante el peligro] y Jack Nicholson aullando que le necesitamos en ese muro en A Few Good Men, [Algunos hombres buenos], Harry Callahan se presenta como el hijo de puta sin el que no podemos sobrevivir. Es el antihéroe seminal de los 70, un hombre que romperá la ley para hacerla cumplir. Esa frase no es más que uno de los muchos clisés que se han desgastado, precisamente porque llegan al núcleo del dilema filosófico fundamental del trabajo policial: los policías balarrasa que están en el filo no respetan las reglas, pero maldita sea, consiguen resultados. Cuando el asesino, inspirado en “Zodiac” y apodado Scorpio, aterroriza la zona de la bahía [de San Francisco] con una ola de asesinatos, los ineficaces pazguatos en puestos de responsabilidad no pueden hacer otra cosa más que cruzarse de brazos. Harry se niega a dejarse maniatar por la burocracia, hasta el punto de que sus bruscas detenciones son declaradas inaceptables en los tribunales, lo que permite que salga libre Scorpio, al que habían atrapado. Desprecia tanto la autoridad institucional que se niega a sentarse en el asiento que le han reservado cuando se reúne con el alcalde, al que trata como poco más que un perdedor que se cruza en su camino.

Si aquellas partes de Harry que no se van a domesticar le convierten en un tipo duro cautivador y en un miembro productivo de la brigada, también le señalan como un extraño no apto para una comunidad educada y civilizada. Desde las tomas en plano subjetivo meticulosamente desplegadas en la escena inicial, Siegel transmite silenciosamente el perdurable adagio de Nietzsche sobre cómo aquellos que se enmarañan con monstruos están destinados a transformarse en uno. Al principio, vemos a una belleza que retoza en bañador en la piscina de una azotea a través del punto de mira del rifle de francotirador de Scorpio, y cuando Harry acude a inspeccionar la escena del crimen tras su asesinato, observa la piscina desde la misma perspectiva en la misma azotea. Para atrapar a un delincuente, un hombre debe pensar como un delincuente, una táctica que se contagia de forma desagradable. Pronto descubrimos que Harry es una especie de pervertido, que se distrae un par de veces mientras trabaja mirando a hurtadillas a las mujeres desnudas del edificio de al lado. Lo considera una gratificación en una profesión en la que no hay muchas.

Aunque la película reconoce los defectos de carácter de Harry y la alienación que se deriva de ellos, apoya su postura de que un cuerpo de policía imperfecto es, sin embargo, algo vital y poco apreciado. Cuando su compañero dimite después de recibir un disparo, Harry charla con la esposa del tipo a la salida del hospital y ella se lamenta de la falta de respeto que la gente tiene por los hombres de uniforme, abucheados como «cerdos» por la generación más joven. Es revelador que Scorpio utilice generosamente ese mismo epíteto en las burlas de sus desquiciadas pistas; sus rasgos revelan las posturas más verdaderas de la película, en el sentido de que encarna todo aquello a lo que se opone con más ardor. Es la peor pesadilla de un conservador social, la amenaza “hippie” convertida en homicida (obsérvese la hebilla del cinturón de Scorpio con el símbolo de la paz y los bucles de después del “verano del amor”). Su denigración también obliga a dar la pincelada más solapada de la película, la elección de codificar a Scorpio como el tipo de homosexual en el armario que cacarea encantado «¡guau, qué grande!» cuando Harry desenfunda su arma de mano. Se pretende que reconozcamos que es un desviado por el regocijo erótico que experimenta al pagar a un negro corpulento -otro fantasma de la imaginación reaccionaria- para que le dé una paliza, con el fin de exagerar las heridas sufridas a manos de Harry.

Aunque Harry no es el defensor ideal, tal como reconoce la película, sus defectos palidecen en comparación con aquello a lo que nos enfrentamos. Resulta conveniente que los crímenes de Scorpio carezcan de la ambigüedad de la labor policial de Harry, que sea un psicópata que se complace simplemente en hacer daño a la gente. En las secuencias asombrosamente tensas de Siegel, razón principal por la que esta desagradable obra sigue siendo infinitamente posible de ver de nuevo después de medio siglo, Harry representa la diferencia entre un autobús lleno de niños muertos y alegrarte el día. Una facción cada vez mayor del pueblo norteamericano ha llegado a rechazar esta premisa, excusa preferida del policía canalla para justificar sus extralimitaciones sin la ambivalencia clave de esta película. La patología de Harry se ha convertido en algo más acosado, pero no ha desaparecido. Esa mentalidad de la “delgada línea azul” revive en cada discusión en contra de la abolición de la policía, sin que se mencione su sombra de amoralidad. La película termina cuando Harry arroja su placa a una masa de agua, dándole la espalda a la policía de San Francisco para un presumible giro hacia el vigilantismo. Lo más preocupante de todo es que sus innumerables aspirantes en la actualidad creen que no deberían tirarla, deshaciéndose del subtexto que ya no les conviene.

* Charles Bramesco  crítico norteamericano de cine y televisión radicado en Brooklyn, colabora en medios como ‘Rolling Stone’. Artículo publicado en The Guardian, 23-12-2021.

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